La madre del cordero

Todas nuestras consolidadas expectativas de futuro, individual y colectivamente, se van, de manera irremediable, a la más profunda mierda. Se ha acabado el paréntesis de confusión y parálisis, este último lustro de anunciada crisis metidos en la granja de tóxico engorde, y ahora podemos arrojarnos al vacío a sabiendas que en el fondo nos espera el mismo futuro que dudando en la orilla.

¿Cómo llegamos hasta aquí, cuando abandonamos el puesto de observación y arrasaron con nuestra cosecha? En realidad el paisaje siempre estuvo igual de desolado, pero los espejismos nos han guiado el rumbo con brújula sin batería. La época democrática ha formado una costra de plaquetas confiadas en una sociedad poco acostumbrada a tomar decisiones, a ejecutar derechos y libertades, a demandar sus legítimas expectativas. No así ha ocurrido con aquello que es inmutable: el poder del capital y sus instrumentos; para éste las etapas no se dimensionan en función de acontecimientos de índole social, sino en el control y desarrollo de su codicia reflejada en el aplastamiento de clases. Muy pocas excepciones pueden encontrarse en la terna de detentadores protagonistas de los recursos nacionales, todo aquello que pareció revolucionario pasó de largo con respecto a lo reservado para manejar la riqueza y las ideas, el control de lo que ocurre y cómo debe crearse la opinión de lo ocurrido.

Ha sido confortable transitar por una realidad en la creencia de que existen y, más aún, funcionan con cierta eficacia esas moderneces importadas de la vanguardia democrática planetaria, de las factorías sociales que molan: división de poderes, estructuras de control ciudadano, Constitución vanguardista. País de las maravillas, del acelerador pisado por una ciudadanía aplastada durante tantos siglos que, tras recibir casualmente el don de la libertad y pilotaje de su nave ibérica, asumió el convencimiento de tener vía libre, autopista sin límites ni peajes. Entre lo heredado, una masa conformada por poderes poco amigos de cambios impertinentes y una cultura inadaptada al progreso, se ha ido pisoteando en falso. Hablando en hojalata, en chatarra con óxido, no fue difícil mostrarnos un oasis de elecciones libres y control decisorio a una colectividad con las cuencas vacías. Que, por ejemplo, las Cajas de Ahorros fueron fundadas por los señoritos y párrocos de cada plaza para controlar el salario de sus criadas y peones es bien sabido, pero no es menos cierto que esas estructuras, sin dios ni amo, fueron tomando una vertiente de devolución social a medida que ampliaron su estructura y posicionamiento económico. Hoy sí son de alguien, como consecuencia de una planificada malversación por parte de los ilégitimos sucesores en la corrupta toma de decisiones. Cada vez que la pantomima de banquitos fusionados de mala muerte anuncian medidas traumáticas con respecto a sus trabajadores y cercenan el componente benéfico de aquello que fueron, la sociedad calla mientras la cotización de esos ilegales papelitos de propiedad denominados acciones se revalorizan como la espuma. Los dueños del capital no sienten su dominio como algo propio, el mercado fluctúa como un juego de compraventa que cambia esas cartulinas por celulosa de algodón coloreada.

De igual manera, profundizando hasta la corteza que sustenta las toneladas arenosas, podemos sentir el valor de la madre del cordero. Sin tener muy claro los primeros minutos del metraje, salimos de la sala con la incómoda pero arraigada sensación que todo se deriva de una descontrolada especulación inmobiliaria, en insensata connivencia con el control de los fondos y capitales. Pero vayamos un pasito para atrás, aunque no tengamos espacio para coger apenas impulso: ¿De quién es el suelo en el que se sustentan los pilares del ladrillo con aluminosis que es nuestra macroeconomía? En sentido concreto y figurado, todo empieza en el valor real de las cosas, en lo que necesita el ser humano para sobrevivir. Cuando la tierra y el mar se convierten en la inspiración de la argucia tramposa que degenera en esto llamado capitalismo nos hurtan en nuestra impasible tez lo primigenio, aquello que pasó a ser privado en lugar de cooperativista; más adelante, la sofisticación de la trampa atrapa el sedimento en planes generales de ordenación, comisiones, recalificaciones, economía estrangulada y…. pobreza y destierro para el hurtado. El que gana, siempre gana. Hay pocas víctimas entre los ladrones y muchos clavos para crucificar a los desposeídos. Todo esto, mezclado con la mercantilización efectiva de los medios de comunicación, cierran el círculo polar caluroso que es nuestro desierto meridiano. No esperen un invierno fértil, el panorama árido siempre caracterizó a este país tramposo.

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6 comentarios en “La madre del cordero

  1. Pingback: Mi amigo Poli « CambiaCalp

  2. Una pregunta, Cuándo vamos a decir basta y nos vamos a enfrentar a éstos indemoniados?

    Ya sé que ésto no lo sabe nadie, pero yo estoy ansiosa que explote la gente, también estoy ansiosa de salir hacer algo, aunque no sea mas que recibir hostias por doquier, pero tengo ganas que salte todo ésto de una vez por los aires, para que también les explote a todos los que han dado al botón de ésta terrible maquinaria, que nos está llevando a la destrucción.

  3. Yo tambien tengo ganas de que todo reviente ya de una vez, cuanto mas esperemos sentados, mas dificil lo tendremos. El problema es que en este pais nadie se mueve, excepto cuando hay futbol….

  4. Pingback: Casita, chanchita, viajecitos y mordaza a la prensa hicieron rodar cabeza de Presidente de Alemania « malcolmallison

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