Avalistas de ida y vuelta

Ángela Merkel ha confirmado en la mañana de ayer lo que Bankia ya nos había gritado al oído unos días antes:  que la gravedad de la situación española nace y sufre metástasis por la crisis de su sistema financiero y la correspondiente burbuja inmobiliaria engordada en la última década. Por lo que parece, su marco temporal a la hora de analizar esta quiebra se queda corto; la depredadora Ley del Suelo durante el primer gobierno de José María Aznar, la desincentivación del mercado del alquiler con la supresión de medidas compensatorias en el IRPF desde el ejercicio 1996, así como la multiplicación de normativas autonómicas para regular el perfil de las Cajas de Ahorros, consentidas por el Tribunal Constitucional, y que abrió la veda a la utilización voraz de estas entidades como inyectores de fondos para faraónicos despropósitos políticos, resultaron el germen más virulento que se puede depositar en un receptor inestable como el Estado Español, de cara a comprender la desgracia que hoy padecemos.

Pero quedémonos con la sabrosa corteza del rudo filete que vamos a tener que ingerir, a marchas forzadas, en el período más inmediato. Lo que viene a reconocer el IV Reich, que ha descubierto como el capital es más eficaz que las bombas a la hora de colonizar sus alrededores, es que la depresión española se circunscribe a la mala praxis continuada de un sector específico de su modelo productivo, de tal modo que la animalada monetaria que se le pretende inyectar se hará de manera indirecta, vía FROB, para que haya un garante multitudinario frente a posibles impagos: nosotros. Reavalistas de la miseria, avalistas de ida y vuelta, como prefieran colgarse la soga al cuello antes de sentir el tirón definitivo.

Hasta hace únicamente dos años, se continuaba poniendo al sector financiero nacional como ejemplo de robustez, solvencia y credibilidad a nivel mundial, apartándolo de la ecuación crítica que venía emponzoñando nuestras perspectivas. Nadie se atrevía, como sucios cómplices de una bomba de efectos retardados, a valorar el sobreendeudamiento crediticio conscientemente alentado, así como el calculado engorde de la política de tasaciones que iban amplificando una maraña especulativa desde el promotor más bravucón al ciudadano dispuesto a participar del beneficio veloz de compraventa fugaz de pisos y locales. Toda esa burbuja, detectable por cualquier estudiante de primero de Ciencias Económicas, pasó como un silbido ventoso de sonido agorero que a nadie interesaba escuchar y, pinchado el globo, el gas liberado se coló en las fosas nasales de los últimos de la clase. Pero el hedor impregnó, como de costumbre, a los estratos obedientes por obligación y así apareció una crisis que era de todo menos del capital: recortes en el sistema de previsión social, en la política educativa pública, en los servicios esenciales, fomento y activación del empleo, etc. Avalistas, por lo tanto, de una miseria no provocada, sin firma y sin notario. Sin poder leer la letra pequeña.

Subordinados como estamos a la opacidad y la política exculpatoria de todo lo que rodee a esta gran estafa, hemos venido pagando la factura a golpe de recortes y miseria en la deconstrucción de nuestro Estado Social. A día de hoy parece que en el ligero y virtual banquillo de los acusados se sientan los verdaderos culpables de esta telenovela de pandereta, pero aún así no cesan los desajustes de nuestra contabilidad pública, señalando a los espectadores como pagadores últimos de lo que viene y vendrá. Es curioso, pero cuando acudimos a adquirir o contratar cualquier producto o servicio a un establecimiento damos por supuesto, y así debe ser, que el profesional que nos atiende al otro lado de la mesa nos planteará la solución más adecuada a nuestro perfil y necesidades. Nadie espera entrar a un concesionario de vehículos con una nómina mileurista y encontrarse con un comercial capaz de agenciarle un deportivo último modelo de alta gama, asegurándole que se lo merece y que con su salario puede permitirse éso y, de paso, una motocicleta para los días soleados. Del mismo modo, responsabilizar a los ciudadanos que han tenido la expectativa razonable de adquirir una vivienda para su uso, realizando un esfuerzo en su capacidad de ahorro para alcanzar ese propósito, no puede escudarse desde asesoramientos movidos por la codicia del capital. Una vez han llegado los desahucios y la deshumanización de las condiciones de vida, primando sobre el constitucional derecho a una vivienda digna la agresión que expulsa y destierra centenares de hogares convirtiendo el cemento hogareño en esqueleto inerte, los lanzadores piden clemencia pecuniaria para proseguir su carrera hacia la maximización del beneficio. El que sea, el que las sobras permitan.

Estos cien mil millones de línea de crédito pasarán por la caja común, si es que aún existe, y volveremos a avalarla entre todos. En caso de ampliación o impago, correrán a buscarnos para exigir el cumplimiento de un contrato sobre el que no nos han pedido ni firma ni consentimiento. Y es que si Luis de Guindos nos invita a cenar y, al pedir la cuenta, se levanta raudo para ir al baño, es preferible decir al camarero que hemos encontrado un bicho en la sopa.