El maltrato colectivo

Una sociedad o una nación se pueden conocer por como tratan a sus animales.                    Mahatma Gandhi.

A estas alturas de nuestra autocomplaciencia como sociedad avanzada, España continúa siendo un enclave geográfico donde sus inmaduros ciudadanos abandonan a diario una media de cuatrocientos animales de compañía. Dejar en tierra a un ser vivo que se ha incluído voluntariamente en el nucleo familiar y que, de este modo, se le ha integrado emocionalmente, es doblemente doloroso; su razonamiento y habilidad empática se ve masacrada ante el desorden sentimental que le supone verse expulsado de su realidad. Como sabemos, lo que suele ocurrir a partir de ahí supone un desgarrador descenso a los infiernos más o menos acelerado: desde atropellos por extravío espacial o enfermedades, hasta la llegada a un centro de animales que, en la mayoría de las ocasiones, no es más que una factoría del exterminio y el maltrato.

Resulta evidente la necesidad de sensibilización social acerca de este trágico fenómeno que no ofrece mejorías estadísticas en los últimos años, más bien al contrario. Su línea de salida está perfectamente delimitada, con la prohibición de realizar acciones de compraventa que tengan como objeto a un animal. En efecto, estamos desgraciadamente acostumbrados a ver a las tiendas de mascotas y sus opresivas jaula-escaparates como establecimientos agradables, casi como comercios sensibles a la vida animal. Sin entrar a valorar el amor que puedan sentir por otras razas vivas sus dueños y dependientes, lo que no escapa a un análisis de certeza es su peligrosidad estadística para el mantenimiento de los terribles datos de abandono y repulsa de perros y gatos en nuestro país. Dos razones poderosas han de esgrimirse para reivindicar la imposibilidad de venta de mascotas: el tufo esclavista que supone mercadear con seres vivos que, a priori, van a ocupar un puesto en el núcleo familiar, así como la ausencia del período y elementos reflexivos en la toma de decisiones profundas que supone esa integración por parte de un nuevo miembro a nuestro hogar. Un tercer elemento se podría añadir, sin duda, tal y como sería lo innecesario de su mercado existiendo un descompensado elemento de oferta sobre la demanda: los centros de acogida se encuentran repletos de perros y gatos ansiosos por conseguir cobijo y cariño, y son éstos lugares donde podemos recibir el asesoramiento adecuado y la meditación necesaria de cara a tomar una decisión con todas las consecuencias. La voz de la liberalidad electiva, aquella que reclame su derecho a adquirir la mascota que se corresponda a su raza favorita de can o felino, ya está reconociendo implícitamente su ausencia de interés por adoptar con todos sus efectos y emociones.

Al intentar analizar esa insensibilidad histórica no hay que realizar sesudos estudios de comportamiento con el entorno, sino algo tan sencillo como comprobar nuestras herramientas de relaciones con el prójimo: una sociedad a la cabeza en el asesinato a sangre fría a manos de la pareja (ejem) sentimental, en la que el maltrato escolar continúa siendo tolerado e, incluso, aplaudido en ocasiones y que defiende con uñas y dientes la existencia de espectáculos abominables de tortura animal como sangriento divertimento colectivo no parece el mejor punto de partida para plantear la sensibilización inmediata de sus miembros para con aquellos a los que considera elementos de decimoquinta categoría en la ingrata escala de puntos civilizatorios.

Ante un panorama así, es más sencillo entender (que no comprender), la reciente reforma laboral emprendida por un gobierno maltratador al que han aupado en hombros millones de ciudadanos masoquistas. El PP, poco amigo de las ruedas de prensa y la explicación pública de sus responsabilidades gubernamentales, ha optado por ir un paso más allá, y además de no aceptar preguntas en sus alocuciones ahora añade la mentira directa a la hora de dar cuenta de su toma de decisiones, decisiones por otro lado antagónicas a las planteadas durante su larga travesía en la oposición y en plena campaña electoral. Para horripilarse y tomar consciencia de la que nos espera sentados en el sofá no hay nada mejor que leer el Real Decreto Ley 3/2012 que desarrolla una reforma que es esclavitud encubierta, que no se centra en la ya de por sí dolorosa rebaja del período indemnizatorio de 45 a 33 días por año trabajado, sino que, por el contrario, entrega a la empresa infinidad de herramientas excusatorias cara a despedir libremente por la misera cantidad de 20 días y con un límite máximo de 9 meses de finiquito. Para poner el lazo al jugoso regalo que ha recibido el poder del capital, los convenios colectivos de empresa tendrán prioridad a los del sector, consiguiendo de este modo debilitar y desorientar en peleas minúsculas e indefensos a los trabajadores de cada ramo, con lo que aquellos acuerdos de relación colectiva en un determinado segmento productivo quedarán en papel mojado, si es que siquiera existen, dado el interés prioritario que tendrán los representantes de los trabajadores en cerrar cuanto antes el de su factoria o empresa. Que no corran tanto, porque a su vencimiento, y en el plazo de dos años, su contenido dejará de tener validez, lanzándolos así a aceleradas negociaciones donde, como se sabe cuando uno va con prisas, se suelen dejar cosas atrás.

Este panorama está refrendado por millones de maltratadores/as silenciosos, que con su voto y pasividad han tejido el germen de una relación nacional entre unos pocos maltratadores armados hasta los dientes y millones de potenciales maltratados esperando aterrorizados la primera bofetada. El que se crea libre de latigazos, que continúe haciendo zapping.

Leyendo la certera definición de Mahatma Gandhi, y sufriendo a diario el trato que infringimos a nuestros animales, era sólo cuestión de decoroso tiempo y forma comenzar a recibir los puntapiés de nuestros insensibles semejantes.