Los violadores de la semántica

La clase política de largo recorrido, esa cuya trayectoria individual provista, quiere uno creer con inocencia democrática de parvulario constitucional, de argumentos y principios ideológicos ha derivado en casta difusa, en unívoco mensaje superviviente, se ha ausentado de su burbuja maquillada para adentrarse en los inciertos senderos del bosque protector. La crisis le viene grande. Respuestas no tiene, de modo que gestionar la opulencia atrofió cualquier mecanismo de acercamiento a eso que supone ser su proyección colectiva. Algo así como ciudadanía, parece ser que lo llaman. Sí, esas gentes a las que saludaban y besaban con lejanía sanitaria. Ahora el pueblo llano les transmite confusa confianza para liderar la navegación a través de la tormenta económica y social, pero se ven solos en la proa del barco; la niebla que apelmaza la visibilidad del largo plazo emborrona la presencia de algo que, inexplicablemente para su sentido corporativo, se ha transformado en horda embravecida.

A raíz de la sumisión nacional al destino implacable con rostro de precipicio, los dirigentes públicos se han visto obligados a reeducarse dialécticamente: ya no hay espacio para flores y medallas, sino para ametrallar con discursos sufridos, plagados de supuestas acciones dolorosas y labores intempestivas con el objeto de reinvertir el caos hasta transformarlo en un nuevo vergel. Hasta ahora nos han ido estafando con las dificultades propias del descontento sectorial, pero algunos, mientras mantienen el dispendio descarado en su Casa y Corte, se desplazan  totalmente a ciegas, entre nubarrones plomizos que parecen cemento armado, y nos toman por invidentes de orejas amputadas. En ese terreno, han decidido salvar a los suyos y liquidar, de una vez por todas, a esa sobrevalorada clase media que, a pesar de piso, coche y muebles suecos, se empeña en dudar y pedir explicaciones de cuando en cuando. Mal acostumbrados, desagradecidos que son. Entonces, a falta de aprobar el último curso, se dedican a poner en práctica sus primeras lecciones con cierto regusto a podrido. Pasen una tarde escuchando intervenciones de responsables públicos y se harán eco del título de moda: Reconducción del gasto ó, en su versión vespertina, Reasignación del gasto. Arrinconanda en la penumbra con sensación de inimputabilidad, la clase política castiga a la semántica aplicándole una violación múltiple, dejando el término recorte lejos del tímpano de los atentos.

Pero la agudización de este terremoto absoluto traduce la demagogia en nítidos mensajes que derriten el yunque y el martillo hasta reventar nuestro cerebro y afilarnos las primarias garras. Hablarnos de copago sanitario mientras comprobamos la retención a la Seguridad social en la exigua nómina sólo puede significar repago descarado, doble imposición, propina impuesta tras pagar la cuenta. Los peajes eternos se traducen en lucro incesante, en estafa despistada. Adoctrinarnos como a infantes obsequiándonos con una factura simulada tras sufrir una penuria médica se traslada al terreno objetivo del mal gusto, a la velada amenaza inmediata. Y rematar toda esta degradación del sistema público de servicios, para el que trasladamos conscientemente el grueso de nuestros tributos, peloteando sobre el tejado de nuestro sistema público de educación primaria, secundaria y superior, no es ocultable aunque abusen del google translator.

En la apariencia de cemento y credit card para todos, el travase hacia un sistema aparentemente concertado pasó desapercibido como los pellizcos presupuestarios y las obras faraónicas. De este modo, junto al impulso global que se imprimió para adornar la sanidad privada y los planes de pensiones como elementos indispensables de salto social, las tres columnas vertebrales han ido reduciendo sus partidas presupuestarias a espaldas inconscientes de la mayoría distraida con nuestra nueva tableta informática. Pero ahora, cuando la necesidad nos devuelve al infravalorado plano de las prestaciones amortizadas, nos vienen contando que éstas no pueden seguir igual, que nos falta efectivo y ellos no llevan suelto. Pero oiga, no, que todo esto lo pago yo, mensual y rigurosamente. El resto me sobra, como esos 24 helicopteros comprometidos por una minucia de 600 millones de nada, pero los protagonistas del impuesto directo y progresivo por antonomasia, los solidarios de tramo medio, exigen que los soportes no se apolillen virulentamente, con alevosía. Si en menos de un lustro la autosuficiente clase política ha desbarrancado desde el altar infalible hasta la cueva en penumbra, la desgracia a corto plazo está servida en bandeja de plomo. Pero todo tiene un insostenible límite, y con la garantía tributariamente cubierta que da cobertura a la clase trabajadora no se bromea ni el 28 de diciembre.

No obstante, no nos llevemos a engaño. Hay torpeza y precariedad en todas y cada una de las administraciones públicas, pero no es menos cierto que muchas de ellas cobijan la confabulación masticada para el retorno de las castas, entregando tu fuerza de trabajo en forma de impuesto a centros concertados que no respetan la laicidad, la integración de sexos y el respeto a los programas educativos aprobados, amen de su evidente capacidad de sostenimiento con fondos propios; centros donde los potentados progenitores que pueden y desean permitirse diferenciar su posición mediante la herramienta de un puber con uniforme británico son recompensados con deducción en la Renta de las Personas Físicas, de modo que no duden de las bondades de la exclusividad. Entregando, descaradamente, tu fuerza de trabajo a proyectos de centros sanitarios desnudos de presupuesto antes de su última piedra para resolver la factura con la entrega de su gestión a una empresa especializada que, oh casualidad multifuncional, suele coincidir en su accionariado con la constructora demandante. Fuerza de trabajo que subcontrata la gestión pública de servicios esenciales a grupos corporativos que te asean la acera con agua sucia y manchan las nóminas de sus doblesubcontratados hasta protagonizar sus placenteros milagros económicos. Esa fuerza de trabajo a la que le arrebataron el esqueleto público para lanzarte sus huesos desde varios ángulos, con múltiples ofertas confusas y una chirriante ausencia de calcio reinversor. El Estado es endeudamiento cero porque ya no es nada, porque nuestro castillo de naipes se ha usado para echar una partidita de poker. No, no estamos invitados. En su lugar, en el salón contiguo, nos ofrecen sesión de ruleta rusa.