Epístola final

Esta es la cuarta y definitiva entrega de los dolorosos capítulos en prosa acerca de la cándida invasión juvenil que ha otorgado a Madrid la consideración de capital del atavismo excluyente. No queremos seguir parlamentando sobre este particular, porque las asquerosas golpizas con cuero público dañan nuestro intelecto, azotan nuestra confianza en un futuro convenio nacional laico y respetuoso con las necesidades existenciales de cada cual.

Zeus está enterrado bajo la corteza de sus designios humanos. Los terrenales cruzados que adoraban sus insolencias impunes, el olimpo perverso de las mezquindades desoladoras, se encuentran espolvoreados por nuestros incógnitos senderos de la misma manera que tantos y tantos reflejos del terror existencial. Ayer eran omnipotencias sublimes, hoy retales de libros de Historia ajados a cada curso impuesto. Así son los dioses, así los creamos y con nosotros, con nuestras épocas, se marchan a la tumba abrazados a sus siervos, inconcientes creadores que entregan el poder del destino a sus malformadas maquetas divinas.

Más allá del postulado sólido de este refugio, siempre es preferible un Jefe de Estado con lengua valientemente viperina. Sin cortes y sin censura. Aceptar la creencia en el hijo de un carpintero, mesiánico líder que envuelve filosofía de bajo coste y estigma, versión primigenia de un supuesto cauce marxista evolucionista, se encuentra en la esencia de esta civilización saltarina, que olisquea las ramas bajas y las sopesa cobardemente, dilatando su escalada. Aplazando la incontestable necesidad de otear con clarividente profundidad su horizonte.

El faraónico escenario podrido de beatos crudos de oro y piedras preciosas, de dispendio amasado a golpe de fusil cobarde, antidemocrático, sustentado en calaveras honradas y columnas meridianas, se alza en Cuatro Vientos para que los cándidos guiados por la droga de la ignorancia malgasten su tiempo prefijado en adorar el ínclito saludo romano. A su vez, abriendo paso a la comitiva bárbara, remojada de todos los colores regios y falsamente ideológicos, las grandes vías públicas han quedado convertidas en mojama impúdica, en sendero medieval de peregrinaje humanoide. La ciudadanía, mientras, anclada en sus habitáculos insomnes, ha decidido rebelarse en alto grado contra la invasión gratuita de sus espacios amortizados. La respuesta por estar en casa, en lo nuestro, ha sido el mandoble televisado de esos servidores alzados en nuevas divinidades a golpe de urna ignorante.

Este es el desenlace de una cuatrilogía dolorosa. Nada nos ha animado a entregar protagonismo a la ignorancia, al borreguismo cuadrúpedo que imita movimientos y actitudes furtivas de homínido disfrazado con cutrez. Desde el horizonte de nuestras vías clausuradas para el espectáculo circense del inmaculado hitleriano hasta los insalubres debates matinales en todas las cadenas de dueños clonados, donde algún representante de la animalada con cachiporra calificó a los manifestantes laicos de indígenas, como si su origen fuera extraterrestre, preferiríamos estar en la isla desierta de nuestra calma. Tal vez su esencia carbónica (la del vocero iletrado con pistola tras los jeans desenfadados) lo sea, pero su estructura cerebral, desde luego, es oquedad manifiesta y desvergüenza de estos tontos impositores que entregamos nuestro esfuerzo a cubrir gastos que, en jornadas negras como ésta, se nos marcan en la rabadilla.

Este es el doloroso desenlace de una semana plena de tinta china, de sentencias que ya estaban dichas pero necesitábamos plasmar un ratito, para que vuelvan a ser leídas; para que la reiteración sea recuerdo necesario. La solidaridad está cerca del hambre, del desabastecimiento, de la crueldad de un sistema económico que premia a las élites del Imperio Permanente e Inmutable. La piedad, en la cercanía con la necesidad y el dolor perpetuo, con la muerte precoz de los inválidos existenciales. En cambio, esta realidad inversa ata símbolos pataleados cerca del montaje show business que refugia aglomeraciones de incapacitados para la crítica, el razonamiento y el aprovechamiento de este azar evolutivo que tanto derrochamos en misa de doce.

Una huida a tiempo, una huida desoladora

El mediodía pasado hemos recorrido, aliviados, una M30 con ritmo suave de agosto, huyendo estratégicamente del colapso que en pocas horas estrangulará las vías principales de la capital española. La llegada a Barajas supuso abrazar una balsa con todas las comodidades, fresca y engrasada, con los motores a toda pastilla para poner pies en polvorosa del epicentro fanático que ya esta tarde, por desgracia, ha mostrado anticipadamente sus zarpas grisaceas, su bilis envenenada.

La experiencia que ha supuesto observar, de primera mano, la actuación como tal de esas columnas de vertebra hueca, de seguimiento disciplinado a hábitos tácticos, entristece al más pintado, al que haga trabajar, aunque sea un ratito, sus neuronas libres. No piensan, no funcionan como individuos con libre albedrío real. Cantan como futboleros, pero de forma permanente; es su día a día, la oquedad cerebral aceptada como en una cirugía detallista que ha hecho mella en esa colectividad de cerebelos pochos. Rezan en lugar de dialogar, sonríen bobalicones como sustitutivo del pensamiento libre. Necesitan a un mesías con vestimenta cegadora para no tomar las riendas de su fortuna existencial.

Irnos en el calentamiento del éxtasis sectario acolchó, inicialmente, nuestro agotado ánimo, derretido por el sol y la estupidez sufrida y percibida en estos días madrileños. No obstante, al cobijarnos lejos de esta pesadilla sufragada con nuestros heridos tributos, mansos y escasos, en manos de auténticos depredadores inconscientes de lo pecuniario, la desazón regresó con un notable halo de incomodidad. Fue buscar información sobre el discurrir de la manifestación convocada para protestar, honradamente, en el foro de la soberanía ciudadana, y volver a recibir el golpetazo de la violencia policial contra el objeto de su protección. Y ahí uno se siente cobarde, lejos de los suyos cuando hace nada paseábamos por la acera atiborrada ahora de esos cuerpos brutalistas de seguridad que reparten mandobles como templarios sanguinarios, a los suyos, a los que tienen la obligación de amparar. Hemos entregado tanto poder a unas instituciones que eran reflejo social y se han convertido en castillos medievales que desprecian a los siervos que pueblan las colinas. Hemos permitido que los nuestros ahora sean ellos. Los otros, la aristocracia renovada elección tras elección, dejadez tras dejadez. Nos fuimos y no estuvimos junto a los nuestros, los que únicamente han querido recordar que estos espectáculos de mesianismo circense deben ser sufragados por los mismos que han convertido Madrid en un caos y no mutar en una interminable factura de amplios costes. Muchos no estuvimos, pero los que hasta hoy se han comportado como hábiles camaleones piadosos esta tarde han desenvainado su crucifijo intolerante para buscar la provocación, el desprecio y el conflicto hacia el mensaje democrático y el discurso laico, ése que no busca enterrar su ignorancia, sino recordar que debe ser alimentada en el ámbito privado.

Las postrimerías de este ingrato show, el culmen y ocaso de la barbarie medieval que ha pintarrajeado de atavismo bobalicón la capital de nuestro Estado herido, se vivirá mañana, con la sumisión de las fuerzas vivas ante la llegada del torticero heredero apostólico, del pescador de idiotas. De pescados sin escamas. En el sofá a oscuras, escribiendo estas líneas, se siente uno lejos del país de los obtusos, arropado por su mullida colcha de racionalidad. Pero entonces la televisión vuelve a repetir las imágenes de las hordas uniformadas, rabiosas y fanáticas, pisoteando los derechos civiles de nuestros congéneres, de los que forman la patria en la que queremos habitar, y siento una helada incomodidad. Esta huida programada no calculó la dimensión de nuestras trincheras.