El Contrato Social desangrado

Troy Davis ha definido su indefensa oscuridad vital desde los sotanos de Georgia en esta semana. Un puñado de testigos judicialmente imberbes dieron rienda suelta a sus pelujos cerebrales; un rato maduros represores, otro poco, cerca de la madurez jurídica, infantes de pantalón orinado y balón incrustado en la cristalera del vecino violentado.

La desaparición madura de la vida a manos de la fría estructura estatal no es, en ningún caso, aceptable. Y no lo es precisamente por esas canas jurídicas que no pueden teñirse bajo chorros de subterfugios legalistas. Ningún individuo consciente pierde el norte en la cesión de uso de sus derechos congénitos.

Efectivamente, la protección, el blindaje, el abrazo osezno de las garantías esenciales ciudadanas nunca puede recoger en su mochila cuidadosa, independientemente de la ruptura contractural abrupta y salvaje, vales inmunes sobre los pulmones tiesos, la bilis reservada y el corazón latente. El Contrato Social establece unos límites consustanciales a nuestras ganas perversas de sobrevivir: ninún individuo entrega la existencia superfinita a pesar de hurtar la de otros, aunque esa distancia en el equilibrio trascienda la humanidad global. En definitiva, el Estado no tiene capacidad evolutiva como colectivo consciente para arrogarse la legitimidad ejecutiva de cara a administrar el detenimiento de los sueños, desastres emocionales y esperanzas de un individuo de su manada.

Nuestro particular temor a ser agredidos en múltiples circunstancias a manos de nuestros semejantes potenció la entrega consensuada del naturalismo básico, siempre a raíz del encuentro honrado, en unos casos, e impuesto, en otros, de aquellas garantías que sabíamos ciertas desde la antropomorfia discurrente. Nada garantizó el medievalismo social, hasta que la iluminación de unos pocos irradió certeza humana a la podredumbre de hachazo bajo y de cuerda férreamente anudada. Ayer, hoy, tenemos claro que el Estado somos nosotros abrazados y paseando a solas. En todo caso, veinticuatro horas después de que nos arranquen las legañas comenzamos a recibir garantías propias, germinadas en arrugas intercraneales pasadas y futuras; en sus entresijos siempre hemos mantenido, colectivamente, el ejemplar derecho a la presunción eterna de revocación inocente, esto es, a la vida más allá de la vendetta barriobajera y cobarde. Todos nosotros, fotografiados en esa camiseta indispensable llamada Estado Moderno, cobijamos la garantía vital a no ser sacrificados fuera de la sinrazón beligerante. La institución máxima que fundamos hace unos pocos soles no puede recibir los elementos de tortura que pretendan sesgar la aportación de alguno de sus benéficos accionistas. Mucho menos cuando su esperanza cuelgue de dudas impostadas, de energías voluntariosas en la complejidad.

La vida está desterrada de la venganza penal.