Cuando Bankia se hunde, Rato es el primero en abandonarlo

Hace menos de un año, analizábamos la salida a bolsa de los dos SIP más aventajados del panorama desguazador en el mercado financiero español, Bankia y Banca Cívica. La obsesión del gobernador del Banco de España, Miguel Ángel Fernández Ordoñez, por culpabilizar al conjunto del sector de ahorro de los males que venían aquejando al horizonte del crédito nacional, obligó mediante sucesivos decretos a acorralar el destino de las Cajas de Ahorros, independientemente de su tamaño, balance y nivel de riesgo en los activos. De manera libre y estratégica en unas ocasiones (las menos), y de forma orientada por planteamientos más políticos que económicos (los más), estas entidades sin ánimo de lucro fueron suscribiendo celerosas alianzas supra autonómicas para cumplir con los requisitos impuestos y buscar la salvaguarda de su destino empresarial. Tras stress test de dudosísima fiabilidad, formación de los SIP y, finalmente, segregaciones completas de activos, plantillas y actividad financiera al banco matriz, el ritmo de integración y toma de decisiones comunes fue variando según la casa y el número de tumores instalados en sus respectivos cuerpos empresariales.

Al frente de esa prueba de velocidad forzada se encontró Bankia, liderada por CajaMadrid y su flamante y reciente Presidente, Rodrigo Rato. El antiguo ministro de economía en la era Aznar y máximo responsable del FMI (de donde salió con preocupantes críticas acerca de su aptitud) se posicionó nada casualmente en el liderazgo de un rascacielos bancario compuesto por siete Cajas de Ahorros de distinto tamaño y origen geográfico pero con el denominador común de encontrarse controladas por dirigentes del PP. A partir de ahí, echó a andar un imperio financiero considerado el cuarto de mayor envergadura del sistema nacional al mismo ritmo que se comenzaba a dudar de la fiabilidad de sus macrocuentas y de la estabilidad a medio plazo de un posible gigante con pies de barro.

Esto no impidió que el ente con sede en Plaza de Castilla consiguiera superar los plazos para estrenar su presencia en el mercado secundario en primera posición, junto a Banca Cívica, insertando su poderío en el índice IBEX 35 a los pocos meses de estrenar su cotización. Esa salida estuvo reforzada por el anuncio de unos beneficios superiores a los 200 millones de euros en el primer semestre del año anterior, lo que se tradujo en una falsaria sensación de fortaleza y solidez inicial que no consiguió ocultar realidades inmediatamente posteriores conducentes a servir de detector del fango que corría por los pisos bajos del banco de Rato: acudir al FROB para obtener más de cuatro mil millones de liquidez adicional, la creación del BFA como banco paralelo para separar contablemente su inmensa cartera de créditos dudosos e intoxicación inmobiliaria, el astronómico sueldo de su cúpula directiva (Rodrigo Rato declaraba unos ingresos superiores a los 2,4 millones de euros anuales), la segregación de Banco de Valencia al detectarse una contabilidad falseada que demostraba su inviabilidad corporativa hasta ser intervenida por el Banco de España y, finalmente, la constatación de que lo declarado por algunas entidades fundadoras (Bancaja, fundamentalmente, debido a su tamaño) no concordaba con las ligeras auditorías externas y del regulador nacional realizadas antes de salir al parquet bursátil, dieron muestras de notable certeza acerca del incierto futuro de Bankia.

Pero, de igual manera que ha venido ocurriendo a la totalidad de experimentos multicajeros en esta ola de incomprensible tabula rasa de las entidades de ahorro, la entrada en el presente ejercicio, con la profundización de la crisis sistémica de España, ha hecho tambalear los mix que menos empeño han puesto en profundizar en la integración real de sus estructuras formadoras y que han pretendido ser uno ocultando la metástasis de sus órganos. Si algo tuvo que hacer sonar la campana, esta vez de alarma, en lo referente al entorno de Bankia, fue la fundada rumorología de una posible fusión con CaixaBank a finales de enero. Hoy se puede afirmar que esa posibilidad era algo más que una tentativa difusa de cara a prevenir el efectivo desplome que rondaba su plan contable, pero el bloqueo rotundo por parte del poder político valenciano y, fundamentalmente, madrileño, incapaces de aceptar bajo ningún concepto que el banco producto de sus antiguas Cajas, entendidas como herramientas de financiación de sus respectivas políticas megalómanas y faraónicas, descontroladas en el gasto y en la responsabilidad pública, fuera engullido por el poder financiero y empresarial catalán. Esa cortedad de miras, nada sorprendente hablando de quien hablamos, dejó en el inicio del camino la última posibilidad real de conseguir viabilidad a la plantilla y futuro de negocio de Bankia, algo que fue aprovechado raudo y velozmente por el otro SIP que veía como su conversión en entidad cotizada gozaba de unos pronósticos de supervivencia funestos. Banca Cívica se lanzó a los brazos de La Caixa a precio de saldo, pagando muy caro los miles de millones deudores que escondía CajaSol bajo las alfombras de la Plaza de San Francisco, agujero que detectó en menos de dos semanas una auditoría rigurosa de la entidad catalana y que había sido pasado por alto para toda la maraña de controles y seguimientos de Banca Cívica desde su fundación. Esta oportunidad desaprovechada hizo saltar la ruleta: Bancaja también demostró ser menos de lo que se suponía y otras de menor tamaño, como La Caja de Canarias, observa como planea sobre su pasado el fantasma del reiterado falseamiento y maquillaje de sus datos contables.

Nuevamente, tras las lecciones no aprendidas de CCM, CajaSur,CAM o Banco de Valencia, el Estado central se enfrenta a una falsa nacionalización que no busca la recuperación de un sector estratégico para ponerlo a disposición del crecimiento nacional, sino que supone el pago de una gestión repugnante en lo económico realizada por Miguel Blesa, Carlos Vela y, finalmente, el monarca Rato y sus virreyes del resto de Cajas congregadas bajo una marca que nunca llegó a liderar un proyecto único, más allá que no fuera para malgastar millones de sus clientes en patrocinios como la selección española de baloncesto, escuderías motociclistas y, por supuesto, dispendios con la connivencia del especto político para alegría común y desgracia colectiva; un pago que abonará nuevamente la ciudadanía, viendo como los 4500 millones provenientes del FROB se convierten en falsas acciones que pasan a titularidad estatal para controlar públicamente el proceso de limpieza del trasatlántico con aluminosis, operación que no será recordada por la inmensa mayoría de la población cuando acabe en un futuro nada cercano. El trasatlántico que nunca comprobó las soldaduras de su armazón y fue desintegrándose a medida que avanzaba en una travesía sin rumbo, liderada por un capitán que ha decidido saltar el primero al chocar con los diques de la realidad financiera. De la embarcación en ruinas ya sólo asoma la popa y no se vislumbra al capitán Rato, con dignidad de almirantazgo, hundiéndose con su navío, sino en una balsa de emergencia forrada por 1,2 millones de euros, alcanzando la costa con el uniforme impecable.