Alea iacta non est

Desde este instante hasta el cierre de los colegios electorales restan veinticuatro profundas horas, aprovechable plazo para tomarse muy en serio una de las herramientas más directas para expresar la opinión que esta miseria que nos rodea provoca. Está claro que el proceso cuenta con décenas de trampas en su estructura, recuento y valoración de la opinión colectiva, triquiñuelas que han pasado inadvertidas en tiempos de opíparo despiste pero que fueron conscientemente implantadas por los padres y las madres de una transición que ya reconocemos no tan afortunada como la historiografía oficial había diseñado; también es notorio que el descontento frente a unos comicios aumenta exponencialmente en cuanto comprobamos cómo el poder político tradicional se demuestra cómplice o incapaz (o ambas cosas) de cara a emitir o construir respuestas siquiera que influyan en la esperanza diaria de las masas de ciudadanos excluidos a diario de la trampa del consumo. Estar en primera línea evitando desahucios que tapian viviendas vacías y expulsan dignidad a la noche fría, rebosar las plazas para construir respuestas dignas ante el enemigo sin rostro debe ser una constante permanente, porque ese mal avaricioso repliega en ocasiones vela, pero nunca abandona su misión de dominar nuestros mares con galas de rival mezquino, con técnicas de pirata al acecho en lugar de almirante de Armada, con la cobardía del que se sabe sucio aunque vista caro.

Mañana ganará el capital, como así ha sido desde la plácida muerte de la dictadura; sólo hemos venido asistiendo a una somnolienta continuación de una pobreza pactada, si bien estamos asistiendo a la derrota definitiva de la esperanza. Una mayoría absoluta del Partido Popular, comandado por un fracasado esclavo de sus dueños y, a la vez, de sus codiciosos subalternos, sin energía siquiera para verter mentiras más allá de su silencio de prisionero chivato, de franquiciado torturador, será tan terrible como esos gobiernos en minoría de falsa izquierda, sustentados en formaciones nacionalistas de la misma internacional conservadora de los ominosos populares; el capital siempre ha mandado, envileciendo de manera continuada los espacios de crecimiento ciudadano y de auténtico gobierno de todos.

No importa. Todavía es tiempo para nuestra esperanza, para echar el resto de la verdad y la razón a nuestro alrededor, para recordar que el limitado poder de la papeleta no debe ser, precisamente por ese particular en mayor medida, objeto de especulación minúscula. Nadie te pregunta qué actitud estatal hay que tomar para decisiones trascendentales en nuestro destino, menos aún lo harán para detectar tu compleja intención a la hora de votar con la intención de evitar ésta o aquella derrota balompédica del menos malo, para recolectar el espíritu completo del panorama que entiendes menos gravoso a tus inmediatos anhelos e intereses. La única respuesta se encuentra en la convicción, los principios, los valores. En definitiva, las pertenencias intelectuales e ideológicas que hemos ido acumulando en el trayecto de nuestros encuentros, lecturas, aprendizajes y, también, violentas resignaciones. Ahora es el momento de la valentía, de salir del colegio electoral conscientes de que cualquier oportunidad en la que podamos demostrar qué camino queremos tomar realmente no sea desaprovechada. Esta es una de ellas, de igual modo que el lunes debemos continuar con esa buena costumbre y aprovechar el empuje de la expresión democrática. No hay motivos para la pereza electoral, el recuento global en sí es una respuesta común a una situación sucia y trágica que no hemos manchado nosotros; al menos, siempre lo será en nuestra acción cotidiana, entrando y saliendo límpios de dobleces y estrategias en algo tan hermosamente primario cómo resulta expresar nuestra expresión global, aunque ésta se encuentre carcelariamente atrapada en un folio con nombres ordenados y blindados.

Esta noche y todas las siguientes, los seguros victoriosos ordenan inhumanos desalojos de familias expulsadas por un sistema que se sabe sin enemigos a los que acallar; las programaciones televisivas se inundan de casuales ofertas para contratar magníficos seguros de salud al mismo ritmo que la Xunta de Galicia bloquea las tarjetas sanitarias de otros tantos congéneres abandonados a su suerte de eterno desempleo. Vuelven las castas, las aulas y consultas sólo para quien las pague, y nos lo cuentan desde el juguete predilecto, el que rocía la adormidera envasada de hechos consumados, en monodósis inapreciables a corto plazo. De otra manera no se entiende las columnas millonarias de derrotados que se negarán mañana a razonar su seguro infortunio. Por eso, como siempre y a pleno rendimiento, durante la jornada dominical coloreemos las urnas con la alegría del voto honrado, de la extensión de nuestro compromiso consciente hasta el mensaje masivo de que no van a pudrir nuestro destino con su asesina avaricia.