Un ciudadano, una expectativa de voto

Más allá de la inerte mayoría popular en los comicios del pasado domingo, el concepto destacado de tantas y tantas valoraciones post electorales tiene como análisis central la denostada normativa electoral que viene provocando no pocos desequilibrios en la relación elector-elegible. Y es cierto, innegable, que el camino hasta la urna, lejos de resultar una actividad ilusionante en la vertiente de protagonismo directo, resulta una frustración por el valor que acaba resultando de nuestra papeleta en la balanza de la correspondencia representativa. ¿A cuanto sale el kilo de diputado, oiga? Depende de la inflación poblacional y otros mejunjes de macroeconomía política, señora.

La transmutación del papel con siglas en carne y huesos congresista, de ese ejercicio comprometido que deviene representación irresponsable, efectivamente ha centrado multitud de foros, sesudos debates que, en ocasiones, desembocan en beligerancia simplista. ¿Un ciudadano, un voto? Jacobinismo del bueno, del puro destilado a base de calcetín con manchurrones; parece lo justo, lo obvio, el camino recto entre dos puntos que la clase política apabullantemente mayoritaria nos ha venido coartando con sus interesadas curvas paisajísticas, desentrándonos del placer visual del bosque con ese abeto en medio del escenario límpido. Ciegos interesados en el paraíso de los tuertos lúcidos; recordemos los resultados dominicales, con una mayoría absoluta inapelable de una formación que gobernará a pierna suelta y, a pesar de eso, no alcanzó el 45% del escrutinio global, del tal forma que un sistema de vía directa y poder ciudadano equilibrado conllevaría la ingobernabilidad permanente de la expresión política emanada de esa población de igual calibre. Peor aún, revolveríamos la paradoja hasta el extremo perpetuo de someter a las mayorías conscientes a la voluntad de las minorías imprescindibles para la sostenibilidad de la gobernanza más o menos estable.Vamos, lo que suele ocurrir ahora, pero para siempre jamás. La República italiana, desde 1945 hasta su perversión berlusconiana de obligada concentración bilateral, puede dar buena cuenta de ello.

No cabe duda que, a día de hoy y desde los albures de esa transición a la que se le ha corrido el rímel con las lluvias del especulativo invierno, el sistema electoral nacional no se ha mirado al espejo y, así, únicamente Izquierda Unida ha practicado una suerte de trágica trashumancia desértica, llorando en el valle lo que otros recolectan sin quebrar el lomo. Estos días se destaca cómo la justicia que supondría la urna sin forma de papelera hubiera dispuesto la multiplicación de los congresistas y voluntades de la formación progresista frente al panorama de la pureza electora. UPyD se ha subido al carro de esas reivindicaciones, pero su peregrinar por el sendero del desequilibrio electoral resulta diletante dado su inmediato crecimiento representativo y su manejo de la farándula propagandística sobre los programas asentados. Aún les quedan cabañas reales que recorrer para encontrarse en circunstancias de exigir el paso vallado por el kilómetro cero de ésto que supone hablar en nombre de cientos de miles de divergentes ciudadanos.

Seguramente resulte hipócrita conquistar una atalaya de opinión para saber que no se sabe nada, salvo que lo afirmado carece de razón. Algo es cierto, innegable, y debe ser el paso para restaurar, si alguna vez poseímos tal justicia en una nación cobarde desde la desesperanza que nos hace acomplejados por supuestos imperios repugnantes de antaño, el sufragio universal con maýusculas. Y ese caldo debe comenzar a hervir desde la propuesta socialdemócrata de eliminar, por obsoletas y responsables de la duplicidad de funciones y recursos, las Diputaciones Provinciales. De igual manera, ese debate obliga a arrastrar la inmediata supresión de las circunscripciones territoriales de igual denominación como termómetro iniciático de la voluntad popular segmentada. La división territorial que sirvió de base política a mediados del siglo XIX carece de trascendencia y espíritu objetivo en la España autonómica y, más áun, absorbe una cómoda excusa geográfica para aprovechar, meticulosamente, el estudio personalizado del elemento político; para más inri, compensar, de inicio, a cada provicia con dos diputados por barba, porque sí, como si éstos acudieran a la Cámara Baja por libre, con la defensa a capa y espada de sus electores por montera, aniquila a sangre fría cualquier voluntad de equilibrar los propios desequilibrios de un consenso de cuarenta y cinco millones de potenciales analistas políticos.

Cada uno de nosotros arrima el ascua a su sardina o, en este caso, a su filia ideológica o hooliganismo partidista. De éso hay poca duda, no nos caracterizamos por una objetividad generosa en cuestión de colores gobernantes. Somos aún así de impúberes democráticos. Lo que ocurre es que nuestro sistema político tampoco ha hecho mucho por sacarnos del cascarón y echarnos a volar. Tal vez nos ama tanto que se ha encargado de mutilar nuestras alas para que no abandonemos el nido timorato; o, más bien, esos tres quintos de consenso en sus cosas de clase política privilegiada parece que siguen entendiendo que, para que no nos pongamos de acuerdo, deben seguir marcándonos la hora de llegada tras disfrutar de eso que llaman la fiesta de la democracia.

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