El tratamiento de las muertes siempre malas

El tiempo en el que andamos, necesitados de valores y soportes, parece que no ha variado el holocausto cochino en el tatami de las derrotas aplastantes. De casi nada sirve otorgarnos cartas refinadas con variados menús de derechos y garantías a este lado del Río bravísimo cuando, al cruzarlo con cierta nocturnidad petrolera, despilfarramos el esfuerzo de las generaciones anteriores revertiendo esos propósitos de enmienda con voluntad universal. El asesinato por acción u omisión sobre aquél al que ayer recibías con armas, más tarde con flores y, finalmente, prohibiste el acceso a tus dependencias, trastoca sanguinariamente todo aquello que fue construyendo un escenario un poco más cálido; el planeta se rige por la barbarie y sus incontables adaptaciones a cada momento, crueldad y lugar, pero desde el lado de las míseras victorias éticas no podemos aceptar que se sacralice una forma de hacer riqueza o evitar la ajena de tamaña sordidez.

El término democracia, esto es, traducido mal y pronto, el gobierno de todos, se ha convertido en un sofisticado producto de justificación interna y externa para, precisamente, paralizar cualquier desarrollo consensuado en el espectro civil a la hora de tomar decisiones de profunda delicadeza en el ámbito no sólo de responsabilidad ética colectiva, sino también desde la óptica de esa demanda de permanente vigor histórico denominado progreso social. Y en éstas, el desenlace que define todo el mutismo violento de la exportación democrático-financiera (lo segundo con un lazo fabricado a base de retales de lo primero) pone la guinda al mohoso pastel de la liquidación a manos ajenas de los enemigos propios. Ginebra, Roma o La Haya son localidades por las que suena el vientecillo de despoblación de efectivos morales, papeles carbonizados y sentenciados tribunales.

La década de los sesenta en el siglo anterior, especialmente, se convirtió en el laboratorio perfecto dentro de esas instalaciones de la química mortal que palpó con agrado la soportable indiferencia de la ciudadanía global a los atentados públicos, al perro muerto con el que se escapa el vaho de la rabia, disolviéndose en multitudes que, más allá de reivindicatorias soflamas acotadas por el terror a la exclusión burguesa, no necesitan mayor atención que unos chorros de agua a presión con aperitivo de gas pimienta a discreción. La crucifixión del héroe o del rufián, según la voluntad de pensamiento unidireccional, es la misma muerte; nuestro escarnio civilizatorio, nuestra desazón en el curso de esta Historia detenida. Como reivindica el mensaje diario de los párvulos e infantes cubanos, a sensu contrario, No todos somos el Ché. Así, su ejecución demostró a la fábrica de control de plagas que no sale tan caro echar la vista atrás para recoger los frutos del implacable cruzado y, mandoble a mandoble, desterrar definitivamente a los infieles del camposanto capitalista.

Los buenos siempre pierden. Siempre. No hay héroes con trono, menos aún cuando la exigencia de ese empeño civilizatorio en el que algunos seguimos embarcados reclama expresiones humanas que condensen no una voluntad, sino una idea irrenunciable, integral. Un hombre o una mujer formado como expresión de nuestro tejido de ansías y propósitos. O tal vez fuera al revés, y ese rostro alienta nuestras timoratas expectativas, reforzando inocentes y poco construídos proyectos de disciplinado hormiguero. ¿Quién sabe a estas alturas del holocausto quien tiró la primera tonelada de miseria hasta formar la montaña de desconcierto en el que oteamos el cielo siempre encapotado, negro de miseria?

Héroe o villano, los líderes humanos siempre se han forjado en una indesterrable bicefalia de actitudes y acciones. El líquido de sus intenciones últimas fluctúa como aceite circulando entre los ríos acuosos que impiden su espesa victoria. Cuando su voz sólo es escuchada a través de yunques y martillos unilaterales, en sentido inverso, la consecuencia inevitable es ese castillo deshabitado en el que se enroca la corona solitaria; cuestión de tiempo armar el jaque mate que abra el proceso hacia un nueva y fatídica apuesta de fracaso. La lógica de los pocos seres buenos nos ha tatuado en el subconsciente ciudadano que ese final exige justicia, normas humanitarias tal vez ignoradas por el reo en sus pasos mal andados; en definitiva, Derecho del bueno. Pero, de nuevo y una vez más, toca arma y paredón, sangre extrajudicial para enseñar una presa con la dignidad arrebatada. Cuidado de aquellos que hoy son tratados con la dirigida terminología periodística presidente, dignatario, amado líder, representante legítimo, etc. Mañana son carne de adjetivos calificativos que de tiranuelo no bajan. Cosas de la política exterior, que es algo muy complicado para que los niños la entiendan.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Salones con humedad y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a El tratamiento de las muertes siempre malas

  1. Pingback: “Es surrealista” « CambiaCalp

  2. Pingback: El país de los hombres íntegros | Casa Querida

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s