No hay derecho a salir con miedo a la calle

Primero el verso; después, sin rabia, la prosa.

En 1998, Ismael Serrano incluía este Mi vida no hay derecho en su segundo álbum, La memoria de los peces. Su significado lírico y político encuentra perfecto acomodo en tantas situaciones del caótico mundo actual como que, si cerramos los ojos y dejamos esas imágenes de México en llamas, nos podemos encontrar tirados en la acera, en la noche ruidosa del Paseo del Prado hace dos jornadas, con la cabeza abierta y ensangrentada. No hay derecho a salir con miedo a la calle, tanto menos cuando las pancartas y consignas abrumadoramente mayoritarias claman por una conversación pacífica y con mesura, frente a frente, entre los detentadores constitucionales de la Soberanía Nacional y aquellos a los que les ha sido temporalmente delegada esa vital función para conseguir el pragmatismo ejecutor de las decisiones y políticas que hagan viable el cumplimiento del cuerpo normativo. Es así de sencillo, los plebiscitos cuatrianuales no confieren carta de naturaleza para ejercer esa función sin control ciudadano ni mucho menos para violentar la propia hoja de ruta que se ha estampado como compromiso de andadura por parte de los elegidos.

En lugar de eso, los delegados han optado por blindarse en la casa común y enviar a sus perros de cacería para dispersar a la ciudadanía, novata en dos de sus tercios en esto de reclamar el cumplimiento exquisito de los grandes principios que articulan una nación moderna. Ese 66% por ciento de la población actual que no tuvo la posibilidad temporal de participar en el referendum constitucional de 1978 y que, perfectamente, puede entender que el pacto social que se deriva de su articulado no es el adecuado para estos tiempos que corren. Tal vez en el espíritu de su letra no bucee el escualo a temer, en tanto el uso y desarrollo que se le ha dado, su significado interpretativo y su evolución suponen las rémoras que no limpian, mas al contrario ponen todo perdido y nos desorientan, nos empujan a solicitar un cambio completo. Y, de nuevo, tal vez no. Tal vez sólo necesitamos encuadernar de nuevo el contenido, darle lustre, retirar el polvo que se ha asentado sobre los surcos de sus letras y, para eso, estamos en estos días encontrándonos frente al Congreso de los Diputados, intentando conectar de manera extraordinaria con aquellos que piensan que no deben rendirnos cuentas a la cara hasta el final de la legislatura. Así lo han hecho siempre, y así pretenden continuar. Pero no, las cosas han cambiado como para pensar que dentro de poco, toque de queda… y cada uno, en silencio, mansamente, a resguardarnos al caer la noche. El encuentro de tantos miles de ciudadanos reivindicando que el timbre sea contestado, pacíficamente, fue la mayor demostración de que, frente a la fortaleza con protección felina, se encuentra la responsabilidad que tanto afirman autoimponerse los que fuman habanos, distraídamente, en paseos turísticos, para que aquellos que no se manifiestan ni salen en TV continúen en casa, confiados que él y los suyos les transmiten tranquilidad de aquí a 2015.

El sábado se cumplirá exactamente un año de la convocatoria de la última Huelga General celebrada en el Estado español. El 29 de septiembre de 2012 volvamos a encontrarnos, volvamos a mantener el sonido del eco golpeando los muros de la Cámara Baja para que se vaya filtrando que no hay derecho a que nos hagan salir con miedo a la calle, a que no hay derecho que se encierren en nuestra casa y nos lancen las maletas por la ventana.

 

 

No miremos los golpes

Hace menos de veinticuatro horas que la violencia, los cachiporrazos, las carreras y los gritos se han evaporado de las calles y plazas aledañas al Congreso de Los Diputados, imágenes que todos hemos soportado con la sensación de asistir a una cacería advertida, programada y casi podría afirmarse que instigada desde las instituciones que deben velar por lo contrario. Miremos ahora lo sucedido y sus conclusiones pero sin acompañamiento visual; que el análisis pueda fluir sin la rabia de leer con un ojo en la prosa y el otro en el cerco de la violencia.

La iniciativa que pretendía diseñar un marco de protesta saliendo de los habituales cliché de la clásica manifestación que desemboca en mítines, aplausos y a otra cosa no vio valorada su innovadora propuesta por las principales fuerzas políticas del Estado, en especial por el actual partido gobernante, que alertó desde sus primeros pasos que nos encontrábamos ante un movimiento casi golpista, invadido de elementos antisistema a derecha e izquierda de las causas perdidas. Esa desacreditación preventiva, que es una evolución a ras de calle patria de las intervenciones armadas apoyadas por este país a principios de siglo, de Azores a Bagdad, ha hinchado el pecho a las altas esferas encargadas de la seguridad para continuar, a medida que el día 25 de septiembre se acercaba en el calendario, la escalada de golpe dialéctico; es quizás el primer momento en la etapa democrática de este país en que se ha visto, sin la más mínima neblina en el horizonte institucional, la condena y la repulsa de un mensaje ciudadano colectivo antes de que éste sucediera. No olvidemos que si la Delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, estaba tan segura de la animosidad invasora de los convocantes, carece de sentido que autorizara la concentración sin poner peros y pegas. Evidentemente, a sabiendas de que en sus limitadas competencias no se encuentra prohibir arbitrariamente marchas y manifestaciones, no le quedó otra opción que desarrollar ese hábito tan cristiano de “a dios rogando, y con el mazo dando”. En este caso, firmando el visto bueno por un lado y afirmando por el otro que ya estaban fichados mil elementos subversivos que, de aparecer, serían detenidos, así como retrayendo a miles de potenciales asistentes con la certeza de que los que lideraban la acción eran unos borrokas de padre y muy señor suyo.

Una vez diseñada la disuasión global, a las fuerzas que supuestamente velan por el orden se les inquirió a ejercer dicha actividad de manera más individualizada, presentándose en las asambleas preparatorias que se venían celebrando por los convocantes los domingos en el Parque del Retiro y conculcando, de facto, el derecho de reunión. No satisfecho o, más concretamente, intranquilo el dispositivo de previa dispersión, durante los días previos a la jornada de ayer, se lanzó la llamarada de amenazas y recordatorios de dudoso encaje legal acerca del ramillete de delitos tipificados y a la espera de ser ejercido sobre todo aquél que osara siquiera rozar el sistema de vallado casi fronterizo de la sede parlamentaria de la Carrera de San Jerónimo. En efecto, el dispositivo levantado por todas las vías de acceso al recinto de la Cámara Baja respondían a una vergonzosa sensación de amurallada República Independiente de Parlamentolandia, a la que no se podría acceder sin sortear controles, presentación de acreditaciones y permisos, así como las ahumadas miradas de las guardias fronterizas.

Con todo esto, más de diez mil ciudadanos se dieron ayer cita por donde el blindaje del hemiciclo lo permitió, para transmitir de viva voz que un importante segmento ciudadano entiende que hay un vicio en la representatividad del poder legislativo y ejecutivo, que no se puede consentir la presentación electoral de programas políticos que se incumplen en su totalidad sin consecuencias, sin suponer un vicio del contrato social en el que los cesionarios temporales de la Soberanía Popular ven raptada su voluntad durante cuatro años. Titular lo sucedido en base a las minorías que provocaron alboroto, sean éstas elementos descontrolados de la colectividad ciudadana o, como se afirma en diversas informaciones, miembros de las fuerzas antidisturbios infiltradas, tiene poco margen de interés para lo que realmente importa, que no puede ser otra circunstancia más allá del calado que haya quedado retumbando contra los muros del Congreso. Los populares han levantado el telón de la jornada corroborando sus supuestos temores previos, una especie de “yo ya lo advertí”, así como alabando el mandoble y tentetieso de los cuerpos de seguridad con placa bien oculta; los socialdemócratas callan, ni siquiera guiñan ofreciendo su mejilla provechosa. La izquierda plural se unió al pueblo, y los ni aquí ni allá pero en todos lados de UPyD afirmaron que los de fuera no son la España en la que ellos flotan.

Hoy, jornada de sangrienta resaca, se han convocado nuevas concentraciones, reiteración del mensaje. Si continúa la sordera desde los escaños, el grito retumbará hasta derruir los cientos de tímpanos ausentes.

Tras el escalofrío de lo vivido, este texto sin reposo debe concluir, en este punto sí, con la imagen de lo sufrido.

    

 

 

Aquí los que especulan con el hambre, aquí los hambrientos

Mientras preparamos casi a diario nuevas pancartas que señalen a los responsables con rostro de nuestra magna depresión, no estamos exentos la gran mayoría de preguntarnos qué madeja completa nos ha llevado a este camino sin aparente salida. Sabemos de la corrupción institucionalizada, de sus conexiones con la maquinaria financiera para no entrometerse en las grandes estafas que han arruinado a prestatarios de hipotecas varias, consumidores de productos complejos firmados, en muchas ocasiones, con dolo, asesoramiento alevoso y hasta nocturnidad en las condiciones generales; nos hacemos, cada día con menos legañas, un paisaje de todo lo que conscientemente se estaba montando ante nosotros para crear una apariencia de inacabable prosperidad a las clases trabajadoras mientras que, en realidad, se tejía esa madeja que antes nombrábamos, y en la que sólo enraizan los tradicionales intereses de las castas privilegiadas, en esta ocasión las familias del capital que no se obsesionan con el lustre de apellidos y castillos, sino con el control codicioso de los recursos y su manufactura, todo ello al menor coste posible y con la máxima multiplicación del beneficio posible.

Pero volvamos a nuestra habitación, con el eslogan más apropiado ya pintado y repintado en la pancarta que mañana nos pondremos por solidaria montera, en busca de recuperar el control en el futuro. Buscamos la recuperación de un escenario auténticamente democrático, si es que alguna vez existió ese plató con todos los focos dispuestos; también detener la destrucción de nuestros derechos, así como la amputación del sistema de derechos y garantías sociales. Hemos despertado y no sólo aspiramos a retornar a ese cierto control de nuestra realidad socio-económica, sino que muchos han aprendido la lección y perjuran no volver a abandonar su responsabilidad ciudadana; otros tantos no se quedan tan cortos y reclaman la superación de lo arruinado, poner cuanto antes los pilares de un proyecto nuevo, una confianza en que estamos a tiempo de ser honestos con nosotros mismos.

Y todo eso ocurre por aquí. Ya estamos dando doble vuelta a la cerradura y nos disponemos a encontrarnos con nuestros congéneres para reclamar lo hurtado pero, ¿Quiénes son esos compañeros de viaje? ¿Están segmentados por fronteras, nivel de pobreza, lenguas de raíz común? Porque si la solidaridad y el compromiso con la rudeza de esta hecatombe provocada es completo, se hace inevitable de manera inmediata alzar la comprensión al tallo arrancado de las manos hambrientas y convertido en el elemento especulativo más perverso: el de la rentabilidad por la hambruna. Hablamos del Mercado de Futuros de Chicago.

El CME Group de Chicago nació la década pasada de la fusión de los dos mayores mercados de futuros de Estados Unidos: el Chicago Mercantile Exchange (CME) y el Chicago Board of Trade (CBOT) Holding. En este macromercado podrido se juega a la bolsa de los productos de primera necesidad, con una evidente ausencia de control en cuanto al equilibrio de su naturaleza. Todo aquello que millones de brazos agotados cultivan en países con necesidades evidentes de alimentación y lucha contra la hambruna es valorado de manera especulativa en este descontrolado recinto, con el podrido interés de encontrar nuevas vías de enriquecimiento rápido tras el pinchazo de las burbujas puntocom, primero, y del mercado inmobiliario después. Éstas dos dejaron en el camino ruinas directas (accionistas) e indirectas (trabajadores, hipotecados, etc.), que fueron arrastradas por una cierta codicia cándida y por la quiebra general de mercados complementarios a los derruidos, pero también grandes fortunas previstas desde la información privilegiada y la ruleta rusa sin balas de los que nunca pierden. Lo que ocurre a diario en el Mercado de Futuros es, en cambio, la crónica de una pobreza mortal con garantía previa. La seguridad alimentaria, más allá de las hambrunas producidas por las inevitables sequías e inundaciones, no puede estar en manos de compro y vendo. La liberalización de este mercado por parte de la Organización Mundial del Comercio deja el elemento productivo indispensable para evitar la inanición diaria de miles de hombres, mujeres y niños en manos que no tienen nada de hambre, que compran para sus consorcios y hacen acopio, como si de un gigantesco granero blindado se tratara, a la espera de ver cotizadas sus expectativas de precio antes de liberar esa mercancia para que la ganancia sea superlativa.

Esta última perversión que deja cualquier honesta demanda a este lado del ecuador en lamentaciones de despintado salón fue ideada, como no, por la putrefacta estrategia de Goldman Sachs, que a principios de los noventa plantó el germen de productos complejos basados en alimentos básicos como el arroz, el café o el trigo. Los brokers entraron, de este modo, en lo que era un mercado especializado y desarrollaron sus habituales estrategias sin importarles hacer saltar la banca. De este modo, los precios a pagar a los agricultores (prefijados) y lo cobrado a los consumidores se alteran merced a los intereses que se vayan movilizando en función de previsión de mayores ganancias, jugando con trampas. Como recordamos, porque los valores ya no suben y bajan cuando el trueno suena, sino cuando las grandes corporaciones y sus socios de Chicago crean la estrategia para dejar el mercado más o menos surtido. Con precios que han aumentado en los últimos diez años hasta un 70%, en el Tercer Mundo no están para pancartas. Ni fuerza les queda para sostenerlas.

Dos versos libres que se esfuman en una distancia cercana

¿Cómo la historia puede coser en tan pocos días dos destinos finales de tamaña antagonía? El azar, la quiebra cortazariana que desciende por la fachada de nuestra vida política y va recorriendo rostros y realidades aparentemente lejanas… hasta darles forma en nueva escultura textual. Paradojas de los pasos que se van andando: hace escasamente una semana, la entonces Presidentísima madrileña, Esperanza Aguirre, acusaba a Santiago Carrillo de ser responsable directo de delatar a más de la mitad de los presos que se pudrieron en las cárceles franquistas. La algarada inconexa de la malencarada dirigente popular hundía gratuitas dudas desde la trinchera contraria, la de vino y rosas en blanco y negro pero con comodidades de la paz sangrienta. El motivo de tanto vicio dialéctico, como es habitual en las torpezas aguirristas, difícilmente se comprenderá.

Una semana después, Santiago Carrillo ha muerto. Con su abrumadora personalidad, presa de irregularidades y contradicciones, dubitativa en los años en que la falta de aspiraciones públicas permite reafirmar lo realizado. Que el líder comunista durante el núcleo central del pasado siglo XX fuera un ortodoxo revolucionario no casa con su realidad pequeño burguesa, a juicio de los puristas del marxismo de todo signo, tanto en su andadura en el exilio ruso y francés, como en aquellos experimentos eurocomunistas que supusieron, tal vez, una innovación temprana frente al cierre de filas de las grandes masas de izquierda en torno al brillo soviético, que guiaba y pagaba los proyectos y las facturas. Un intelectual español que tropezó más tardes de las que hubiera deseado con la familia Carrillo en París no soportaba, precisamente por su liberalismo rampante, aquella flema afrancesada, incómoda hasta para el entorno más chic de la capital gala entre la intelectualidad española, de los retoños de Santiago. En realidad, a su vuelta, las élites marxistas que acompañaron el retorno desconfiaban de la imagen que sabían de irritante paja al rozarse con las bases como champú pero que, más arriba, escocía, picaba día y noche.

Hoy finalizó la historia de un hombre que es, en sí, volúmenes completos de nuestra historia tal cual se ha conformado en la actualidad. Se marcha definitivamente un día después de la despedida, en este caso política, de una contradicción ideológica, si de eso algo tiene, como puede ser Esperanza Aguirre. La lideresa ha acelerado en pocas horas sus posiciones de estrategia a medio plazo, quizás el que realmente tiene. El partido se ha desperezado tras el despertar hosco con que la dirigente madrileña le zarandeó ayer y ha marcado barreras a esa afirmación de facto por la cual Ignacio González pretende transmutarse en la torpe Aguirre como si todo siguiera como de costumbre, mientras ella ya se ha incorporado a nuevas funciones laborales para acometer, palabras propias, sus particulares circunstancias a otro ritmo. Por los pasillos del Hospital Gregorio Marañón parece que se desliza a diario el motivo firme por el que esta desaparición política se ha sustanciado en cuestión de horas. Es cuestión de breve paciencia que los rumores se oficialicen en forma de comunicados solemnes.

¿Por qué lo llama dimisión cuando quiere decir rendición?

Pocas aptitudes se le pueden colgar al rugoso cuello de la denominada lideresa, como si ese adjetivo impostado, de innovadora irrealidad, haya creado por si mismo una presencia, una actitud, una labor y una personalidad que hoy merezcan, en momentos de sorpresiva renuncia a su autoimpuesta catalogación, una sentida, colectiva, reverencia por su marcha contenida pero juguetonamente lacrimosa. Esperanza Aguirre es, en esencia, aquella burricalva Ministra de Educación de la primera legislatura presidida por José María Aznar, presa golosa y fácil de Pablo Carbonell y compañía en las dominicales guasas de Caiga quien caiga. Su llegada a tan alta responsabilidad coincidió con el despiece inexorable de la cobertura intelectual del Estado, hecha pellejo en esa sonrisa inquietante, de esquiva malignidad adornada de tontuna maquillada, capaz de expulsar veleidades de soberbia tontuna descarada como la afirmación rotunda de ser admiradora imperturbable de la compleja obra de esa poetisa portuguesa de nombre Sara Mago y que representa la sensibilidad lusitana de la misma manera que sus lacados compuestos capilares sostenían una gruesa capa de agresividad contra el ozono, contra el entorno, contra la respetabilidad misma de un país que aún no era consciente de cuan bajo puede caer el electorado cuando la irreflexión y la confianza en un sistema ya consolidado deja paso al oportunismo mafioso.

Porque esa misma bobalicona con el único encanto de hacer sonrojar a los cercanos y carcajear a los crédulos fue capaz de rodearse y presidir un grupo de codiciosos sin escrúpulos al frente de la candidatura del PP para la Comunidad de Madrid. A falta de dos tortas, buenas fueron dos hostias, y sendos escaños socialistas desencajaron el apuntalado gobierno de Rafael Simancas bajo la prestidigitación de lo corrupto, comienzo inexorable de un imperio que ha caminado sobre la ignorancia, el populismo miope, preso de privatizaciones y obras mayores y menores a pagar en especies que se quedan en el debe de los herederos. Esperanza Aguirre, en estos nueve años, ha sostenido con el poder heróico de la demagogia de aristócrata barriada una sucesión de contubernios que han alimentado su ignorancia hasta hacerla creer realmente una imparable destinada a responsabilidades más altas. No hay duda, en su cabeza ha revoloteado con demasiado aleteo ensordecedor, casi mareante, la rocosa aspiración de convertirse en el primer jefe de gobierno de sexo femenino en este Estado sin rumbo. Como perfecto ejemplo de la ignorancia absolutista propia de aquella que se rodea de varones arrodillados, creyó ser inexpugnable frente a la opinión pública contra todo aquél proyectil machista que llegara de su formación, la de los hombres como deben ser, la de las mujeres que no dicen ser nada. Salvo ella.

Se nos marcha la lideresa un lunes al mediodía, con la discreción de sus legatarios bien anudada, escenificando un penúltimo artificio que deje cuenta de que no está pero sigue en el reflejo de su Ignacio González del alma, aquel que continuará la batalla por hacer el futuro de Mariano Rajoy un poco más agrio, con más necesidad de pedir en la botica un tinte más reforzado. Se marcha porque a lo mejor está enferma, o empeora, o si mejora prefiere dedicar sus horas a la prole extensa propia de su condición aristócrata. Se larga con viento fresco para recuperar, tres décadas después y presta a adquirir la condición de jubilada, la ilusión por retomar su condición funcionarial. Se pira la reina de la soberbia el mismo día que sus detestados contrincantes sindicales paralizan la ciudad, como si ese hecho le produjera un orgasmo político perpetuo, deteniendo el tiempo de su despedida, como un César sin ser acuchillado de frente, robándoles el protagonismo de la decencia como una última algarada vengativa. Se despide con la estructura social madrileña acribillada a rencores ultraliberales, disculpándose únicamente por sus meteduras de pata, obviando al resto de miembros y órganos de sus trajines descabellados para que el mundo, el suyo, el de los suyos, sea ahora mismo un mucho más de esos pocos parientes de largo apellido. Hace mutis por el foro porque sabe, afirma con más arruga de la cuenta, cuando hay que ser responsable y dejar paso en la primera línea política, ese momento que a juicio de los tácticos de la especulación electoral debe darse con el margen suficiente para que sus delfines puedan atar los comicios siguientes con amplio plazo. La Comunidad Autónoma de Madrid y su principal Ayuntamiento están en manos de dos deslegitimados, que buscan cobrar la herencia sin pasar por el notario. Esperanza Aguirre no se va, se rinde, pero su soberbia le impide hacerlo con una bandera blanca.

La Corona errática

La Jefatura del Estado hecha carne, así como toda la troupe cosanguinea que vive al amparo de los presupuestos generales destinados a la Casa Real, ha venido sufriendo un importante descrédito, fundamentalmente a lo largo de los dos últimos años, que no se plasma en las encuestas de valoración ciudadana acerca de las instituciones. Al menos, no se concreta con el mismo peso que supone la gravedad de determinadas situaciones que se suceden desde Zarzuela a Pedralbes, pasando por orillas muy negras, muy revueltas. La Corona continúa manteniendo plaza en posiciones europeas en esto de la simpatía que despierta entre la ciudadanía, aunque habiendo tenido que ceder su habitual primera plaza, obtenida a lo largo de los años no tanto por mérito propio sino gracias a esa burbuja protectora que ha hecho del palacio borbón una isla deseada y respetada gracias a la neblina que ha impedido ver su contaminación.

Ese espejismo tras la verjas de los dominios borbónicos se ha previsto repintar con una estrategia desesperada, propia de un brainstorming de últimos cartuchos ó, quien sabe, diseñada por especialistas del publicismo residentes en tierras lejanas, desconocedores por tanto de la metástasis que Borbolandia sufre en todos sus órganos. De lo contrario, resulta complicado asimilar la ceguera que ha llevado a la máxima institución nacional, primero, a actuar frente a polémicas de incontestable gravedad (actitud cruel y despilfarradora, inmoral desde cualquier ángulo, de Juan Carlos; imputaciones penales contrastadas sobre su yerno Iñaki Urdangarín, etc.) con la estrategia de levantar murallas bajo el océano y, después, aceptando que todo se soluciona con maquillajes de humilde droguería. Con respecto a las actividades pestilentes de algunos miembros del clan, su conocimiento reciente no significa que el virus de la corrupción y el absolutismo se haya colado por las tuberías regias de la noche a la mañana; sencillamente, las múltiples vías de comunicación y difusión derivadas del desarrollo de las redes sociales vienen corrigiendo, afortunadamente, la autocensura que en España se han impuesto los medios de información tradicionales para con la Casa Real. Cuando un elefante aparece acribillado tras el perfil sádico de su majestad de nada valen las llamadas a las diferentes redacciones y consejos editoriales para tratar con discreción esos resbalones sostenidos por compañía femenina de regio concubinato; una foto, más que nunca, vale no más sino tanto, tantísimo, que todas las palabras justificadoras, porque esa imagen corre como la pólvora del rifle borbónico pero con el ritmo de un boomerang, en dirección inversa, con millones de comentarios, reflexiones, denuncias y críticas hacia el entrecejo juancarlista, reforzando la certeza de que una sociedad contemporánea merece instituciones electivas, removibles y controlables, así como alertando nuevas consciencias que van despertando de la placidez con cuerpo de pesadilla.

Con la familia mal avenida y entrando en hospitales y saliendo de comisarias y juzgados, su derrumbre definitivo se ha evitado provisionalmente gracias al colchón que le viene proporcionando su homónimo gubernamental. El virrey Rajoy y sus huestes de millonarios ministros centran la indignación principal y crónica de la sociedad y, en ese caos, el Palacio de Invierno a ocupar tiene fachada de Congreso, tal vez de Moncloa, mientras La Zarzuela va librándose de la invasión hasta que los primeros objetivos sean conquistados. Ese tiempo precioso lo quiere aprovechar la dinastía borbónica para preparar sus defensas pero, como recordamos al principio, los encargados de diseñar las medidas de protección parecen poco atinados. Bien es cierto que algunas, inicialmente, no han recibido la aprobación de la soberbia patriarcal o, al menos, ella misma se ha encargado de dejarlas invalidadas con su propia reincidencia. Con el final del verano, la familia real se ha puesto a salvo de los objetivos furtivos y se ha aprestado a desarrollar una estrategia que difunda su genética campechanía pero frente a cámaras amigables.

La campaña no ha podido comenzar de peor manera. El book idílico de la pareja principesca y su prole (de la que reproducimos algunas instantáneas), con el estilo más casposo del Hola para condesas de segunda y aristócratas en decadencia, pretende mostrar, o eso se supone, la cercanía y fraternidad armónica de la familia heredera. Y eso se escenifica, en un Estado con seis millones de desempleados en ciernes y una agitación social producto de la amputación de derechos y prestaciones sin precedentes en la etapa democrática, mostrando una sucesión de rostros impostados, modelitos para señora, caballero e infantitas de lucimiento chic, todo ello rodeado de hectáreas de jardines versallescos. Si quieren caer simpáticos recordándonos el lujo del que disfrutan a costa de nuestros tributos, y que gracia les supone el asunto, desde luego que el asesoramiento recibido no comprende a qué tipo de situación se enfrenta. Tras esta ostentación provocadora, el próximo paso anunciado sigue la línea irregular de una estrategia desesperada por remontar terreno hacia la simpatía popular por aquellos que nunca han entendido el esfuerzo ni la necesidad de cultivar la responsabilidad de ese cargo con fondos pero sin contenidos; en próximas fechas, Televisión Española ha anunciado el estreno de un programa semanal sobre la actividad de la Casa Real. La pluralidad de la pública desaparece con los despidos de tantos profesionales que no casan con el reaccionarismo de Somoano y los suyos, mientras por la puerta grande entrará el monarca y familia a contarnos lo mucho que trabajan y lo normal que es su vida y su cotidianeidad. Lo dicho, si esto es asesorar, que lo cambien por algo de sentido común.

Lo que hay que Wert

A partir del minuto cuatro del video anterior pueden disfrutar de las reaccionarias opiniones de la catedrática de ciencias políticas en una institución que se cataloga como universitaria, la Rey Juan Carlos, así como columnista habitual del diario ABC, Edurne Uriarte. Más allá de que su visión de las cosas puede casar y hasta tener descendencia con la línea desinformativa que ya está poniendo, a toda máquina, el títere Somoano en TVE, la conservadora Uriarte, mujer de un sólo hombre, se encuentra entregada en católicos votos a José Ignacio Wert, casualmente Ministro de Educación y otras cosas del destruir.

A ver como podemos analizar esta situación sin que nos reviente una lágrima. La respetable imparcialidad de los servicios informativos de RTVE se ha ido desmoronando de manera manifiesta desde el cambio de gobierno a finales del pasado año, a cuentagotas, sin resultar apabullante de manera automática. Gradualmente, con la destitución de Fran Llorente y el resto de profesionales del ente público, se ha nombrado a una caterva de controladores a sueldo del mensaje que emerge de las ondas y las imágenes de Torrespaña que, en estos últimos días, han recibido la consigna de intentar una escapada de alta montaña que dejara en el camino todo lo que sonara a lugares de encuentro propios de aquello en lo que debe consistir la responsabilidad de la comunicación en un medio que sustentamos todos los ciudadanos con nuestros tributos. El necesario blindaje del ente público, a salvo de las veleidades planificadoras del poder político de turno, siguiendo el patrón de la británica BBC, se ha ido posponiendo por falta de entendimiento entre las dos principales fuerzas políticas nacionales y, de este modo, volvemos a encontrarnos con un intervencionismo manifiesto, acción propia de la actividad reaccionaria del Partido Popular, que aboga por una liberalización en lo económico, que critica con ferocidad cualquier expresión de supuesta censura en tierras lejanas pero que no soporta la pluralidad cuando asoma el hocico por La Moncloa.

La hoja de ruta de comienzo escolar ha sido diseñada de manera tan raudamente burda que, en sólo tres días, ha dejado al descubierto que los tiempos de Urdaci vuelven para quedarse. Su disimulo sólo ha alcanzado a disponer que pongan la cara principal ante el ajusticiamiento de profesionales de indiscutible imparcialidad algunos compañeros de la casa que puedan dar sensación de no ir con ellos la manipulación. En RNE  han ocupado las franjas horarias huérfanas de Juan Ramón Lucas o Toni Garrido voces reconocibles pero sin chicha, con olor a responso melódico. TVE ha esperado al mes de septiembre para hacer lo propio; con Ana Pastor entrando hoy en CNN por la puerta grande, ha sido María Casado la elegida para disimular con su rostro las garras de la sala de mandos. Su primer papelón consistió en moderar el aséptico encuentro del Presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, con un ramillete de periodistas sin ánimo de tirar a dar y desde ya ha tomado el mando de Los desayunos…

Como indigesto acompañamiento al té con pastas hoy se ha rodeado de un nuevo equipo de colaboradores entre los que destaca, de manera repugnante, la presencia de Edurne Uriarte. Y esto es así más allá de que para muchos ciudadanos les resulte demencial comprobar la salida de tertulianos como Jesús Marañas o Fernando Berlín, expulsiones sólo entendibles desde una óptica ideológicamente pacata, que detesta la diversidad y pretende convertir estos espacios televisivos en entidades proteccionistas de la hoja de ruta sin brújula del ejecutivo, para sufrir la presencia regular de opinadores como Uriarte, sino que el asunto entra de lleno en la gravedad de la prevaricación manifiesta. La imprescindible higiene política no puede permitir que el cónyuge de un alto miembro del Gobierno sea contratado en la cadena de todos; resulta intolerable tanto desde la óptica de esa sospecha penal que nunca puede revolotear sobre la cabeza, en este caso muy hueca, de un cargo público, cuanto más desde la previsibilidad de unas intervenciones absolutamente condicionadas por la relación afectiva que, de manera indisimulada (como ya hemos tenido ocasión de comprobar a cuenta del análisis altamente positivo que hace Uriarte de la mencionada entrevista al jefe de su marido), impedirá el más mínimo atisbo de crítica al partido de sus sueños, a la fábrica de la mitad de los garbanzos que se consumen en el domicilio Uriarte-Wert.