Esto no avanza

No tiene la más mínima gracia. Padecer una retahíla de despropósitos, por muy estúpidamente ebrio que se encuentre el desorientado mozalbete, inyectada de una cantidad de ignorancia y maldad tan elevada, hace daño. Lo único aprovechable de programas televisivos como el archiconocido en el que aparece esta desagradable secuencia es que bucean en la colectividad humana en su momento más desguarnecido, con las defensas a ras de suelo. Que la ebriedad traslada mensajes veraces del subconciente (que los borrachos dicen la verdad, vaya) lo certifica la apestosa convicción con que este sujeto recalca su apabullante odio hacia todo aquello que, a su poco juicioso entendimiento, no cumple los parámetros de persona de bien que en algún hogar brutalmente desestructurado le han inoculado. Alimañas como ésta rodean nuestra tolerancia, la aniquilan a diario por más avances que podamos establecer; por cada paso adelante, la infección del miedo civilizatorio va borrando la huella como si estuviera hundida en la arena a la hora de pleamar.

El gran público, aquel que no participa activamente de fenómenos socio-políticos con habitualidad, maneja su existencia con la nublosa, genéticamente asumida, convicción de estar arropado bajo el manto de un sistema y un entorno agradable, vigilado y vigilante frente al peligro. Quizás este período de terrorismo económico y financiero, de agresión permanente a la clase trabajadora, haya reducido unos gramos el peso específico de esa certidumbre innata para cierta parte de la ciudadanía; no obstante, en líneas generales, la inmensa mayoría de nuestros congéneres a este lado de la frontera ibérica perciben calma y seguridad, paz social. En la mayoría de programas televisivos que abudan en este concepto temático de realidad directa, de entrevista con olor a calle, sonreímos con la espontaneidad ajena, las gracietas de personajes dispuestos al famoseo instantáneo ó, en la mayor parte de los casos, con escenarios tétricos que se alojan tras las farolas fundidas. Afortunadamente, de cuando en cuando, las cámaras cazan fantasmas corpóreos con olor a rancio, mentecatos del discurso bobalicon y plano. Así les ponemos rostro a algunos, los que mañana pueden sentarse cerca nuestro en el metro o, peor aún, en la oficina. En este caso, su juventud puede confundirnos y analizar la sarta de imprecaciones como chiquilladas etílicas, ya madurará…pero mientras este rabioso estudiante de Derecho (¿Por qué no sorprenden algunas decisiones judiciales?) expulsa vacío intelectual con la misma velocidad que ingería alcohol destilado, otros tantos de su estirpe ya mueven sus caderas al son de la intolerancia cruda. Muchos de ellos tienen en sus manos, gracias en gran medida a ciudadanos que continúan despistados con el entretenimiento catódico a treinta y pico pulgadas y grados centígrados, inmenso poder público para desparramar su concepción social excluyente.

El hombre maduro de la izquierda responde al nombre de Antonio Cerro, y es el alcalde de Poyales del Hoyo (Ávila). En ese municipio, el 29 de diciembre de 1936 fueron ejecutadas tres vecinas  a manos del falangista Ángel Vadillo, alias “501” (el despiadado asesino se jactaba de haber liquidado a ese número de ciudadanos) bajo la aprocedimental acusación de sus tímidas convicciones socialistas. Los restos de Virtudes, Valeriana y Pilar, junto a los de otros vecinos fusilados por los subvelados, reposaban en una fosa en el cementerio municipal, pero éstos, en un acto discrecional y por mor de la irresponsabilidad viciosamente intencionada de este energúmeno con bastón de mando y ordeno, fueron exhumados, expoliados, para recuperar discrecionalmente los huesos de uno de los enterrados, todo ello sin el debido proceso y con absoluto desprecio al resto de familiares. ¿Son entonces inofensivos estos sembradores de odio, estos herederos de nuestra más inmediata desgracia? La respuesta es cristalina, así como nuestra obligación de estar alerta. Aunque la detectemos de soslayo en un tibio programa de entretenimiento, bajo los mantos de la noche y las copas.