El Monopoly trucado

Las cartas siempre han estado marcadas; los dados, trucados vilmente desde su fabricación. No obstante, estas triquiñuelas, que han mancillado un sistema de por sí pervertido y en el que nos han acostumbrado a nadar y guardar la ropa, las están realizando sin aprovechar alevosamente una escapada al servicio o un vistazo furtivo a la televisión. Mucho se ha hablado sobre el famoso juego de mesa denominado Monopoly, mucho se ha escrito acerca de la leyenda que transita por su invención y pulido; así, se entiende el juego del terrateniente (1904), de Lizzie Magie como la antesala del capitalista entretenimiento para toda la familia burguesa. Antesala muy apartada del resto de estancias, porque este prototipo consistía en una experiencia destinada a concienciar acerca de lo devastador que resulta comportarse como un caníbal económico, pero la historia, en este ominoso caso, absolvió a los impostores, y en los anales de la invención lúdica en forma de tablero aparece el nombre de Charles Darrow como padre fundador del cuadrado en forma de inmuebles más famoso de las jugueterías.

Peleas judiciales enconadas aparte, el Monopoly asentó una educación disimulada, para toda la familia, en el concepto más agresivo del emporio capitalista: una guerra especulativa sin cuartel que premia al más despiadado de los participantes, a aquel que no le tiembla extender la mano para recibir los últimos billetes falsos de su mejor amigo,  de su padre o de aquel cándido y tierno hermano menor que, con gesto compungido, pierde inconcientemente la virginidad vital en la ley de la selva pecuniaria. Aún así, a pesar de implantar legalmente un descuidado chip en nuestra zona reservada al ocio y la relajación en forma de ansiedad consumista, el juego del banquero sonriente tiene unas reglas meridianas; su estructura y desarrollo no permiten licencias, sí negociaciones. Este mundo real nuestro, fuera de los bordes de las casillas coloreadas y las casitas verdes y rojas que anuncian pingües ganancias, ha destapado su forzada careta en estos días. Veinte años después de su relamido triunfo como sistema económico predominante, el capitalismo se ha ahogado en sus propias babas; las normas, las reglas escritas en la cara oculta de nuestras cajas normativas, se han desgastado con el paso del tiempo, en base, fundamentalmente, al miedo a no conseguir la numeración en los dados que permita saltar esa casilla repleta de inmuebles.

Esta semana hemos presenciado una vuelta de tuerca más (y van…) en esas manos que entregan las tarjetas, boca arriba, y que van desembalando las piezas de nuestro rompecabezas económico: más de un siglo después de haber aprehendido que los bienes raíces, las materias que alimentan nuestra existencia real, poseen un valor relativo que se cotiza en una sala presa de maderas nobles, los jugadores principales han determinado, presos del pánico que les produce no controlar el ritmo de sus piezas, la inyección masiva de capitales al torrente financiero debilitado por ellos mismos. En efecto, la paradoja monetaria que ha sustentado a una clase económica opulenta como nunca se ha visto en la historia de la Humanidad perece por momentos, y en ese estrangulamiento de la afluencia de liquidez, el juego no les interesa. Cada mañana se apresuran a continuar la jugada, pero los dados siguen rebotando contra los bordes, dándoles malas manos. Están gafados, pensarán; estrenemos, pues, nuevas piezas de marfil. Ni así. Por lo tanto, a la vista de todos, vuelven a sacar tacos relucientes de billetes coloreados y los colocan aquí y allá, como quien no quiere la cosa. El fin, la victoria, la de ellos, justifica los medios, y para eso necesitan asustar a los contrincantes, hacerlos partícipes de su ocaso.

Las paradojas se han vuelto rasgo común y corriente de estos días de desolación macroeconómica y destrucción de la renta cotidiana. No hay más que paladear, y escupir, el sinsabor maledicente que condujo a algún gurú empresarial a denominar un producto de comunicación cotidiano y masivamente extendido con el mismo nombre que, perversa metáfora aparte, se estableció a las bolas con grillete que atrapaban a los esclavos africanos en las plantaciones de algodón, hasta su muerte. Esas mismas prisiones personalizadas cuelgan de los bolsillos y chaquetas de aquellos que han sido hipnotizados con la sofisticación de la tecnología. Veinticuatro horas arrastran una oficina andante, que les separa de su familia, aficiones y amistades, pero que les prestigia socialmente. Allá ellos, estúpidos por doble motivo, sentados en la segunda fila del circo oligopolístico con traje y corbata, símbolo antaño de prestigio y elegancia, uniforme camuflado en la city de cualquier multifactoria humana actual. Nos queda, no obstante, regodearnos en la paradoja de esos descendientes del continente originario que, grillete con teclas en mano, han aprovechado el sistema de cifrado de esa celda penitenciaria portátil para liberarse de los hijos de los opresores, de los macarras funcionarios que todavía no entienden la filosofía del juego, las reglas saltarinas de esta polvorienta partida.

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4 comentarios en “El Monopoly trucado

  1. Pingback: De luna llena, Perseidas y lágrimas de cocodrilo « CambiaCalp

    • Estimado Yoyo, como el simulacro que supone utilizar el vehículo de una autoescula hasta que consigues el carnet. En la vida real, cuando los conocimientos de vileza económica están asentandos, la partida nunca acaba, el dinero se multiplica hasta el infinito, porque hay más de tres jugadores rivales. Millones de potenciales expoliados esperan al rey del juego capitalista.

      Gracias por visitar nuestra Casa Querida.

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