El Contrato Social desangrado

Troy Davis ha definido su indefensa oscuridad vital desde los sotanos de Georgia en esta semana. Un puñado de testigos judicialmente imberbes dieron rienda suelta a sus pelujos cerebrales; un rato maduros represores, otro poco, cerca de la madurez jurídica, infantes de pantalón orinado y balón incrustado en la cristalera del vecino violentado.

La desaparición madura de la vida a manos de la fría estructura estatal no es, en ningún caso, aceptable. Y no lo es precisamente por esas canas jurídicas que no pueden teñirse bajo chorros de subterfugios legalistas. Ningún individuo consciente pierde el norte en la cesión de uso de sus derechos congénitos.

Efectivamente, la protección, el blindaje, el abrazo osezno de las garantías esenciales ciudadanas nunca puede recoger en su mochila cuidadosa, independientemente de la ruptura contractural abrupta y salvaje, vales inmunes sobre los pulmones tiesos, la bilis reservada y el corazón latente. El Contrato Social establece unos límites consustanciales a nuestras ganas perversas de sobrevivir: ninún individuo entrega la existencia superfinita a pesar de hurtar la de otros, aunque esa distancia en el equilibrio trascienda la humanidad global. En definitiva, el Estado no tiene capacidad evolutiva como colectivo consciente para arrogarse la legitimidad ejecutiva de cara a administrar el detenimiento de los sueños, desastres emocionales y esperanzas de un individuo de su manada.

Nuestro particular temor a ser agredidos en múltiples circunstancias a manos de nuestros semejantes potenció la entrega consensuada del naturalismo básico, siempre a raíz del encuentro honrado, en unos casos, e impuesto, en otros, de aquellas garantías que sabíamos ciertas desde la antropomorfia discurrente. Nada garantizó el medievalismo social, hasta que la iluminación de unos pocos irradió certeza humana a la podredumbre de hachazo bajo y de cuerda férreamente anudada. Ayer, hoy, tenemos claro que el Estado somos nosotros abrazados y paseando a solas. En todo caso, veinticuatro horas después de que nos arranquen las legañas comenzamos a recibir garantías propias, germinadas en arrugas intercraneales pasadas y futuras; en sus entresijos siempre hemos mantenido, colectivamente, el ejemplar derecho a la presunción eterna de revocación inocente, esto es, a la vida más allá de la vendetta barriobajera y cobarde. Todos nosotros, fotografiados en esa camiseta indispensable llamada Estado Moderno, cobijamos la garantía vital a no ser sacrificados fuera de la sinrazón beligerante. La institución máxima que fundamos hace unos pocos soles no puede recibir los elementos de tortura que pretendan sesgar la aportación de alguno de sus benéficos accionistas. Mucho menos cuando su esperanza cuelgue de dudas impostadas, de energías voluntariosas en la complejidad.

La vida está desterrada de la venganza penal.

Los violadores de la semántica

La clase política de largo recorrido, esa cuya trayectoria individual provista, quiere uno creer con inocencia democrática de parvulario constitucional, de argumentos y principios ideológicos ha derivado en casta difusa, en unívoco mensaje superviviente, se ha ausentado de su burbuja maquillada para adentrarse en los inciertos senderos del bosque protector. La crisis le viene grande. Respuestas no tiene, de modo que gestionar la opulencia atrofió cualquier mecanismo de acercamiento a eso que supone ser su proyección colectiva. Algo así como ciudadanía, parece ser que lo llaman. Sí, esas gentes a las que saludaban y besaban con lejanía sanitaria. Ahora el pueblo llano les transmite confusa confianza para liderar la navegación a través de la tormenta económica y social, pero se ven solos en la proa del barco; la niebla que apelmaza la visibilidad del largo plazo emborrona la presencia de algo que, inexplicablemente para su sentido corporativo, se ha transformado en horda embravecida.

A raíz de la sumisión nacional al destino implacable con rostro de precipicio, los dirigentes públicos se han visto obligados a reeducarse dialécticamente: ya no hay espacio para flores y medallas, sino para ametrallar con discursos sufridos, plagados de supuestas acciones dolorosas y labores intempestivas con el objeto de reinvertir el caos hasta transformarlo en un nuevo vergel. Hasta ahora nos han ido estafando con las dificultades propias del descontento sectorial, pero algunos, mientras mantienen el dispendio descarado en su Casa y Corte, se desplazan  totalmente a ciegas, entre nubarrones plomizos que parecen cemento armado, y nos toman por invidentes de orejas amputadas. En ese terreno, han decidido salvar a los suyos y liquidar, de una vez por todas, a esa sobrevalorada clase media que, a pesar de piso, coche y muebles suecos, se empeña en dudar y pedir explicaciones de cuando en cuando. Mal acostumbrados, desagradecidos que son. Entonces, a falta de aprobar el último curso, se dedican a poner en práctica sus primeras lecciones con cierto regusto a podrido. Pasen una tarde escuchando intervenciones de responsables públicos y se harán eco del título de moda: Reconducción del gasto ó, en su versión vespertina, Reasignación del gasto. Arrinconanda en la penumbra con sensación de inimputabilidad, la clase política castiga a la semántica aplicándole una violación múltiple, dejando el término recorte lejos del tímpano de los atentos.

Pero la agudización de este terremoto absoluto traduce la demagogia en nítidos mensajes que derriten el yunque y el martillo hasta reventar nuestro cerebro y afilarnos las primarias garras. Hablarnos de copago sanitario mientras comprobamos la retención a la Seguridad social en la exigua nómina sólo puede significar repago descarado, doble imposición, propina impuesta tras pagar la cuenta. Los peajes eternos se traducen en lucro incesante, en estafa despistada. Adoctrinarnos como a infantes obsequiándonos con una factura simulada tras sufrir una penuria médica se traslada al terreno objetivo del mal gusto, a la velada amenaza inmediata. Y rematar toda esta degradación del sistema público de servicios, para el que trasladamos conscientemente el grueso de nuestros tributos, peloteando sobre el tejado de nuestro sistema público de educación primaria, secundaria y superior, no es ocultable aunque abusen del google translator.

En la apariencia de cemento y credit card para todos, el travase hacia un sistema aparentemente concertado pasó desapercibido como los pellizcos presupuestarios y las obras faraónicas. De este modo, junto al impulso global que se imprimió para adornar la sanidad privada y los planes de pensiones como elementos indispensables de salto social, las tres columnas vertebrales han ido reduciendo sus partidas presupuestarias a espaldas inconscientes de la mayoría distraida con nuestra nueva tableta informática. Pero ahora, cuando la necesidad nos devuelve al infravalorado plano de las prestaciones amortizadas, nos vienen contando que éstas no pueden seguir igual, que nos falta efectivo y ellos no llevan suelto. Pero oiga, no, que todo esto lo pago yo, mensual y rigurosamente. El resto me sobra, como esos 24 helicopteros comprometidos por una minucia de 600 millones de nada, pero los protagonistas del impuesto directo y progresivo por antonomasia, los solidarios de tramo medio, exigen que los soportes no se apolillen virulentamente, con alevosía. Si en menos de un lustro la autosuficiente clase política ha desbarrancado desde el altar infalible hasta la cueva en penumbra, la desgracia a corto plazo está servida en bandeja de plomo. Pero todo tiene un insostenible límite, y con la garantía tributariamente cubierta que da cobertura a la clase trabajadora no se bromea ni el 28 de diciembre.

No obstante, no nos llevemos a engaño. Hay torpeza y precariedad en todas y cada una de las administraciones públicas, pero no es menos cierto que muchas de ellas cobijan la confabulación masticada para el retorno de las castas, entregando tu fuerza de trabajo en forma de impuesto a centros concertados que no respetan la laicidad, la integración de sexos y el respeto a los programas educativos aprobados, amen de su evidente capacidad de sostenimiento con fondos propios; centros donde los potentados progenitores que pueden y desean permitirse diferenciar su posición mediante la herramienta de un puber con uniforme británico son recompensados con deducción en la Renta de las Personas Físicas, de modo que no duden de las bondades de la exclusividad. Entregando, descaradamente, tu fuerza de trabajo a proyectos de centros sanitarios desnudos de presupuesto antes de su última piedra para resolver la factura con la entrega de su gestión a una empresa especializada que, oh casualidad multifuncional, suele coincidir en su accionariado con la constructora demandante. Fuerza de trabajo que subcontrata la gestión pública de servicios esenciales a grupos corporativos que te asean la acera con agua sucia y manchan las nóminas de sus doblesubcontratados hasta protagonizar sus placenteros milagros económicos. Esa fuerza de trabajo a la que le arrebataron el esqueleto público para lanzarte sus huesos desde varios ángulos, con múltiples ofertas confusas y una chirriante ausencia de calcio reinversor. El Estado es endeudamiento cero porque ya no es nada, porque nuestro castillo de naipes se ha usado para echar una partidita de poker. No, no estamos invitados. En su lugar, en el salón contiguo, nos ofrecen sesión de ruleta rusa.

Impertinencia láctea

Érase, que en mala hora se era, amigo o conocido fugaz de Carmen Machí, y por esas suertes de la transmutación publicitaria, la lineal actriz cómica poseía el don de la presencia acogedora en tus rutinas más básicas. Sus poderes comenzaban como algo inocente, echando la tarde con su íntima Marina para dejar los cotilleos varoniles aparte y centralizar el té con pastas a ritmo de regulador intestinal lácteo. La santa anfitriona cometió la torpeza de tratar un temita baladí, intrascendente, a la espera de que el aburrimiento hiciera mella en la incómoda visita y, así, despacharla antes de comenzar la telenovela; poco podía imaginar que había pinchado en hueso, que había destapado el tarro de las esencias activas. Comenzaba así el reino de la intromisión machiana.

El revoltijo gastrointestinal, el plácido corre que te pillo gaseoso, acababa de toparse con una nueva heroína armada de verde plasma bacteriológico. A la espera de ser rescatada por una serie de postín que parece haberse acostumbrado a tenerle entre lejanas rejas, la conciencia pública llegó para recordarle que su tono de ama de casa a punto de estallar debía contener energías de sobra para luchar, a lácteo partido, contra la retención de líquidos, sólidos y demás presencias incómodas en vientres ajenos. A partir de ahí, ningún estómago ronroneante estaba a salvo de su sonrisilla sabelotoda, aprovechona de la fama que precede su perfil entre las féminas proletarias.

De vuelta a casa, tras desfacer entuertos de bilis y muy colón nuestro, nada podía detenerla. Daba igual que te escondieras en la cocina; el poder descompresor de la Machi se introducía por cualquier resquicio hogareño y, sumida tú en la inoportuna fabada veraniega, te soltaba la lengua para obligarte a confesar que dentro de tí habita el maligno. Concha, en exclusiva documentada, abre su alma a la redención activa.

El poder se le estaba yendo de las manos. Su indolente poderío expulsor transmutaba hacia un formato de claustrofóbica Conexión Carmen, acorralando a esas inocentes coleguitas que sentían el gélido visor de una cámara acusadora, difundiendo sus miserias estomacales a un ritmo de acelerado dogma sonriente, escalofriante. Marchar lejos no aseguraba la escapatoria, ni siquiera en aquellos espacios públicos donde, supondrían, la libertadora de esfínteres atascados encontraría su rechoncha kriptonita. Ataviada con su pareo protector, hasta las hembras más estilizadas quedaban atrapadas en la ardiente arena de la justicia láctea.

Buscar refugio en la propia guarida del enemigo, intentando vislumbrar donde reside su dietético poder, es caer en la peor de las ratoneras. Rodeada de sus poderosos envases, ni una sonrisa elaborada puede despistarla de su ineludible misión. En este estremecedor documento, podemos estudiar a la víctima que más próxima estuvo a conseguirlo. A pesar de no triunfar con su primera táctica de distracción, aún guardaba un repoker de ases bajo el abrigo: a sus caprichosos familiares no le gustan los tropezones. Por un pelo, pero ni así. Carmen tiene respuesta para cualquier ataque con pretensiones de regateo en el noble arte de desgasear los conductos.

No hay barreras que puedan detener el reto machiano. Su última misión la ha llevado a allanar el rincón de máxima virginidad hogareña: el cuarto de baño. Resulta tan estremecedor el relato visual de los hechos, que nos vemos en la obligación de ahorrárselos. No existe antídoto ni remedio para que la impertinencia láctea entre en sus vidas, ríndanse al monopolio del perfil rectilíneo. Desde Esperanza Sur, cada día surca los cielos patrios aquel gorgorito enrabietado que nunca se fue. Pobre de tí si osas atragantarte con ese refresco burbujeante.

El secreto de sus ojos

La primera novela del argentino Eduardo Sacheri ha arrasado a partir de su adaptación cinematográfica, la multipremiada cinta del mismo nombre dirigida por Juan José Campanella y protagonizada por la cómplice pareja que forman Ricardo Darín y Soledad Villamil. Su rotundo éxito de taquilla y crítica, coronado con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, avivó el acercamiento a un texto que le va a la zaga, que no es plastilina en manos de un guionista-escultor sino mármol rotundo y bien tallado. Desde esa certidumbre narrativa cuesta afirmar por donde conviene adentrarse inicialmente; la prosa nos obsequia con una profundidad agradecida acerca de algunos personajes ignorados en los principales fotogramas, de la misma manera que nos hurta el impagable desarrollo de escenas y encuentros literarios que abren sus alas exclusivamente en la gran pantalla.

Las narraciones del funcionario judicial Benjamín Chaparro, frente a una descascarada Remington que teclea sus recuerdos a una velocidad ácida, martilleada por los sucesos de un proceso que ha marcado su existencia desde finales de los años sesenta, agolpándose en el infierno de la dictadura militar videlista, y que continúa desparramándose entre sus canas de aspirante a escritor jubilado, se escriben sobre su propia literatura realista: contador de historias sobre contador de historias, extensión ficticia desde el vértice de una anécdota laboral del narrador hasta su alter ego mejorado. Los sucesos que hilan el procedimiento a raíz del brutal asesinato de Liliana Colotto atrapan en sus puntas, con eficacia de historiador popular, la realidad de una sociedad que se fue pudriendo cobardemente, y que recuperó su dignidad casi de casualidad, tras un septenio en el que muchos Isidoro Gómez saltaron barrotes sangrientos y fueron dispuestos como impunes castigadores de las ideas y la libertad colectiva.

La estructura narrativa resulta agradecidamente armónica, punteada con necesarios flash back que son bolsas de reflexiones a modo de atracciones del interés del lector a tramas resueltas con inmediatez, sorpresas y giros que nunca se adornan con imposturas sino que, por el contrario, incitan al canibalismo de papel y más papel antes de apagar la lámpara de noche, el oasis luminoso que nos sacia con una vigilia intensa.

Si hay un personaje cuya construcción es tan precisa y original que no necesita de repuntes ni aderezos, ése es el compañero de juzgado Pablo Sandoval. Si la novela cae en nuestras manos tras disfrutar del inmenso largometraje, la camaleónica presencia de Guillermo Francella como el alcohólico colaborador de Chaparro, protagonista indiscutible de los momentos de mayor intensidad literaria, se nos atrapará como la inelegible recreación de sus intervenciones ebrias y lúcidas al mismo compás.

Se adentre por donde se adentre a esta elaborada ficción, resulta recomendable no echar de menos aquellos lugares no comunes, que lo hay y unos cuantos. El grueso de su poder literario puede sobrevivir sin aquellas escenas memorables y estos capítulos originalísimos. A fin de cuentas, Benjamín ya está apeándose en la estación de Once, con la Remington bajo el brazo, y antes de subir los escalones de Tribunales de dos en dos ha tenido tiempo de guiñarnos un ojo tímido y saciarnos absolutamente antes de clausurar la contraportada, de emocionarnos frente al negro musical de los títulos de crédito.

Reflexión a toro pasado, torturado, mutilado y asesinado

El concurso de murgas del Carnaval de Santa Cruz de Tenerife es una tradición, un festejo histórico y arraigado, que produce simpatizantes, admiradores, fanáticos… e indiferentes. Quizás sus letras, eminentemente inspiradas en asuntos de actualidad local, no provoquen más allá de las Islas Canarias la gracia y simpatía que en la capital chicharrera significa pasión por esa etapa de las carnestolendas. Algo similar sucede con las populares chirigotas gaditanas, en busca de la rima precisa y punzante que produzca diversión a la vez que introduce, con resbaladizo dulce juglar, unas cuantas reflexiones a ritmo de colorido cornetín. Frente a estas representaciones centenarias se encontrarán auténticos devotos, tibios admiradores y distanciados insensibles a esa inocente expresión de la diversión humana. Lo que resultaría difícil encontrarse es un enemigo de la gracia inofensiva ajena, una turba de fieros opositores al disfraz multicolor y las carcajadas a mandíbula batiente. Tal vez una beligerante tomatina soleada pueda producir repelus alimenticio a cándidos hambrientos que ven, frente a su plato vacío, una injusticia en el destino de los víveres, que el racionamiento pasado les impida aplaudir el multitudinario paréntesis alegre vestido de rojo solanáceo; de igual manera, el común sentido de la conservación vital, de la integridad física, rechaza desde la prudente lejanía anastenarias y cucañas que mezclan reto y separan devoción. Simpatizantes, admiradores, fervorosos y comprometidos a un lado; del otro, desinteresados varios, desvinculados de la representación en cuestión. Nunca activistas defensores de la tristeza y el silencio social se vislumbran en el catálogo de actitudes reactivas frente a la diversión entre humanos. La alegría puede rodearse de grisácea envidia, pero la civilización desecha y expulsa el repudio a la inofensiva algarabía, a los paréntesis lúdicos multitudinarios.

Por civilizada desgracia, aún sobreviven décenas de reductos cromañoides a la sombra de Los Pirineos, localidades cimentadas en un brutalismo cerebral recto y descolorido. De entre todas las plazas que mancillan colectivamente su condición humana con fervor idiotizante, Tordesillas emerge y lidera el ranking de terrorífica Capital Deshumanizada. En estos comienzos de septiembre, sus moradores amantes de lo sanguinolento sitúan a un infeliz hervíboro, maldecido evolutivamente por una presencia de negrura feroz, de imponente astado bravo, con el objeto de darle desigual caza al remolino de acoso y derribo ecuestre y bípedo. Alzados con prehistóricas lanzas, punta de idem de su desarrollo tecnológico, acorralan al animal aterrorizado para perforarlo sin piedad, en busca de un golpe mortífero que alce al más cobarde de los torturadores al muy digno título local de rey de los torturadores cobardes. La notable resistencia física es otro de los injustos desatinos históricos del astado en su encuentro con la bestia bípeda ibérica, que remata su algarabía de rojo hemoglobina acuchillando, golpeando, mutilando y aplastando, vivo y sin colear, al abandonado toro entre las fauces caníbales de esos repugnantes que comparten espacio y tiempo con nosotros.

Cuentan los irresponsables aventureros que osan adentrarse por esas tierras bárbaras que los desalmados infantes corretean por sus medievales calles armados con lanzas plásticas, cultivando solemnemente su responsabilidad futura en el mantenimiento de la caverna a oscuras que supone Tordesillas. La localidad vallisoletana mantiene una dilatada experiencia en asuntos que tengan como protagonista la despiada crueldad antropomórfica: en los títulos de crédito del siglo XV fue sede del tratado del mismo nombre, protagonizado por los monarcas castellano-aragoneses y portugués. Dando los primeros pasos en la evolucionada cultura del cinismo político, acordaron, papa de Roma al acecho, repartirse a grandes rasgos el mundo, línea recta mediante, con el fin de no pelear más de la cuenta por tierras futuras y evitar derramientos de sangre ibérica y lusitana innecesarios. Fue esa rúbrica la primera condena a muerte imperial y católica de millones de indígenas americanos y esclavos africanos, oculta la tortura avariciosa bajo el codicioso manto de la evangelización. Sometimiento, violación y genocidio refinaron sus puntas afiladas desde la cavernícola Tordesillas.

Más allá de sus herméticas fronteras se ha desparramado, afortunadamente en pos de su supresión, lamentablemente en la herida que provoca presenciar la asquerosidad lúdica que enciende sus pasiones, la realidad de un foso oscuro en medio de la civilización. Su primaria manta plástica, atávica herramienta para ocultar la bajeza humana que preside esta putrefacta actividad carnicera, se ha disuelto y ha dejado al descubierto enseñamiento y masacre enfervorizada. Rujen sus huestes caballeras en busca de levantar nuevas murallas que protejan su elaborada ignorancia, pero ya es tarde, nada pueden frente a los artilugios electrónicos que dejan constancia aterradoramente visual de la podrida realidad tordesillana. Fuera de su aldea donde, el fuego y la sangre protagonizan el culmen de su evolución social, aún mantienen belicosos embajadores, algunos de ellos acaparadores de múltiples cartas credenciales, que dicen en privado lo que justifican o sortean en público. No hay excusas históricas ni perdones futuros. El Toro de la Vega es el callo doloroso en la construcción humana de esta nación; no es un tatuaje, sino un melanoma. Aquí no hay fiesta, aquí hay crueldad repugnante.

Desde Atenas hacia qué atenerse

El gobierno de todos, el mandato de los justos. Había una vez un ágora fértil que seguro se posicionaba sobre la yerma leyenda de los textos sin líneas, de la página histórica a base de parábola sepia. Aquellos hábitos barbudos, al sol incómodo del mediterráneo vanguardista, parece ser que convencieron al populacho de su virtud derivada de la despreocupación económica, de la displicencia enérgica. Parecer ser, a su vez, que las masas se autoconvencieron de la sensatez de aquellos planteamientos, amen de la conveniencia de entregar el orden a los opulentos cercanos, siempre más próximos que la impermeabilidad regia, que aquella ortodoxia marcial que dirigía sus destinos con más insistencia inútil que los dioses de las nubes profundas, las que lanzan rayos, agua poderosa, ventisca rabiosa, con el planeamiento impredecible del capricho supremo.

De esos chorros confluye este barrizal. Del estruendo tenebroso del cielo eléctrico se deriva el apocalipsis masivo que ataca nuestra valentía ciudadana desde cualquier esquina, a plena luz del día y sin antifaz. Ahora no llegan al púlpito con los bolsillos repletos, vete a saber de donde, pero colmados de paz alimenticia, de estulticia lustrosamente lujosa. Nuestra miseria, en estos instantes temporales, rebosa con el reverso del concepto héleno: los que rebuscan en las urnas trucadas se agolpan con las costuras rotas, sin monedas ahorradas, masticando oropel del muy falso.

Unas pocas centurias, con oscuridad meridiana, han iluminado el reverso tenebroso; actualmente, la cartuchera comienza a rebosar en la medida que la tribuna amplía los michelines encorbatados de los miserables que aupamos a vulgares imitadores de la oratoria anhelada. Ventrílocuos parciales de aquello que escucharon en su mocedad presuntamente comprometida, un par de legislaturas silenciosas les abren paso a una desgracia colectiva de comisiones, presidencias institucionales varias, representaciones obesamente dietéticas, responsabilidades livianas… y la democracia se invierte de tal modo que la sangre ciudadana se agolpa en nuestros millones de dolorosos latidos cerebrales, secando la raíz de tobillos atrapados sobre la efigie de su máscara falsamente homínida. Hoy la representación pública recuerda torpemente a la élite deportiva de las disciplinas seguidas al rebufo del éxito inmediato: entre tanto candidato, sólo unos pocos ocupan el top pecuniariamente aspirable y, de ellos, un rumboso puñado alcanzan la última curva con ánimo medallero. Aún así, estos aspirantes no desprecian a sus rivales; más al contrario, rebajan el ritmo para asir las ansias gremiales y acercarse, bien juntos, a una estrecha meta reventada de preseas y distinciones. Cada cuatro años, extraen los metales conseguidos y les sacan lustro. Los disponen, bien a la vista, a pleno sol, para que unos cuantos millones de despistados admiren el reverso del doping político y los baboseen, a lametones, con la fe humana de ser bendecidos con el milagro de aparecer cerquita de sus ángeles custodios, bien arropados y acunados.

La involución es simple: teníamos el grueso de los bienes de producción, la consistencia del esfuerzo colectivo, en manos de eso que llamamos Estado creyendo decir Nosotros; Arramplando con el músculo del beneficio mediato algunos transmitientes voluntariosos esforzaron su disfrute relativo por generar esa impostura satisfactoria, desgraciadamente tan legendaria, denominada Estado Social. Estado del bienestar existencial. Un lapsus de homínidos confiados. En un plis plas aquellos monopolios positivos, aquellos conceptos públicos empresariales atrapados para su reinversión provechosa, agarraron la matriz podrida de tumor administrativo insostenible, ruinoso, escandalosamente colectivista. Con celeridad destructora, el germen se transmutó en virus ronchado y, por verbigracia de irresponsabilidad pública y muy privada, desbarrancó hasta alzarse en trino, como mínimo, de accionariado notorio, de competencia benéfica. Dieta Dunkan a base de membrillo, legislatura tras legislatura, azul rojiza y roja azulada, hasta desbaratar la poderosa estructura malparida en moribundos fetos mellizos, conspiradores que alternan en los tenues bolsillos de nuestras carteras secas. Estado anoréxico, grasas sabrosas engullidas por nutridas gargantas multinacionales.

Cuando nada queda, salvo las esenciales obligaciones despechadas; desde el momento que aquello que alimentaba el gaznate mimoso de nuestras esenciales expectativas dejó de manar para incrustar el pezón lechoso en labios desagradecidos, el excedente se tornó limosna. De ahí a follarse un rato las normas de la casa y corte popular no va ni un meñique descalzado. ¿Endeudamiento cero? Abandono infinito, querrán decir. El mercadillo popular sólo ha mantenido los puestos de beneficencia, los de la hucha lacrimosa. Adiós a los tenderos medios, chau al mercado vivificante del que el compromiso ciudadano orinaba dorados chorritos a las vías férreas, a esas áulas espléndidas de palabra solemne, al que humedecía con gotas fértiles que olían a justicia sólida, a salubridad popular de galones radiantes.

En la colina soplan los équinos ensillados por esas castas insensibles. Sus astas, presas de banderas asépticas, ocultan los rostros de tantos y tantos escaños entregados al enemigo, ése que somos nosotros a pesar de abrazarnos en la trinchera enfrentada, tan solos que el congénere aferrado a las costuras raídas del uniforme sin distintivos se esfuma a la misma velocidad que aparece custodiando la armadura de ese caballero que ya desciende el terraplén con la espada erecta, con su mandoble invisible a punto de enviarnos al Olimpo tramposo.

Aún creo en la utopía…

… y no soy el mejor hombre.

No somos más que lo que vemos. Y eso que se nos aparece frente a nuestras pupilas intensas y musculadas luces y más luces, fosforescencia de tonalidades asquerosas, sin color conocido porque la línea de tonalidades posee sus particulares bondades, como un atadillo débil de mensajes, opiniones, axiomas y dogmas que nos enfrentan en las terturlias laborales, cafeteras, alcohólicas, nocturnas, portuarias…

¿Cómo saber si la honestidad agresiva está encapotada de mezquidad irreconocible? No podemos dar caracter sabatino a los plazos permisivos de las castigadas estabilidades humanas, jóvenes pero con arrugas neuronales, y de todos modos esas prorrogas se han convertido en el acontecer del espectáculo que significa estar vivo. ¿Qué significa estarlo en este lado, donde las páginas cefalópadas nos enganchan por nuestras limitadas extremidades neuronales, gracias a su tinta chorreosa matinal, que impregna la huella dactilar de las conversaciones? Una confusión acuchillante, una violación por todos nuestros petreos orificios intelectuales, una muerte segura rodeado de células oxigenadas.

Debe resultar tan puntiaguda, tan brillante la navaja que cercena el equilibrio visceral del intelecto previamente fallecido, esa viscosidad derrotada desde el Génesis de su impacto vaginal, disfrutar con el teorema de una trilogía que esta cultura nuestra, la que nos viene derrumbando sigilosamente por un acantilado sin más puertos de montaña exigentes, con una pendiente definitiva, que comparar a tres hombres solitarios en sus respectivas selvas honradas entre la maraña de desconfianza y cobardía multitudinaria parece un pecado terrenal. No hace falta nombrarlos, pero es imprescindible recordarlos. La trilogía desvinculada nació en el confort de sus amorosas familias, de su estructura social equilibrada, razonó a un ritmo de contracorriente huracanado, fue ajusticiada desde el púlpito del temblor establecido (de ese que parlotea con sextercios, ducados, reales, dólares, metalitos que extorsionan el óxido como la verdad sucumbe al destino biológico) a sabiendas de una inocencia insoportable, de una aceptación irrelevante más allá de la victoria en penaltys sin público…. el veneno de sus tornillos ametrallados despedazaron incomodidad y crearon esperanza disgregada; nos colaron un manifiesto perfumado bajo el felpudo pero el portero adelantó su ortodoxia vigilante a nuestra curiosidad felina, neolíticamente humana. No obstante, fotocopiamos a base de retina obstinada páginas y páginas, convicciones y actitudes, con la implacable abstinencia de expulsar a diestro y siniestro el mensaje repetido al ritmo de salvadora amenaza: Una, dos y… nos continúan otorgando una prórroga inmerecida, barbuda y humilde, armada con selvática argumentación dialéctica, con valentía intemporánea.

Cianuros crucificados aparte, fusilamiento colectivo que ayer procreó una higuera que hoy soterra podridos frutos a modo de agrios masticables, el encuentro en la honestidad colectiva se turbia con avenidas repletas de bromuro viscoso, bajo una niebla rocosa. Esa invisibilidad de camarada inexistente no evita, odiseas instantáneas después, alcantarillear sin sumisión, bípedos henchidos en busca de los congéneres aturdidos pero con los pulmones igualmente saciados, con las mentes pobladas de mensajes honestos. Las migas de pan se escurren por nuestras fronteras de rayuela tramposa, las monedas brillan con el dorado común que aceptan todos los titiriteros de los kioskos centelleantes, más caros, más opulentos en sus dianas torcidas. En el fondo, sin luz, insisten, aventurados, algunos comerciantes de chochona asequible, chochona para todos, pero las farolas ladeadas nos impiden ver, o vemos un colmillo oblongo, una risotada negruzca de encías editorialistas adornadas por cataratas corporativistas; son roulet con neumáticos bolañianos, vigilantes en su refugio arbolado a la espera del seguro genocida intelectual.

Es seguro que el espejo con el que nos obsequiaron al partir los labios viscosos, los que nos expulsaron al desatino vital del que cuelgan nuestras visceras neuronales, no nos alertó de la tormenta de dientes lácteos que agoniza a la primera erección, al primer rugido cristalino. Nos tropezamos con concordia lisa, frenados ante el sortilegio de la cebra plana y mutilada, enfrentándonos a los congéneres agresivos de pedal y velocidad, de ciudad a barranco empujado. Hurtados el rifle boliviano, la cicuta transparente en el meridiano del ágora cobarde, los palos ensangrentados bajo el sol palestino, abrazamos ese valor de ley especulativo que hoy nos ha arrojado al petróleo sólido, pintarrajeado de blanquecina dirección policiaca, ante el hermano gladiador, el pariente ennegrecido con vara impune. De esas plazas con reflejos de odisea universal arrancan un pulgar altivo hembras rizadas con mochilas bolivianas orgullosas, anonimatos púdicos de Sol a solsticio de epopeya contemporánea. A todos ellos les cambiaron las señales y todos nosotros, a su vera, quebrantamos el ferruginoso índice para moldearlo a modo de dedo corazón esperanzador.