La dignidad soportable y sus límites

AdaColau3Efectivamente, la dignidad ciudadana, el verdadero compromiso para con la organización de las demandas y preocupaciones ciudadanas, tiene un alto precio. Ya no se exponen los palacios, siquiera las fábricas de potentada humareda, como ostentación y barrera de las clases sociales sin complejo. En los últimos treinta años, con todos sus vaivenes europeistas e ibéricocentrismos, se ha pretendido difuminar el halo de fronteras a la hora de alcanzar, otorgarse y disfrutar de los privilegios sociales y económicos desde la cuna hasta el ataud. Esa monserga de falsa liturgia democrática, con la caída de muros y amenazas ideológicas, se sostiene con murallas electorales más eficientes que cualquier otro estigma de cordón umbilical cercenado. Pero esos ladrillos ficticios padecen tal aluminosis que las porras y el descrédito a golpe de micrófono de pago han tenido que hacerse hueco para acallar lo que pensaban que era controlado silencio. En todo este proceso de dignificación del apaleamiento cotidiano hay un personaje que se ha visto obligado a corresponder al liderazgo sin pretenderlo: Ada Colau. Y lo ha hecho en un colectivo que destaca sobre la movilización irradiada a partir del 15M por dos motivos esenciales: por la concreción de sus acciones reivindicativas y por la necesidad inevitable de centralizar en una voz y un rostro la complejidad de la mayor herida acerca de las consecuencias de la estafa global que padecemos, de tal modo que el juego marcado de los contrincantes se desarrolle en su fangoso terreno.

AdaColau1Ada Colau es una ciudadana que se ha echado a sus espaldas demasiadas cámaras, insoportables actos dignos contra una maquinaria que en lugar de acercarse a su vera para coordinar el acuerdo supremo que les compete se ha obstinado en destruir su imagen de real lideresa, de megáfono sin percusión. Resulta doloroso cobijar las legañas para comprobar como es capaz de enfrentar, sábado sí, sábado también, a tertulianos que calientan las sillas del sensacionalismo más extremo por un jugoso puñado de euros la hora, dispuestos a no dejar hablar, distorsionar y silenciar a mandíbula batiente, con tal de ganarse sus vicios inmediatos a costa de rebatir en grado insumo la pasión y honradez entera de aquella que habla por boca de miles pendientes de no ser expulsados de una vivienda, de no saborear el agrio asfalto por obra y gracia de la codicia del capital. Ada Colau soporta esa redención semana santa antes, semana santa después, si eso permite incluir dos o tres frases contundentemente sinceras y dignas entre la algarabía quejumbrosa de los que han pedido el cheque antes de aparcar frente al estudio. Una victoria de guerrillas frente a una batalla descompensada.

AdaColau2Su exposición a esta radiación es equivalente al terror que produce en el poder económico que un rostro y un cerebro ágil y enérgico condense la demanda de miles de familias que suman y siguen, y multiplican esa división que se produce a diario en el hemiciclo frente al conflicto nuclear de nuestra convivencia. Es una mujer sin pasado, sin adscripción política, y eso los aterroriza, tanto más como el futuro que chorrean esas lágrimas sinceras cuando cientos de ciudadanos la abrazan a modo de colectivo con dos piernas que si tropieza lo hace con disimulo y elegancia. Cuando una terrorista que ordena a diario herir y masacrar intenta definirla como proetarra no hace más que alzar el pacifismo práctico y honrado de una PAH que se alza como la primera gran respuesta ciudadana al atentado cotidiano de este mercadeo que se arden en deseos de cercenar segundo a segundo a todos aquellos que pretende disponer como siervos de la gleva. Demasiado peso público en sólo dos hombros. Que no le falten solidarias extremidades donde apoyar sus virtudes, extraordinarias.

 

Acorraladitos

Corralito2Y en éstas llegó Chipre y mandó temblar. Los millones de pequeños ahorradores europeos, que coinciden con aquellos estratos sociales que llevan un lustro soportando intervenciones enmascaradas, aumentos desproporcionados de la imposición indirecta y un desempleo galopante que amenaza cada mañana a todos y cada uno de los asalariados que tienen aún la fortuna de serlo, observan con pavor desde el pasado viernes como el fantasma último de la gran estafa planea sobre sus miseras cuentas corrientes: una funesta suerte de corralito financiero que lanza su candado sobre la falsa placidez de los depósitos bancarios para retener, primero, su reintegro y proceder al adelgazamiento unilateral, después, sin juego de sartenes por medio, con vistas a seguir pagando cuentas ajenas.

A lo largo de los próximos días el Parlamento chipriota debatirá (?) una batería de medidas orientadas a utilizar de mascota ejemplarizante al minúsculo Estado insular con vistas a continuar la senda del recobro de una deuda que escala y escala sin permitirnos conocer el grosor de su titularidad expansiva. Una vez más nos encontramos ante la consecuencia de trayectorias similares, difícilmente casuales por cuanto responden a un recorrido extrapolable a todos aquellos países de la zona euro que se ven acorralados por la Troika y su voracidad incontrolada: La aparición de una burbuja financiera e inmobiliaria que, aprovechando el espejismo de falsa prosperidad que presentaba la primera, desencadenó un aumento del crédito descontrolado en relación al PIB real, con la connivencia de un descontrol de precios sobre los bienes inmobiliarios. El fácil acceso a los empréstitos hipotecarios genera una economía virtual que pone en el mercado ingentes cantidades de euros respaldados por ladrillo de plastilina, que se van derritiendo a medida que el colapso en los precios y el cierre del grifo crediticio comienza a provocar fugas de desempleo, impagos y estancamiento macroeconómico. El desenlace ya lo venimos conociendo, si bien los últimos vagones aún no han pasado por el andén.

Corralito1Si algo se ha mantenido como principio sacrosanto de la economía capitalista, asentada en la intermediación financiera y su política de depósitos como refugio inalterable de las alcancías ciudadanas, es el aseguramiento de las cantidades acumuladas moneda a moneda, honradamente, con un máximo de 100.000 euros a razón de cada cliente en virtud de la propia normativa comunitaria y nacional, a través de los respectivos fondos de garantías. Con la línea que se pretende cruzar en el epicentro mediterráneo se derrumba por completo, si es que todavía mantenía respiración no asistida, la mermada confianza ciudadana en el entorno, por muy duro y tormentoso que se ha venido presentando desde finales del año 2008. La mayor parte de la gente puede ir desarrollando parciales caparazones para protegerse del desmantelamiento parcial del Estado Social, el aumento de tasas, impuestos y contribuciones, el encarecimiento de los bienes indispensables de consumo, pero necesita irse a la cama con la mínima placidez de ese colchón más o menos recio de su capacidad hormiguera para fabricar un inmediato porvenir algo mullido; si se le azuza con la vara recaudadora en su bolsa de viaje, el pánico ante la injusticia puede perder los estribos.

Corralito3Establecer una imposición sobre los fondos propios de la economía doméstica no sólo resulta gravemente injusto por lo anteriormente expuesto, sino que viola y transgrede cualquier mínima confianza que aún pueda depositar la ciudadanía en los planes de sus gobernantes para salir de ésta porque se estaría frente a un atraco sin pasamontañas, a plena luz del día, y con el agravante de secuestro: el modus operandi que los dueños de Europa planean pasa por el cierre temporal de las sucursales bancarias para arrinconar el dinero lejos de sus legítimos propietarios, hacerse con una parte sustancial del botín, y salir a cara descubierta diciéndole a los agraviados que lo hacen por su bien y que no se alteren que la cosa podría ser peor.

Imagínese el presente panorama sobrevolando democracias sospechosas desde la óptica deformada de Bruselas, a las que se pone en la picota cada vez que optan por recuperar para la riqueza y gestión nacional aquellas concesiones en manos de multinacionales europeas que no cumplen los requisitos y acuerdos establecidos. Si en Venezuela o Ecuador se optara por una intervención directa en los fondos ciudadanos ya estaríamos desayunándonos con titulares que alertarían de expropiaciones, nacionalizaciones y atentados contra la economía de mercado. Por estas tierras, en cambio, no se escucha ni una brizna de escándalo frente a algo que es mucho más que todo eso: estamos ante un auténtico recobro, después de haber soportado como viene fluyendo el crédito desde el BCE a los bancos privados a un 1% con fondos provenientes de nuestros tributos comunitarios, mientras los Estados miembros los reciben a un interés cinco o seis veces superior.

Estamos acorraladitos. Vivimos la crisis argentina a finales del siglo pasado con indiferencia de confianzudos conquistadores de segunda generación, seguros de que esas aberraciones económicas eran producto y consecuencia de los desmanes latinos del mal vivir y peor gestionar. Pues ya están aquí, por mucho que Merkel, Oli Rehn o De Guindos por estas tierras siempre salgan prestos a poner el nunca antes que el pero. El viernes cayó el último fortín del descanso ahorrador; ahora sólo cabe preguntarse: ¿Estarán mis ahorros igual de esbeltos que cuando los vi la última vez?

Absolución

Landero1Lino insatisfacción, Lino como aquel que empieza un camino asfaltado a sabiendas que, en cualquier curva, van a aparecer los adoquines levantados. No es pesimismo, supone a lo sumo un estado de alerta permanente frente al intenso e inevitable devenir trágico de la existencia; o, tal vez, la comprensión iniciática de que no sólo el camino no es de rosas, siquiera de espinos, sino sencillamente una casa del terror al aire libre en el que los sustos son imprevistos e inevitables. Todos encontramos un hotel de madrugada donde refugiar nuestras obligaciones, hacernos en ellos una acogida ceremonial, esa ruleta sin fortuna que está plagada de premios y, sin embargo, sabemos por pura probabilidad que en alguna tirada tendrá que mostrarnos el retroceso a la bancarrota existencial. El camino de Lino, no obstante, mantiene una ventaja sobre la mayoría de congéneres: haber nacido con el don de la lucidez, la virtud de aquellos que ni siquiera ven el vaso porque saben que éste, medio lleno o medio vacío, acabará estallando por la presión del contenido.

La vida nos lleva a ninguna parte, por eso tememos recrearnos en el camino, cuando es en sus bordes donde vamos encontrando el placebo para no sufrir la armonía blanda del desenlace. Importa bien poco que en ese tránsito se nos cruce aquello que nos han ordenado denominar felicidad, porque nuestros inevitables pasos no la aceptarán aunque se empeñen en acariciarla durante un breve lapsus; por tanto, ¿aquello que nos empuja a salirnos del camino marcado puede calificarse de desacierto, de mala pata cuándo el ritmo era el idóneo, cuándo parecía que íbamos a desembocar en nuestro objetivo sin mayores inconvenientes? Probablemente esa es la esencia de las excusas humanas para no afrontar que nadie no está esperando, que la frontera siempre está rodando un tramo proporcional de lejanía a nuestras pisadas de obediente caminante. Lino lo sabe y por eso su travesía es circular, sin aristas, con la circunferencia siempre presta a reinventar las trayectorias y asumiendo la certeza del azar como parte de lo racional; nada queda fuera de las expectativas, porque precisamente sus alteraciones existenciales son fruto de las contradicciones que hacen al ser humano merecedor de su casualidad como especie: andar erguido camino de la conclusión de su etapa central como individuo y aparecer como un ermitaño con alma de errante suponen la misma cara con los sentidos alerta de esos hombres y mujeres que no somos, que despedimos cada día haciendo recuento para ver si no ha habido bajas en nuestra batalla contra los acontecimientos.

Landero2Absolución nos recuerda que no podemos ir muy lejos si repetimos para sobrevivir los recuerdos en lugar de las expectativas. Si la tragedia que supone abrirse al mundo cuando esa infancia, más o menos protegida, nos deja de lado, todo acaba por engullir la imprescindible valentía que forma la curiosidad, la lucidez y el afan por amamantarnos permanentemente de lo cotidiano. A diario nos rodea un paisaje de carne y hueso que se mueve a nuestro alrededor como atrezzo medio vivo que complementa el camino, en búsqueda de reconocer otros seres igual de desorientados. A veces los encontramos, nos observamos, y esa constancia de no ser exclusivos alerta nuestra protección para salir huyendo de una u otra manera. Entonces llegan los paisajes en soledad, el retorno a las dosis de necesario egoismo, y vuelta a empezar, al ritmo de Lino por el borde de una carretera en llamas por donde ya se escucha el claxón al rescate.

La sombra de Chávez no debe alargarse

Cumpliendo lo estipulado en el texto constitucional venezolano, el ejecutivo del país caribeño ha procedido a convocar elecciones generales el próximo 14 de abril. La imposibilidad de toma de posesión por parte de Hugo Chávez tras su victoria en los comicios del pasado octubre no ha variado esta obligatoriedad de nueva visita a las urnas, toda vez que la normativa electoral regula esta situación no sólo en el caso de no acceder efectivamente a la más alta representación del Estado, sino también por fallecimiento o incapacitación durante los cuatro primeros años de mandato. Aclarado, por tanto, el calendario, así como los candidatos en disputa, queda ver qué grado de variación en la intención de voto puede producirse a escasos cuatro meses de una cita con las urnas que otorgó al PSUV liderado por Chávez unos resultados contundentes, reafirmados semanas después con otra apabullante victoria en los comicios regionales.

Venezuela1No es ningún secreto que Henrique Capriles planteó notables objeciones a la hora de repetir como candidato presidencial de la mezcolanza opositora, toda vez que es consciente de su más que previsible derrota, posiblemente agudizada frente al cadaver aún caliente de Chávez Frías. El gobernador del Estado Miranda sabe que el 14 de abril tiene mucho que perder y nada que ganar: su reputación nacional, a pesar de la derrota del pasado octubre, no le impidió quebrar electoralmente a un peso pesado del oficiliasmo, Elia Jaua, en Miranda, mientras que su capacidad pública para aglutinar a las familias que componen los restos del sistema de partidos anterior a 1999 ya se consideró, en sí, una victoria a medio plazo. Por su parte, Nicolás Maduro ha sido anunciado como sucesor en la jefatura del Estado sin aparente disención entre las corrientes del PSUV, a pesar de los interesados anuncios apocalípticos que, desde el fallecimiento del coronel de paracaidistas, vaticinaban una batalla encarnizada por repartirse supuestas fragmentaciones en el movimiento bolivariano. La realidad es que el consenso, al menos aparente, de las tendencias que componen a la coalición de gobierno no se han transparentado ni por asomo en esta luctuosa semana frente al cadaver del incontestable y carismático lider venezolano Hugo Chávez. Todos siguen a una para proteger el ideario de la particular revolución que viene desarrollando, con sus vaivenes, el Estado caribeño desde finales del siglo pasado, apoyada en más de una decena de procesos democráticos por una inconstestable mayoría de la ciudadanía venezolana.

Desde la progresía más aparente que se puede esperar por parte de las multinacionales de la comunicación, al odio más irreverente que se puede plasmar a cinco columnas, las reflexiones acerca del futuro inmediato y del desenlace de la actual situación macroeconómica y social de Venezuela insisten en presentarnos a un país altamente subvencionado, que ha creado un clientelismo electoral fruto de una especie de simple reparto de la riqueza colectiva merced al maná petrolero. De este modo, el refrendo de las políticas gubernamentales se deriva de una mejora soberbia de las condiciones sociales y económicas de las clases menos privilegiadas (aquellas desterradas históricamente por la corrupción rampante AD-Copei), y que resultará abandonada a medida que el grifo de crudo deje de surtir las arcas estatales. Del mismo modo, el apoyo de la mayoría de Estados del continente americano no merece lectura más compleja que la supuesta generosidad del Comandante Chávez obsequiando a sus vecinos a cambio de adhesiones sin fondo. Esa es la lectura, esos son los sesudos análisis de aquellos que aprendieron la lección del infructuoso golpe de Estado de 2002 y han optado por una nueva vía de agresión periodística, la del descrédito ante un ejemplo gubernativo que hace polvo el interés de sus financiadores y patrocinadores.

Venezuela2Estamos, pues, ante una forma de análisis socio-político tramposo o, tal vez, incapaz de entender el mundo fuera de los parámetros de capitalismo voraz que limita nuestra visión de conjunto. Reinvertir los pingües rendimientos de los recursos colectivos en alfabetizar a la población, abaratar los costes de los productos básicos y tejer una red de protección social eficaz supone gobernar para la mayoría, equilibrar la permanente lucha de clases sin necesidad de sangre y ser fiel al proyecto bolivariano que sueña con una Latinoamérica remando en una dirección, la de sus ciudadanos. Intercambiar petroleo por médicos, materias primas o apoyo institucional no es más que ser fiel a ese fundamento histórico: poner a disposición de todos lo que las falsas fronteras han tenido a bien dejar dentro de un territorio que aspira a derribar esos falsos muros, esas interesadas divisiones que han enemistado a los que debieran ser hermanos, los desterrados de la Historia desde la invasión hispánica. Se puede poner en solfa el estilo bravucón y pseudoreligioso de aquel que ha encabezado ese magno proyecto durante los últimos catorce años, pero no el fondo, los resultados, de su acción política. Queda por ver cuanto de alargada es la sombra de Hugo Chávez en el futuro inmediato de todo el continente, qué grado de dependencia mitificada se estancará en la locomotora del progreso colectivo en el cono sur. Por el bien del mundo de las ideas, su figura no debe trascender a pin y camisetas, a alguna referencia literaria de bondadosas pretensiones, pero nunca resulta conveniente embalsamar y poner en los altares públicos lo físico para intentar sostener lo material; de ahí a ver a las hienas repartirse los restos no hay más que un paso, con la consecuente degradación de lo que realmente importa, del avance de una sociedad esperanzada.

Chávez para principiantes

Desapareció físicamente el Presidente de la República Bolivariana de Venezuela, tras innumerables complicaciones físicas que le han mantenido encogido en ese esfuerzo que parece una diana política aceptable pero que se considera expiación multitudinaria si el que se encorva públicamente viste de blanco purificado por esencias de divinidad crucificada. Hoy ha fallecido un hombre, pero no debe ser enterrado un mito, porque aunque alzara minúsculas biblias en medio de actividades legítimas en eso de la administración eficaz de los recursos colectivos, no había falsa divinidad en los logros que han venido sustentando acceso efectivo de la mayoría ciudadana a los fértiles recursos de la nación venezolana. El chavismo hoy ha muerto con Chávez, y así debe ser. Lo que mañana amanezca debe tener el rocío agradablemente húmedo de sus bonanzas, nunca el diluvio de tormentas con afan de arrinconar.

Chavez1La mitificación del hombre ha impedido comprobar que sus células son tan inestables como las de cualquier individuo finito, y es lógico que así fuera desde que consiguió democráticamente aglutinar un proyecto que desterró ese bipartidismo perverso que exportaba la riqueza colectiva a los confines de la recaudación bancaria extranjera, a buen recaudo. Granjearle enemistades por el posicionamiento de un gobierno con las miras puestas en los prismas de la mayoría desterrada históricamente en la tierra de los dulces sin azúcar, sabrosos en pocos paladares, era cuestión de finito tiempo; golpe de Estado por bandera intentó, por cuestión de horas, convertirle en militar fusilable, con la connivencia de los que ese día se descubrieron insurrectos del armisticio real, con tinta y con palabra. Dio igual. Salió con la evidencia externa de que ninguna trampa podía dejar a un pueblo fuera de juego, y así los banderines se bajaron automáticamente para dejar paso a las sospechas sin fundamento, a esa reiteración de exigencia externa que no se reclama en tierra propia. Hoy no se embalsama un cuerpo inerte, se solidifica un mito poderoso. Y, en realidad, es una desgracia evolutiva, una metástasis histórica, reclamando como estamos el ansia de proclamas con efectividad macroeconómica, que la cuenta cuadre para más que para menos.

Chavez2No hay sombras más allá del personalismo que le han otorgado a sus mandatos democráticos por parte de aquellos empeñados en adscribir un período de voluntad democrática a una suerte de idolatría casi caudillista que nunca fue tal, menos aún cuando trece encuentros electorales se sortearon con mayorías validadas no sólo por las papeletas sino por el refrendo internacional unánime en su ejecución. Una derrota en su haber, la más severa, precisamente la mayor de las victorias democráticas al preguntar a los suyos lo que por estas tierras nos sustraen: el derecho a rectificar lo que no deja de ser una carta consensuada con derecho a roce en lugar de Tablas de Moisés inquebrantables salvo a golpe de alevoso déficit eurocomunitario.

El día después de Venezuela sin su Presidente electo debe ser tan reposado como la borrasca con presiones de componente codicioso lo permita. Encontrar primeras portadas con reflexiones tramposas sobre la inmediatez política de Venezuela sólo vuelve a quitar el antifaz a los titulares mal pagados, pervertidos.

 

 

 

Son minoría

Ministros2Los miembros del actual Gobierno, cuando se ven enredados en algo tan trágico como una intervención ante la prensa o declaraciones públicas no controladas por guiones asesorados, suelen recordarnos que cuentan con el beneplácito de una amplia mayoría y que los tres años que les restan para crujirnos a sacrificios imprescindibles nos van a saber a poco. Se aferran a ese supuesto poder omnímodo que le ha otorgado el relativismo electoral, entendida su capacidad como una pregunta de lista cerrada con carácter cuatrienal, aún bajo la trampa de programas de gobierno que no valen ni como contrato social de baja estirpe. Y todo eso con una mayoría que no es tal, apenas un 30% escaso de nacionales con derecho a voto entregaron ese bastón demasiado largo de mando, que Rajoy y los suyos vienen utilizando como una varita mágica inversa, cargada con antipoderes frente a la ciudadanía. En realidad, por tanto, son una minoría que se ha enrocado en su palacio de silencio y mentira, una minoría cada día más profunda a medida que reciben la desafección de un porcentaje nada desdeñable de su electorado. Y lo son no solamente por ese abandono gradual que vienen recibiendo sus acciones políticas y sus omisiones, fundamentalmente en la lucha contra la degradación interna.

Son minoría desde el momento en que se declaran ajenos al cambio inevitable en las estructuras, toma de decisiones y demandas cívicas que se sucede a su alrededor. Pretenden gobernar como una mera delegación de imperativos de otras latitudes, creyéndose a salvo de la falibilidad humana. A medida que los resultados no aparecen, se dilatan los plazos, como una huida hacia adelante plena de fe, a sabiendas de que los resultados sí que llegan, pero en Berlín y alrededores.

Son minoría entendiendo la corrupción desde el silencio, desde la no existencia de lo evidente, malgastando su energía en levantar murallas de papel sobre los vertederos en continuo crecimiento en lugar de ejercer esa energía en regenerar el entorno, en darle vida a lo que se les viene pudriendo sin que sean capaces de percibirlo al evitar la acera, el discurso sin cámaras ni campaña.

Son minoría unos ministros demasiado ansiosos por ejercer, en jornada dominical, el innoble arte de la opinión no solicitada acerca de cuestiones que no incumben a sus respectivas carteras. Si al titular de interior los matrimonios entre personas del mismo sexo no le parecen fértiles y provechosos, o si a la del ramo del empleo le fascina entregar sus designios y los nuestros a las vírgenes inertes de cera y madera, lo único que se nos transmite es un escalofrio de vasos comunicantes, ya que esas apreciaciones sin venir a cuento parecen recordar a los compañeros de Consejo como deben decretar, en qué sentido. Y esa es otra.

Son minoría, precisamente, por como gestionan miserablemente su mayoría efectiva. Casi una treintena de decretos-ley en un escaso año de mandato, sin necesidad ni urgencia justificable, explica a las claras el nulo interés por impulsar el higiénico debate parlamentario, inmune a cualquier agresión a sus normativas pretensiones pero de lo más edificador al escuchar y poder ser escuchado. Si es que se tiene el más mínimo interés para desarrollar la vida parlamentaria sin heridas.

Ministros1Son minoría porque han temido de tal manera su capacidad para enfrentar el caluroso momento que nos golpea que la defensa ha sido entregada a un vendedor de las mismas, la economía a quien les han ordenado desde el mercado al que rinden pleitesia, y la cultura…. la cultura…. tenemos ministro de cultura?

Son minoría porque su supervivencia está a expensas de una lengua suelta, de informaciones que insisten inexistentes pero que buscan hurtando ordenadores, realizando pruebas caligráficas y demandando a siniestro y tenebroso, pero nunca al centro de la diana. Su poder, se presume, ha crecido a base de una fidelidad electoral siempre ganada en sencillas oposiciones, pero poco a poco vamos conociendo donde se ha gestado realmente esa energía que viene de empresas que pagan e inversiones que permiten ejercer como grandes padrinos políticos.

Son minoría, y lo saben. El fracaso les ha llegado desde el momento que esperan soluciones con la alianza del tiempo como única apuesta, mientras utilizan el tiempo que les queda a toda pastilla, recortando lo colectivo para seguir nutriendo a los que abonan las futuras listas opacas. Seguro, no obstante, han aprendido alguna lección. los pagos siguientes los registrarán en excel, a salvo de pruebas periciales.