Derrotados por su entorno

El deporte profesional crea ídolos de barro, estatuas estereotipadas a las que rendir culto y sacar brillo. De eso en este país sabemos un buen rato; mientras las medallas y los resultados crean esa ilusioria traslación entre éxito individual y colectivo, el profesional en cuestión será un becerro de oro en manos y a merced de hordas de sendentarios/as que exportan sus sueños fallidos, su necesidad de épica victoriosa, hasta las manos o las piernas de aquel Héctor presto a ser descabezado. Porque tras la purpurina de los grandes eventos suele quedar el pluriempleo de bajo ingreso o, a lo sumo, la segunda línea de la gestión deportiva. En ocasiones, no queda nada.

Ningún deportista obtiene el respaldo unánime del Coliseo. La sobreexposición pública de su esfuerzo produce terribles melanomas en la pigmentación de sus medallas y trofeos. En apenas veinticuatro horas hemos asistido a la trastienda de dos héroes nacionales que enfrentan otro tipo de derrota, la del ser humano tras la leyenda, recibiendo la insolación de opiniones enfocada en la prístina consideración de que la gloria es la condición previa para el fracaso. ¿Cuánto control recae en la responsabilidad del héroe? Mucho menos de lo que quisieran, de lo que pudieran; el proceso para llegar a la cima impide gestionar lo extradeportivo, tanto o más agotador que aquellas horas que deben invertirse en la preparación física y táctica indispensable para la consecución del éxito.

Arantxa Sánchez Vicario, considerada la mejor deportista española de la historia, ha revolucionado los ecos de sociedad anunciando un explosivo tomo de memorias en el que, mercadotecnia controlada aparte, extrae como eje central de su carrera tenística (es decir, de su vida) la revelación de que ha cortado cualquier relación con los miembros principales de su familia, aquella que parecía una piña sentimental y organizativa en busca del éxito de una dinastía de la que sólo destacó la benjamina luchadora. Por lo visto, sus progenitores controlaron al dedillo la gestión de sus ingresos, que podrían haber ascendido a una cantidad aproximada de 45 millones de euros, además de verse aún inmersa en un grave proceso tributario con la Hacienda pública por supuesta evasión de impuestos al domiciliar fraudulentamente su residencia en Andorra. Hagamos un poco de memoria y pongamos sobre la mesa el linchamiento nacional que recibió la tres veces campeona de Roland Garros cuando trascendió esa decisión como propia. De antipatriota para arriba, la millonaria insolidaria. La imagen del triunfador también se ve obligada a recibir los varapalos del escarnio público por lo que irradia su figura. Hoy nos cuenta la ausencia de control de sus recursos, recibiendo prácticamente una asignación rácana, una paga dominguera de subsistencia. Su buceo por el fango lastimoso que supone tener que relatar miserias para, paradójicamente, recibir algo de lo sustraído no debe ser sencillo. La raqueta no llega a ganar la bola del entorno, la confianza de los íntimos.

Dinero o razones. Prestigio e inocencia. A fin de cuentas, todo incide en la necesidad de entender que el profesional del deporte es muy humano, con sus implacables limitaciones. Bastante tiene con trabajar como fabricante de éxitos para alegría ajena. En el día de hoy, Alberto Contador ha recibido la implacable sentencia del TAS (Tribunal de Arbitraje Deportivo) suspendiendo dos años su carrera deportiva. Aunque hay un aliviante efecto retroactivo que le permitirá retomar la alta competición a principios de agosto, nada impedirá su ausencia en la próxima edición del Tour de Francia y de los JJOO de Londres, además de conllevar el efecto tenebroso de ser desposeído del título en la ronda gala de 2010 y del Giro al año siguiente. Cuando lo hemos escuchado en su defensa personal de los hechos, la actitud del ciclista de Pinto permitía dos lecturas: o es un actor del método ó anda despistado sobre la realidad de su deporte. Todas aquellas excusas alrededor de un chuletón contaminado son producidas por la maquinaria de una factoria que necesita conservar a su gallina de los huevos de oro. Es más, la cantidad apabullante de complementos y control dietético de un ciclista profesional deben pasar bien poco por su supervisión y toma de decisiones, tal es la imposibilidad de bajarse del sillín para preocuparse de aquello que se sale del asfalto. Hoy él paga el pato de una industria que va abandonando en la cuneta las tuercas defectuosas y, tal vez, en unos años, nos levantemos con otro libro de memorias acusando hasta al primo de Matalascañas del engaño y el fraude. Hoy no puede, sigue siendo un héroe patrio porque en el Estado Español el dopado es víctima, nunca verdugo con cuerda propia. Pero víctima de contubernios extranjeros, de la envidia a esta nación transpirenáica generadora de incontables leyendas deportivas que dan esplendor a la bandera y el himno mudo.

El artículo 21.1 del reglamento de la Agencia Mundial Antidopaje establece que “es deber del deportista asegurar que ninguna sustancia prohibida entra en su organismo y no es necesario demostrar intención, falta ni negligencia”. Mucho pedir. El deportista, mientras se esmera en alegrar el tedio del dominguero, no dispone de tiempo y herramientas para impedir que entre en su organismo aquello que será el óxido inevitable de los trofeos mañana polvorientos. El entorno es como un aparato digestivo que regula el tránsito de la carrera deportiva del ganador y, en ese recorrido por órganos delicados, se producen úlceras más o menos profundas.

Corre una leyenda por verificar que cuenta como el grueso de la selección española de fútbol, tras alzarse con el Campeonato en el pasado Mundial de Sudáfrica, se abalanzó a la Hacienda del país anfitrión para declarar ante su fisco el ingreso de la prima correspondiente, pactada con la Federación Española, generada merced a los ingresos ordinarios del ente federativo en suelo nacional y que ascendía a 600.000 euros por barba. El motivo, la pírrica tributación en el país africano en comparación con la cuota resultante bajo la normativa española. Cierta o no, cuesta creer que los futbolistas tuvieran tiempo y conocimientos de Hacienda Pública internacional para gestionar esa decisión. Entre el alborozo triunfante en lo deportivo, no pierdan de vista el corrillo de trajes y corbatas teléfono en mano, redactando quizás llantos y miserias futuras de aquellos que bastante tienen con golpear el balón de forma exquisita, de pedalear con entusiasmo heroico.