Vía de cierre

Es una circunstancia concreta e inevitable adentrarse en la treintena temporal sin abandonar la libertad adolescente. Las tardes perdidas y etílicas, acompañadas por el silencio de Tejino ó la sinceridad con gafas de Juan Javi, eran tiempos ganados al espacio en blanco. La calle, desde el Parque Lemus hasta la bodega Capitán, se mantiene con la misma estructura de baldosas con aspecto a turrón de jijona, bien incrustadas de piedras marrones en una masa blanquecina que puede ser tanto arcilla como azúcar glaseado. Pueden ser todas esas cosas, o tal vez restos de pisadas milenarias, porque esa vía debe haber existido como paso de seres conscientes desde antes de la invasión; es como un camino de la vida, lleno de muros que siempre habrán sido una realidad, otrora torretas de vigilancia, hoy alertas ante el suicidio, tal vez invitaciones para lo mismo.

Esa libertad de la que hablo está dentro de la calle Aulario; es curioso que en menos de cien metros se pueda transitar una autopista vital como si correspondiera a un andar despistado, pero en ella se recogen a ambos lados del asfalto (también existe el negro piche fluvial de neumáticos sofisticados, de pies casi descalzos) las paradas que coinciden con el reflejo de lo que fue y, aceptando y asumiendo que somos letanía perenne, la añoranza a ratitos de no despertarse a horas prudentes, de no llevar corbatas de distinto paño.

Justo abandonando la verja oxidada del parque Lemus, Tejino marcó, a finales de los noventa, su residencia habitual, a título de inmigrante interior, en la tercera mesa amplia de nogal, a mano derecha, de la cafetería Boreal; provisto de una almohada al estilo de las que te obsequian en las partes delanteras de los aviones caros o generosos, dos bolígrafos bic más mordisqueados de lo habitual en la aquí parte trasera de esos artilugios, y un amontonamiento generalizado de documentos, apuntes y notas generales, todo amasado sobre el banco bajo el ventanal, se puede afirmar que ahí se encontraba un hogar. Una residencia cálida, concurrida en sus aledaños pero impenetrable más allá de su sonrisa nerviosa para negar cualquier acercamiento, salvo el de su sustentador camarero y algunas compañías seleccionadas, entre las que me puedo incluir a ratos y con cierto visado en función del clima y las nostalgias; por eso me refiero a lo fluvial de cierto período de la existencia, por eso lo enlazo con una realidad asfaltada, y de ese modo también todo conecta con la parada en la residencia Tejino´s Bar. Al llegar ahí, saltar los tres escalones permanentemente resbaladizos (sin el dulce turrón, no con esa presencia, tal vez algo más repugnantemente chocolateado, entiéndase el símil), y visitar la residencia del amable Tejino era retrotraerse a cuando éramos algo libres, en manos de la veintena y la universidad, sin padres y con nuestros propios hijos gamberreando en las decisiones irracionales que se iban tomando a cada copa lejos de las obligaciones; Tejino entregaba entonces, en esos buenos días nublados, sus conversaciones más prometedoras, arrugadas al auspicio de los titulares de diarios con semanas de antigüedad como auténticas exclusivas, entregándonos entonces a tardes y noches en vela. El bar era una auténtica puerta abierta al tiempo de esos encuentros, no creo haber sabido nunca desde cuando Tejino poseía hasta llave propia para permitir la entrada y salida de sus correligionarios de a ratos, pero las horas estaban dispuestas al albedrío de nuestras decisiones dialécticas; también así lo estaba la barra, los refrigeradores y ciertos alimentos empaquetados.

¿Cuándo hemos llegado a adquirir la consciencia de que ese primer paso es síntoma de algo descabellado? Era un primer punto de descanso, ahí estuvo siempre Tejino, enfermando en la sombra de su mesa-propiedad anárquica. Era un inicio de travesía, unos cien metros creo que es preciso nuevamente recordar, y aquí, al huir de las sombras en movimiento entre los barrotes y el césped del parque Lemus, ya significaba un abastecimiento de recursos. Sin marcha atrás. Así fue siempre. En una ocasión, disculpen la abstracción, gané una tarde entera despistado en el cementerio de Montparnasse en busca de la, en mi fantasía, reposada tumba de Julio Cortázar, hasta agotar mis nervios y ciertos desprecios a descansos eternos insignes, viéndola, ya en penumbras, sin recibir ningún sentimiento cáustico previsto. Al regreso, en un mediodía con sopa de pescado y vino, la encontré realmente, con todos sus huesos y sus músculos secos, bajo la mesa de Tejino: él me la señaló, cuando le relaté mi melancolía insatisfecha, en un “Libro de Manuel” presidiendo nuestros pies.

Juan Javi nunca llegó a mostrar tanta lucidez, a acera contraria, cuando los treinta estaban enquistados en la leyenda, cuando también me atrevía a dar unas zancadas más allá y cruzar de Jijona a Alicante, evitando todas las cafeterías sofisticadas que aportaban descrédito pero no deterioro a Aulario, y más adelante entristeciéndome como un pago obligatorio ante el escaparate de la librería Instituto con su acumulación de materiales escolares, sin prosa. Un antiguo paso de cebra contorneado de amarillo (tiempo de excepciones, o de obras ni siquiera empezadas, a saber) y esperaba Juan Javi, detrás de la barra y lejos de aquellos recuerdos de metros atrás. Siempre tuve en Capital una copa llena y poca conversación. Siempre me las bebía cronometradamente, al ritmo de un cigarrillo ansioso. Juan Javi sabía hablar de fútbol, no tenía revistas ni periódicos y, en ocasiones, tuvo clientes. Yo, cuando llovía y Aulario quedaba al ritmo de un río contenido, con sus perfectos desafluentes  desembocando en socavones-lago y alcantarillas-cataratas, me despedía para escapar de ese silencio alegre y continuar el camino andado. Creo que nunca hice la ruta en sentido contrario.

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2 respuestas a Vía de cierre

  1. pura maria garcia dijo:

    Puede ser. Lo es: la vida es un camino con baldosas predispuestas para las huellas de no se sabe muy bien quién ,pero que ocupamos, azarosamente con las nuestras. Nos acompañan los pasos de otros que son ese “cerca” que nos hace esquivar la soledad inicial, la primer asoledad, la del día en que abrimos nuestros ojos y empezamos a creer, sin comprender, en una realidad que parece acogernos. Puede ser que cada edad, cada fracción del eje de tiempo en el que, como funambulistas avanzamos, sea una acera por la que andamos, haciendo malabares con la inconsciencia y el deseo de adelantarnos a la propia vida. Puede ser que un dia el adiós sea la esquina que franqueamos, sabiendo, quienes soñamos sin cerrar los ojos, que siempre nos negamos a haber tomado un atajo y que nunca hicimos la ruta en el sentido contrario a nuestra alma.

    Una belleza tu texto que, como buena senda de palabras, te provoca a escribir y te agita ese yo interno que, a veces, anda medio dormido, sostenido en las mañanas gélidas de un invierno que se precipita.
    Un saludo
    Pura María

    • tinejo dijo:

      Esa senda de baldosas, de palabras, la estamos moldeando permanentemente. En ocasiones zigzagueando, en otras dando rodeos por el asfalto; aunque nos inculquen la línea recta cómo el camino más eficaz, el adecuado, no podemos evitar parar y retroceder, dar vueltas de sur a norte.

      Un placer compartir estos pasos contigo, querida Pura.

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