Genocidio Rociero

Para los que nos mantenemos prudentemente alejados de esas manifestaciones de éxtasis devoto que jalonan plazas, inmuebles consagrados y tumultos religiosos varios, la romería de El Rocío nos traslada, en todo caso, a imágenes más o menos folclórico-amarillistas: una malograda Carmina Ordoñez limpiándose los arenosos tobillos a ritmo cervecero por aquí, besos en exclusiva de tonadillera versus corrupto, corrompido y corruptor regidor público por allá. De resto, la algarabía que preside los festejos onubeses de Pentecontés culmina con el frenético ascenso de las rejas protectoras de la ermita que da nombre al pasional evento por parte de los romeros, al más puro estilo de motines y algaradas en épocas convulsas. En el caso que nos ocupa, los escaladores, ebrios de adoración mariana, únicamente pretenden alzar a la figura en su éxtasis cristiano, culminando una tradición que se encuentra conformada como tal desde mediados del siglo XVII.

Toda esta actividad religioso-popular, inocente e inócua en su corteza, oculta una realidad de profunda desidia y ausencia de respeto y sensibilidad con el entorno inmediato, fundamentalmente en la travesía que recorre parte del Parque Nacional de Doñana, así como en el trato que reciben los animales que soportan el recorrido, en su mayoría en condiciones extenuantes y al límite de sus capacidades físicas.

En efecto, y en base a los discutibles datos facilitados por el SEPRONA, en las últimas ediciones de este macrobotellón de altas pasiones católicas, símbolo (ejem) de la piedad cristiana y el compromiso con la fe y el amor por cristo y su señora madre, una veintena anual de caballos, burros y asnos fallecen víctimas de la deshidratación, el maltrato y el abuso físico al que son sometidos por los simpecados que apabullan su denominación a golpe de vara, mínimos descansos a pleno sol y utilización de estos animales como simples instrumentos de carga. Más de mil efectivos del denominado Servicio de Protección a la Naturaleza de la Guardía Civil deben hacer una ominosa vista gorda frente al continuo mercadeo del prohibido alquiler équino así como del cumplimiento de la normativa tanto en lo que respecta a su cuidado como del efectivo control del paso de los romeros por el Parque de Doñana, a golpe de todoterreno, acumulación de residuos y producción ingente de basura por parte de los más de treinta mil seres humanos que esperan el paraíso post mortem mientras convierten su entorno en un terrenal infierno.

Según datos publicados por la asociación El refugio del burrito, cinco de estos nobles y castigados animales, así como seis caballos fallecieron durante el transcurso de la supuestamente pía romería rociera en el año 2011. Evidentemente, estos datos son la punta de un arma sangrienta que oculta las visceras arrancadas en forma de posteriores sacrificios a animales heridos o los fallecimientos ocultos a vuelta del atávico festejo. Los principales motivos son provocados por la deshidratación, la extenuación física a que son sometidos y los permanentes cólicos por la deficiente alimentación e hidratación. Muchos de estos animales, desacostumbrados durante el año a una actividad de extrema actividad a altas temperaturas, son alquilados por desalmados sin escrúpulos a cantidades irrisorias, siendo obligados a cortos descansos (atados y sin posibilidad de echarse, a pleno sol) y cargas extremas de material y personas.

Que la barbarie contra nuestros congéneres no tiene visos de destierro en España a corto-medio plazo es una lamentable realidad con la que muchos debemos convivir. El verano acentúa esta perversión humana instaurada en la insensibilidad colectiva que puebla este país de norte a sur, a base de prehistóricas tradiciones en las que el animal se convierte en inocente víctima. Casualmente, es difícil deslindar estas salvajadas del elemento católico que las sustenta. En todo caso, quien ejecuta la perversión es el troglodita humano que justifica sus miserias con el entorno en base a las tradiciones que siempre han rescatado y protegido su frágil existencia.