Potente dosis de humanidad frente al brutal concepto de cultura

¿Hace falta añadir palabras, proclamas o manifiestos a esta contundente realidad? Para cualquier ser humano que se encuentre a la altura civilizatoria que marca nuestro desarrollo genético y el óptimo aprovechamiento de los avances en materia de sensibilidad, humanidad y relación con el entorno, probablemente no. Pero tal vez cínicos representantes públicos de los Estados español y francés debieran ser obligados a una potente dosis diaria de imágenes de esta naturaleza, tan reales y cotidianas como la crueldad que muchos individuos ejercen sobre variopintas especies por pura y ominosa diversión.

El civilizado país galo procedió el pasado 22 de abril 2011, por medio de su Ministerio de Cultura, a inscribir las corridas de toros como patrimonio cultural inmaterial de Francia. No es, por tanto, exclusiva de nuestra ibérica patria la obcecación por blindar la celebración cotidiana de torturas gratuitas a especies bovinas calificadas, de manera torticera e interesada, como bravas o salvajes. Nuestros vecinos suprapirenáicos también mantienen bajo el confuso manto de la administración estatal encargada de la promoción y protección de actividades culturales esta práctica cavernícola, propia de conductas salvajes de otros tiempos, de otras cuevas. Intereses para ello los encontramos a destajo, pero ninguno de los mismos responde a los fundamentos encuadernados en la tarea de un ministerio de esta naturaleza.

Esperanza Aguirre es, sin duda, una ejemplar muestra de esos ciudadanos que, si visionaran imágenes como las adjuntas, no sentirían excesiva piedad u optarían por replantearse sus estancadas concepciones acerca del significado de tradición, cultura, historia o idiosincrasia. Hace unos días, como enardecida pregonera de la Feria Taurina de Málaga (?), asoció impunemente antitaurinismo con antiespañolismo, enraizando su amor confeso por la matanza en la arena con el concepto pasado, presente y futuro como nación. De nada importan los avances humanos y tecnológicos, el destierro de prácticas, políticas y estructuras que no tienen cabida en la evolución social; el español de bien ama y respeta la tortura animal como ejemplo de culturalidad profunda. Seguramente esa sensibilidad la desarrolla a diario mientras paladea unos versos de su amada poetisa portuguesa Sara Mago, a la que tanto leía según confirmó en épocas en que un reconocido novelista radicado en Lanzarote, de nombre misteriosamente similar, se alzaba con el Premio Nobel de Literatura, coincidiendo en el tiempo con su responsabilidad al frente del Ministerio de Cultura.

Habiendo vuelto en estos días la gestión de esta barbarie cotidiana en infectos círculos arenosos de norte a sur del país a manos de dicho ministerio, no queda más que recomendar a sus máximos responsables, aquí y en Francia, en Colombia o México, que visualicen una sóla vez imágenes como las que compartimos aquí y recapitulen qué concepto protege la más alta instancia gubernamental en materia cultural.