No hay derecho a salir con miedo a la calle

Primero el verso; después, sin rabia, la prosa.

En 1998, Ismael Serrano incluía este Mi vida no hay derecho en su segundo álbum, La memoria de los peces. Su significado lírico y político encuentra perfecto acomodo en tantas situaciones del caótico mundo actual como que, si cerramos los ojos y dejamos esas imágenes de México en llamas, nos podemos encontrar tirados en la acera, en la noche ruidosa del Paseo del Prado hace dos jornadas, con la cabeza abierta y ensangrentada. No hay derecho a salir con miedo a la calle, tanto menos cuando las pancartas y consignas abrumadoramente mayoritarias claman por una conversación pacífica y con mesura, frente a frente, entre los detentadores constitucionales de la Soberanía Nacional y aquellos a los que les ha sido temporalmente delegada esa vital función para conseguir el pragmatismo ejecutor de las decisiones y políticas que hagan viable el cumplimiento del cuerpo normativo. Es así de sencillo, los plebiscitos cuatrianuales no confieren carta de naturaleza para ejercer esa función sin control ciudadano ni mucho menos para violentar la propia hoja de ruta que se ha estampado como compromiso de andadura por parte de los elegidos.

En lugar de eso, los delegados han optado por blindarse en la casa común y enviar a sus perros de cacería para dispersar a la ciudadanía, novata en dos de sus tercios en esto de reclamar el cumplimiento exquisito de los grandes principios que articulan una nación moderna. Ese 66% por ciento de la población actual que no tuvo la posibilidad temporal de participar en el referendum constitucional de 1978 y que, perfectamente, puede entender que el pacto social que se deriva de su articulado no es el adecuado para estos tiempos que corren. Tal vez en el espíritu de su letra no bucee el escualo a temer, en tanto el uso y desarrollo que se le ha dado, su significado interpretativo y su evolución suponen las rémoras que no limpian, mas al contrario ponen todo perdido y nos desorientan, nos empujan a solicitar un cambio completo. Y, de nuevo, tal vez no. Tal vez sólo necesitamos encuadernar de nuevo el contenido, darle lustre, retirar el polvo que se ha asentado sobre los surcos de sus letras y, para eso, estamos en estos días encontrándonos frente al Congreso de los Diputados, intentando conectar de manera extraordinaria con aquellos que piensan que no deben rendirnos cuentas a la cara hasta el final de la legislatura. Así lo han hecho siempre, y así pretenden continuar. Pero no, las cosas han cambiado como para pensar que dentro de poco, toque de queda… y cada uno, en silencio, mansamente, a resguardarnos al caer la noche. El encuentro de tantos miles de ciudadanos reivindicando que el timbre sea contestado, pacíficamente, fue la mayor demostración de que, frente a la fortaleza con protección felina, se encuentra la responsabilidad que tanto afirman autoimponerse los que fuman habanos, distraídamente, en paseos turísticos, para que aquellos que no se manifiestan ni salen en TV continúen en casa, confiados que él y los suyos les transmiten tranquilidad de aquí a 2015.

El sábado se cumplirá exactamente un año de la convocatoria de la última Huelga General celebrada en el Estado español. El 29 de septiembre de 2012 volvamos a encontrarnos, volvamos a mantener el sonido del eco golpeando los muros de la Cámara Baja para que se vaya filtrando que no hay derecho a que nos hagan salir con miedo a la calle, a que no hay derecho que se encierren en nuestra casa y nos lancen las maletas por la ventana.

 

 

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