Protestando sin pisar la calle

Para el que aún no lo sepa, este sujeto con ese aire entre bonachón y triste, al estilo Moratinos, es el actual Ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz. Un hombre de partido. Tanto, que milita por la derecha desde los tiempos de AP, pisando poco lo que comunmente llamamos un oficio, y enlazando gobiernos civiles, secretarías de Estado y actas de diputado ramplón desde aquellos majestuosos tiempos en que dicen que el pueblo español refrendó una Constitución que garantizara un marco democrático de relaciones en esta patria peleona. El hermano viejuno del lozano Alberto Fernández, líder hasta hace bien poco de los populares catalanes, pudo haber sido un buen estudiante de Ingenieria Industrial, que es de la cosa universitaria en la que recibió licenciatura, pero de la rama del Derecho no parece colgarse ni para hacer piruetas con cierta armonía. Hoy ha anunciado la finalización de un sesudo informe de su ministerio, en colaboración con su homónimo de Justicia, de cara a recrudecer determinados tipos penales con el ordenado intento de evitar actos vandálicos que, parece ser, se cuelan con habitualidad en todo tipo de protestas y manifestaciones públicas. De este modo, y para intentar asegurar fríos barrotes al que desordene el asfalto y su mobiliario, confirma que el Código Penal incorporará nuevas conductas punibles, se ampliarán otras y se actuará con suma diligencia para aplacar esa incomprensible conducta como de irritabilidad permanente que le ha dado, como una viruela intempestiva, a ciertos elementos humanos que pululan por sus dominios. Entre la amalgama de sandeces jurídicas que plantean parchear en el ya apaleado cuerpo penal del año 1995 (al que no reconoce ni la madre que lo parió) sobresale la inclusión como delito de atentado contra la autoridad la resistencia activa o pasiva grande ante las fuerzas de seguridad, llegando en alguno de los supuestos a implantar el poder padecer responsabilidades penales de hasta cuatro años de prisión.

Estas actitudes tan Gandhi no parecen resultar convenientes para mitigar la violencia, sobre todo la de esos mercados que ya tienen a nuestra cotidiana prima de riesgo acariciando el 7% a diez años. Pero, insistimos, a pesar de las bienintencionadas acciones de nuestro afable Ministro, que con todo ésto seguro que pretende evitarnos más cachiporrazos de los habituales, pasándonos a pernoctar por un buen tiempo en esos holgados presidios patrios donde apenas encuentras congéneres antes que desviarnos a la sanidad a curar heridas evitables en estos tiempos recortados que corren y vuelan, nos tememos que su conocimiento del cuerpo jurídico español no anda muy fresco. Y es que si el Código Penal ha sufrido en quince años tantas ocurrencias que apenas ya se puede reconocer su estructura ni su espíritu inicial, qué decir de otro texto aún más anciano, al que poco penetran pero que, de rato en rato, soban y abandonan en la cuneta sin dinero para que regrese a casa. El artículo 21 de la Carta Magna reza lo siguiente:

1. Se reconoce el derecho de reunión pacifica y sin armas. El ejercicio de este derecho no necesitará autorización previa.

2. En los casos de reuniones en lugares de tránsito público y manifestaciones se dará comunicación previa a la autoridad, que sólo podrá prohibirlas cuando existan razones fundadas de alteración del orden público, con peligro para personas o bienes.

Vaya, vaya. ¿Y cómo desarrollará este principio tan confuso el marco legal descendente? Pues la Ley Orgánica 9/1983 (los derechos fundamentales tienen una regulación cristalina hace mucho tiempo, y su perdurabilidad viene acompañada por los principios de seguridad jurídica y protección garantista), reguladora del Derecho de Reunión recuerda que los participantes en reuniones o manifestaciones, que causen un daño a terceros, responderán directamente de él, y lo harán en base a la rama jurídica que corresponda. Es decir, hace 30 años que está bien definido el marco de responsabilidades para aquellos que busquen promover altercados bajo el manto de una manifestación pública, con lo que no mantiene la más mínima lógica la alteración del CP, ni mucho menos los parches mohosos que pretenden agregarle por puro espíritu amedrentador.

Pero, más allá de cualquier otra consideración, a lo mejor algún estudiante de primero de Derecho podría acercarse por el despacho ministerial y recordarle a este tal Fernández Díaz que existe un Título de nada en la Constitución Española, para más señas el primero, en el que habita una Sección I del Capítulo II. Ésta, bajo la contundente denominación “De los derechos y deberes fundamentales“, se encuentra compuesta por los artículos que van del 14 al 29. Todos ellos, junto al 30 (objeción de conciencia), son de amparo judicial y constitucional directo, tal y como afirma tajantemente el artículo 53.2 de la Carta Magna:

Cualquier ciudadano podrá recabar la tutela de las libertades y derechos reconocidos en el artículo 14 y la Sección primera del Capítulo II ante los Tribunales ordinarios por un procedimiento basado en los principios de preferendcia y sumariedad y, en su caso, a través del recurso de amparo ante el Tribunal Constitucional. Este último recurso será aplicable a la objeción de conciencia reconocida en el artículo 30.

Cómo además de con las leyes no parece muy ducho con los números, recordémosle que el número 21 se encuentra entre el 14 y el 29. Y, de paso, que esa cosa llamada Constitución está en la cúspide del ordenamiento. A ver si aprende, y se le pasa la furia castigadora.

 

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De la prima de Rajoy a la de riesgo: Surtido de mentiras visuales de un tiempo a esta parte

Explicar en qué consiste ese temor perpetuo que se cuela en nuestros titulares y agría nuestros desayunos es cosa bien sencilla: En momentos como el actual, en que la balanza de pagos estatal es deficitaria y la economía privada se constriñe como un acordeón reseco, cualquier Estado optaría por devaluar su moneda para ser más competitivo en el mercado exterior. Como sea que nuestra soberanía monetaria ha sido cedida a una entelequia supranacional que baila al son del más opulento, esto es, Alemania, el índice que alerta sobre la salud financiera de áquel o éste país recae sobre la prima de riesgo: la cantidad de deuda pública emitida y el valor en el que se cotiza. Las perspectivas de crecimiento a medio plazo no resultan halagüeñas, menos aún con una estrategia obsesionada en disminuir el déficit público cuando el peso del endeudamiento nacional recae en manos privadas, con lo que la prima de riesgo ha venido manteniendo su nivel de supervivencia gracias a la adquisición masiva de ésta por parte, fundamentalmente en las últimas subastas, de la banca española, que consigue liquidez por parte del BCE (o sea, con los tributos de la ciudadanía comunitaria) a un generoso 1% de interés, cantidades multimillonarias que se dedican a reinvertir en deuda soberana en lugar de hacer fluir el crédito entre empresas y particulares y reactivar la economía real. Pero mientras ésta trampa capitalista, que de libre mercado hace tiempo que no se enorgullece, tiene los días contados por el cierre del caudal monetario de Bruselas, los inversores privados intentan deshacerse masivamente de deuda española en los mercados secundarios al no hallar indicios de crecimiento a medio plazo, con lo que la prima aumenta sin control. Dicho ésto, ¿Se encuentra alguna conexión entre el problema matriz y las soluciones impuestas por el Ejecutivo liderado por Mariano Rajoy?. Mutilaciones improvisadas en la cobertura sanitaria y educativa pública, en las políticas activas de empleo o en el campo de la investigación no parecen ser teclas que enlacen de ninguna manera con el problema real, pero van dejando en manos de unos pocos aquellos sectores sostenidos por el esfuerzo colectivo en las manos privadas de costumbre. El Partido Popular negó, en su última etapa en la oposición, con tenacidad casi desquiciada, que fuera a implantar medidas como las que venimos sufriendo en las últimas semanas. Mientras, se dedicaba a pulir esa técnica tan de los conservadres, consistente en realizar declaraciones con apariencia de rueda de prensa pero sin periodistas delante, o bien con la prohibición de realizar preguntas a la finalización de la respectiva intervención. Ayer, perfeccionó por completo esa estrategia antidemocrática, anunciando un severo recorte de 10000 millones de euros en sanidad y educación por medio de un párrafo encubierto en un comunicado inerte enviado a los medios y, en la tarde de hoy, el Presidente del Gobierno se ha alzado al Olimpo de la irregularidad política al salir disparado de la sesión del Senado hacia el garaje, eludiendo a los profesionales informativos en su propia cara.

Todo esto en sólo 100 días. Demasiado pocos para confiar en un repentino viraje de la situación que haya obligado a las huestes conservadoras a modificar su estrategia de gobernanza. Y es que, hace sólo cuatro meses, éstas eran algunas de las afirmaciones que repetían hasta la extenuación. Diviértanse o, más bien, deprímanse:

El programa de La Sexta, El Intermedio, realizó un brillante monográfico sobre las mentiras centradas en la esclavista Reforma Laboral:

Un surtido de mentiras en technicolor, con la melodía más adecuada:

Y para poner el broche de heces a este largometraje de fraude democrático, les facilitamos el video en el que pueden comprobar como Rajoy ha hecho mutis por el foro senatorial esta tarde. En el segundo 50 observen como una periodista es retirada violentamente de la escena…. del crimen político.

La locura ambulatoria del PP

El Gobierno del PP, a cuenta de alcanzar esos famosos parámetros de déficit público que Alemania exporta y que Europa, preferentemente del sur, acata y persigue, ha entrado en una dinámica paranóica que se onnubila permanentemente en busca de puntos muertos, arrugas espacio-temporales, donde meter la tijera sin que este plano de la realidad se percate. Así, el recorrido de síes y noes, de puntualizaciones y desmentidos sobre informaciones que deben ser matizadas o, acaso, negadas antes de anunciarse mediante impersonal comunicado, convierte al Ejecutivo y sus huestes autonómicas en una amalgama de hacinado psiquiátrico, una especie de monstruo de Frankestein de personalidad múltiple nada más despertar a la vida.

El sujeto de la instantánea superior, José Ignacio Echániz, mantiene la responsabilidad en el área de sanidad del Partido Popular, así como la lideró hace un lustro en el gobierno de la Comunidad de Madrid y, en la actualidad, continúa esa responsabilidad en la Consejería del ramo de la Junta de Castilla-La Mancha. Su madrugadora intervención en el programa En días como hoy, de RNE, ha abierto la veda de una sucesión de manifestaciones públicas por parte de sotas y bastos populares que han desembocado en una conclusión de recovecos dialéctivos nerviosos y exculpatorios sobre otro de los latigos que se nos viene sobre la dolorida piel posterior de forma inmediata. El dirigente popular, tras jugar varias manos con las consabidas cartas marcadas que suponen descargar todas las culpas en nefastas gestiones anteriores como inevitable consecuencia de las desagradables apuestas posteriores, se desmarcó con una estrategia de rancio complejo conservador, afirmando que, más allá de las estrategias que opten por implantar en cada CCAA, lo que resulta indiscutible es que el común de la ciudadanía no tiene porque pagarle las medicinas a personas como Emilio Botín. Extraña argumentación para eludir cuestiones más que directas acerca de la implantación de inmediatos repagos sanitarios, cargando culpas sobre un adalid de los suyos. En realidad, un dramatismo populista innecesario; el derecho a una sanidad pública y universal deriva de la responsabilidad fiscal del total ciudadano y, de este modo, el Presidente del Banco Santander tiene tanto derecho a recibir tratamiento y fármacos prescritos como cualquier otro residente en el Estado Español, siempre y cuando sea escrupuloso con la responsabilidad tributaria derivada de sus correspondientes rendimientos de trabajo y capital. Es más, de la rectitud fiscal de personajes como el denostado por Echániz dependen sus píldoras y las de unos cuantos más que, por múltiples circunstancias de índole social, laboral o económica no aportan reembolso pecuniario a las arcas estatales. Estos conceptos, solidaridad y progresividad, marcan las columnas gemelas de un Estado Social sano. Pero no, para el monstruo esquizofrénico de siete lenguas popular el sistema público de salud actual es insostenible. Y, a partir de ahí, las soluciones a ese axioma las iremos conociendo como la de los cotilleos en las revistas del corazón: leyendo desmentidos entre líneas.

A media mañana, el Ministro de Economía, Luis de Guindos, realizó una aparición traicionera ahondando sobre los conceptos defendidos por su compañero de filas: de co(re)pago, nada de nada, necesidad de nuevas respuestas para el sostenimiento de los servicios públicos esenciales y posibilidad de un aporte adicional por parte de aquellas rentas superiores a los 96.000 euros anuales. Contando con que únicamente el 1,2% de la población cuenta con ingresos laborales tan fabulosos, no parece que esa potencial recaudación extraordinaria resulte suficiente para cicatrizar la herida sanitaria nacional. Y eso es lo que debió también pensar Carlos Floriano, secretario de organización del PP, después de resolver con enjundia contable la regla de tres planteada por De Guindos, pues no tardó en salir a la palestra para desdecir al jefe de lo económico y atribuir sus afirmaciones a una supuesta “reflexión personal”. Calla, calla, que esta historia la conocemos. Es el mismo sendero que se sigue para anunciar un fichaje balompédico de relumbrón y, efectivamente, a media tarde la nueva voz anunciadora se transmutó en un discreto folio enviado a los medios de comunicación, recogiendo inmediatos recortes en Sanidad y Educación por un montante aproximado de 10.000 millones de euros, todo con el inexcusable propósito germáni… nacional de ahondar en el obligatorio adelgazamiento del déficit público durante el presente ejercicio. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿A qué hora? ¿En qué hospital o escuela comienza la prueba piloto de régimen presupuestario? Una incógnita. El comunicado inerte (un paso de evolutivo desprecio democrático tras las ruedas de prensa sin turno de preguntas) establece una irresponsable estrategia de lugares comunes, basada en la falsaria oda a la racionalización, eliminación de duplicidades y eficiencia en la gestión (privatización dixit). Sería conveniente que el PP tomara nota de su propia medicina caducada, y no malgastara opiniones multilaterales por parte de sus miembros, todas ellas presuntamente desenfocadas. Parece, por tanto, que la formación conservadora se ha convertido en una especie de psiquiátrico desbordado de opiniones enfermas, alocadas, que gustan de la alocución irreflexiva en lugar del sano análisis de sus propias estrategias políticas. O, quizás, se encuentren todos bajo agresiva medicación sedante y actúen como desquiciados gestores de un ambulatorio en ruinas. Tal y como el que visitamos cotidianamente, ése que ahora puede ser víctima de medidas privatizadoras que todo lo sanan, que todo lo ajustician.

Desmontando los Presupuestos Generales

En nuestra realidad nacional, un paseíllo así echa en falta a otros señores. Probablemente no vestirían prendas tan desenfadadas, pero caminarían sin duda al mismo ritmo, hacia el mismo destino y pisando las mismas miserias. El quinteto en cuestión estaría acompañado por alguna sotana, un uniforme medallero y, en el centro de la escena, una corona regia sonriendo bobaliconamente.

Tras la miserable trampa temporal que ha retrasado los Presupuestos Generales del Estado 2012 con el objeto de apuntalar el poder omnímodo conservador de norte a sur, los populares han tenido que comenzar la ronda de tramposas justificaciones con una doble derrota a la espalda y una huelga multitudinaria y valiente como mochila llena de piedras. Todo eso ha supuesto traspiés no calculados cara a la presentación de las cuentas públicas más devastadoras por injustas de la historia reciente de España. Los instrumentos físicos, con ropajes ministeriales, que se vienen encargando de ejecutar y hacer cumplir lo ejecutado por los poderes que ya van enseñando su apariencia mortal, aseguran que estamos ante unas partidas de gastos ajustadas a la realidad, que buscan la dinamización y recuperación de la economía nacional y que intentan apretar las teclas adecuadas cara a un futuro halagüeño. La respuesta de sus amos ha sido, sin duda, en consonancia con la deriva que, en poco más de tres meses, ha guiado a estos náufragos que se empeñan en poner rumbo a la España muerta, la que abandonamos hace más de treinta años. Más allá de la constancia que han dejado a primera vista, de las huellas en una escena de crimen que tiene desangrada a casi cinco millones de víctimas, las macrocifras económicas no admiten engaño: los sucesivos gobiernos nacionales, en tiempos de artificial bonanza y de sus inevitables reversos críticos, han ignorado a consciencia los artilugios contables que pudieran suponer el repintado de nuevos escenarios productivos; por el contrario, siempre han sustentado el peso de nuestros tributos sobre la gran obra pública como frágil elemento dinamizador del mercado de trabajo y el pago de deudas que van más allá del simple concepto de empréstito financiero. Reforma laboral y Presupuestos Generales forman un binomio macabro: sus previsiones van de la mano para asomarse a un desfiladero en el que pueden ver, al fondo, con claridad, más de seiscientos mil nuevos parados y un total de endeudamiento público que, a finales del presente ejercicio, superará el 80% del PIB. No obstante, como ciegos sordomudos que se empeñan en guiarse el uno al otro, ambos instrumentos insisten en condenar la estructura pública y en rogar la recuperación frente al altar de un Estado que no necesita redención. Mientras, la deuda privada nacional, la que el sistema bancario soporta divinamente a base de rescates estatales sin contraprestaciones, enquista el destino de este proyecto común que vaga sin pilas.

Hablábamos de los uniformes, de los trajes distintivos que, en este país, tienen por costumbre cometer los crímenes sin consecuencias, independientemente de tiempo y lugar. De este modo, en los Presupuestos con mayor carga de sacrificios por metro cuadrado de la historia democrática española, las partidas presupuestarias destinadas al sostenimiento de la iglesia católica no reciben el más mínimo recorte (159 millones); la Casa Real hace un campechano esfuerzo y acepta disminuir su diezmo un tremendo 2% (8,26 millones mantiene,desprendiéndose de unos pocos miles de euros), siempre en referencia a los gastos conocidos, claro; y, cerrando la santísima trinidad de los improductivos estamentos que, aún así, permanecen dentro de una placidez presupuestaria digna de la España más gris, Defensa acepta un recorte algo superior a sus compañeros de divinidad, pero cargando el grueso del descenso presupuestario (112 millones) en la reducción del personal de tropa en casi dos mil efectivos, con lo que su aportación al sacrificio común se realizará en forma de despidos entre la soldadesca menos cualificada.

¿Y cómo queda el mundo real, el que hemos ido construyendo como sociedad para otorgarnos un paisaje con algo de humedad? Pues hecho unos zorros, evidentemente. Sin comentarios que ahonden gratuitamente en ese dolor frente a nuestras consciencias que nos ha dicho muy a las claras como España era un espejismo, como sigue siendo caspa malsana entre la que no cuenta nuestra frondosidad ciudadana, completamos con los contundentes datos este paseo por el agujero negro que ahora nos viene absorbiendo:

– Políticas Activas de Empleo, 21,3% de reducción para la herramienta básica contra el paro. Ah, claro, que la Contrarreforma Laboral lo arreglará todo en otra existencia.

– Formación Profesional para el empleo, 34,3% menos. Los no instruídos deben ser más sencillos de engañar ante la desesperanza.

– Prestaciones por desempleo, casi un 6% menos. ¿Cómo puede ser si el paro aumenta y el propio Gobierno pronostica un crecimiento de más de medio millón de ciudadanos sin trabajo? Parece ser que porque tienen detectado que un amplio sector de desarraigados laborales no tendrán derecho a prestación. Es decir, sugieren que están manejando estadísticas de lo más precisas en cuanto a los colectivos y segmentos que sufrirán el látigo del desempleo, pero en lugar de poner en práctica políticas activas para evitarlo, se frotan las manos con el ahorro en este epígrafe.

– Sanidad, un 6,8% menos. De este modo, el funcionamiento deficitario del sistema público se irá agudizando en la misma proporción que ese argumento conscientemente provocado deriva en políticas de concertación con el ámbito privado, así como gestión del sistema comunitario por empresas que ya están haciendo su permanente agosto.

– Educación, 21,9% en descenso. España es la monda lironda; en lugar de ir reduciendo su política de concertación educativa a medida que el sistema público hubiera ido cubriendo aquellas carencias para poner en oferta un plan universal en todos los rincones del Estado, éste se va arrogando en su obligación como Social y vuelve a dejar en católicas manos la formación de millones de incautas generaciones. Entre esta sangría de desinversión educativa, destaca la mutilación de becas y el holocausto sobre el plan nacional de guarderías. La única conciliación que parece conocer el Gobierno es la de Trento.

– Investigación y Ciencia, donde nos vamos a un 35% de nuevo abandono. Es como disparar sobre un muerto. Si esta materia se usaba a destajo para ponerse civiles medallas mientras el desarrollo científico recibía migas en tiempos de cólera recaudatoria, lo de ahora es para ponerse la bata y hacer sudokus.

– Cultura dice adiós a un 15,1%, porque es territorio de elementos perniciosos para el ínclito Wert y sus disparates de contertulio por horas. Y así, en pequeñas pero devastadoras píldoras, vemos como la Cooperación al Desarrollo prácticamente se despide desde la orilla de sus desposeídos beneficiarios, el Plan nacional contra el SIDA como si quieres arroz, Catalina….

No tienes que temer…

… Los lobos muestran ternura al morder y,

ahora los oigo aullar.

(Marquesita, Nacho Vegas 2011)

En la sombras alevosas de la noche, estos aullidos políticos se han escuchado tarde, cuando la bestia acecha en los matorrales cercanos. Los dejamos avanzar sin medidas de seguridad, casi atrayéndolos con miguitas de carne sanguinolenta y ahora nos rodean, a destajo y a destiempo, armados con las zarpas de la inevitabilidad como recurrente disfraz de oveja despistada. Un susurro ilocalizable nos consuela con la posible apertura de estrechos senderos de escape por el norte y por el sur pero la esperanza se muestra incapaz de euforías poderosas, tanto más cuanto la obscuridad parte en dos la inocencia, los días felices, el sol que ya no prende.

Y, así, entre las sombras móviles, recibimos la primera dentellada. Un mordisco esperado pero fatal. El 30% de nuestro torrente sanguineo comenzó a regar el suelo yermo, desnutriendo las futuras cosechas ensoñadas. Ocho mil millones de mordiscos arrebatados que despiden la solidaridad exterior, el compromiso de nuestra aún sostenida opulencia en términos de proporción universal al garete tenebroso de una madrugada aún más desorientada, toda ella desprovista de rumbo. Se estrechan las vías de escape a medida que sentimos la somnolencia del desgarro, de la muerte suave pero inevitable que nos va retrociendo al signo fetal de ese retorno a la desesperanza. Un viaje de vuelta al ritmo de un cangrejo asfixiado, rememorando lo vivido con fotogramas que se vuelven a enrollar, visionando anticipadamente la tristeza de aquello ya hecho en lugar de la enérgica sorpresa ante lo que está por venir.

Dependientes ya de nuestra sobria misericordia, sin guías ni brújulas, sin sosten frente a la insolencia del destino social, aquella estructura que nace de las entrañas ciudadanas se convierte en lupus altivo que desprecia a los débiles, a los heridos en el desigual combate de la causa existencial. Un cero rotundo desplaza el abrazo solidario de nuestra creación, conquistada ya por extraños cuadrúpedos de alta tolerancia carnívora. No hay puertas en la noche que se ofrezcan a nuestras súplicas, demasiado débiles como para ser calificadas de reclamos. En cualquier búsqueda no ya de exigencia, acaso de honrada piedad, no hallaremos abrigo ni cura. Pensiones asistenciales, fomento del empleo y prestaciones por ausencia de actividad laboral reducen ese caparazón protector de lenta tortuga con ingenio superviviente. Barreras de acero, expulsión del falso paraíso. Justicia penal de pago, madres de obligado cumplimiento, impedidos a la puerta de la iglesia, óbolos penitentes dando gracias al capital nuestro dios.

Esta falsa ternura, esos rodeos de apariencia más felina a la hora de amilanar a la presa, no dejan espacio a la indolencia social. Aquí, en este tiempo en que el paisaje se ha transmutado en invierno boreal, todo estrellas sin luna, me adelantas que no todo va a ir bien, que sí tengo que temer. Ya no queda nadie en pie en esta defensa circular a tientas, nadie erguido frente a la lluvia de colmillos tan radiantes y certeros que sustituyen el brillo sano de las luces nocturnas para convertirse en flashes fulgurantes del ocaso como esperanza colectiva. Si alguno escapa con el ánimo en conserva, que ampute sus desgarros y abandone este exilio boscoso; que retorne al asfalto para no verlo transmutar en páramo. Que vengue nuestra derrota.