Wertguenza de ser ciudadano de la marca España

José Ignacio Wert, el miembro del Consejo de Ministros que ostenta el particular farolillo rojo de valoración entre la ciudadanía, no deja de haber sustentado su negativo logro en una amalgama torpe de chascarrillos inoportunos, meteduras de pata hasta propias de la novatada ministerial pero, fundamentalmente, en el proceso traslativo mal ejecutado que va de contertulio opinadetodo a responsable de tres carteras plagadas de asuntos candentes, informativamente en portada perpetua. Es significativo su nombramiento, alejado de cualquier quiniela más o menos arriesgada, ya que su aparente alejamiento de la primera línea política se fechaba a finales de 1987, cuando renunció a su acta de diputado por PDP, una minúscula formación de derechas que hacía de útil rémora en coalición con Alianza Popular. A partir de ahí, su devenir ha transcurrido fundamentalmente en ese limbo profesional que se califica como “sector privado”, pero que suele enlazar responsabilidades de tipo asesor en estrecha relación con cúpulas directivas afines al poder público, en este caso el que emana a la derecha de las corporativas imágenes. Tan cerca y tan de derechas como haber desarrollado la responsabilidad de adjunto al Presidente de BBVA, Francisco González.

José Ignacio Wert, un hombre sin piedad (Foto:Claudio Álvarez)

De esa faceta sustentada en la discreción, tanto desde un silencioso escaño llegado de provincias norteñas como en la segunda fila de la gestión privada, el ahora Ministro de Educación, Cultura y Deportes mutó sorpresivamente hasta desarrollar un personaje entre graciosete y ácido que comenzó a ganarse la vida, o a perderla, de plató en radio, de medio en cuarto, como contertulio profesional de cualquier materia que le pusieran a bien en el plato. Que el ánimo titiritero le viniera punzando desde la mocedad o que fuera producto de algún abandono en la cuneta de los favoritismos no está muy claro desde el gallinero analítico de éstas y tantas historias de bandazos mecánicos, pero que tenía madera de polemista insurrecto, no cabe ninguna duda.

A su llegada a la triple corona ministerial se produjeron reacciones desde todos los ámbitos y desde todas las casas, si bien el mensaje más repetido descansaba en una mescolanza entre simpatía lejana y confianza con el rabo del ojo a medio abrir. Un tío majete, decían muchos, acostumbrados a sus comentarios en aspectos que no resaltan posicionamientos de materia sensible: gustos musicales, cinematográficos, gastronómicos… no son anzuelo para pescar sustento del bueno, ideología o propósitos en caso de darle el timón al marinero errante.

En un trimestre, José Ignacio Wert no debe ganar para zapatero, porque ha metido la pierna en fango hasta las rodillas, y así un día tras otro; algunas veces, a propósito y con preparada sarna, como la supresión de la asignatura de Educación para la Ciudadanía utilizando como argumentos laterales mentiras tan despreciables como el equívoco de confundir manuales obligatorios con libros de ensayo, en lugar de cumplir con el santo mandato de la órden liberal y modificar el plan educativo sin berenjenales justificativos. Total, vamos a reforma por legislatura, a destrozo por rotura y, ésta, por mutilación. Pero no, el tertuliano no puede evitar emerger en momentos de disputa de hemiciclo y, en la confusión de un plató por el recinto donde descansa la Soberanía Popular, es capaz de utilizar argumentos a sabiendas de su improcedencia, con el único ánimo contractual de cumplir su papel de discutidor, de llevar la contraria valga lo que valga.

De ahí hasta hoy ha venido cayendo en impertinencias con sonrisa, patriotismo de taberna (generalizar la nación francesa con el mensaje humorístico de un programa televisivo sólo está al alcance de un cazurro con posibles), inhábil manejo de las redes sociales así como demostración suicida del nulo dominio del vocabulario y los correspondientes significados (glorioso por sorprendente la afirmación, primero, acerca de que la victoria en las elecciones generales del PP había sido “no por mayoría absoluta, sino universal; y, finalmente, tras la difusión de la incultez ministerial por parte de Ignacio Escolar en Twitter, responder con mayor brutalismo dialéctico haciendo la siguiente afirmación: en el texto se explica que “universal” quiere decir en casi todas las circunscripciones ¿Acaso no es cierto? Ya le respondemos nosotros, comisionista de la cultura: NO) y un arte exclusivo para meterse hasta en fregados de edificios que le vienen a desmano (los manifestantes apaleados en Valencia ahora son delincuentes, ahora no, ahora de nuevo sí y, además, extremistas conocidos…).

Todo ésto y, visto su comienzo de campeonato ministerial, lo que vendrá con certeza en las próximas jornadas, le hacen ser firme candidato a mantener esa posición privilegiada de Ministro más denostado por la ciudadanía, liderato conseguido a pesar del ambicioso arreón de sus perseguidores para alcanzarle, con reformas laborales esclavistas, subida de tributos, recortes por doquier, etc. Pero Wert no flaquea. Todo este incompetente proceder puede producir estupefacción, indiferencia, desasosiego y hasta resignada tristeza, pero nada más allá de lo esperado por un responsable del ramo en la hora que toca gobernar a la amplia derecha (la labor de Esperanza Aguirre puso el listón demasiado alto). Hasta hoy.

Las afirmaciones del ministro, en una entrevista (cómo le gustan, cuanto tiempo tiene para mantener su reverso de tertuliano incontenible) concedida a la cadena COPE, resultan repugnantes e ideológicamente viscerales. Wert ha afirmado rotundamente que las corridas de toros merecen especial protección por comprender un elemento fundamental de la marca España y que, por tanto, el Ejecutivo busca fórmulas para resaltar su aspecto cultural. Por lo tanto, para este individuo de eterna sonrisa roedora, la tortura y linchamiento de un hervíboro mareado hasta su insensible ejecución sumaria es, per se, una característica esencial de nuestra representación nacional, un elemento del que emana la sustancia que queremos trasladar al resto del planeta como consustancial a nuestra forma de ser y proceder. Y lo afirma el mismo que defiende un sistema de becas basado en la excelencia sobre la renta del alumno, en sus calificaciones independientemente del nivel de ingresos familiares del potencial receptor. En cambio, que las sangrientas palizas taurinas apenas atraigan público a las plazas no es óbice para extraer la conclusión de que cada día despiertan menor interés entre la población patria, que no hay resultados académicos que respalden la potenciación de su actividad. Sangre por sangre, España cañí para un ruedo desierto. Para sostener el negocio miserable que cultiva violencia injusta y desproporcionada a un animal indefenso y cautivo, que traslada a las nuevas generaciones valores ajenos al respeto por el entorno y por los propios semejantes, que verte sangre rendida para alzar a un héroe cobarde y aventajado, para toda esta inmundicia social, el ya sin paliativos miserable José Ignacio Wert sí tiene capital, carece de dudas, ahonda en su pigmentación de camaleónico provocador y, por desgracia, nos recuerda de la manera más eficaz posible que el empobrecimiento de España no se ciñe exclusivamente, ni mucho menos, a su realidad económica y financiera.

Cien mil recibimientos, Cien mil afectos

La calurosa casualidad ha calculado que hoy, en la celebración del decimotercer mes de existencia de esta Casa Querida, hayamos podido disfrutar de la inesperada aparición del visitante cien mil. En este escaso año la morada común ha ido ampliando estancias, acicalando sus dependencias y mobiliario, pero sobre todo hemos disfrutado con la ausencia de silencio. El debate, la lectura, el reposo y la positiva indignación han reinado por doquier desde la entrada hasta la buhardilla, repintando las habitaciones y retirando la humedad del salón principal. Tan sólo alguna tímida algarada ha convertido, tímidamente, el ambiente moderadamente festivo en bulla incómoda, pero ha pasado como un silbido más que hueco, que viene y va como el viento jugueteando tras las ventanas abiertas.

Sin duda, la apertura de nuestras puertas ha resultado una confortable experiencia, y confíamos que lo seguirá siendo. No ha sido una etapa sencilla fuera de estas oxidadas rejas y, desgraciadamente, cuando oteamos el horizonte no encontramos motivos para esperar un cielo despejado. No obstante, estamos cobijados, nos damos abrigo y calidez dialéctica y, qué demonios, no nos ha ganado nunca la pereza para evitar que, cuando los nubarrones se despistan, tomemos la ciudad para seguir maquillándola, para que vuelva a parecer como nueva. Y nuestra.

Gracias por visitar y seguir residiendo, de forma permanente o por temporadas, en su Casa Querida!

Wikileaks y Público: Todo tiene su porqué

Hoy lunes, a partir del mediodia, el Club Frontline de Londres será el escenario elegido por Wikileaks para anunciar la difusión de una nueva entrega de información más que incómoda para Gobiernos aparentemente democráticos, corporaciones con rostro humano y, en general, líderes públicos y privados que ocultan más de lo que muestran. En este caso, serán veinte los medios de comunicación aliados con la organización sin ánimo de lucro los encargados de ir desgranando el ingente material sensible que tienen a su disposición y, por lo tanto, a la de todos los ciudadanos del mundo. La medianoche marcó el anuncio de que, en esta ocasión, El País no será el soporte informativo elegido en España para difundir el contenido de esos millones de correos electrónicos interceptados a la empresa Stratfor, denominada “CIA en la sombra” por la enorme y sensible información que maneja y genera, teniendo como principal cliente a la inteligencia norteamericana, pero estando a sueldo de la mayoría de gobiernos occidentales y corporaciones de relumbrón.

La elección de Público como socio periodístico en nuestro país desvela dos cuestiones fundamentales: la decepción registrada por la entidad que lidera Julian Assange respecto a aquellas grandes cabeceras con apariencia de progresismo redactor que, en el momento más delicado de Wikileaks (bloqueo de los cauces donativos, desprestigio de su estructura, etc.), le dieron la espalda en sus páginas a pesar de haberse surtido durante semanas con los contenidos de sus informaciones en calidad de exclusivas; y, principalmente, el sostenimiento de la edición digital del matutino progresista Público a pesar del anuncio de cierre de su versión en papel a mediados de la semana pasada, aduciendo ausencia de la financiación necesaria para cubrir las pérdidas del proyecto acumuladas.

Efectivamente, el acuerdo entre Wikileaks y Público de cara a que éste fuera el sostén relator de las exclusivas obtenidas tiene que haberse concretado con un plazo superior al anuncio de defunción del periódico fundado a finales de 2007, lo que habrá planteado a su empresa matriz, Mediapubli, un incómodo escenario de toma de decisiones. A primera vista, lo conveniente y hasta rentable hubiera supuesto mantener su tirada en papel durante la publicación de toda aquella información de interés proveniente del material entregado por Wikileaks pero, no obstante, casi de un día para otro, la entidad presidida por Jaume Roures decidió suprimir la tirada tradicional. Es cierto que, en un primer momento, la intención de la empresa trasladada a los trabajadores de Público fue sostener el periódico hasta la edición de ayer domingo, propósito que no respaldó la representación laboral del medio, que lo entendía como una falta de respeto a sus lectores. Esta propuesta podía estar sustentada en la estrategia periodística y mercantil de finiquitar la cabecera con la antesala de un anuncio de estas dimensiones. No obstante, y visto lo esperado, estaba el plan B.

No es casual que, de la veintena de profesionales que mantienen a flote la cobertura digital de la marca Público, sobrevivan determinadas plumas que hacen y harán posible el desarrollo de los principales retos periodísticos del medio plazo estratégico: Alicia Gutiérrez continúa cubriendo y desgranando el tétrico, por apasionante, desarrollo del proceso judicial contra Iñaki Urdangarín y sus compinches y, en lo que respecta al Stratforgate, se harán cargo periodistas de la reputación de Carlos Enrique Bayo (Redactor Jefe de Mundo) u Óscar Abou-Kassem (Jefe de Internacional). Manuel Rico, responsable del blog integrado en Público, Trinchera Digital, también se encuentra integrado en esta ardua labor. En definitiva, una terna de excelentes profesionales del periódico que no han mantenido sus funciones gratuitamente en la versión web, sino que están desde hace un buen tiempo coordinando esta exclusiva alianza que, confiamos, reportará suculentas informaciones para entender y sufrir, un poco mejor, la doble lectura de un mundo que, a ojos de una ciudadanía eminentemente confiada, funciona tal y como nos la cuentan. La lectura de los folletines que vienen y vendrán a buen seguro servirán de herramienta traductora de aquellos mensajes y argumentos planos que derivan en guerras, miserias y empobrecimiento. Ya estamos atentos, con los ojos bien abiertos.

P.D.- La excelente y comprometida labor de esa veintena de profesionales que mantiene muy a flote Publico.es no puede desterrar la desolación que produce ver esta instantánea que envía Miguel Ángel Marfull, redactor de la cabecera progresista en el Congreso. Quizás el término desolación se quede a muchas millas de lo que supone presenciar una redacción silenciada como ésta:

El día de la lechuza

Si Marchica acusa a Pizzuco, y éste señala nuevamente al primero, nada de eso inquieta a Don Mariano Arena. Si sobre la sangre de un horadado ciudadano, dispuesto a creer en las estructuras democráticas del lugar en el que reside como una garantía inalterable de los caminos rectos, se amontona un viscoso serrín de ruidoso silencio, eso es la vida. Pero si un capitán norteño actúa con contundencia administrativa y judicial en busca de atar los cabos que maniaten una verdad silenciosa pero brutal, mayor sonará el silbido sin receptor en esa noche siciliana que es, por desgracia, la noche en violenta calma de estos días funestos.

En 1961, Leonardo Sciascia tuvo la osadia literaria de convertirse en el precursor de ese género que tomó relevancia universal con El Padrino y que, en prosa rasgada, Roberto Saviano ha rematado en la actualidad con pelos y señales y sangre. En su caso, no. El escritor nacido en Racalmuto confirmó que tuvo que realizar un hábil alarde de reducción narrativa para suprimir de la edición original nombres, situaciones y vías de escape que hubieran supuesto un problema grave en el mundo real a sus lícitas intenciones de seguir vivito y coleando. Algo que no existe, y si existiera nadie lo ha visto jamás, era y es capaz de agudizar el sentido de supervivencia frente a una máquina de escribir ó en una charla distendida de taberna. Es así, a pesar de todo. Si de una mayúscula a otra los carabineros enlazan el sentido de un asesinato a sangre fría, todos sus cabos se pueden ir deshilachando a la misma velocidad que el componente humano de las instituciones a las que representan (las que nos representan) tiran del otro lado, como una lucha de fortachones de derecha a derecha.

Es una ficción real, contada hace medio siglo desde las tinieblas de un sur que es compadre del norte pero del que desconfía. Norte y sur bajo una misma bandera y, sin embargo, dos axiomas sociales que no entienden que ocurre más allá del correspondiente meridiano nacional. ¿Nos suena? En cualquier caso, cómo sobrevivir con los nervios en reposo cuando despertamos ante una fachada plagada de recovecos hormigueros, de vías sin fin que recorren las instituciones germinando en ellas su polen de control, sus huevas envenenadas. Ahora y siempre, el ciudadano que se topa de bruces con la corrupción, ergo con la realidad humana, sufre y se desespera, opta por la primigénea negación para después, irremediablemente, caer en la fatiga y el abandono.

Afortunadamente para los mansos, siempre aparece un capitán Bellodi dispuesto a no refugiarse en su mesurado norte y recuperar con presurosa energía la convicción de que otro mundo es posible, de que es su, nuestra, responsabilidad luchar por ello. Aunque los ejecutores se inculpen entre ellos y rectifiquen sin consecuencias, aunque los Dones mantengan la calma incómoda desde una relativa impunidad. En estos días, cinco décadas después de esta lechuza que ve y calla, los juzgados se siguen abriendo para recibir a capos que manejan con exquisito arte el excepcional arte de la prescripción, a matones que se creen capos pero actúan como miseros chivatos, acusando a diestro y más diestro para lavar las culpas por dejar huellas. Así hagan paseíllos altivos y declaraciones ensayadas y somnolientas, así el banquillo en el que posan sus impasibles posaderas disfrute de calefacción regia. En esos instantes creemos en nosotros, en la justicia y la seguridad, en el orden de las cosas, mientras por la puerta la culpabilidad emerge sonriente, sin hacer declaraciones, y nos damos cuenta que las cosas, en estos tiempos, en estos siglos, no han cambiado tanto.

El desolador funeral Público

El mes de septiembre de 2007, justo a las puertas de una crisis a punto de rendirnos y desarmarnos, incáutos y por sorpresa, gestaba el fértil nacimiento de una necesaria cabecera informativa que venía a ocupar la estantería izquierda de nuestros quioscos, vacía y desolada desde el fallecimiento de Diario 16. En su espíritu fundacional, el diario Público se posicionaba, rotundamente, por la defensa del espacio colectivo, de los servicios y prestaciones justas y necesarias de un Estado a desarrollar desde la solidaridad y la equidad democrática. Era una carta de intenciones emocionante, emanada desde una sensatez romántica, y con unos pilares que sustentaban con garantías plenas en lo periodístico su nacimiento y etapa de madurez como medio de comunicación.

La dirección apostó, y eso era más que buena cosa, por un rostro y un cerebro directivo ajeno a las grandes plataformas de comunicación, Ignacio Escolar. El joven director de La Voz de Almería, venía a liderar una estructura periodística atestada de plumas de relumbrón, una terna inmejorable de pichichis del arte y ensayo narrativo: Rafael Reig, Antonio Avendaño, Javier Vizcaino, Manolo Saco, Isaac Rosa y, como colofón de una plantilla de relumbrón, Javier Ortiz. Esa gestación se siente desde esta Casa muy cercana, con aquella llamada de agosto en la que el añorado periodista guipuzcoano nos trasladaba su ilusión por iniciar esta aventura con pinta de sincera, tan alejada de la complicación mundanal de las jotas; y nos quedará grabada su sensación de niño barburdo con zapatos relucientes en la fiesta de presentación del periódico, absorto con la presencia de Brian Ferry y mucha energía redactora. Rejuveneció en lo profesional y lo humano, como seguramente todos sus compañeros de columnas ladeadas, como Torres de Pisa enderezándose. Adquirir Público en coloreado papel se convirtió en un signo de distinción lectora y, a su vez, la cruzada por exportar las bondades de su contenido fue provocando una alegría completa cuando los queridos cercanos iban abandonando matutinos con injusta fama progresista y descubrían lo que no sabían que podía ser hallado por 0,50 euros.

La pérdida irremplazable de Javier, casi a la vez de la salida de Escolar de la dirección del medio y la aparición sospechosa e incómoda de Ernesto Ekaizer pintaron, en cierto modo, los primeros graffitis horteras en un espacio que, a sabiendas de buscar el rendimiento económico y la rentabilidad empresarial, tenía una lograda apariencia de ausencia lucrativa entre sus opiniones límpidas y sus sobradamente valerosos redactores: recuperadores del dedo en la llaga mohosa, en el hostigamiento a los corruptos y sus entramados, al desvío de la responsabilidad gestora, demasiados horteras con acceso a la caja fuerte les pillaron tanta tiña como a cierto magistrado de cuyo nombre todos nos acordamos. No es casual la ausencia radical de inversores para continuar esta indispensable aventura, de igual manera que la unanimidad cómplice de ciertos inquisidores judiciales.

Hoy se ha cerrado una puerta tras la que seguía una maquinaria agradablemente ruidosa a pleno rendimiento. No son buenos tiempos para el periodismo escrito y sus tradicionales fuentes de negocio; la transición entre su necesaria existencia y el corrimiento de lectores hacia la gratuidad digital sigue sin conseguir un marco de aclaración acerca de cómo nutrir la complejidad del periodismo profesional, de su desarrollo desahogado y bravo. Por aquí, por esta rendija sin filtro, se han estancado las demandas informativas de millones de ciudadanos con profundo ánimo de ingerir verdad progresista y el futuro, al menos cercano, de tantos artistas del implecable arte de la transmisión periodística. Era una enternecedora quimera animarnos a acompañar esta aventura que aspiraba a defender lo público de manera veraz y sincera; lo inevitable es que lo hacía sobre un subterráneo de capital privado que solidifica y, con la misma rapidez, licua sus apuestas inversoras sin apostar a caballo honrado, sino ganador. Hasta siempre, querido Público.

El sendero que recorrimos de espaldas

Treinta y pico años de sutil disfraz democrático. Por esas sendas hemos venido serpenteando entre mascaritas con descuidado ánimo alegre y, sobre todo, rodeados de maestros del transformismo institucional, dando a entender lo que, ya estamos viendo, no es bajo sus ropajes. ¿Qué ha cambiado tras el miércoles de ceniza de esta mini-historia nacional de Borbones a Urdangarines? Pues seguramente más de un marichalazo social, una caída del telón de aquel escenario profuso en lo colorido, bastardo en los elementos. El acceso a las principales instituciones supranacionales de prestigio en calidad de primer espada, aunque ésta estuviera algo oxidada, engalanó la cándida confianza ciudadana hasta propulsar su autosufiencia a una suerte de carrera espacial de la sofisticación como vanguardia de lo que ocurría e iba a ocurrir. No obstante, en este mundo deconstruído sobre el hormigón de Berlín, el capitalismo de rostro conmiserativo se ha venido exhibiendo como una bestia que mata por gusto, sin hambre. Los estudiantes de primero de ciencias económicas con algo de espíritu de atención pueden atestiguarlo.

Entre OTAN sí, tal vez, quizás mañana, no, pues va a ser que sí, CEE de doce estrellas inmóviles y demás algarabías de Babel, la primera dósis de equilibrismo ebrio la afrontamos entre Maastricht y Lisboa; en realidad, desde que el fantasma del déficit (presente en lo bueno y en lo malo, como una promesa matrimonial) quemó sus sábanas y hundió en la fosa más oscura la pesada bola de las condiciones y recomendaciones, abriendo la barra libre de la moneda única a todo aquel interesado en disfrutar de inflación sin límite y pérdida de poder adquisitivo desde la apertura de la primera chucherría para smoking y trajes de gala.

Como toda acción conlleva una reacción, en algún caso desproporcionada con polvorete de hecatombe, la euforia alcista desarrolló su estructura genética y echó redes en los productos susceptibles de encarecer su valor, cual futbolista en racha goleadora. Los bienes inmuebles han pasado de ser un difuso derecho constitucional de segunda división protectora a la víctima de un entente cutre entre aquel labriego que hoy se transmutó en promotor de ruinas y parches, y el cajero con uniforme de broker perfumado que analiza una operación hipotecaria con la misma fiabilidad que actuliza una libreta de ahorros. Y en medio de la apisonadora obtusa, millones de lícitos aspirantes a propietarios, al sueño heredado de la pobreza de sus generaciones precedentes, siempre instigadoras de la meta vital que supone casa, coche y unos cuantos retoños. De igual manera que recabamos la información, con confianza de profesionalidad, de todo aquel dependiente comercial en nuestras compras de mediana complejidad, el gestor financiero que recibe nuestro salario como contraseña de la esperanza capitalista debía acelerar una marcha o pisar con energía el pedal de frenada en función de valoraciones de objetiva deontología económica. Al parecer, no era así. El estudio de esclavitud pagadora por una eternidad de hasta cuarenta años se ha venido realizando en función de parámetros absolutos de objetivos comerciales. Dicho de otro modo, igual le vendo una longaniza como un pareado con vistas al siguiente mamotreto unifamiliar. Esa fiebre de inconsciencia deudora, legítima para el hipotecado, deshonrosa desde el debido rigor del hipotecante, desarrolló la maquinaria inflacionista con la connivencia impúdica de la clase política, aspirante a alcanzar por el arcen la regular marcha de los principales vehículos europeos a base de ilusionar al personal con una trágica fantasía de precios y salarios en continua alza, de amables empréstitos pagaderos a golpe de alegría consumista. Y que no pare el baile, que no ha salido el sol. Efectivamente, hace un lustro que se encapotó el horizonte, que no hay rayos que den calor. Dicen que al asistir a las primeras clases en la facultad de los números económicos, ya definen algo llamado especulación y sus inevitables consecuencias, aunque la troika política patria debe haber contratado a asesores agripados en sus inicios universitarios.

Hoy, cuando aquello que se calificó de plácida transición se ha concretado en juzgados donde entran duques y molt honorables y salen sonrisas e impunidad, donde los  serviciales azules siguen siendo bestias grises, donde la autoridad pierde la vista frente al saqueo mientras gradua su óptica salvaje en el desahucio mamporrero y la fisioterapia radical de la estructura ósea estudiantil, una nueva asignatura de la carrera del buen gestor público queda desierta de aprobados. Hoy, y también los próximos mañana, el sueño de la laicidad educativa y su desarrollo público se viola, como una perversión hermafrodita, en concertación segregada, en aulas gélidas y rugosas. También penetra en la aspiración a la universalidad sanitaria, derivada de la ensoñación tributaria, el bombardeo publicitario indisimulado de oferta médica privada, fundamental para que el derecho devenga en privilegio, la igualdad en casta. ¿Dónde están los ingresos ordinarios de millones de expectantes contribuyentes? rescatando a la banca en quiebra, la que le niega un añito de carencia por mal previsor, pérfido ciudadano.

Hoy, en definitiva, los autodidactas en comisión de servicio del capital, único poder cierto en esta historia con mala cadencia cuando la orquesta comienza a desafinar, aseguran que la conversión del trabajador en potencial esclavo, que la transmutación del inquieto estudiante en herramienta fabril, alarga exponencialmente nuestra esperanza de supervivencia. Vienen malos tiempos, pero la irresponsabilidad tiene sus debidas consecuencias. Que el ritmo no pare, que es carnaval.

De la seguridad a la represión

Lejos quedan aquellos años en que la ciudadanía valoraba a los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, destacando su profesionalidad y eficacia entre las primeras instituciones nacionales. A la primera que se les encarga blandir la cachiporra, lo que parecía ser un funcionario preparado se convierte en simple esbirro. La dignidad que viene emanando del Instituto valenciano Lluis Vives, con padres y estudiantes solicitando exclusivamente el cumplimiento de los servicios públicos básicos, se ha encontrado con una respuesta desmedida en lo violento, repugnante en el regreso a imágenes que creíamos en el baúl de blanco y negro. Por desgracia, nuevamente estamos presenciando a uniformados cebando una rabia incomprensible sobre ciudadanos que ejecutan pacíficamente su legítimo derecho a reclamar lo establecido en nuestros correspondientes documentos de naturaleza legal-social.

Los que son capaces de regresar al hogar tras empujar, patear, golpear y humillar a alumnos que reclaman algo tan básico como disfrutar de calefacción o luz corriente en sus públicas aulas, deberían recordar de dónde provienen sus nóminas, cobradas religiosamente a fin de mes. Efectivamente, de los tributos provenientes del esfuerzo colectivo, no de la maldad de una clase dirigente que, nuevamente, se fecunda en exclusiva de un estrato social que desprecia a los siervos de la gleva y que entiende a la Policía Nacional como su comando de infantería, sus alabarderos temporales. Roberto Villena, Secretario General del SUP en Valencia, tras reconocer que las movilizaciones de hoy han sido más numerosas y, paradójicamente, seguidas por menos efectivos policiales, afirmó que las decisiones brutales del día anterior habrían sido tomadas “por algún político”, y ahí reside lo trágico, la inexistencia de evolución en el control de los cuerpos que, teóricamente, dejan de ser del rey para nacer y proteger al pueblo. El poder político puede tardar meses en renovar un órgano judicial, la figura del defensor del pueblo o los órganos de gobierno de un medio de comunicación público, pero pone la quinta marcha para tomar posesión efectiva de las fuerzas de seguridad. Y cuando descerebrados políticos tienen en la jefatura de policía provincial a individuos irresponsables como Antonio Moreno, capaz de calificar a estudiantes, profesores y padres como el enemigo, estamos listos.

Estas declaraciones encontradas prueban que entre la plantilla uniformada existe un panorama similar al de cualquier grupo humano: el policía que detesta intervenir en acciones con maneras y estrategias que considera injustas, el que actúa con violencia injustificada incapaz de contener y controlar la ansiedad de la situación y, por supuesto, el aspirante a matón que soñó desde niño armarse hasta los dientes para repartir estopa por doquier, a diestro y siniestro, sin importarle ni entender qué ocurre a su alrededor. Pero todos ellos, y eso es lo trágico, se encuentran a una llamada irresponsable de actuar sin poder poner en duda quien toma la decisión y las actuaciones al respecto. Y aquéllos, los que ordenan desde la cobardía lejana, son los que gastan millones de euros en un fin de semana de F1, en corruptelas que han venido desmantelando nuestro esfuerzo social y que, al mínimo soplo de complicación gestora, dejan arruinar nuestra construcción colectiva o, peor aún, la siguen empantanando con premeditación y alevosía.

¿Y ahora qué? Siempre la resistencia digna. La Historia nos ofrece multitud de experiencias en las que la verdad se impone al intento de silencio armado. Si algo de fortuna trae la celeridad de esta degradación económica es la ausencia de desmemoria entre lo que somos y en lo que podemos convertirnos. Los ataques silenciosos a nuestras conquistas democráticas difícilmente podrán ser apaleadas en la calle, en ese espacio el torpe poder tiene las de perder; por ahora, venían consiguiendo nuestra incómoda confusión desde el espacio de las reformas financieras y normativas, las que vienen despellejando desde el tabique a los cimientos la casa propia, pero manteniendo el conservadurismo individual que impide una respuesta uniforme al atropello. Una imagen vale más que mil palabras, y el estudiante que reclama con un libro en la mano mientras recibe goma dura en las costillas ilustra masivamente donde se encuentra nuestra miseria. Ahora sólo queda que no nos separemos, en la solidaridad comienza la verdadera recuperación de una sociedad.

P.D.- Los trabajadores de Canal 9 piden la dimisión del Director General de la cadena pública por el tratamiento informativo en relación con lo acaecido en Valencia. Este acomodado ejecutor, de igual manera que el ínclito Moreno, recibe las órdenes de la misma mediocridad política. Primero se descuelga un teléfono para ordenar una intervención policial desproporcionada y violenta y, posteriormente, se vuelve a descolgar (tal vez el mismo aparato e idéntico brazo) para indicar el silencio y la confusión televisiva.