La dignidad soportable y sus límites

AdaColau3Efectivamente, la dignidad ciudadana, el verdadero compromiso para con la organización de las demandas y preocupaciones ciudadanas, tiene un alto precio. Ya no se exponen los palacios, siquiera las fábricas de potentada humareda, como ostentación y barrera de las clases sociales sin complejo. En los últimos treinta años, con todos sus vaivenes europeistas e ibéricocentrismos, se ha pretendido difuminar el halo de fronteras a la hora de alcanzar, otorgarse y disfrutar de los privilegios sociales y económicos desde la cuna hasta el ataud. Esa monserga de falsa liturgia democrática, con la caída de muros y amenazas ideológicas, se sostiene con murallas electorales más eficientes que cualquier otro estigma de cordón umbilical cercenado. Pero esos ladrillos ficticios padecen tal aluminosis que las porras y el descrédito a golpe de micrófono de pago han tenido que hacerse hueco para acallar lo que pensaban que era controlado silencio. En todo este proceso de dignificación del apaleamiento cotidiano hay un personaje que se ha visto obligado a corresponder al liderazgo sin pretenderlo: Ada Colau. Y lo ha hecho en un colectivo que destaca sobre la movilización irradiada a partir del 15M por dos motivos esenciales: por la concreción de sus acciones reivindicativas y por la necesidad inevitable de centralizar en una voz y un rostro la complejidad de la mayor herida acerca de las consecuencias de la estafa global que padecemos, de tal modo que el juego marcado de los contrincantes se desarrolle en su fangoso terreno.

AdaColau1Ada Colau es una ciudadana que se ha echado a sus espaldas demasiadas cámaras, insoportables actos dignos contra una maquinaria que en lugar de acercarse a su vera para coordinar el acuerdo supremo que les compete se ha obstinado en destruir su imagen de real lideresa, de megáfono sin percusión. Resulta doloroso cobijar las legañas para comprobar como es capaz de enfrentar, sábado sí, sábado también, a tertulianos que calientan las sillas del sensacionalismo más extremo por un jugoso puñado de euros la hora, dispuestos a no dejar hablar, distorsionar y silenciar a mandíbula batiente, con tal de ganarse sus vicios inmediatos a costa de rebatir en grado insumo la pasión y honradez entera de aquella que habla por boca de miles pendientes de no ser expulsados de una vivienda, de no saborear el agrio asfalto por obra y gracia de la codicia del capital. Ada Colau soporta esa redención semana santa antes, semana santa después, si eso permite incluir dos o tres frases contundentemente sinceras y dignas entre la algarabía quejumbrosa de los que han pedido el cheque antes de aparcar frente al estudio. Una victoria de guerrillas frente a una batalla descompensada.

AdaColau2Su exposición a esta radiación es equivalente al terror que produce en el poder económico que un rostro y un cerebro ágil y enérgico condense la demanda de miles de familias que suman y siguen, y multiplican esa división que se produce a diario en el hemiciclo frente al conflicto nuclear de nuestra convivencia. Es una mujer sin pasado, sin adscripción política, y eso los aterroriza, tanto más como el futuro que chorrean esas lágrimas sinceras cuando cientos de ciudadanos la abrazan a modo de colectivo con dos piernas que si tropieza lo hace con disimulo y elegancia. Cuando una terrorista que ordena a diario herir y masacrar intenta definirla como proetarra no hace más que alzar el pacifismo práctico y honrado de una PAH que se alza como la primera gran respuesta ciudadana al atentado cotidiano de este mercadeo que se arden en deseos de cercenar segundo a segundo a todos aquellos que pretende disponer como siervos de la gleva. Demasiado peso público en sólo dos hombros. Que no le falten solidarias extremidades donde apoyar sus virtudes, extraordinarias.