España desengrasada

Si la soberanía reside en el pueblo, tal y como alardea el artículo 1.2 de la Constitución Española, parece que estamos tardando unas décadas de más en probar qué tal nos sienta la sombrerería regia de múltiple cabecera, las incrustaciones de brillante reinado desde la barriada más digna al adosado sin panadería cercana que se agrieta a cada golpe de recibo hipotecario.

Más allá de las veintre mil millones de razones por las que culpabilizamos a nuestro cíclico entorno de esta miseria que cada día destierra a un puñado de congéneres al barranco del capitalismo chatarrero, hay unos colores y unas estrellas que vamos entendiendo porqué nunca ingresamos en la mochila del sendero ideológico que fortalece esas convicciones que nos hacen caminar entre tachuelas. Una experiencia nada de fiar. Mientras la podredumbre individual corrupta cercenó cualquier atisbo de honestidad colectiva en la antigua Unión Soviética, la República Popular de China se esmeró en apartar cualquier consideración sensible hacia la simpatía allende las murallas orientales y dar techo, comida y vestimenta a casi mil millones de desposeidos kuomitantes. Pero el pragmatismo es el atornillador de los hombres y mujeres supervivientes; sería racistoide discutir la capacidad organizativa de una sociedad aglutinada bajo una simbología que les ha aportado la mayor prosperidad a un hormiguero que ha sido sofocado con tanta crueldad utilitarista como lo ha sido la esperanza de las apuestas individuales o multitudinarias. En realidad, China es en sí la Reina procreadora, su ser es un motín voluntariamente sofocado, una millonaria estratagema de discreta fuga hacia el poder terráqueo absoluto. Sigilosamente, la mayor parte de la deuda pública mundial ha acabado en sus manos, mientras las hordas de habitantes a ese lado del Oriente impropio aceptan el exilio interno y externo en pos de un mensaje que ha sustraído voluntades egoistas. ¿Quién entrega Hong Kong a la víctima despreciada?

El goteo de supuestos escapistas de otro simbolismo fallido, desde su logotipo hasta los intestinos más carnívoramente ideológicos, se fue apoderando de un vasto panorama de los establecimientos que se enrollan, en cualquier estación meteorológica, calle arriba, avenida abajo, en esta patria estrangulada sobre su codicia de baja intensidad. El racismo, sorpresivamente, ha pasado de puntillas ante su presencia amable, con casi toda probabilidad bajo el refuerzo de esa eficacia incontestable en la gestión del negocio, la uniformidad ferréamente castrense de los establecimientos que regentan, primero los propios de su naturaleza gastronómica, en la actualidad todo aquel desierto de manos hispanas rugosas ante los cortes sangrantes de las deudas implacables. Pero ninguno de esos atentos trabajadores cara al público reflejarán crítica o descontento hacia su supuesta nación expulsora. Así las consignas marxistas sólo encuentren cobijo en la estrella más radiante de la bandera tan rojigualda como la propia, así su orgullo externo espere paciente el turno de la victoria mundialista, el comercio minorista va rellenando sus estanterías, esté quien esté al frente del mismo, avido de contenedores repletos de mercancía a mil quinientos euros el contenido, dispuestos a permitir el lucro veloz bajo la capa de descuentos impertinentes. Su complicidad vendedora, su ignorancia adquisitiva, clausura fabricas textiles, apuestas honestas de precio justo, expulsa del paraíso superviviente cada mes a unos cuantos miles de datos que engordan, cíclicamente, nuestra indignación ante las cifras del desempleo imparable.

No hay atisbo de dictadura superable del valiente proletariado en la China popular. No hay, siquiera, interés en afrontar su abrazo cuando la victoria se alcance, aunque sea con trampas. Las diferencias entre sus clases establecidas es demasiado abismal como para suponer que pueden tropezarse en la rueda de la Historia inmediata. Pero, aún así, sospechen sin brutalismo de las manos que estrechan nuestros empresarios y gobernantes, casi sumisos, ante el sigiloso oriental sonriente, así contamine como un dos caballos descafeinado; así invite a esclavizar a los suyos dentro de factorías, presidios inmundos comparados con las empresas de finales del siglo XIX, a las multinacionales de logos sofisticados y supermodernos. Esta es, por repetidísima desgracia, la consecuencia de la imperfección humana: las ideas hermosas y esperanzadas también pueden moldearse en monstruosas realidades hambrientas de codicia. Nuestra crisis bien lo sabe cada vez que busca aceite para engrasar la maquinaria, siempre chirriante.