Yo no voy a la huelga porque…

… la reforma laboral, aunque parezca algo dura, es necesaria. No digo que esté de acuerdo con que se despida a la gente sin indemnizarles, pero algo hay que hacer para que la economía sea más flexible, para que las empresas puedan volver a crecer y la crisis nos vaya dejando paso. Además, ya está aprobada, con lo que no voy a cambiar nada yendo o no. Entre los estudiantes y los desempleados que hay se verá una buena movilización y eso es lo importante. Es cierto que es todo complicado, que no es fácil salir de ésta, pero es que también nos hemos dedicado a vivir a cuerpo de rey. Algo de culpa tendremos. No podemos, ahora, con el nuevo Gobierno que está buscando soluciones, ponernos a frenar el país porque sean de derechas. Ya han dicho que no se va a notar la recuperación inmediatamente, pero hay que tener paciencia. Sí, hay que esperar, y todos debemos poner de nuestra parte. Sería un contrasentido esa responsabilidad y, a su vez, paralizar la economía de un país, eso sería gravísimo. Además, el trabajo que hay que hacer es el que es y, si voy a la huelga, al día siguiente tendré que quedarme mañana y tarde para recuperar el tiempo perdido, con lo que nadie gana y, encima, me descuentan un día de salario, que con los tiempos que corren es dinero. Total, para nada, porque voy a seguir haciendo lo mismo, y en horas libres. Así son las cosas, no digo que me gusten, pero son las que son, las que tocan.

Precisamente, el jueves nos han marcado una cuantas reuniones y, claro, lo que no podemos hacer es ausentarnos de compromisos importantes. No digo que no lo hagan con cierta mala baba en la empresa, pero si me convocan es porque cuentan conmigo, y no puedo defraudarles. Al final, yo vivo de mi sueldo y, quien me lo paga, manda. Las cosas irán cambiando, mejorando, muy a peor ya no podemos ir, así que toca hacer el último gran esfuerzo y demostrar que este país es de confianza, que somos trabajadores y con ánimos para salir adelante. La huelga es un derecho pero… es que le acabamos haciendo el juego a los sindicatos, que no hacen nada por nosotros, que se encuentran atiborrados de subvenciones. Sin ir más lejos, en mi empresa los liberados sindicales están más tiempo con bolsas de las tiendas cercanas que pendientes de nuestras necesidades que, ojo, son muchas, pero que se pueden arreglar con buena voluntad, todos estamos en el mismo barco. Pero ellos hace tiempo que están acomodados; mucha pancartita, mucho piquete, pero en el día a día no se puede contar con ellos.

En fin, que eso, que sí, que a lo mejor hay cosas que pueden mejorar pero yo no veo procedente ir a la huelga. Yo…

… Voy a la Huelga. Con toda convicción, con la absoluta certeza de estar haciendo valer mi derechos constitucionales, habitualmente pisoteados y relativizados pero que deben ser enarbolados sin titubear en situaciones de gravedad como la actual. La reforma laboral aprobada no aparecía ni por asomo dentro de las líneas generales programáticas del partido gobernante durante la pasada campaña electoral, lo que supone una estafa general al conjunto de la ciudadanía; este hecho, unido a la tremenda irresponsabilidad que supone dilatar la presentación de los Presupuestos Generales del Estado al comienzo del segundo trimestre, con intenciones (truncadas) puramente electoralistas, nos demuestran que estamos ante un panorama ensombrecido, en el que los actuales gestores de la res pública pretenden disparar a dar con la mirilla conscientemente desequilibrada. Los pesos pesados del Ejecutivo provienen de la alta gestión de mastodónticas corporaciones, algunas de ellas responsables de primer orden en la actual depresión macroeconómica que sufrimos, y suelen ser viajeros de ida y vuelta, que utilizan el aparato colectivo para reorientar sus recursos al enriquecimiento de sus verdaderos amos. Asimismo, utilizan sin pudor el conjunto de empresas que se encargaron, hace aproximadamente una década, de privatizar a precio de ganga, sustrayendo de la riqueza nacional su motor principal y más valioso patrimonio, para colocar a la parentela más y menos desasistidas, a todos sus apellidos de casado y soltera. Restringen hasta el mínimo indivisible las obligatoriedades inherentes al cargo en cuanto a apariciones públicas con turno de ruegos y preguntas, ensayando su actividad ejecutiva como un telefilm de bajo presupuesto y repetitivo decorado. No tienen argumentos directos, confianza para convencer, así que delegan su consabida mentira global en el ejército de plumillas a sueldo que, debate y tertulia al hombro, se encargan de hacer llegar a la ciudadanía un espectro de planificación a medio plazo brillante del que aún no hemos podido visualizar siquiera la corteza. Paciencia, nos piden los juntaletras pedigüeños, mientras insisten, entre otras repugnancias, que la huelga no es la solución.

Miles de trabajadores se ven mañana ante la tesitura de enfrentar su expectativa de supervivencia a amenazas nada veladas y presiones empresariales directas; otros tantos llevan demasiado tiempo disfrazados de ejecutivos, con sus trajes almidonados y corbatas atrevidas, que olvidaron en algún punto del encuentro que son empleados por cuenta ajena. Y así, millones de ciudadanos están en este momento alimentando argumentos para no sentirse esquirol en la jornada de mañana en lugar de reforzar sus convicciones ideológicas para disponer de esa energía que debe barrer con todos los obstáculos que nos han ido colocando desde hace más de dos décadas. ¿Qué la Huelga General no es necesaria porque la reforma no tiene marcha atrás? menos la tendrá si la convocatoria es un fracaso participativo ¿ Qué la situación está como está y las reformas se hacen indispensables? La recesión no implica desequilibrio en el reparto de los recursos disponibles, y áquel crece más a medida que esta crisis se acrecienta. Alguien gana de la pobreza ajena, y desde luego no los trabajadores.

Por todo ésto, y por lo que todos sabemos, en conciencia, decimos en orgulloso y alto volumen: ¡Yo Sí Voy a la Huelga!