Dos versos libres que se esfuman en una distancia cercana

¿Cómo la historia puede coser en tan pocos días dos destinos finales de tamaña antagonía? El azar, la quiebra cortazariana que desciende por la fachada de nuestra vida política y va recorriendo rostros y realidades aparentemente lejanas… hasta darles forma en nueva escultura textual. Paradojas de los pasos que se van andando: hace escasamente una semana, la entonces Presidentísima madrileña, Esperanza Aguirre, acusaba a Santiago Carrillo de ser responsable directo de delatar a más de la mitad de los presos que se pudrieron en las cárceles franquistas. La algarada inconexa de la malencarada dirigente popular hundía gratuitas dudas desde la trinchera contraria, la de vino y rosas en blanco y negro pero con comodidades de la paz sangrienta. El motivo de tanto vicio dialéctico, como es habitual en las torpezas aguirristas, difícilmente se comprenderá.

Una semana después, Santiago Carrillo ha muerto. Con su abrumadora personalidad, presa de irregularidades y contradicciones, dubitativa en los años en que la falta de aspiraciones públicas permite reafirmar lo realizado. Que el líder comunista durante el núcleo central del pasado siglo XX fuera un ortodoxo revolucionario no casa con su realidad pequeño burguesa, a juicio de los puristas del marxismo de todo signo, tanto en su andadura en el exilio ruso y francés, como en aquellos experimentos eurocomunistas que supusieron, tal vez, una innovación temprana frente al cierre de filas de las grandes masas de izquierda en torno al brillo soviético, que guiaba y pagaba los proyectos y las facturas. Un intelectual español que tropezó más tardes de las que hubiera deseado con la familia Carrillo en París no soportaba, precisamente por su liberalismo rampante, aquella flema afrancesada, incómoda hasta para el entorno más chic de la capital gala entre la intelectualidad española, de los retoños de Santiago. En realidad, a su vuelta, las élites marxistas que acompañaron el retorno desconfiaban de la imagen que sabían de irritante paja al rozarse con las bases como champú pero que, más arriba, escocía, picaba día y noche.

Hoy finalizó la historia de un hombre que es, en sí, volúmenes completos de nuestra historia tal cual se ha conformado en la actualidad. Se marcha definitivamente un día después de la despedida, en este caso política, de una contradicción ideológica, si de eso algo tiene, como puede ser Esperanza Aguirre. La lideresa ha acelerado en pocas horas sus posiciones de estrategia a medio plazo, quizás el que realmente tiene. El partido se ha desperezado tras el despertar hosco con que la dirigente madrileña le zarandeó ayer y ha marcado barreras a esa afirmación de facto por la cual Ignacio González pretende transmutarse en la torpe Aguirre como si todo siguiera como de costumbre, mientras ella ya se ha incorporado a nuevas funciones laborales para acometer, palabras propias, sus particulares circunstancias a otro ritmo. Por los pasillos del Hospital Gregorio Marañón parece que se desliza a diario el motivo firme por el que esta desaparición política se ha sustanciado en cuestión de horas. Es cuestión de breve paciencia que los rumores se oficialicen en forma de comunicados solemnes.

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