Advenimiento en clase business

El Jefe del Estado vaticano no es buena gente. Para alcanzar la más alta cota de poder terrenal en ese país de pega incrustado en la Ciudad Eterna se hace imprescindible ser experto en la conjura, los pactos, el uso más sibilino y pactista que sea posible desarrollar. Así, embutir el disfraz de sucesor del apóstol Pedro y la máscara de representante de una supuesta divinidad en la tierra sobre la desgastada piel de un maquiavélico profesional no parece que pudiera contar con excesivos adeptos en esta orbe experta en estafas al por mayor. Pues los tiene, y a raudales, en vistas de las jaurías apasionadas que recorren estos días las calurosas calles de Madrid, ataviados con su distintivo merchandising conmemorativo de un evento de tan dudosa relevancia.

En efecto, el santo padre de la catolicidad arribará el próximo jueves a la capital española, convertida a golpe de fondos públicos y patrocinios al estilo de un macroevento deportivo, en el epicentro de un mensaje que pretende irradiar la palabra del mesías cruficado a todos los confines faltos de espiritualidad del planeta. Lejos de la pobreza, de la necesidad, cómodamente instalado en la nunciatura apostólica madrileña, con opíparos menus programados, el pescador de hombres se deleitará imaginando las hordas de jóvenes beatos que colapsan el aeropuerto de Barajas estos días, en colectivo éxtasis de groupie espiritual, prestos a escuchar su mensaje y disfrutar de la paz que irradia su magnética presencia. ¿Será éste, por tanto, un mensaje cristiano, piadoso e integrador, redentor y solidario? Nos tememos que nada más lejos de la realidad. Convertido en jerifalte político que gusta de inmiscuirse obsesivamente en cuestiones terrenales, como así ha ocurrido desde hace más de ocho centurias, el mitin papal centrará su descarga oratoria en denunciar políticas sociales del actual gobierno español, así como ahondar en los males de, a su irrelevante juicio, la época actual, marcada por el alejamiento de la iglesia (la suya, claro) y el relativimo moral (ja).

Partiendo del axioma que encierra la propia biblia, manual de instrucciones manoseado, glosado, manipulado y dispuesto como arma de interpretación múltiple de un mecanismo redentor que cala en la necesidad humana para calmar su temor iniciático a la desaparición física, los doce apóstoles de un supuesto carpintero iluminado se han multiplicado hasta mutar en una jerarquía vírica que ha absorbido las malévolas invenciones políticas, convirtiéndose en una burocracia imparable. Su mensaje de base, su pobreza consustancial en el terreno humano, ha dado paso a la eficaz labor empresarial de este holding sólo para hombres. Toda la mercadotecnia que retroalimenta la mayor perversión de la historia universal se da, pues, cita estos días en las calles de Madrid, clausurándola desde el altar de un macroescenario en el que la ubicación de los presentes en función de la cercanía al hombre de blanco se estructura al rancio estilo de concierto rock, con sus zonas megavip, supervip, vip, y popular. Las contemporáneas bienaventuranzas distinguen el eco de su rudo sonido, lejos de la redacción de Mateo, lejos de la piedad que alumbra el mensaje iniciático.

El que viene como corresponsal de una supuesta verdad que empobrece tantas expectativas de vida fínita no lo hará a lomos de un burro, pleno de sobriedad. Su transporte aéreo de alta gama se encuentra dispuesto para posar en Cuatro Vientos con equilibrio y confort. Y con aire acondicionado. Y sin humildad. Pleno de pecados desde su juventud hitleriana, los que ahora, anuncia, perdonará masivamente a todos los que se acerquen a deleitarse con su nuevo show, repartiendo accesos a un mundo que no es el nuestro, que nunca será el suyo.