Desde Atenas hacia qué atenerse

El gobierno de todos, el mandato de los justos. Había una vez un ágora fértil que seguro se posicionaba sobre la yerma leyenda de los textos sin líneas, de la página histórica a base de parábola sepia. Aquellos hábitos barbudos, al sol incómodo del mediterráneo vanguardista, parece ser que convencieron al populacho de su virtud derivada de la despreocupación económica, de la displicencia enérgica. Parecer ser, a su vez, que las masas se autoconvencieron de la sensatez de aquellos planteamientos, amen de la conveniencia de entregar el orden a los opulentos cercanos, siempre más próximos que la impermeabilidad regia, que aquella ortodoxia marcial que dirigía sus destinos con más insistencia inútil que los dioses de las nubes profundas, las que lanzan rayos, agua poderosa, ventisca rabiosa, con el planeamiento impredecible del capricho supremo.

De esos chorros confluye este barrizal. Del estruendo tenebroso del cielo eléctrico se deriva el apocalipsis masivo que ataca nuestra valentía ciudadana desde cualquier esquina, a plena luz del día y sin antifaz. Ahora no llegan al púlpito con los bolsillos repletos, vete a saber de donde, pero colmados de paz alimenticia, de estulticia lustrosamente lujosa. Nuestra miseria, en estos instantes temporales, rebosa con el reverso del concepto héleno: los que rebuscan en las urnas trucadas se agolpan con las costuras rotas, sin monedas ahorradas, masticando oropel del muy falso.

Unas pocas centurias, con oscuridad meridiana, han iluminado el reverso tenebroso; actualmente, la cartuchera comienza a rebosar en la medida que la tribuna amplía los michelines encorbatados de los miserables que aupamos a vulgares imitadores de la oratoria anhelada. Ventrílocuos parciales de aquello que escucharon en su mocedad presuntamente comprometida, un par de legislaturas silenciosas les abren paso a una desgracia colectiva de comisiones, presidencias institucionales varias, representaciones obesamente dietéticas, responsabilidades livianas… y la democracia se invierte de tal modo que la sangre ciudadana se agolpa en nuestros millones de dolorosos latidos cerebrales, secando la raíz de tobillos atrapados sobre la efigie de su máscara falsamente homínida. Hoy la representación pública recuerda torpemente a la élite deportiva de las disciplinas seguidas al rebufo del éxito inmediato: entre tanto candidato, sólo unos pocos ocupan el top pecuniariamente aspirable y, de ellos, un rumboso puñado alcanzan la última curva con ánimo medallero. Aún así, estos aspirantes no desprecian a sus rivales; más al contrario, rebajan el ritmo para asir las ansias gremiales y acercarse, bien juntos, a una estrecha meta reventada de preseas y distinciones. Cada cuatro años, extraen los metales conseguidos y les sacan lustro. Los disponen, bien a la vista, a pleno sol, para que unos cuantos millones de despistados admiren el reverso del doping político y los baboseen, a lametones, con la fe humana de ser bendecidos con el milagro de aparecer cerquita de sus ángeles custodios, bien arropados y acunados.

La involución es simple: teníamos el grueso de los bienes de producción, la consistencia del esfuerzo colectivo, en manos de eso que llamamos Estado creyendo decir Nosotros; Arramplando con el músculo del beneficio mediato algunos transmitientes voluntariosos esforzaron su disfrute relativo por generar esa impostura satisfactoria, desgraciadamente tan legendaria, denominada Estado Social. Estado del bienestar existencial. Un lapsus de homínidos confiados. En un plis plas aquellos monopolios positivos, aquellos conceptos públicos empresariales atrapados para su reinversión provechosa, agarraron la matriz podrida de tumor administrativo insostenible, ruinoso, escandalosamente colectivista. Con celeridad destructora, el germen se transmutó en virus ronchado y, por verbigracia de irresponsabilidad pública y muy privada, desbarrancó hasta alzarse en trino, como mínimo, de accionariado notorio, de competencia benéfica. Dieta Dunkan a base de membrillo, legislatura tras legislatura, azul rojiza y roja azulada, hasta desbaratar la poderosa estructura malparida en moribundos fetos mellizos, conspiradores que alternan en los tenues bolsillos de nuestras carteras secas. Estado anoréxico, grasas sabrosas engullidas por nutridas gargantas multinacionales.

Cuando nada queda, salvo las esenciales obligaciones despechadas; desde el momento que aquello que alimentaba el gaznate mimoso de nuestras esenciales expectativas dejó de manar para incrustar el pezón lechoso en labios desagradecidos, el excedente se tornó limosna. De ahí a follarse un rato las normas de la casa y corte popular no va ni un meñique descalzado. ¿Endeudamiento cero? Abandono infinito, querrán decir. El mercadillo popular sólo ha mantenido los puestos de beneficencia, los de la hucha lacrimosa. Adiós a los tenderos medios, chau al mercado vivificante del que el compromiso ciudadano orinaba dorados chorritos a las vías férreas, a esas áulas espléndidas de palabra solemne, al que humedecía con gotas fértiles que olían a justicia sólida, a salubridad popular de galones radiantes.

En la colina soplan los équinos ensillados por esas castas insensibles. Sus astas, presas de banderas asépticas, ocultan los rostros de tantos y tantos escaños entregados al enemigo, ése que somos nosotros a pesar de abrazarnos en la trinchera enfrentada, tan solos que el congénere aferrado a las costuras raídas del uniforme sin distintivos se esfuma a la misma velocidad que aparece custodiando la armadura de ese caballero que ya desciende el terraplén con la espada erecta, con su mandoble invisible a punto de enviarnos al Olimpo tramposo.