Negociemos bajo luminosos plafones

Desde demasiadas esquinas asoman brazos con linternas oscuras. Irradian trayecto perpendicular que es negrura sintomática, que significa desamparo armado con calibre mediocre, con gatillo desengrasado. Está de vomitiva moda discurrir televisivamente acerca del segundo exacto en el que el terrorismo patrio entregará las armas, rendirá sus huestes inofensivas para loor de las estructuras acumulativas de votos que sólo buscan acaparar el redito electoral del triunfo o del fracaso inmediato hacia la urna virginal.

La lucha armada revolucionaria bajo los Pirineos renqueó desde el postfranquismo hasta aquel día, dolorosamente cercano, que el último soldado democrático fue abatido por una bala trasera cobarde en busca del orificio reivindicativo que alejó su discurso, de la tribuna honrada, hasta las profundidades del bosque acorralado. Hoy, tan cerca del derrumbamiento alimenticio, pasa de largo ante nosotros el as de picas de los políticos descolocados: Su repoker de triunfos humedece la textura de los símbolos ganadores ante la necesidad inmediata de discursos potencialmente elegibles, no hay tiempo para inversiones honrosas. Lamentablemente, en todo eso, las armas impuras se pudren frente a su inmediatez desenfadada. Nunca, ahora lo sabemos con meridiana claridad, tuvieron acopio de importancia acerca de esos cientos de ciudadanos uniformados o incompredidos que cayeron sobre el golpe hueco del asfalto receloso. Amor que abraza el milenario cadaver abandonado, pisoteado sobre números macroeconómicos que hacen patria inerte, primos lejanos de los representados en cunetas ignorantes, de ésos que hablan como estorbos del futuro cuando los casquillos son de cobre pero valen su alma en oro al ser atravesados por Parabellum trasera.

Nos acercamos al fin del último asesinato bárbaro que las provincias hispanas han padecido sin causa y con maldad. Los herederos políticos de nuestra esencia democrática claman, intolerablemente, frente al encuentro, ojalá definitivo, de las fuerzas humanamente vivas que exigen el arrinconamiento del gatillo maligno, de la muerte reivindicativa. La desaparición física de un difuso cotrincante es una oscura cueva en la que integrar a un antílope de raciocinio con protuberancias cancerígenas: ahora están al borde de formar necesario crudo refinado, pero algunos, demasiados, enarbolan la camiseta algodonada de la imparable mezquindad, necesitan la muerte para estar vivos y reniegan de las estancias amplias, de los actos con una única mesa.

Estamos, todos, muy juntitos, frente al fin del último callo violento y sangrante de nuestra fallida transición. La pobreza de desgobierno, de la ausencia de autenticidad gestora en la representatividad pública, pisotea con efervescencia inoperante todos aquellos pasos andados que se embarraron sobre arenas movedizas; el desarrollo de las cosas comunes dejaron de ser un apéndice ciudadano para formar un órgano social considerado nueva clase, especulativa, variopinta, podrida, que es capaz de tropezar ante la instantaneidad de un fotograma sin armamentos, con una escena ciudadana pacifica en la mesa vanguardista del Estado español. No olvidemos que aquello que han usado como arrojo electoral las corporaciones electoralistas rojizas y azuladas se desdibuja en tiempos de desgaste monetario y el territorio que venden como solar belicoso les viene respondiendo con estadísticas impolutas ante el desempleo, asentando estructuras de entidades de ahorro bancarizadas con arenosos cimientos. Es, por tanto, la hora de honrar a los injustos muertos en democracia, no de volver a enterrarlos bajo el pisoteo de la mezquindad política mediata.