El sentido común

Para aproximarnos a la concepción macroeconómica de los Estados modernos, éstos deberían entenderse como enormes cooperativas en las que el equipo gestor es renovado entre sus miembros cada cierto tiempo, con la aquiescencia del grueso cooperativista, en la intención última de coordinar la actividad colectiva en busca de un crecimiento solidario y equilibrado. Esto es así porque, si bien en su estructura pivotan, a estas alturas del cuento, entidades que dicen ser parte del proceso aunque transiten como óxido por el torrente sanguineo nacional, en puridad llamamos Estado a aquello que hemos aceptado como supraindividual para mejor proteger nuestros legítimos intereses a vivir con una pizca de solidaridad vital.

Sin entrar a valorar esas células cancerígenas con capacidad permanente de mantener el cuerpo receptor latiendo, con el menor pulso posible, casi como una afrenta filosófica al concepto matriz que les da confortable cobijo, las fronteras suponen una entelequia de protección múltiple que hace bien a la condición humana. Cuando las cosas marchan todo se relaja un poco y descuidamos nuestras obligaciones para con la cooperativa; así, acudimos a las reuniones y asambleas sin mucho ánimo, en ocasiones hasta nos ausentamos con algún justificante manipulado y, claro, vamos dejando hacer, dejando pasar, en la casa común, como si fuera problema de otros, como si nuestros problemas se solucionaran con la varita invisible que dicen enarbolar a cuentagotas los elegidos.

Los elegidos, claro, como más allá de las correspondientes auras que se les van formando por el respaldo ajeno, están compuestos de las mismas imperfecciones neuronales que unos servidores, comienzan a irradiar un mesianismo de urgencia que potencia y despurifica esa barrera que antes era sombra y ahora es hormigón armado. Ocurre desde el comité que se encarga de mantener limpio los accesos a nuestra común empresa hasta la más alta dirección popular, que hoy ha cambiado sus uniformes por algo más aparente, mientras se dedica a enviar circulares con mensajero, modificando a troche y moche todo aquello decidido y ejecutado pocos días antes, para nuestro mejor proveer. Tanto es así que el imperativo se convierte en causa cotidiana sobre el propio devenir laboral en sí; tanto, que muchos compañeros y compañeras son apartados de la cadena de producción porque las sobras se volvieron menú y no resulta eficiente retroceder en la forma de reparto con el objeto de alimentar nuevamente a todos. Los tiempos cambian, los miembros ahora son desplazados, sacrificios.

Están ya tan lejos. Los otrora camaradas se han embutido en seda y altas cilindradas, entran por la puerta de atrás. Pasan a visitar las cadenas de montaje cuando, casualmente, se encuentran en la obligación de recordarnos el engorro administrativo de renovar el status quo, calándose esos días unos cascos y unos monos aparentes en la desdicha, como intentando avanzar fantasmagóricamente entre nosotros, sin ser vistos. Hay promesas de mejora, que no es otra cosa sino retorno a aquello que no suena ni a promesa, más bien una especie de leyenda acerca de transiciones maquilladas, una fábrica soleada. Pero a la entrada de los turnos cada vez nos faltan más y más congéneres, nos vamos sintiendo cuasielegidos, supervivientes agradecidos, dirigentes de una segunda categoría: la de los nuevos ciegos ante el derrumbe absoluto. Ya somos, ya vamos siendo, cómplices ciertos de la metástasis que duele tanto que nunca mata del todo. Puede suponer tortura, mas se entiende como sacrificio redentor.

Ya no queda nada. Las cadenas de producción escupen canicas por donde antes se extraían balones de reglamento, pero no es cuestión de caer en nostalgias sin fundamento, tampoco fue para tanto, tampoco nos quisimos tanto. La principal, tal vez la única diferencia, es que ahora tenemos hambre, y los recuerdos de esta era no habían procesado el vacío del estómago como un problema cotidiano, de vecindad, cercano. Menos aún puede soportarse el ronroneo insistente de los intestinos cuando queda acallado por los caballos y la cilindrada de aquellos despreocupados elegidos, envueltos ya en una turbia nobleza despistada que usa nuestra miseria para reclamar más tiempo, más tiempo, más sacrificios.

Cuando la miseria trasciende los bolsillos

Pues nada, ya estamos en 640 grados farenheit de deseconomía. Sorpresas no puede haber muchas, ni siquiera en el diccionario montoriano de lengua miserablemente pastosa a la hora de referir sus jocosas amputaciones colectivas. Entraron solos al Congreso de los Diputados, prendieron dolosamente las escasas ramas del futuro imperfecto, y salieron a la calle, a tomar el viento cálido de las cenizas que ya les aventuraban un lunes infernal. Les da igual. Los suyos, los pocos miles que pueblan sus huestes de verdad, los que con su fraude permanente al Estado que desprecian pero que destetan a diario, tienen de sobra para mantener a unos cuantos millones de incautos en la rueda roedora que busca, sin frontera, una salida a manos de criminales con pinta de sufridos a tiempo parcial.

A fin de cuentas, y a estas alturas del mercurio macroeconómico disparado, sabemos que los paños fríos en la frente y las infusiones tibias no valen de nada. Cada paquete de medidas reformistas no son más que pernadas a nuestras sangrantes vaginas productivas. En realidad, muchos ganan con este simposio de alta estafa a ritmo de bólido teutón; desde casa, sin coger sudores de asfalto, el capital se traslada de muchos a pocos, velozmente. ¿Cuál es el límite que se marcan para evitar la guillotina contemporánea? Aún no lo sabemos, ni debemos en ningún caso erradicar la impaciencia, mas al contrario hace un buen rato que la clase trabajadora, hoy convenientemente segmentada en estratos públicos y privados y éstos, con precisión quirúrgica, en tantas subclases como posibilidades haya de enfrentarla para hacer sentirnos ciudadanos de distinta estirpe, debe echar a andar hacia el epicentro de esta ruina premeditada a ritmo minero.

Y como tener la despensa escuálida distrae más de la cuenta el estómago, que a fin de cuentas es lo que cotiza cuando todo va dejando de bascular en el mareo de la desorientación social, los miserables aprovechan que el horizonte aparece borroso para arrinconar a la madre que lleva en su vientre un proyecto de vida previamente sufridor, que tendrá obligación de nasciturus porque las pobladas cejas católicas exigen darle cobijo, pero al que le han arrebatado la dependencia desde la casa común, ya vacía y nada nuestra.

Y así, de paso, cruzamos con pancartas la avenida de la desolación mientras a nuestras espaldas se reparten los fondos educativos en una germinación del segregacionismo lectivo de aupa. Treinta años después de haber comenzado una apuesta inevitable por la concertación para recuperar el mapa escolar público que los ascendientes del horror actual aplastaron, la inversión se viene torciendo conscientemente para abonar, con la raquítica paga de todos, jugosas estructuras apostólicas. No lo olvide, esquelético ciudadano, no queda en la hucha para lujos públicos.

La televisión y otras zarandajas tecnológicas hacen de pantalla modernista para provocarnos esa apariencia de que nos encontramos en una ruina distinta, más civilizada, más de 3G y banda ancha de mediocridad, como para temer el retorno a las cenizas de un país, de un paisaje global teñido de vencedores y vencidos. En los altares de la participación electoral controlada se encuentran, a sidiestra y siniestra, todos aquellos que nos eyacularon con agria pasta teórica la desaparición de la lucha de clases. Todos iguales en la pobreza y en la miseria resignada. Esto es lo que hay.

Y, qué cosas tan palpables como para sólo pelearlas con la única energía de una charla inocua de terraza estival, de las arcas suprapúblicas aparecen y aparecen botines para continuar estabilizando el cáncer que alimenta células caníbales. Arcas pero que muy públicas, muy de nuestro maldito trabajo mal pagado, en el que estamos sin derechos y acorralados, como si a la salida nos atracaran a diario a punta de navaja y lo acatáramos como un regreso a la adolescencia temerosa frente al matón de patio. Peor, ni siquiera retornamos al cobijo, cada día más tarde y más cansados, con la ensoñación de una venganza heróica. No estamos anestesiados. Dormitamos incómodamente en un coma inducido y nos obsesionamos con abrazar la luz definitiva. Una luz negra, un hueco tenebroso que, resignadamente, aceptamos como tumba prematura.

 

Rocosa definición de sacrificio

Si los dados divinos (a los que, nos tememos, nadie juega y nadie apuesta) no lo remedian, el próximo viernes nos encontraremos ante un nuevo panorama de esos que gustan calificar a los economistas del capital como de sacrificios ineludibles. Lo único seguro que ocurrirá tras la celebración del correspondiente Consejo de Ministros es que no aparecerá Mariano Rajoy a explicar la hoja de ruta, extenuado por cargar durante la jornada de hoy un Códice de incalculable valor para entregar, a lo Indiana Jones, la reliquia por segunda vez a la Catedral de Santiago de Compostela.

Dichos sacrificios recorrerán los senderos acostumbrados, esto es, recortar partidas presupuestarias esenciales para el sostenimiento del Estado Social con el objeto de derivarlas a recapitalizar sectores en decadencia, no forzosamente públicos. No caigamos en la trampa nuevamente. El concepto mismo de sacrificio expresa la asunción de determinadas estrecheces temporales con el objeto de recuperar el panorama anterior a la situación que desencadena la excepcionalidad negativa de la circunstancia o, al menos, a buscar fehacientemente esa aspiración. En el caso que nos ocupa sólo estamos destruyendo para pacificar páramos ajenos, territorios selváticos donde la luz que ha entrado se ha venido evaporando bajo una corteza que parece ocultar una especie de agujero negro pecuniario. Ni lo uno ni lo otro. Lo que este gobierno de bellacos viene pretendiendo es movilizar de manera perversamente malabar los fondos públicos derivados del esfuerzo recaudatorio colectivo para proteger sus intereses de clase, a la vez que no se abochorna al afirmar que resulta necesario un nuevo sacrificio tributario para acometer la proyección gestora del Estado. Es decir, que en la misma estrategia trilera pretenden mover los vasitos de nuestra paciencia haciéndonos creer que, bajo ellos, danzan no una sino dos bolas, cuando en realidad ambas se han marchado a bolsillos ajenos.

La clase media lo aguanta todo, parecen creer. Y así lo venimos demostrando, al soportar nuestro empobrecimiento ante el temor de que el futuro próximo sea desolador. No nos percatamos como colectivo que, cada día, decenas de familias cruzan ese pesado umbral que separa la subsistencia de la desesperación, mientras la aún mayoría prefiere mirar hacia otro lado, confiando que todo se solucione por arte de biribirloque antes de que les toque traspasar ese Hades económico que les obligue a transitar por los ríos del inframundo social.

Restar poder adquisitivo por un lado, y defender acciones que reactiven el consumo por otro, resulta de una estupidez dolorosa, en tanto en cuanto el Ejecutivo se dedica a bailar macrocifras que no rozan ni de lejos aquello que significa economía productiva. Cuanto mayor sea el peso de la Hacienda Pública, sobre todo la indirecta (vía IVA, fundamentalmente), menor será la capacidad ciudadana para adquirir bienes y servicios, lo que enreda la madeja de la principal industria nacional y ahonda en su previsión de ver desinflar los únicos sectores que, hasta ahora, podían sostener mínimamente la creación de empleo. En definitiva, si a lo que aspira el Gobierno central es a intentar quedarse con los restos de nuestro naufragio porque considera que somos incorrectos gestores del salario que nuestra labor nos reporta, que luego no nos pida salir a las rebajas y pasar dos semanas de asueto en las costas patrias.

Pero hay un segundo elemento que, principalmente, golpea nuestra línea de flotación como sociedad que merezca soportar el peso de himnos, banderas y teórica anuencia a las docrinas del sacrificio. Visto lo visto, el futuro rescate de la banca privada que tiene su sede social en España (que no entidades españolas, en tanto cotizadas en mercados secundarios) no va a ser a la voz de ya del ínclito Rajoy (y miren que presionó a la UE, afirma el aventurero irredento con cara de registrador), y cuando pase por aquí irá directamente a las cuentas y balances de las entidades receptoras, entidades que, en base a sus previsiones de negocio inmediatas y las cantidades solicitadas, muy difícilmente podrán hacer frente a las correspondientes devoluciones de los millonarios recibos. ¿Y quien pagará en segunda instancia, sin posibilidad de recurso de casación económica, esa factura con intereses de demora? La multitud encerrada en un párrafo de un futuro decreto, que se aprobará un viernes de otoño en un Consejo de desministros. Justo en ese momento tendremos dos opciones alrededor de los temores que nos han lanzado para realizar el tejemaneje de las nacionalizaciones financieras falsas: o se derrumbará desde mayor altura lo que afirmaban debía ser rescatado por nuestro material bien, o se procederá a la venta por parcelas de ladrillos con deuda, de participaciones sin valor, al capital riesgo que adora afilar sus cubiertos para aprisionar a los que, en ese instante, comenzarán a desfilar por la frontera del desamparo social.

Y, en todo esto, ¿Cómo se comporta el denominado empresariado nacional, ése que nos solicita, uniformemente con sus voceros de escaños y tribunas políticas, que saquemos las moneditas agazapadas bajo el colchón e invirtamos en la supuesta reactivación de la patria? Desde luego no con esa solidaridad que exigen. Cada día sufrimos una nueva deslocalización industrial que no sólo expulsa abruptamente a miles de trabajadores del limbo sobreviviente, sino que comienza la manufactura de sus productos de consumo allende las fronteras, en muchos casos retornando esos elementos con apariencia de fabricación cercana, instándonos a adquirir y adquirir para que la rueda gire con mayor rapidez y vuelva a alcanzar velocidad de crucero. De este modo, las cuentas no nos salen. El escaparate en el que manejamos nuestra circunstancia vital a diario parece no haberse despintado del todo, pero nos cuesta percatarnos de la imposibilidad que resulta que no se descascare el armazón mientras demandamos aquello que ya no creamos. La balanza de pagos, de este modo, tiene incrustada una piedra de insoportable tonelaje en uno de sus lados, y desde luego no en el de nuestra supervivencia. El capital, desde luego, ni es solidario, ni sacrifica un ápice su rueda productiva para apostar por el sostenimiento de la construcción del Estado Contemporáneo.

El Códice Calixtino es un manuscrito fechado a mediados del siglo XII que se considera una de las primera colecciones de viaje de la que se tiene constancia. No en vano, su contenido recoge una especie de guía para los peregrinos que seguían el camino de Santiago. Probablemente Mariano Rajoy se empeñó en su formal entrega en esta jornada dominical para poder echarle un vistazo previo y aprender el origen de los viajes. Lo que no le explicaron al aventurero gallego es que los tránsitos del capital manejan senderos subterráneos, trayectos que no dejan huella salvo en nuestras marcas de sacrificio.

Otra edición de barbarie televisada

Estamos en la antesala de presenciar el arranque de una nueva edición de los Sanfermines, el reducto que se dice lúdico teniendo como eje central de su brutal divertimento la utilización de animales indefensos, vapuleándolos en un febril agobio por diversas callejuelas del casco viejo de Pamplona hasta desembocar, como un premonitorio afluente de sangre, en esa plaza que sigue reuniendo a la barbaridad humana más orgullosa, aquella que alza su pecho al intentar relacionar el nacionalismo y la tradición de un grupo humano en base a tradiciones obligatoriamente desterrables de nuestro planning social.

Aún así, no sólo parece que no avanza un ápice la sensibilización ciudadana ante canalladas disfrazadas de espacio festivo, sino que su cobertura protectora mantiene las murallas a máxima altura: Los Sanfermines reúnen durante una semana a lo más granado del desenfreno etílico planetario bajo el manto de su mentecata titulación como Fiesta de interés turístico internacional, y eso está pero que muy bien si la imagen principal y el centro de adoración que protagonizara campañas publicitarias y cartelería varia fuera el litro de sangría, no el toro masacrado. Es de suponer que los muy conservadores regidores pamplonicas no se enorgullecerían de los festejos principales de la localidad si ése fuera el eje central público del chiringuito; parece que resulta motivo de mayor orgullo y respetabilidad invitar a la muchachada interna y proveniente allende los mares y las fronteras bajo el pañuelo de color sanguinolento que relata en qué consiste el epicentro de la convocatoria. Pero que no se lleven a engaño: mientras las vías asfaltadas de la capital navarra se encuentran plagadas de febril pasión etílica, el ruedo vespertino comprueba como sus gradas se van despoblando edición tras edición. Los astados, por tanto, cumplen una repugnante función de arbitraje, de termómetro obligado para medir el nivel de bebidas espirituosas que se encuentran en el torrente humano a primera hora.

Todo esta rémora histórica de la que nos avergonzaremos antes de lo previsto cuenta, irónicamente, con la amplia cobertura y patrocinio, una edición más, de RTVE, el ente de radio y televisión pública que sostenemos todos los ciudadanos, independientemente de nuestra adscripción política, pasión balompédica y, visto lo visto, de resultar hombres y mujeres que no entienden el sacrificio animal como acto de placer. Cabe plantearse a qué grado de arraigo puede llegar el peso de la equivocada costumbre humana para no sólo programar un despliegue propio de una actividad extraordinaria de la sociedad sino enorgullecerse corporativamente, esbozando sonrisas desde todas las tribunas de la programación televisiva pública, al anunciar las novedades audiovisuales que permitirán presenciar con mayor cercanía y nitidez la tortura y la miseria de los Sanfermines.

El concepto de fiesta permite en nuestro momento histórico multitud de acepciones del divertimento, la algarabía y el frenesí lúdico, pero en ninguna que merezca tal calificativo puede caber la utilización de indefensos animales, hervíboros asustadizos que marchan raudos en busca de una escapatoria ante el desconcierto de calles estrechas, agresiones permanentes, ruido desconocido. Lo desconcertante es que es prácticamente imposible encontrar disidencias desde el arco político navarro y español entre las formaciones mayoritarias. Es, nuevamente, el sacrificio de minorías sociales, hoy repudiadas por el peso del atavismo, lo que permite avanzar unos pocos pasos en busca de la lucidez como comunidad avanzada. Antes que después, llegará el año en que el presentador del informativo del Telediario primera edición comunique la desaparición de esta crueldad documentada de la parrilla de la cadena estatal. Mientras esto ocurre, cambien de canal para que los índices de audiencia les vayan recordando el error de pudrir nuestros tributos con sangre inocente.