Hoy es el día en que te me has muerto

La red está plagada de epitafios honrosos a tu memoria, a tu brutalista mescolanza de sonrisas tartamudas y brusquedades perdonables, pero ni un texto lírico que echarse a la boca. Portadas, reseñas, aplausos y marketing prehistórico de esas elaboraciones encuadernadas que fuiste tallando sin ningún respaldo poderoso, pero el ciberespacio se niega archivar y compartir tu espacio en el universo de las grandes palabras públicas. Quizás sea el mejor homenaje a tu libreta, lápiz y banqueta de bar arbolado, tan al estilo Onetti, tan cerca del artesano literario que recorría el Puente Serrador días y meses después de separarnos, tú arrastrado sobre un calzado hueco, yo con cuatro ruedas en sentido contrario y con un brazo siempre alzado que no encontraba respuesta en tu mirada descendente, siempre pensativa sobre el asfalto.

La esquela tardía tiene todo el sentido que merece mi recuerdo hoy, en el instante que te eché de menos, que te recordé con pasión admirada y supe que era imposible encontrarte bajo los laureles de la Plaza Weyler, enervado frente a una mujer nocturna, a golpe de carnestolendas indiferentes a tu vestimenta siempre sobria a pesar de las maracas y las serpentinas, que se te escurría ante tu portón chicharrero triste, sin luz. Dicen muchas líneas que fuiste un grande de las letras canarias porque desde el Atlántico que nunca se ha visto muy bien en una ciudad boca abajo te alzaste con un premio Juan Rulfo, merced a un texto que jugaba a golpe de Cortázar cuando la otra orilla era para tí fascinación, pero el Mediterráneo te traía una y otra vez a un tal Camus. En realidad los mares te encañonaban desde todas sus orillas, repletas de referencias literarias que eran savia verde y negra, efusividad y torrente destructor.

Ezequiel Pérez Plasencia fue seis meses de mi mayor tormenta existencial. Esos días que transcurrieron en una redacción esculpida sobre las baldosas inclinadas que caracterizan a la capital tinerfeña. Escribir en conjunto de un ser de tanta potencia vital, inalcanzable en toda su energía aunque transmutara las muecas adorables en sufrimiento más que perpetuo, comprendería lo impúdico de la insolencia afable, que puede serla, pero no debe. Yo viví muy cerca, a diario, de Cheché, ese medio año que en los plazos de un adolescente altivo pero aprendiz consciente de la maldita profesión de periodista fue una maravillosa eternidad. Los recuerdos de su compañía nocturna, sin mucho rumbo, en mi adorado Seat Panda por las calles de los semáforos sin bombillas respetables, en busca de compañeros que nunca sabía donde nos esperaban, hablando de Marx pero también de Cappa y el fútbol honesto, resumen un segmento de memoria que espero reaparezca cuando la senectud me haga mirar atrás en busca de un sentido hacia lo que me espera al final del camino. Ezequiel bebía mucho y yo quería beber tanto como él, adentrarme en el escondrijo exacto en que parecía convertirse en enfant terrible para desenterrar literatura vocal, aquella que a la vuelta a casa seguro se transmutaría en obra magna de mi esperanza narrativa.

Los Caminadelado supone el conjunto real de mi referencia biblíca con respecto a su bolígrafo diestro y humilde. Comprende los textos que escuché comentar desde sus irregulares cuerdas vocales, así como las reflexiones, algunas, que plasmó desde su mesa, tan cerca de la mía en una segunda planta que, no puedo entender por qué, siempre me suena a alegre navidad. En ocasiones, muy, muy pocas, la profesionalidad del entorno dejó paso a un cierto gamberreo en que Ezequiel se me presenta sonriendo a mandíbula batiente, haciendo el pillo a sabiendas, siendo feliz como sólo los lúcidos pueden serlo. Pero después la noche, las salidas a la calle incosciente a su lado, como un discípulo orgulloso. Porqué Ezequiel, en mi mundo semestral, era profeta para un púber juntaletras, pero nunca catedrático en la lejanía. Don Ezequiel Pérez Plasencia fue mi amigo, en un corto inmenso tiempo, en un mundo que se perdió pero que hacía de los días intensos años de alimentación vital. Todo ese tiempo hasta que el Puente Serrador primero, con su calzada y mi carril fronterizo, y Cartagena después, pleno de océano y olvido insolente por mi parte, eliminaron su recuerdo en la miseria que a veces supone eso que llaman madurez. Y hoy ha vuelto, para morirse en mis brazos mientras me devuelve la pasión por haber andado a su vera.

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