No me fiscalices tanto, que me da la risa

NoJusticiaHay un cuerpo de juristas, abonado por todos en el saco de esa imposición directa que desangra las últimas arcas laboralmente activas, supervivientes en la entrega de los últimos restos hasta el próximo ERE raquítico, que se dedica a defender al Estado, es decir, en la maltratada teoría, a todos. No es comparable al ejército de colegiados que acuden, con menos alegría que expectativas de cobro, al reclamo solidario de la defensa de los desamparados que se imputan, que son imputados. Los fiscales son, en definición, la voz pública que reclama el amparo de la justicia cuando al otro lado de la bancada judicial se sienta aquel que nos ha golpeado a todos en un tipo delictivo que merece, en la opinión unánime desde el raciocinio de su estructura, alzar la voz para clamar resarcimiento en comandita.

Hay un pequeño detalle que puede desestabilizar la pureza de este cuerpo con los miembros, desgraciadamente, estirados: su acción y, por lo tanto, su reverso, esto es, su ignorancia de la perversidad punible, depende de las correspondientes instrucciones que emanan del poder ejecutivo al ser un cuerpo que depende, normativamente, de decisiones gubernamentales. Por lo tanto, nos encontramos en muchos casos ante la última esperanza de la justicia y toda ella se manosea entre apéndices huesudos que acarician la decisión en función de intereses obscenos, en silencio, sin independencia.

NoJusticia2Tanto es así que este colectivo nos ha abandonado de manera expresa, cuando siquiera confiábamos en su aparición milagrosa, aunque fuera con vendas sucias, con una balanza desequilibrada, desde que una infanta se aposentó en una de las vasijas, torciendo cualquier efecto de equilibrio a la hora de estar en el lugar más estable. Si Urdangarín adelgaza, La Zarzuela, de manera rítmica, ha demostrado su capacidad para sortear el desnivel de los pesos sin perder la sonrisa, con la apariencia de estar alejados de aquel Fiscal que se enfrenta a cualquier acusación para poner en valor la necesidad de pureza monárquica sobre la legislación penal. Todo esto tiene un pase de castigo frente a la candidez de una población que seguía confiando en la independencia judicial y el enfrentamiento de cualquier bípedo con DNI en caso de hacerlo a plena luz del mazo justo. Pero visitar las vallas de Soto del Real, a falta de obras taciturnas, y comprobar como Miguel Blesa echa una cabezadita en acomodada mazmorra a pesar de una traición fiscal con un plebeyo tanto o más pillo que la real infanta, es como corroborar que a ese muro con pinta de solidez le faltaba toda la cimentación que le reclamabas al jefe de obra.

Aquel que jugó a banquero en Madrid, como tantos en vías de extinción libertaria, al menos puede sentir alivio ante su segura condena: aunque las pruebas de las acusaciones particulares le envíen un buen tiempo a la sombra, el representante público de la justicia mirará para otro lado, como sus acólitos fiscalizadores en las correspondientes administraciones lo hicieron mientras se embolsaba las esperanzas ciudadanas.

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5 comentarios en “No me fiscalices tanto, que me da la risa

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