Tocando la profundidad social abisal

Ahora sí, queridos compañeros de viaje nacional, podemos decirnos, sin temor a realizarnos cortes menos profundos, que nuestra dignidad se está embadurnando en barro de desesperanza, de notable modorra virulenta. Resulta delicioso tomar el descanso dominical como familiar jornada de protestas y movilizaciones honradas, obligatorias; engullir la hostia colectiva y a otra cosa, deber cumplido. Así, se ha consolidado en menos de seis meses una trágica circunvalación semanal que comienza con rueda de prensa ministerial en viernes donde se calla más de lo que se otorga, un puñado de Reales Decretos en BOE de sábado por la mañana con entrelíneas punzantes y, para cerrar el círculo, las consabidas movilizaciones con todo el buen propósito de autocaridad, tan de espíritu social reconfortado pero… a la espera del siguiente machete vengativo.

Lo cierto es que los acribillantes datos macroeconómicos, las estadísticas descendentes en la confianza y las traiciones de los naturales traidores cada siete días son la consecuencia y el resultado de un aparente fracaso, pero a su vez vienen alcanzando el propósito de una rendición inmoderada de la mayoría ciudadana. En menos de seis meses, el Ejecutivo entrante ha alcanzado un nivel tan elevado de mentiras y aparentes contradicciones que, en lugar de haber incendiado las afueras del castillo del tirano gobernador, ha conseguido narcotizar a importantes bolsas de detractores confesos, así como de desapegar por completo el más mínimo asomo de duda de las huestes propias que, aún vigilando desde las torretas a cambio de míseras raciones, continúan fieles; tal vez por el mareo de esa indigestión irregular entre las primeras líneas de batalla, tan radicalmente hermosas en su rabia que consiguen alimentarse con penalizaciones médicas, segregación social y retorno a la gleva servil, que obtiene caridad en lugar de derechos. Algo más atrás, sirviendo la munición a pesar de la ruina energética, quedan las masas avergonzadas, con su papeleta a un lado de los ropajes a modo de servilleta áspera, relacionándose entre ellas como un gremio estigmatizado, ajenos ad eternum al valor de la dignidad que nos confiere poder tomar partido, hacer la elección correcta ó, a humanización pasada, rectificar sabiamente.

Es indudable que los almirantes del rey silenciosamente pasmado, putrefactos en su alianza suicida, están dispuestos a donar cualquier activo nacional por un futuro miserable en el anonimato de la opulencia que prometen los invasores, los semejantes en el negocio de la traición. Resulta incomprensible que alguien con tantas aptitudes de insolencia ambiciosa, de amor por el protagonismo hueco, sea capaz de ocultarse tras las cortinas de Moncloa a las primeras de cambio mientras su Consejo del huérfano coronado reparte amputaciones variopintas por éste o áquel sector mancomunado; de igual manera, se han abierto las puertas traseras de la fortaleza para recibir, con leprosa algarabía, a los defraudadores del reino.

Esos euromaravedíes envenenados que se manejan en los mercados desabastecidos, llenos de trampillas donde comercian aquellos que no queremos ver pero que han tomado las riendas de la casa común, tienen olor a fértil óxido. Unos muy pocos realizan la repartición y, de este modo, regresan las jornadas de óbolo en lugar de la progresividad y la solidaridad, del retroceso dispuesto en aras a evitar todo aquello que suene a clases difusas, a ciudadanos de diferentes categorías. Lo que buscan, con meridiana precisión, es acogotar durante décadas el destino de lo creado, las herramientas en funcionamiento para disponer de lo que no es propio, ese retorno equitativo de lo entregado hacia los canales que hacen fluir salud para todos, educación para todos. De todos. Seamos más o menos pobres, más o menos modestos en nuestra colecta común, lo revertido debe establecer instrumentos fundamentales para hacer patria orgullosa, ciudadanía con mayúsculas. Actualmente, todos los que siempre hemos sabido ésto nos venimos concentrando en la plaza central en esos domingos nublados que anteceden a otra semana de injusticia abandonada, mientras desde las almenas acechan los cañoneros apuntando hacia el interior. Parece que no recordamos que, bajo los ropajes, camuflamos metralletas poderosas, armas de sangre y palabra que han derrumbado murallas mucho más elevadas.

Días de rendición

¿Qué te he hecho yo en una mañana de accidentes y prisas, desarbolada casi sin sol, para agredirme ya sin máscara? Yo, y tantos, prácticamente todos los danzarines con horario, estamos más que acostumbrados a reptar ante los pliegues de los callejones, salir por piernas frente al más mínimo vértice de esquina sombreada, con esos perfiles oscuros en el suelo que nos alertan de la presencia amenazante tras los cientos ochenta grados de ladrillo ocultador. Pero hoy… tan desprovistos, tan por la espalda; un día más, un comienzo de semana que arrastraba la saca de miserias turbulentas de las que nos hemos provisto a modo de cáncer mohoso y, de todas formas, ha sido intentar correr la avenida y recibir el palo seco antes del arranque de pies secos, sin suela. La intersección entre la nuez y la mandíbula se nos plegó como un abanico de papel filatélico, enredado por la baba interna, mezcla de sangre y gorgojeo gástrico, hasta derrumbarnos en un infinito negro carbónico. Negro asfáltico, negro del todo negro, con los ojos precintados de pestañas y lágrimas densas y párpados con llave. Absolutamente el color de colores. O el color neutro. La nada pero el dolor, el padecimiento nervioso de tanta intensidad que apaga el sol interno y ni siquiera es sufrimiento físico porque todo el hardware neuronal reinicia su sistema con la lentitud de la prudencia superviviente. Ahí nos quedamos, me quedé, tendidos con pinta de muerto y tal vez estándolo un rato, un plazo generoso para sortear la curiosidad del garrote que puede tentarse a repetir hasta el remate, hasta el cortocircuito confirmado. El trabajo finiquitado. Una muerte de un rato, ocultando nuestra vitalidad de mínimos en una especie de ciénaga cerebral que no retira la barrera de la mirada tras todo lo cerrado. Parece que el garrote se distancia, unos tumbos a modo de tambores arrítmicos lo previenen desde el cuadro de control de emergencias, pero no recuperamos constantes suicidas, no amamos perder la esperanza en la siguiente paliza prevista, en derruir el calendario de rounds sin puntos, masacre de impostores a los que ninguna placa, ninguna sirena persigue. En cambio nuestros cuerpos (todos ellos tan fetales sobre la mancha que es nuestro horizonte urbano, nuestro campo picajoso y con zumbidos de moscas en busca de lo descuidado) producen rabia sin ternura, miseria de silencio interconectada. Efectivamente, a lo lejos, por todos los ángulos, nos revitalizan el alma del terror, la única que ahora activa nuestras palpitaciones, los tum tum tum razzzz de las botas intensas, como pisoteando sobre una superficie acampanada, mientras se nos irritan los tímpanos con el garrote de textura metálica rayando, formando olas picadas que chocan nuestra sordera, toda la desorientación que previene la conveniencia de, irremediablemente, mantenernos finiquitados, horizontales. Sigo en la noche de un lunes que no ha empezado.

Sí volverá a ocurrir

No hay que ser un especialista del lenguaje facial, al estilo Lie to me, para sospechar con certera evidencia que tras esas tres afirmaciones regias encadenadas que hemos presenciado ayer, a la salida del hospital USP San José, no hay otra cosa más que una imposición asumida a regañadientes para pasar página a una constatación gravísima que se quiere sepultar en cuestión de segundos. El resto, las anunciadas consecuencias reformistas en la actividad de la jefatura del Estado, son tan creíbles como las promesas electorales populares, reconvertidas en una continuada transformación de Mister Hyde político. Para asumir esta evidencia primero hay que analizar en qué se diferencian los conceptos Corona, Casa Real, Jefatura del Estado y Rey de España. En base a nuestro cuerpo legal, encontraremos separaciones en el ámbito presupuestario, político, organizativo o patrimonial. Tantas que hasta continuamos visualizando un porcentaje de la asignación a la máxima institución del Estado en los Presupuestos Generales mientras nos vendan otro tanto frente a piñatas repartidas aquí y allá, cuestión que tiene su sustento asegurado a partir de la exclusión de nuestros hereditarios Borbones de la reciente normativa relativa a la transparencia de las instituciones.

En el análisis de ese minuto escaso de arrepentimiento público por parte del Jefe del Estado se pueden comprobar dos actitudes, más allá del significado y el tono del lenguaje utilizado: Inicialmente, el rey se planta ante supuestos periodistas (¿quienes?, ¿cuantos?, ¿en representación de qué medios?) agradeciendo la preocupación e interés mostrado por su estado de salud, todo ello a un nivel sonoro de bajísima intensidad, como un infante desconcertado que repite las frases que mamá le ha conminado a expresar al oído; un brevísimo paréntesis y la modulación se transforma para apuntillar toda una degradación institucional de la Casa Real en tres infantiles mea culpa, y aquí paz y después gloria. Dicho esto, que a juicio de los asesores regios debe ser entendido como y dicho todo, Juan Carlos I enfila la línea de salida de su mayor tormento como monarca hasta la fecha recuperando esa tez rocosa, árida y de carne derrumbada, a modo de expiación de su propia debilidad impostada. De niño a hombre.

Pocos seres humanos son capaces de variar su conducta a la edad de 74 años. Menos aún cuando el grueso de su existencia ha transcurrido rodeado de una placentera almohada de confortabilidad súbdita. El Jefe del Estado no ha necesitado reafirmación ciudadana permanente cara a revalidar electoralmente la confianza en su gestión. Su papel público se ha visto reducido a leer discursos ausentes de contenido mientras el grueso de la expresión informativa interfronteriza se ha comprometido a la adscripción fiel de una imagen maquillada de la manera más estética posible, sin fisuras. Pero esa vida privada del monarca, que le lleva a preferir el asesinato por divertimento cruel de mamíferos superiores en lugar de practicar el noble arte del dominó, y en la que comparte ocio pegajoso con aristócratas complacientes o especuladores de toda calaña, no se abandona de la noche a la mañana sino que se encuestra enquistado como el alquitrán al pulmón, irreversiblemente. En definitiva, y sumando las similitudes de su expiación pública con el aprehendido mitin de Iñaki Urdangarín a la puerta de los juzgados de Palma de Mallorca, los enanos que crecen en los jardines palaciegos parece que no han reciclado sus estrategias de comunicación, o será que un considerable segmento de la población española ya ha dejado de creer que la bolita de la honradez puede aparecer bajo esos vasos nada comunicantes entre los que manejan, como una suerte de prestidigitador improvisado, los mensajes que debemos aceptar, palabra de rey.

Y todo volverá a ocurrir porque la separación de poderes se mutado en separación de personas. Los ciudadanos reciben una dieta dura de mentira por día, mientras los monopolistas de las instituciones, tanto caza, caza tanto, han instaurado, como estrategia general, ir paulatinamente desdiciendo sus previsibles embustes, con nuevos argumentos espurios. Ana Mato, la ministra de la eterna arruga, parece que intenta aprovechar esas ondulaciones faciales para evitar que detectemos sus sonoras falacias, pero no tiene la habilidad oratoria como seña de identidad. Durante el anuncio que ha realizado a cuenta de la implantación del copago sanitario en forma de abono de medicamentos a cargo de sectores socialmente debilitados, ha afirmado que esto supone un acto de valentía de cara a salvaguardar la cobertura sanitaria nacional como principio irrenunciable. Miente. Valentía hubiera supuesto enfrentarse a las grandes farmacéuticas implantando las recetas por dósis de tratamiento, la unificación de las numerosas centrales de compras para exigir presupuestación única y, finalmente, la obligatoriedad de los medicamentos genéricos en el recetario que se emane de la medicina pública. Degradar las pensiones al hacer pagar a los ciudadanos jubilados, o a los enfermos crónicos, es un acto de cobardía que se ceba con los más débiles. De igual manera que en el caso de Repsol a cuenta de la nacionalización de YPF, el ejecutivo demuestra estar al servicio del capital, no de la ciudadanía. El rey, al servicio de sus intereses empresariales y de divertimento. Todos, al verse acorralados, realizan solemnes actos de contrición teledirigidos pero, no nos engañemos: todo aquello de lo que dicen arrepentirse volverá a ocurrir, vaya que sí.

 

Si no quieres petróleo, toma dos barriles

El dominio colonial español terminó en Sudamérica hace más de dos centurias (exceptuando Cuba y alguna otra participación en el oligopolio expoliador de esas tierras), pero los sucesivos gobiernos nacionales parecen no haberlo digerido, tratando las decisiones de la región como matizables, pendientes del visto bueno de la metrópoli en base a los intereses de esas corporaciones que dicen ser españolas. Lo afirman, pero no lo son. Las más importantes, salvando el sector bancario, lo fueron, pero el primer gobierno de José María Aznar se encargó de tratarlas como mercancía en oferta para obtener, a corto plazo, relativa liquidez para las arcas públicas. Tan relativa, que ese llamado milagro económico sirvió fundamentalmente para potenciar dos vías: una cultura del despilfarro público que duró una década escasa, a golpe de auditorios, puentes, pabellones y otras sutilezas arquitectónicas que, a lo sumo, valdrán como cascarones apocalípticos cuando este páramo se seque por completo; y una puerta de entrada vitalicia para los responsables públicos cuando hacen sus maletas, en forma de generoso complemento de jubilación.

Por ahí se va entendiendo la dureza del ministro petrolero José Manuel Soria, encantado de conocerse embadurnado de oro negro, en forma metafórica, y quien no se sabe muy bien si es responsable de tres carteras ejecutivas o ha sido nombrado camarlengo del asunto extractivo, porque únicamente le conocemos declaraciones en defensa de las estrategias de Repsol; primero ha sido la batalla con el gobierno canario a cuenta de la idoneidad de montar, frente las paradísiacas playas de Lanzarote y Fuerteventura visibles monstruos prospectivos en las profundidades marinas y, ahora, se ha despachado con rabia incontrolable contra la nación argentina, como si en el valor de cotización de la petrolera privada le fuera la vida. Afirma, ya sin bigote siguiendo la estela de su diminuto creador, que la decisión es hóstil para Repsol y, por tanto, para España (sic). En esas estamos, con una estrategia de permanente confusión entre el interés público y privado, lo que ha llevado a movilizar a las más altas instancias comunitarias para que la nacionalización de la parte accionarial de YPF controlada por la corporación que preside Antonio Brufau no llegue a buen puerto.

Cabe preguntarse si el beneficio nacional derivado del pago del correspondiente Impuesto de Sociedades por parte de Repsol merece la atención y defensa privilegiada de la que el ejecutivo presidido por Mariano Rajoy hace gala. O, de manera menos disimulada, qué enorme peso publicitario sustenta las principales cabeceras periodísticas para ir todas a una en la defensa de su patrocinador con un discurso que parece emanado de una especie de brainstorming unidireccional. Más aún, el maná de las páginas pares coloreadas que refulgen a diario en el papel periodístico llega, se supone que vía IPF, hasta el pensamiento editorial del principal medio escrito argentino, Clarín, que se queda emitiendo una aséptica descripción de los hechos para no contaminar el crudo de sus intereses.

Mientras en el entorno de la Europa comunitaria, a imagen y semejanza del modelo norteamericano de liberalización económica, se ha empujado al desprendimiento paradójico de las empresas rentables de propiedad estatal, con la excusa de la libre competencia y otras zarandajas, los Estados latinoamericanos de mayor empaque en sus índices de crecimiento y desarrollo vienen manteniendo la línea de actuación meridianamente contraria. Se recorre, por tanto, el camino inverso. Durante la década de los noventa del siglo pasado, el continente americano se abalanzó a una algarada privatizadora a instancias del influjo de las barras y estrellas y, en ese despedazamiento del esfuerzo colectivo, Carlos Menem se alzó como uno de los titiriteros más fieles. En 1992, procedió a privatizar la emblemática empresa de hidrocarburos nacional, símbolo del enriquecimiento argentino y una de las primeras petroleras fundadas en el mundo, allá por 1922. Ahora, la política sudamericana se ha percatado que el viaje fue ruinoso y que el control de su destino se había tornado miseria y esqueleto. En el mundo de las extracciones petrolíferas, Brasil o Venezuela, potencias mundiales en el sector, mantienen emporios de capital público para, de este modo, revertir los beneficios de la actividad en otros sectores estratégicos de financiación prioritaria. España, en cambio, supedita su enclenque artilugio estatal con las migajas derivadas de las cotizaciones vía impuesto de sociedades y otras regalías, lo que nos ha conducido, en tiempos de ausencia de bonanza, a imponer una dieta anoréxica en sanidad o educación a la velocidad del rayo. Porque lo cierto es que el planeta está al revés desde épocas de la conquista: Los Estados con mayor concentración y reservas de materias primas indispensables para el acontecer desarrollista de la economía suelen coincidir, no por casualidad, con geografías inestables y desigualdad permanente. Mientras, el yermo norte se abastece de la colonización productiva, primero en forma de materia objeto de valor directo (oro, plata, etc.) y ahora vía herramientas de manufactura enriquecedora.

La nacionalización de YPF, repartiendo el accionariado entre el Gobierno central y las provincias en las que se encuentran las extracciones más jugosas, obedece, en palabras del gobierno argentino, a la comprobación de una ausencia notoria de inversión real por parte de la petrolera en el país sureño, mientras que la generación de beneficios se ha disparado exponencialmente. De manera particular, acusa a la petrolera de ocultar importantes descubrimientos de nuevas reservas con el objeto de ampliar subrepticiamente ese lucro. Estando en su soberano derecho de ejecutar un proceso expropiador por su valor estratégico para el desarrollo de la nación, resulta llamativo ese tono arrogante que se sigue manteniendo a este lado del bravo río atlántico, valorando de forma unilateral el precio del porcentaje nacionalizado (10.500 millones de euros), cuando la competencia de dicha estimación, es sabido, queda en manos del arbitrio que se establezca por el ejecutivo argentino.

José Manuel García-Margallo, ministro de asuntos exteriores español, ha asegurado que, con esta decisión, Argentina se ha dado un tiro en el pie. Quizás mezcle las informaciones, producto de la edad y la rabia incontenida, y no recuerde que esos despistes con olor a pólvora son más propios de la realeza y sus vástagos por tierras ibéricas y africanas, pero que una nación desarrollada y, en varios episodios de la etapa contemporánea, refugio y sostén de nuestro país, no puede recibir amenazas de un gobierno, que se encuentra legitimado por la elección de sus conciudadanos, no de multinacionales de propiedad diversa y repartida allende los mares. En definitiva, que si Repsol quería petróleo a precio de gaseosa, toma dos barriles.

Crónicas del rey cazado

Viendo esta imagen de juventud, un tiempo antes de haber siquiera recibido la corona preconstitucional, nadie puede afirmar que le coja de nuevas las aficiones francotiradoras del Jefe del Estado. Otra cosa es que, en un país que ha mantenido, con mínimos altibajos, un crecimiento económico al que ha accedido grandes bolsas ciudadanas, es hasta entendible que las cosas de Corte sólo interesen cuando rezuman perfume aristocrático. Aquella rumorología maledicente, producto de rencorosos excluídos de la fiesta de la democracia por voluntad propia, que aseguraban filias monárquicas algo más truculentas de las que aparecían en asépticas portadas plagadas de glamour, eran obviadas sobre patines invernales, regatas de estival campechanía, así como bodas, bautizos y comuniones salteados con chascarrillos regios que despertaban la risotada cómplice, la admiración por todo aquello que Zarzuela exportaba de una España que era admiración internacional. La leyenda de amores silenciados por cómodos pagarés sine die, osos ajusticiados debido a sus problemas de onmívora alcoholemia y escapadas nocturnas a dos ruedas, como un angel vengador que deface entuertos a la misma velocidad que patina en sinuosas curvas sin estrellas, sólo encontraban espacio en publicaciones de sátira nada costumbrista o, peor aún, en esas páginas de reducida lectura, sólo toleradas por estómagos rencorosos, malas bestias que no podían aceptar que en Iberia, por fin, reinaba la paz de los hombres y el optimismo de los dioses.

El 14 de abril de 2012, quien lo iba a decir, transcurrió como el aniversario menos republicano de nuestra historia, sin saber que esa fecha podrá ser recordada, en no mucho tiempo, como el día en que la monarquía comenzó a desangrarse, malherida, por un disparo informativo penosamente cubierto. En menos de 24 horas todo ese escudo protector, ese chaleco antibalas periodístico que rodea La Zarzuela, trasluce enormes agujeros de gruyere, por el que no sólo se están colando críticas esperadas, sino desafecciones más que sorprendentes.

En ese sentido, es altamente recomendable la columna de alguien de nula sospecha antimonárquica, todo lo contrario, como es José Antonio Zarzalejos, quien hace hoy un repaso en El Confidencial de todas aquellas desventuras que están llevando a la Jefatura del Estado y su incontrolada prole a verse cerca de necesidades de abdicación, nada menos. Demasiados disparos y escándalos en los que mete el dedo hasta la cadera regia, hablando muy alto sobre la absoluta ruptura del matrimonio real y la existencia pública de consorte sin corona en viajes y actos oficiales que, por supuesto, no aparecen en la portada de la revista de popular saludo.

Zarzalejos afirma, en una incontinencia narrativa impropia de su mesura conservadora hacia la realeza, que la reina está triste, qué le pasa a la reina: ni más ni menos que haber sido culpabilizada por su marido de la pérdida de prestigio de la institución, sobre todo por lo que considera matrimonios imperfectos de sus vástagos. Esto demuestra la poca capacidad autocrítica de nuestra primera institución, lo que ha provocado el distanciamiento hasta geográfico de la pareja real. Sofía, en efecto, parece estar más tiempo en Londres con su hermano que atendiendo sus responsabilidades locales y, claro, sin la cabeza de familia, el clan se despendola.

Columnas situadas habitualmente a la derecha de la página han seguido a lo largo del día atizando a su otrora referencia institucional, salvando por supuesto la quinta columna del ABCedario. ¿Supone concluir que la Casa Real ya no posee la fortaleza para gestionar la opinión de una parte del periodismo nacional? Evidentemente, si resulta inútil matar mosquitos a cañonazos, es repugnante acribillar elefantes a escasos metros por perversa diversión. Lo segundo es indefendible, escandaloso, excéntrico en lo pecuniario, doloroso en lo institucional. Pero lo primero, con el bloqueo y eliminación de la web en la que se encontraba la instantánea de un paquidermo ajusticiado tras dos sonrientes matarifes, es propio de gabinetes decimonónicos: desde Zarzuela no parecen haber renovado sus conocimientos acerca del funcionamiento de la información en estos días; secuestrar una publicación o trasladar unas cuantas recomendaciones a los directores de las principales cabeceras no impide que la interacción digital siga su propio camino, forme la corriente de opinión que mañana demandará explicaciones y cambios.

En estas veinticuatro horas de tambaleo monárquico, ande o no ande, con muletas o sin ellas, quien debe sufrir un mayor desconcierto decepcionante es la inmensa colectividad de simpatizantes socialdemócratas españoles. Habiendo asumido que se puede participar en un partido republicano sin serlo, que la monarquía ha traído estabilidad al país, que se es, en realidad, juancarlista como un mal pasajero… habiendo asumido todo eso durante tres décadas la sensación de repugnancia ayer habrá sido mayoritaria entre sus filas, pero hoy han tenido que levantarse y comprobar que sus principales líderes han decidido ejercer de mudos domingueros, evitando pronunciarse sobre esta sucia actualidad (salvo la excepción nada sorprendente de Tomás Gómez). Ya dirá algo Rubalcaba a la hora del Telediario, pensarían camino del kiosco o encendiendo el ordenador para empaparse de la línea de su medio de cabecera. Pues nada, la editorial de El País, como si quieres arroz, Catalina. Miguel González, por su parte, habla de un mal tropiezo, una cosita en plan resumen de los descuidos públicos de la tribu borbónica, pero evitando caer en la reprimenda ó el fino enseñamiento. Ya se sabe, a elefante abatido todo son pulgas. Y, por ahí, llegó el tercer disgusto del progresista moderado esta mañana, que si tecleó sin querer la dirección de El Mundo, habráse visto sorprendido por un cambio de cromos en las orientaciones de cabecera. El ídem al revés; ya nadie sabe quien protege al general para que huya y se ponga a buen recaudo, lejos del campo de batalla. Debe ser que la infantería ha sido machacada, peor aún, que los restos de la soldadesca estilográfica baten en retirada. Toca al rey mantener el rifle desempolvado y proteger, desde su solitaria loma, la corona con espinas.

14 de Abril. La Caza Real en el aniversario de la II República

¿Se acuerdan que hoy es 14 de abril, día de recuerdo y celebración de la República que fue y aliento para seguir profundizando en la que será? Pues esta onomástica que cada año moviliza mayor número de conciencia ciudadana se ha visto eclipsada, paradójicamente, por informaciones médicas provenientes de La Zarzuela, en la que se ha comunicado la intervención quirúrgica de cadera del Jefe del Estado, a cuenta de un accidente sufrido en Botswana durante un viaje privado. Dicho desplazamiento, abonado a cuenta de nuestros tributos públicos, tenía como objetivo participar en una cacería mayor, con elefantes como víctimas principales de la sanguinaria diversión del monarca. Según las últimas informaciones, 37.000 euros cuesta al erario público que Juan Carlos se entretenga en abatir a cada hermoso e inteligente mastodonte. Éste es el video promocional del repugnante parque temático para cazadores. A partir del mínuto uno y diez segundos, la sensibilidad puede verse gravemente perjudicada (la entrada tendrá que visualizarse desde youtube porque se ha indicado el bloqueo de su reproducción desde esta web. Alguien matando mosquitos a cañonazos, una vez más):

Y ésta es la prueba gráfica de la ignominia y la crueldad regia. En posición de haber obtenido un premio de mus, ambos elementos se muestran orgullosos frente a un elefante masacrado. La web que reproducía ésta y otras instantáneas ha sido velozmente bloqueada, lo que demuestra a las claras el anacronismo e incompetencia del enorme aparato de control de medios adscrito a la Corona. Cerrando páginas en internet o movilizando a la judicatura para secuestrar revistas de los kioscos ya no se puede evitar la propagación de la información, mas al contrario se despierta la curiosidad por lo censurado y produce, por tanto, un efecto multiplicador incontrolable. No nos encontramos en tiempos del abuelo Alfonso XIII que, precisamente, tuvo que salir disparado tras el masivo levantamiento ciudadano tal día como hoy de 1931, tras la victoria electoral de partidos republicanos en la mayoría de capitales de provincia. Esto sucedió, precisamente, por desarrollar una actitud tan borbónica como es el desentendimiento de sus responsabilidades públicas, intercambiándolas sin reparo por prácticas tan funestas como asesinar furtivamente a todo mamífero que se cruce en el camino de la crueldad.

Además de la legendaria memoria de los elefantes, recientes estudios neurológicos han demostrado su capacidad de autoconsciencia, reconociéndose a sí mismos, lo que resulta una habilidad cerebral nada común en el reino animal. De igual manera, es casi exclusivo de su especie el desarrollo de actividades colectivas de duelo alrededor del miembro fallecido, que suele recorrer la distancia necesaria para poder perecer en los enclaves que entienden adecuados en función de su experiencia vital, lo que prueba un innegable entendimiento de la muerte y sus consecuencias. Poseen, por otra parte, la estructura de un lenguaje más o menos sofisticado, pudiendo reconocer la llamada de más de cien congéneres distintos, aún a pesar de haber transcurrido un largo plazo temporal sin haber existido contacto entre ellos.

Un ser, en definitiva, del que aprender, al que observar como herramienta para un mejor entendimiento de nuestro ecosistema. Tras años de ingentes campañas para detener la caza furtiva con el objetivo de amputarles sus preciados colmillos de marfil (preciados por ese repugnante valor relativo que los seres humanos le dan a los elementos de la naturaleza), hoy tenemos que levantarnos con esta información producida por el representante de nuestra jefatura del estado, pidiendo sacrificios a la ciudadanía para sacrificar con nuestros impuestos la vida de estas maravillas de la evolución, de estos compañeros de viaje. Las imágenes agrían la festividad por ese día, hace 81 años, en el que un pueblo obtuvo todas las herramientas para decidir su destino, pero animan, sin duda con mayor ahínco, a seguir reclamando que la III República se abra paso y nos abrace cuanto antes.

Los chorizos inauguran una panadería

Hace unos meses, llegamos a la dolorosa pero irrefutable conclusión de que no sólo había hogazas de sobra para tanta cantidad de embutido suelto y desperdigado por nuestra corrupta geografía, sino que el hispánico chorizo había mutado en fabricante oficial de su propio caparazón de levadura, harina, sal y agua. La evolución de su destreza criminal da muestras de no detenerse; al contrario, perfecciona su heterodoxia prevaricadora a velocidad interestelar. A día de hoy, resulta evidente que, entre ruido de amputación y heridas abiertas, todo el revuelo cotidiano de esta sociedad golpeada y que se golpea con desmayo no ha percibido que el choriceo ibérico anuncia discrétamente la inauguración de su propia panadería, con productos tradicionales en el contexto histórico de estas tierras y, por supuesto, todo hecho a mano y con impune masa.

Como producto estrella, destaca en los expositores lo nunca visto por el mercado interno desde que nuestros bisabuelos gozaban de impúber razón. El Gobierno, entre sus valerosas medidas de empobrecimiento colectivo sobre las clases que no se pueden permitir más que un pan chusco cada dos días, ha establecido el día del gourmet fiscal, restregando a las honradas microeconomías familiares en quiebra amateur cómo ser un bandolero tiene recompensa; para ser exacto, un 10% de medallas tributarias, que se pueden colgar de manera inmediata para fundir el baño de oro y seguir disfrutando, a plena luz del día, del botín enmascarado ejercicio tras ejercicio, mientras la honrada ciudadanía se remangaba cruzando este charco de profundidad inmedible. Indulto, por tanto, para ejemplificar la medida de la desesperación gubernamental, que es capaz (o hasta proclive) de aceptar capital caducado con tal de no irse a la cama con el estómago vacío. Las amnistías fiscales no son más que indultos múltiples que, además, alientan la comisión de multiplicados delitos futuros. Italia puede dar fe de ello: el país transalpino ha accedido a implantar tres procesos similares en su historia reciente, el primero con razonable éxito recaudador, el segundo con discutibles resultados, mientras que el tercero, hace escasas fechas, ha resultado un sonoro fiasco en su pretensión reguladora. Y es que el tramposo puede tropezar en un despiste, pero aprende dónde está la piedra con suma rápidez, y si percibe la debilidad desesperada de una Administración que no cumple ni hace cumplir su normativa impositora, se hará fuerte en su delito. ¿Para qué sacar a la luz fortunas ennegrecidas por un módico importe, si probablemente mañana podrá hacerlo a mejor precio, quizás gratis? El tiempo juega a su favor. España, en este sentido, ha sido un ejemplo terrible en cuanto a su público fracaso en la lucha contra el fraude fiscal. En el contexto actual, donde la Hacienda Pública sólo integrará un nueva plaza de Inspector tributario por cada cuatro compañeros jubilados, el panorama a corto plazo se presenta como jauja para continuar con la insolidaridad pecuniaria. Póngame un par de barras artesanas, vaya, que ya se las pago mañana.

Pero si en la sección fiscal se nos hace la boca cianuro viendo las promociones del día, en el escaparate financiero encontramos hogazas de fértil mohosidad que no paran de fecundar su crecimiento bacteriológico. Miguel Ángel Fernández Ordóñez, gobernador del Banco de España, parece empeñado en apurar su genocidio de las entidades de ahorro antes de dar por finalizado, en el próximo verano, su desquiciado régimen del terror. La denominada reestructuración financiera del ordenamiento crediticio español ha resultado una sangría indeterminable en términos de despilfarro y destrucción. No obstante, el tenebroso Gobernador parece que llegará a tiempo de cumplir su máximo propósito: bancarizar por completo el sistema, asentando un oligopolio en el ámbito crediticio a precio de saldo. Comenzó introduciendo a todas las Cajas de Ahorros en el mismo horno, a igual temperatura. Cuando se percató de que algunas comenzaban a tostarse con excesiva prontitud, hizo un estudio más a fondo de los ingredientes y detectó que la miga de éstas era viscosa, incomible; en lugar de sustituir su estructura, prefirió ponerlas a la venta como oferta del día a precios de risa, pero sin exigir responsabilidades al panadero de turno. Al contrario, pareció agrandar su incorregible creencia de ser el vendedor del mes y se sacó de la manga otra absurda promoción; el cuatro o cinco por uno fusionó distintas piezas y las sacó al expositor para deleite de los clientes habituales. A día de hoy, parece inquietado al comprobar que no ha podido desprenderse de todo el stock cajero, así que no disimula su obstinación en colgar el cartel de no hay baguettes al precio que sea. Ya no se expresa en términos de solvencia, expectativa de crecimiento, fondos propios o volumen de negocio: sencillamente, las Cajas de Ahorros no deben existir, han de abandonar cuanto antes, las pocas que lo tengan, su negocio financiero y, a las claras, entregar las armas y rendirse ante el triunvirato financiero nacional. De este modo, esa mal llamada reestructuración se ha convertido en una carrera de fondo para apropiarse de los restos, ocultos tras marcas de corto recorrido, sin integración real de sus estructuras (BMN, LiberBank, Unnim, Caja 3, Banca Cívica, etc.), que no han tenido árbol tras los que ocultarse de esta cacería con ametralladoras. Este proceso de destrucción consciente de la totalidad de las entidades de ahorro, solventes o derrochadoras, politizadas o independientes, reinversoras o especulativas, ya ha transmitido sus terribles consecuencias sobre los respectivos territorios donde se encontraban radicadas, los cuales han perdido las poderosas herramientas de dinamización económica desde las políticas benéfico-sociales, así como la cercanía y arraigo de éstas a la realidad familiar y empresarial del lugar.

En este almacén revuelto, más de un empleado viene aprovechando el descontrol de la panadería para llevarse unas cuantas barras bajo el uniforme. Ejemplos no faltan, comenzando por la trayectoria de los copresidentes del grupo Banca Cívica, Enrique Goñi y Antonio Pulido. La bipolaridad produce conductas impredecibles, y si esta realidad de Doctor Jekyll y Mister Hyde sufre de delirios de grandeza y amor por el derroche permanente, nos damos de bruces con el maniquí de talla más proporcionada en cuanto al fraude del desguace financiero que estamos sufriendo. La unión de cuatro Cajas de moderado tamaño (CajaSol, CajaNavarra, Caja de Burgos y CajaCanarias) produjo ilusiones faraónicas de padre y muy señor suyo: una oficina de negocio en Washington que, dos años después de su inauguración por parte de la infanta Cristina en la Avenida Pensilvannia (a pocos metros de la Casa Blanca), aún no ha obtenido el código pertinente para ejercer actividad financiera en el país norteamericano; la ofuscación por finalizar la construcción de un rascacielos tremebundo en el centro de Sevilla (Torre Pelli), a razón de más de 400 millones invertidos a media ejecución, con amenazas ciertas por parte de Unesco en cuanto a la retirada de la consideración de Patrimonio de la Humanidad a la ciudad hispalense; una salida a bolsa a precio de saldo (60% de descuento con respecto a su valor en libros) que, aun así, no ha recuperado su valor de estreno en ningún momento y, finalmente, su absorción por menos de 1000 millones por parte de CaixaBank tras comprobar, en las profundas auditorias realizadas por la entidad catalana, agujeros contables gigantescos que pasaron desapercibidos para el Banco de España en su proceso de integración como SIP. Todo ello, toda esta ruina para más de ocho mil trabajadores con su futuro en el alero, ha sido premiado con el título de Panadero dominical a orillas del mediterráneo para estas dos cabezas llenas de levadura sin fermentar. Un reluciente ejemplo para el resto de horneadores, que esperan el final de sus respectivos turnos con las mochilas preparadas para rellenarlas de las piezas sobrantes. Hay pan de sobra, del que nunca se endurece. No se preocupen si han llegado tarde, si la verja ya está a medio bajar. Seguro que, con un silbido, el chorizo nocturno le atiende amablemente, le permite pasar. Nos lo advierte esa atracción olfativa por el pan recién hecho y los horneadores de Hamelín bien lo saben.