La Triple Alianza interna remata a Paraguay

La República del Paraguay se ha enfrentado, en los últimos días, a un celeroso Golpe de Estado institucional, sin balas pero con el armamento del afilado capital, que ha llevado al derrocamiento controlado de su primer y único Presidente democráticamente progresista en su historia como nación. El ex obispo Fernando Lugo se alzó con la jefatura del Estado merced a una voluminosa coalición de movimientos sociales y formaciones políticas que desterró el monopolio del Partido Colorado, heredero de una de las dictaduras más atroces del cono sur, la que ejerció Alfredo Stroessner de 1954 hasta 1989, y que pasó más desapercibida para la opinión pública internacional, posiblemente eclipsada por los crímenes de sus compañeros de vilezas en las vecinas Chile y Argentina.

Y es que para el lector que no mantenga un seguimiento cotidiano de la realidad socio-política paraguaya, resulta complicado asumir que las Cámaras nacionales hayan activado con tanta velocidad y energía las herramientas constitucionales que permiten apartar a un Presidente por profunda y manifiesta incapacidad para desarrollar su labor ejecutiva. No está aquí en duda la legalidad del proceso, sino su tramposa utilización por las distintas fuerzas parlamentarias reaccionarias de cara a cercenar y quebrar la voluntad democrática y recuperar el control estatal de un país que repite su desgraciada historia.

Y es que Paraguay, con una tasa de miseria y desigualdad social elevadísima, fue un ejemplo de progreso, desarrollo e independencia macroeconómica desde mediados del siglo XIX. Bajo el Gobierno de Gaspar Rodríguez de Francia se pusieron los mimbres de una estrategia de eficiente autarquía, evitando la creación de grandes riquezas privadas y manteniendo más del 95% de las tierras agrícolas en manos públicas para su explotación conjunta con la comunidad campesina. El posterior gobierno de Carlos Antonio López ahondó en la profundización de un sistema público desarrollado, una balanza exterior equilibrada y, sobre todo, la ausencia de empréstitos extranjeros que evitaron el colonialismo financiero que, por el contrario, controlaba la vida pública y privada de sus naciones vecinas.

Bajo el ejecutivo de Francisco Solano López, esa inadmisible soberanía nacional paraguaya, que cometía la poca gentileza de ahondar en un modelo productivo a salvo de la especulación financiera internacional, preferentemente británica, se convirtió, probablemente, en la primera experiencia histórica de cómo el capitalismo no paga a traidores. Con una campaña informativa tendenciosa guiada desde las grandes cabeceras londinenses, los gobiernos de Argentina y Brasil firmaron, junto al ejecutivo títere del Uruguay, la denominada Triple Alianza para eliminar el mal ejemplo de esos paraguayos que pretendían ser nación soberana. El argentino Mitre lideró la asfixia de las fronteras, así como boicotearon con impuestos aduaneros desproporcionados las importaciones guaraníes. Cuando Solano López desplegó la primera acción excusatoria prevista, la campaña mediática hizo el resto y los cañones enfilaron hacia Asunción desde las naciones vecinas.

Mitre y el brasileño Pedro II se abalanzaron en 1865 hacia una victoria que calculaban celebrar en tres meses, pero la masacre se dilató prácticamente cinco años, dejando a finales de 1870 a la República del Paraguay con tan sólo un sexto de la población con que contaba al principio del exterminio. A partir de ahí, no hace falta relatar los hechos inmediatamente posteriores que se desarrollaron: los gobiernos filiales que se impusieron en Paraguay comenzaron a solicitar los primeros empréstitos usureros a la gran banca británica para la reconstrucción, Argentina y Brasil se repartieron miles de metros cuadrados de tierra soberana paraguaya como botín de guerra y se pusieron los primeros soportes al monopolio del Partido Colorado que llevó a Paraguay, a comienzos de la década de los noventa del siglo pasado a ser el Estado más pobre de América Latina junto a Bolivia.

Fernando Lugo es la víctima de una Triple Alianza interior que dispara sus cañonazos con el sofisticado armamento financiero de un capital que no necesita Estados obedientes para derrocar gobiernos justos. Se basta y se sobra con una élite burguesa a sueldo, el control de los grandes medios de comunicación, y el ahogamiento de la independencia estatal desde la soga de los onerosos intereses especulativos. Hoy las naciones vecinas reaccionan retirando a sus embajadores y denunciando el derrocamiento de la democracia. Pero al capital es imposible apresarlo; sus escurridizas extremidades, su ausencia de rostro, le permite vencer en una batalla sin pólvora. ¿Recuerdan la reciente experiencia hondureña? ¿Al ecuatoriano Correa cercado por una emboscada interior? ¿Hugo Chávez camino de prisión mientras firmaba su dimisión? El capital siempre lo intenta, y en la castigada patria guaraní ya lo ha conseguido en dos ocasiones.