Aquí los que especulan con el hambre, aquí los hambrientos

Mientras preparamos casi a diario nuevas pancartas que señalen a los responsables con rostro de nuestra magna depresión, no estamos exentos la gran mayoría de preguntarnos qué madeja completa nos ha llevado a este camino sin aparente salida. Sabemos de la corrupción institucionalizada, de sus conexiones con la maquinaria financiera para no entrometerse en las grandes estafas que han arruinado a prestatarios de hipotecas varias, consumidores de productos complejos firmados, en muchas ocasiones, con dolo, asesoramiento alevoso y hasta nocturnidad en las condiciones generales; nos hacemos, cada día con menos legañas, un paisaje de todo lo que conscientemente se estaba montando ante nosotros para crear una apariencia de inacabable prosperidad a las clases trabajadoras mientras que, en realidad, se tejía esa madeja que antes nombrábamos, y en la que sólo enraizan los tradicionales intereses de las castas privilegiadas, en esta ocasión las familias del capital que no se obsesionan con el lustre de apellidos y castillos, sino con el control codicioso de los recursos y su manufactura, todo ello al menor coste posible y con la máxima multiplicación del beneficio posible.

Pero volvamos a nuestra habitación, con el eslogan más apropiado ya pintado y repintado en la pancarta que mañana nos pondremos por solidaria montera, en busca de recuperar el control en el futuro. Buscamos la recuperación de un escenario auténticamente democrático, si es que alguna vez existió ese plató con todos los focos dispuestos; también detener la destrucción de nuestros derechos, así como la amputación del sistema de derechos y garantías sociales. Hemos despertado y no sólo aspiramos a retornar a ese cierto control de nuestra realidad socio-económica, sino que muchos han aprendido la lección y perjuran no volver a abandonar su responsabilidad ciudadana; otros tantos no se quedan tan cortos y reclaman la superación de lo arruinado, poner cuanto antes los pilares de un proyecto nuevo, una confianza en que estamos a tiempo de ser honestos con nosotros mismos.

Y todo eso ocurre por aquí. Ya estamos dando doble vuelta a la cerradura y nos disponemos a encontrarnos con nuestros congéneres para reclamar lo hurtado pero, ¿Quiénes son esos compañeros de viaje? ¿Están segmentados por fronteras, nivel de pobreza, lenguas de raíz común? Porque si la solidaridad y el compromiso con la rudeza de esta hecatombe provocada es completo, se hace inevitable de manera inmediata alzar la comprensión al tallo arrancado de las manos hambrientas y convertido en el elemento especulativo más perverso: el de la rentabilidad por la hambruna. Hablamos del Mercado de Futuros de Chicago.

El CME Group de Chicago nació la década pasada de la fusión de los dos mayores mercados de futuros de Estados Unidos: el Chicago Mercantile Exchange (CME) y el Chicago Board of Trade (CBOT) Holding. En este macromercado podrido se juega a la bolsa de los productos de primera necesidad, con una evidente ausencia de control en cuanto al equilibrio de su naturaleza. Todo aquello que millones de brazos agotados cultivan en países con necesidades evidentes de alimentación y lucha contra la hambruna es valorado de manera especulativa en este descontrolado recinto, con el podrido interés de encontrar nuevas vías de enriquecimiento rápido tras el pinchazo de las burbujas puntocom, primero, y del mercado inmobiliario después. Éstas dos dejaron en el camino ruinas directas (accionistas) e indirectas (trabajadores, hipotecados, etc.), que fueron arrastradas por una cierta codicia cándida y por la quiebra general de mercados complementarios a los derruidos, pero también grandes fortunas previstas desde la información privilegiada y la ruleta rusa sin balas de los que nunca pierden. Lo que ocurre a diario en el Mercado de Futuros es, en cambio, la crónica de una pobreza mortal con garantía previa. La seguridad alimentaria, más allá de las hambrunas producidas por las inevitables sequías e inundaciones, no puede estar en manos de compro y vendo. La liberalización de este mercado por parte de la Organización Mundial del Comercio deja el elemento productivo indispensable para evitar la inanición diaria de miles de hombres, mujeres y niños en manos que no tienen nada de hambre, que compran para sus consorcios y hacen acopio, como si de un gigantesco granero blindado se tratara, a la espera de ver cotizadas sus expectativas de precio antes de liberar esa mercancia para que la ganancia sea superlativa.

Esta última perversión que deja cualquier honesta demanda a este lado del ecuador en lamentaciones de despintado salón fue ideada, como no, por la putrefacta estrategia de Goldman Sachs, que a principios de los noventa plantó el germen de productos complejos basados en alimentos básicos como el arroz, el café o el trigo. Los brokers entraron, de este modo, en lo que era un mercado especializado y desarrollaron sus habituales estrategias sin importarles hacer saltar la banca. De este modo, los precios a pagar a los agricultores (prefijados) y lo cobrado a los consumidores se alteran merced a los intereses que se vayan movilizando en función de previsión de mayores ganancias, jugando con trampas. Como recordamos, porque los valores ya no suben y bajan cuando el trueno suena, sino cuando las grandes corporaciones y sus socios de Chicago crean la estrategia para dejar el mercado más o menos surtido. Con precios que han aumentado en los últimos diez años hasta un 70%, en el Tercer Mundo no están para pancartas. Ni fuerza les queda para sostenerlas.

Anuncios