Cuando la miseria trasciende los bolsillos

Pues nada, ya estamos en 640 grados farenheit de deseconomía. Sorpresas no puede haber muchas, ni siquiera en el diccionario montoriano de lengua miserablemente pastosa a la hora de referir sus jocosas amputaciones colectivas. Entraron solos al Congreso de los Diputados, prendieron dolosamente las escasas ramas del futuro imperfecto, y salieron a la calle, a tomar el viento cálido de las cenizas que ya les aventuraban un lunes infernal. Les da igual. Los suyos, los pocos miles que pueblan sus huestes de verdad, los que con su fraude permanente al Estado que desprecian pero que destetan a diario, tienen de sobra para mantener a unos cuantos millones de incautos en la rueda roedora que busca, sin frontera, una salida a manos de criminales con pinta de sufridos a tiempo parcial.

A fin de cuentas, y a estas alturas del mercurio macroeconómico disparado, sabemos que los paños fríos en la frente y las infusiones tibias no valen de nada. Cada paquete de medidas reformistas no son más que pernadas a nuestras sangrantes vaginas productivas. En realidad, muchos ganan con este simposio de alta estafa a ritmo de bólido teutón; desde casa, sin coger sudores de asfalto, el capital se traslada de muchos a pocos, velozmente. ¿Cuál es el límite que se marcan para evitar la guillotina contemporánea? Aún no lo sabemos, ni debemos en ningún caso erradicar la impaciencia, mas al contrario hace un buen rato que la clase trabajadora, hoy convenientemente segmentada en estratos públicos y privados y éstos, con precisión quirúrgica, en tantas subclases como posibilidades haya de enfrentarla para hacer sentirnos ciudadanos de distinta estirpe, debe echar a andar hacia el epicentro de esta ruina premeditada a ritmo minero.

Y como tener la despensa escuálida distrae más de la cuenta el estómago, que a fin de cuentas es lo que cotiza cuando todo va dejando de bascular en el mareo de la desorientación social, los miserables aprovechan que el horizonte aparece borroso para arrinconar a la madre que lleva en su vientre un proyecto de vida previamente sufridor, que tendrá obligación de nasciturus porque las pobladas cejas católicas exigen darle cobijo, pero al que le han arrebatado la dependencia desde la casa común, ya vacía y nada nuestra.

Y así, de paso, cruzamos con pancartas la avenida de la desolación mientras a nuestras espaldas se reparten los fondos educativos en una germinación del segregacionismo lectivo de aupa. Treinta años después de haber comenzado una apuesta inevitable por la concertación para recuperar el mapa escolar público que los ascendientes del horror actual aplastaron, la inversión se viene torciendo conscientemente para abonar, con la raquítica paga de todos, jugosas estructuras apostólicas. No lo olvide, esquelético ciudadano, no queda en la hucha para lujos públicos.

La televisión y otras zarandajas tecnológicas hacen de pantalla modernista para provocarnos esa apariencia de que nos encontramos en una ruina distinta, más civilizada, más de 3G y banda ancha de mediocridad, como para temer el retorno a las cenizas de un país, de un paisaje global teñido de vencedores y vencidos. En los altares de la participación electoral controlada se encuentran, a sidiestra y siniestra, todos aquellos que nos eyacularon con agria pasta teórica la desaparición de la lucha de clases. Todos iguales en la pobreza y en la miseria resignada. Esto es lo que hay.

Y, qué cosas tan palpables como para sólo pelearlas con la única energía de una charla inocua de terraza estival, de las arcas suprapúblicas aparecen y aparecen botines para continuar estabilizando el cáncer que alimenta células caníbales. Arcas pero que muy públicas, muy de nuestro maldito trabajo mal pagado, en el que estamos sin derechos y acorralados, como si a la salida nos atracaran a diario a punta de navaja y lo acatáramos como un regreso a la adolescencia temerosa frente al matón de patio. Peor, ni siquiera retornamos al cobijo, cada día más tarde y más cansados, con la ensoñación de una venganza heróica. No estamos anestesiados. Dormitamos incómodamente en un coma inducido y nos obsesionamos con abrazar la luz definitiva. Una luz negra, un hueco tenebroso que, resignadamente, aceptamos como tumba prematura.

 

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3 respuestas a Cuando la miseria trasciende los bolsillos

  1. thedanielgue dijo:

    De Uruguay: America Latina a nosotros Desde que Colon nos descubrio y nos dijo atencion futuras minorias etnicas Aqui desembarcamos para traerles la civilizacion y la religion salvajes, que no hablan español Asi nuestros antepasados se arrodillaron para rezar . Y todavia estamos pagando deudas al mundo entero Ahora recien empezamos a caminar de pie y comer todos los dias Pero los dueños del mundo no estan derrotados simplemente apuntaron hacia Europa. Gandhi decia los recursos del mundo sobran para repartirlos pero no alcanzan para la codicia de unos pocos Hay que cambiar los valores sociales , porque gritar revolucion hasta que me acomode no va mas.

  2. Tras leer algunas de las entradas, déjeme decirle que me siento un poco mejor…¡no, no soy masoquista!, es que están escritas con una calidad indudable, de excelencia literaria diría incluso; pero lo que es mejor de todo, con clarividencia y sin concesiones. Yo no sé si es porque coincide con todos mis planteamientos o tristes augurios (si no comenzamos a movernos deprisa); pero gracias a esta lectura, he sentido que, aunque parezca mentira, aún hay esperanza, cabalgando en mentes lúcidas como la de quien escribió este artículo. Gracias.

    • Tinejo dijo:

      Amigo Lino, la lucidez reside en nuestras comunes guaridas. Si la inspiración se colectiviza, si la esperanza pasa de gaseoso a sólido, nuestra Casa será realmente un hogar.

      Es un placer dominical de primer orden su visita y compañía, el mejor desayuno!

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