A la rica transparencia

Ha sido aparecer de una manera notoria, maloliente, la corrupción que en épocas de algarabía postransicional se mantenía a buen recaudo, y la exigible transparencia ha dejado de ser una obligación que creíamos inmutable para convertirse en la moda de esta temporada invierno-primavera. A la rica transparencia, oiga, parecen bramar las manos sucias y las lenguas pastosas de la política institucionalizada. Lo relevante en su versión más putrefacta ha sido comprobar que la acción indebida no ha mutado, en este país, ni de manera puntual ni se encuentra arrinconada en excepcionales perversidades de un político por aquí, un empresario por allá. La parrilla de salida de la mala práxis con respecto a los dineros, bien saliendo de manera irregular, bien no entrando por el conducto tributario establecido, parece no tener ni una pieza destacada para que ésta sea vigilada, arrinconada y obligada a entregar sus hirientes armas; las tramas, por el contrario, a medida que se van descubriendo, denotan un mal hacer con idénticos patrones y, sobre todo, con un apellido común: impunidad.

Transparencia1Por primera vez en treinta y cinco años la ciudadanía parece haber enterrado la capacidad de asombro ante la certeza de que el titular escandaloso de hoy puede quedar sumergido en el encabezado ominoso de mañana. Nos vemos, no cabe duda, retratados como sociedad al ir hilvanando el trajín que nos ha traído hasta aquí, y para eso no ha hecho falta más que un lustro, tan celeroso ha sido el derrumbe de la falsa opulencia que nos trajo la democracia y que nos hacía presagiar que cualquiera de sus pequeñas alteraciones quedaría corregida por obra y gracia de los santos apostolados de las instituciones, la división de poderes, los vigilantes de los vigilantes y, en fin, eso que a muchos representantes públicos les apasiona denominar el Estado de derecho que nos hemos otorgado. A partir de esas premisas con esqueleto de Torre de Pisa, inclinándose imperceptiblemente hacia el abismo sin que pudiéramos percibirlo de manera cotidiana, resulta irreprochable que la ciudadanía, en general, se deba sentir inimputable moralmente; como sociedad no podíamos preverlo, si acaso pudimos detener la construcción antes de que los cimientos armaran todo este jaleo. Y es que no hay transición posible ni creible que intente sustentar su éxito en un simple cambio de cromos que oculta lo que hay entre bambalinas, esa herencia impoluta que protegió y dio cobijo al empresariado que se embolsó las ganancias de la esclavitud y la barbarie, sin un mercado libre, sin competidores y siendo parte del ejército no cautivo, como un soldado más al servicio de la gloria del Caudillo; esa ausencia de renovación en la cúpula militar que vio reforzada su musculatura al recibir mimos y prebendas del primer gobierno socialdemócrata, como un mensaje de rendición ante los sables y los fusiles todavía amenazantes, con las pistolas del tricornio humeantes en su sed de recordar Aquí estoy yo. Y, por supuesto, con la creación de un proceso político que pintó los murales de todos los colores del espectro democrático de manera que la ceguera ante tantas papeletas por elegir no permitiera vislumbrar que la ruta estaba perfectamente diseñada para que nada se saliera del perfil.

Transparencia2No es sencillo confirmar si la estructura de elección y representatividad es el germen o la metástasis, pero no cabe duda que unas buenas listas cerradas, donde el que se salga del círculo cae al abismo y se queda sin cenar caliente, ha ayudado al capital a no tener que diversificar innecesariamente a sus rehenes; obtener el puesto número seis por Madrid, por poner un ejemplo, se convierte en lucha de guadañas en la oscura noche de los comités y las asambleas: nadie te conoce, nadie repara en tí, pero tienes el escaño asegurado. Una vez comprobado lo mullido del sillón cuatrienal, ¿quién va a recordar la supuesta obligación de defensa de los intereses ciudadanos de tu distrito, provincia, o como quiera denominarse? Aquí se levanta el pulgar o se mira para otro lado según marque el ritmo de rueda del jefe de equipo. De este modo, ciento y largo diputados cobran, viven, existen, se contonean al sonido de un único silbido. Pero aquí se paga a escote, el de ellos; aquí no brota aquel que disiente y lo argumenta, sino el que calla, otorga, y presume de ello. El problema es que las alcantarillas han dejado de realizar cotidianamente sus tareas de mantenimiento y la porquería ha aflorado en doble sentido, que a fin de cuentas es la dirección inevitable. Como no andamos muy duchos en el noble arte de la transparencia real, pues jugamos a la que sabemos: una especie de strip poker pudoroso, en el que enseñamos cacho pero nos reservamos alguna prenda. No resulta erótico, sino patético, ver lanzarse de un bando a otro declaraciones de IRPF y patrimonio, mientras la paga extra se guarda bajo la manga. ¿La queremos con IVA o sin IVA? Sencillamente, preferiríamos no haber tenido que llamar a estos fontaneros.