Puntadas con hilo

Hace unos días que nos fuimos con unas cartucheras roidas pero abundantes de desidia. En mucha definitiva, estábamos andando con los tobillos navajeados, sangrientos con pulpas de arena pegajosa que se encargan de devorar las pequeñas venas que nos conducen por esas carreteras muy abandonadas, las que nosotros transitamos.

Todas estas miserias se encontraban aliñadas por la perspicacia ratera de que los discursos que aquí se imprimen son negrita barrancosa, riadas sin pantanos que absorban el sobresalto rabioso de estas reflexiones a ratos espontáneas, a ratos efervescentes.

En realidad, todo el contenido de este sitio con ánimo de permanente nasciturus se diluye con nuestro abandono. Es tan doloroso enfrentarse a la denuncia cotidiana, cuando tantas informaciones y multitud de realidades mutilantes abordan esa necesidad imperiosa de sentarse un buen rato, lacrimoso, para estructurar un mensaje completo que ataque de frente la miseria humana de este mundo que consume consumo, que catapulta a miles de atragantados a los brazos de especuladores del sentimiento, mientras sus múltiplos enraizados superan el desconcierto acomodado oliendo la raíz que emerge, que quiere emerger… ¿Abandonar a los dioses del campo de batalla merece intercambiarlo por el principio errático de pasar por aquí sin objetivo?

Tan solos. Tan en manos de despistados con títulos de universidad mercantilista… Qué ganas de rabiar todos juntos, quemando los campus tecnificados fabricados para loor sistémica de sencillas estructuras que han venido acomplejando nuestros marchitos cerebros de fordistas inconscientes. , adjetivamos los pasos de estos senderos que se han venido silenciando por incapacidad para el derroche furioso; hoy hemos vuelto en negrita sin haber abandonado el espíritu de observación, a pesar de la mutilación en aquella ciencia de la sintesis que se diluyó con la inmediatez de un mundo de este lado loco y cuerdo, a partes desiguales.

La escritura espontánea se entrega a la bondad hermosa de aquello que, en un giro postal maravilloso, se traslada desde un argumento irregular africano hasta una dignidad alicantina obstinada, honrada y magnífica. Puro músculo se enroca celeroso y viaja, fulminante, de Atlántico a Mediterráneo, para responder a la demanda de hablar de nuevo; de articular sentencia digna, lágrima viva. La cincuentena de voluntariosos prescriptores de este argumento irregular no admirarán en la vida veloz, en la sentencia irrecusable, el amor que estas yemas cerebrales se revitalizan con su constancia, con su fidelidad.

Efectivamente, de Alfa a Queque, de C a Pe, esta noche de atardecer nos regresa a las preguntas guardadas, a los mensajes adjetivados que muchos patalean como incapacidad de verbo y presencia. Tenemos tanto que reflexionar, abandonando nuestro prejuicio inmediato a todos los titulares que ayer eran carne y hoy son hueso: ¿Cómo no amar al ínclito Papandreu, ayer ogro y hoy afilado dentelleante electoral, que aboca a sus súbditos euroditos a la masacre de una pobreza cierta frente a los emperadores prusianos y galos implacables? Nada que ganar, más allá de la solidaridad derrotada de aquellos segmentos masivos que ven en un canoso bigote un atisbo de honradez patriótica, una última salida a los golpes de las huestes del Palacio de Invierno desgobernado. Hoy el euro es ladrillo embilletado, deflacionista, que se amolda a los huecos empobrecidos de nuestras estructuras ruinosas. ¿Les suena la reserva fraccionaria? Ahí queda nuestra pobreza multiplicada en cálculos expansivos de una miseria sin reservas federal, sin oro de Moscú.

El mundo al revés nos ha descorazonado. En lugar de abrir las alas y las costillas frente a tantas patadas en las partes blandas de nuestro organismo social, este recoveco sensible recogió velas unas cuantas jornadas sin saber donde desplegar algún que otro aspecto con ala de mariposa solidaria. Hasta hoy. Hemos vuelto, aunque a pocos le importe. Aunque billones de Jefferson y Washington mulatos hoy manchen el subsuelo afgano a golpe de guerra sempiternamente justificada; aunque las provincias desiertas rescaten el engaño electoral que el canovismo sentenció para nuestra radiante desgracia; aunque los barrotes mañana sean libertarias bailarinas del amanecer norteño; aunque esta noche teclee una sonrisa animosa, de Finisterre a la costa alicantina. Del Mediterráneo al volcán norteafricano que nos recuerda que pisamos en blando.

Así, y a pesar de todo, los tumultos dorados siguen enarbolando pura miseria, muerte alcantarillada, suerte de democracia petrolífera. Qué gusto volver a contar lo que muchos, millares, no leen y no aprecian. Qué suerte volver, de Alfa a Qué de qué.