El secreto de sus ojos

La primera novela del argentino Eduardo Sacheri ha arrasado a partir de su adaptación cinematográfica, la multipremiada cinta del mismo nombre dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por la cómplice pareja que forman Ricardo Darín y Soledad Villamil. Su rotundo éxito de taquilla y crítica, coronado con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, avivó el acercamiento a un texto que le va a la zaga, que no es plastilina en manos de un guionista-escultor sino mármol rotundo y bien tallado. Desde esa certidumbre narrativa cuesta afirmar por donde conviene adentrarse inicialmente; la prosa nos obsequia con una profundidad agradecida acerca de algunos personajes ignorados en los principales fotogramas, de la misma manera que nos hurta el impagable desarrollo de escenas y encuentros literarios que abren sus alas exclusivamente en la gran pantalla.

Las narraciones del funcionario judicial Benjamín Chaparro, frente a una descascarada Remington que teclea sus recuerdos a una velocidad ácida, martilleada por los sucesos de un proceso que ha marcado su existencia desde finales de los años sesenta, agolpándose en el infierno de la dictadura militar videlista, y que continúa desparramándose entre sus canas de aspirante a escritor jubilado, se escriben sobre su propia literatura realista: contador de historias sobre contador de historias, extensión ficticia desde el vértice de una anécdota laboral del narrador hasta su alter ego mejorado. Los sucesos que hilan el procedimiento a raíz del brutal asesinato de Liliana Colotto atrapan en sus puntas, con eficacia de historiador popular, la realidad de una sociedad que se fue pudriendo cobardemente, y que recuperó su dignidad casi de casualidad, tras un septenio en el que muchos Isidoro Gómez saltaron barrotes sangrientos y fueron dispuestos como impunes castigadores de las ideas y la libertad colectiva.

La estructura narrativa resulta agradecidamente armónica, punteada con necesarios flash back que son bolsas de reflexiones a modo de atracciones del interés del lector a tramas resueltas con inmediatez, sorpresas y giros que nunca se adornan con imposturas sino que, por el contrario, incitan al canibalismo de papel y más papel antes de apagar la lámpara de noche, el oasis luminoso que nos sacia con una vigilia intensa.

Si hay un personaje cuya construcción es tan precisa y original que no necesita de repuntes ni aderezos, ése es el compañero de juzgado Pablo Sandoval. Si la novela cae en nuestras manos tras disfrutar del inmenso largometraje, la camaleónica presencia de Guillermo Francella como el alcohólico colaborador de Chaparro, protagonista indiscutible de los momentos de mayor intensidad literaria, se nos atrapará como la inelegible recreación de sus intervenciones ebrias y lúcidas al mismo compás.

Se adentre por donde se adentre a esta elaborada ficción, resulta recomendable no echar de menos aquellos lugares no comunes, que lo hay y unos cuantos. El grueso de su poder literario puede sobrevivir sin aquellas escenas memorables y estos capítulos originalísimos. A fin de cuentas, Benjamín ya está apeándose en la estación de Once, con la Remington bajo el brazo, y antes de subir los escalones de Tribunales de dos en dos ha tenido tiempo de guiñarnos un ojo tímido y saciarnos absolutamente antes de clausurar la contraportada, de emocionarnos frente al negro musical de los títulos de crédito.

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