No por obvias duelen menos

Alfredo Pérez Rubalcaba afirmaba hoy, en su línea de adulación global a todo lo que le huela a voto rescatable, que el concepto puro de endeudamiento no es consustancial a una posición política de izquierdas. A medias; la capacidad de solicitar crédito desde la Administración Pública para poder cumplir con la cobertura suficiente de los servicios esenciales se encuentra (o encontraba) a la disposición de cualquier responsable político. A partir de ahí, la experiencia ejecutiva de este instrumento nos demuestra que su uso ha derivado hacia intenciones electoralistas más que utilitaristas. Durante treinta años, muchas Comunidades Autonómas y corporaciones locales han ido esquilmando sus respectivas carteras al mismo ritmo que la oferta de servicio público ha ido deteriorándose o disminuyendo, sin respuesta clara; es cierto que las prestaciones fueron mejorando o aumentándose, pero al mismo ritmo que la capacidad recaudatoria de la Hacienda, adaptando la riqueza de nuestra calidad ciudadana con la modernización y avance del país. Difícil sería encontrar el momento exacto en que se quiebra esta obviedad necesaria. Lo que sí parece cierto es que determinados dirigentes autonómicos encuentran en la asunción de cierto nivel competencial y su absoluto control el nivel de gastroenteritis extremo como para percibir que ya pueden poner en marcha su sal de frutas particular contra el Estado Social. Mientras su avaricia mediática no ha parecido tener fin, recibiendo cuantos grandes eventos fueran necesarios, cuantas obras faraónicas con ausencia de valor les permitiera el ego propio y la adulación ajena, su nivel de endeudamiento sobrepasaba la razón propia de una gestoría razonable. ¿Soberbia estupidez u operación calculada a medio plazo? Depende de lo estúpidos que consideren a los ciudadanos.

Más de tres décadas hemos convivido en una economía de mercado pero, incomprensiblemente, políticos de orientación conservadora han poblado la estructura administrativa con sociedades anónimas de accionariado exclusivamente público, rebosantes éstas de la parentela que se ha convertido en casta, incapaz de asumir el sentido del esfuerzo laboral y creando una telaraña dispuesta a enriquecer a algunos sin competir en ese sistema que sin trampas, sin saltarse algunas reglas,no da frutos inmediatos. No era difícil asumir que, a la mínima crisis en el horizonte, la improductividad financiada iba a arrasar con el espejismo que proyectaba cifras monas. A partir de ahí, entenderíamos entonces que la irresponsabilidad disfrutaría de alguna revelación inmediata y los mismos que la habían liado volverían tras sus pasos, salvando los muebles que dan lustre a las principales estancias de este país nuestro. Nanai. Acerquense a sus instituciones públicas más cercanas y buceen en la red de empresas que no son pero están de mano de los que ustedes saben. Y, mientras, el verano va desgranando la, nos dicen, irremediable acción correctora de esta hecatombe presupuestaria consecuencia de malvados especuladores de rostro invisible. Ambulatorios cerrados, plazas de guarderías canceladas, dotaciones educativas al nivel de la limosna correctora… pero dispónganse a soportar algún que otro proyecto de megalomanía para loor del Presidente de turno en próximas fechas, esas nunca faltan: auditorios, líneas de tren calavéricas, grandes avenidas con denominaciones familiares. Para empezar, las vallas publicitarias comenzarán a poblarse de los rostros barbudos conocidos en un par de semanas, con su correspondiente coste, como si ya no tuviéramos la desgracia de conocer sus intestinos.

Es llegar la ruina absoluta que hasta nuestros vecinos nos la compran como el amiguito potentado de infancia que te surtía de golosinas, salvo que tenemos los dientes podridos de caries. Y, claro, los faraones no están muy acostumbrados a vivir en corralas, así que es pasar estrecheces y asumirlas en propuestas propias de la inutilidad saciada. Que si un repago sanitario por aquí, que si no tendremos de nada pero si unos cuantos millones para mantener la concertación educativa en lugar de una inversión en el crecimiento de la docencia pública, etc. Lo indispensable lo convierten en lujo asiático, y lo prescindible en fundamental para el sostenimiento de su ego como nueva clase social dominante y apisonante.

Cautivo y desarmado el Estado Social, no hay mejor momento para autolimitar el gasto público desde la perspectiva de los que han derrochado el pasado y la mínima esperanza futura. Esto nos conduce a más obviedades dolorosas, como presenciar la celeridad que son capaces de coordinar las dos principales formaciones nacionales para activar el mecanismo de reforma constitucional con la misma marcha que han utilizado al unísono para despreciar exigencias de modificación de la Carta Magna so pretexto de su necesidad reflexiva a medio plazo. ¿Dónde ha quedado entonces ese indispensable tiempo de meditación? No se preocupen, ya lo han sufrido otros por ellos, desde Berlín a Bruselas.

Revisar una Constitución a la que le han salido canas es una obligación que han obviado las dos principales fuerzas políticas, las únicas con capacidad bicameral para ejercer la iniciativa reformista y la honradez consensual a la hora de pactar una auténtica Transición 2.0. No sólo han vivido de espaldas a la realidad de los millones de ciudadanos que no entienden la realidad nacional con el mismo tono, sino que generan una desvergüenza entre chulesca y bobalicona al explicarnos desde su prisma la necesidad de reforma constitucional que estamos padeciendo. La representación política comprometida con la evolución, desarrollo y mejora del Estado Social no dudará un ápice en abrir líneas de financiación de cara a mantener el ritmo de crecimiento y evolución de los derechos y servicios prioritarios. En este sentido, habitualmente el endeudamiento se ha asimilado a políticas de izquierda… en nuestras coordenadas. No es extraño encontrar planteamientos así en formaciones conservadoras a lo largo y ancho del norte de Europa, donde el artículo 1 de nuestra Carta Magna es realidad incontestable, no únicamente una cabecera vistosa. En España, el endeudamiento ha sido llave maestra para la malversación social y, actualmente, alcohol y esparadrapos para sanar el acuchillamiento múltiple que ha sufrido nuestra precaria cobertura social.

Extraigamos las únicas conclusiones positivas para los intereses generales, juguemos con sus mismas cartas marcadas: si una altura de miras política puede consensuar una reforma constitucional en cuatro tardes no estaría mal que mantuvieran viva esa llama notoria de mimetismo a medio plazo e hicieran lo propio para expandir la capacidad de toma de decisiones a una amplia mayoría de la representación ciudadana; para empezar, una reforma de la legislación orgánica en materia electoral no estaría mal…

La Constitución invertida

La existencia de una norma con rango constitucional en la cúspide del cuerpo legislativo de un Estado democrático es consustancial a su propia esencia; por encima de cualquier poder personal o institucional debe existir una carta otorgada por la soberanía nacional, residente en el conjunto de ciudadanos que componen la patria en cuestión, de la que irradie el conjunto imprescindible de derechos y obligaciones, así como de garantías fundamentales para la protección y desarrollo del proyecto vital que genera la convivencia de millones de individuos.

En este país, su asunción atropellada, bajo el falso manto de la concordia interideológica, conformó una Carta Magna que realizó un eficaz corta y pega de Constituciones fronterizas, perdiendo la vitalidad y originalidad de su antecesora de 1931 y realizando un batiburrillo orientado a satisfacer todas las tendencias que habían logrado su restauración pública y electoral en esas fechas postdictatoriales. Baste como ejemplo, la redacción del artículo 38, que reza lo siguiente: “Se reconoce la libertad de empresa en el marco de la economía de mercado. Los poderes públicos garantizan y protegen su ejercicio y la defensa de la productividad, de acuerdo con las exigencias de la economía general y, en su caso, de la planificación”. Es decir, comienza su exposición estableciendo un perfil meridianamente definido en lo que respecta a la naturaleza de la organización económica del Estado para, por arte de biribirloque, rematar el texto del artículo en cuestión con su antagónico. ¿A qué corresponde ese mareo normativo, a una adenda a hurtadillas de Solé Tura cuando nadie miraba? Escribiendo muy en serio, la letra impresa del artículo 38 sintetiza los bandazos autoimpuestos de los Padres de la Constitución y su afán por aglutinar todas las tendencias de expresión política e ideológica de la nueva realidad estatal. Claro que, si ese razonamiento lo lanzamos hasta alcanzar sus últimas consecuencias, nos topamos de bruces, un poquito más abajo, con la broma de escatología social que supone la consagración en el artículo 47 del derecho de todos los españoles a disfrutar no de una vivienda cualquiera, sino además digna y adecuada. Ni este principio rector se cumplía en la fecha de redacción del mismo ni tiene maldita la gracia para esos miles de ciudanos expulsados por entidades financieras que hacen prevalecer su afanosa violación de la prohibición de usura, regulada en el Código Civil. Para que la carcajada lacrimosa sea completa, cierra su texto el citado artículo 47 con un imperativo que hace palidecer el poco tono democrático que hemos adquirido tras nuestra exposición a su luz en los últimos treinta años: “Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias (para el derecho, ejem, a la vivienda) y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación“. Abominablemente carcajeante. La clase política que ha enriquecido a promotores y constructores con el encarecimiento artificial del parque inmobiliario, regalando prácticamente el suelo a base de recalificaciones urbanísticas varias, no parece que haya recogido el guante con mucha maña, salvo si entiende por cumplimiento del mandato constitucional la entrega de quince o veinte viviendas de protección oficial anuales en municipios de miles de ciudadanos en situación de exclusión residencial.

A pesar de todo, evitemos caer en el amarillismo legislativo. No queda más remedio que aceptar que, hecha la norma, hecha la trampa. En ese sentido, el artículo 53.2 de la Constitución española establece los límites de garantía efectiva de los derechos fundamentales y, de este modo, sólo se entienden como tales los regulados desde el artículo 14 al 29, así como el 30, relativo a la objeción de conciencia, hoy sin contenido práctico tras la supresión del servicio militar obligatorio. ¿Qué ocurre, por tanto? que la Constitución se presenta como una amalgama deontológica de la profesión del buen responsable público, aquel que debe desvivirse por equilibrar el nivel de acceso cierto al disfrute de las condiciones generales del contrato constitucional entre la ciudadanía y sus expectativas.

Dicho esto, a modo de ejemplo originario, de vuelta a la cuna de nuestra sociedad democrática, tenemos dos realidades incontestables: la soberanía nacional reside en el pueblo español (art. 2) y de él emanan el resto de poderes públicos. Pero también de su voluntad alumbra el nacimiento de la propia Carta Magna, mutable y transformable, plagada de buenrrollismo pero inútil en su capacidad ejecutiva desde la relativa protección judicial directa que permite, como hemos comentado, y por el distanciamiento kilométrico de su espíritu con respecto a la acción cotidiana de los responsables directos de su eficaz desarrollo. Todo esto ha consolidado la imagen de una Constitución con apariencia de pétreas tablas de Moisés, custodiadora de mandamientos inmutables, así como de costumbres y procedimientos de ferrea protección; algo dado, en definitiva, no auto ortorgado. Esta sensación queda reforzada por la historia constitucional de esta etapa democrática, en la que únicamente se ha abordado su reforma en una ocasión, en 1992, para modificar la redacción del artículo 13.2 y activar, de esta manera, el derecho de sufragio activo y pasivo a los ciudadanos comunitarios, por imperativo de la UE. Es decir, nuestros legisladores entienden que, más allá de la obligatoriedad supranacional, la Constitución patria no ha merecido la más mínima renovación en tres décadas de cambios más que significativos en nuestro entorno social, económico y humano. Hasta hoy.

Auspiciados por la cobarde convalidación del Tratado de Lisboa, sin luz ni taquígrafos, sin refrendo popular (mientras los ciudadanos irlandeses y franceses rechazaban de plano su aprobación), los mayoritarios congresistas y senadores de las dos fuerzas políticas de hegemónica presencia bicameral han consensuado la reforma urgentísima, como si nos fuera la vida en ello, como si hubieran adquirido de repente la llamada primigénea de cuidadores constitucionales, del artículo 135 (relativo a la aprobación de Deuda Pública y sus mecanismos) con el objeto de incluir un techo de endeudamiento con rango constitucional. Reforma que, al no afectar a la denominada zona de especial protección, se ejecuta por la vía estipulada en el artículo 167, esto es, la aprobación por parte de 3/5 de ambas Cámaras. Únicamente si un 10% de los miembros de cualquiera de ellas lo solicitara, cabría la posibilidad de un refrendo popular durante los quince días siguientes a su aprobación, cuestión harto compleja por el monopolismo imperante en los hemiciclos. No obstante, si en última instancia la voluntad bipartidista sufriera esta torcedura, presta se encuentran unas inmediatas elecciones generales que darían continuidad machacona al ansia de volver a castigar a nuestro texto constitucional con dilapidaciones de corte neoliberal, con exigencias gestadas en Estados de otra naturaleza y estructura.

Si algo ha demostrado este veloz proyecto de reforma es que todas las repetidas y justas demandas de actualizar el texto constitucional no suponen la violación de nuestra esencia jurídica, mucho menos una infidelidad a los principios que nos hemos entregado. Aún más, indigna especialmente que utilicen los mismos argumentos para realizar sus cambalaches jurídicos que a la hora de desechar la asunción de sensatas reclamaciones de varios frentes mutilando, de paso, un contenido de ambición tan social como la posibilidad ejecutiva de asumir un endeudamiento necesario en épocas de dificultad recaudatoria (como la presente) para no desatender fines sociales prioritarios, consagrados igualmente en nuestra Constitución pero desterrados, como ya hemos indicado, de la zona VIP de protección judicial. Tal vez sea porque no se fían de ellos mismos, porque el abuso de esa capacidad ha centrado la carga deudora en gastos de corte electoralista, de autobombo representativo. Tal vez hemos permitido que de nosotros no emane nada, sino más bien chorree una proyección que ha derivado en clase social novedosa, ésa que se pasea cada campaña electoral por nuestros televisores y medios de comunicación, por nuestras plazas y pabellones, para recibir el fundamental derecho de pernada sufragista con el que seguir sodomizando a los siervos de la gleva.

Subcontrata refinada

En una década escasa, desde la invasión cruentísima de Irak por parte de unos cuantos Estados lunáticamente ansiosos, hasta la inminente absorción de la desvencijada Libia S.L.U. desde las succionadoras fauces de las hambrientas corporaciones occidentales, podría parecer que poco ha cambiado en el estilo difusor de las amenazas, resoluciones, acciones y, finalmente, transiciones guiadas por el aliado filantrópico. En ese plazo que, para nuestro ritmo desordenado puede significar, al echar la vista atrás, un chasquido agobiante en los pasos gastados, para el sector tecnológico, por ejemplo, comprende un universo evolutivo. En cambio, la diplomacia folclórica especializada en dar pábulo al ansía mercantilista se esmera en arrastrarse, sigilosa, avanzando en sus objetivos con la prestancia de exquisitez en formas y argumentos en apariencia inalterables; la legalidad internacional merece distinción, observación, análisis y, en último término, acción inevitable. Gracias por las garantías, por la transparencia. Por la falacia con lacitos y papel de celofán.

George W. Bush, que paradójicamente ha enterrado su cabezota imitando a su otrora obsesión Sadam Husein para evitar, en algún descuido demócrata, su puesta a disposición en ese Tribunal Penal Internacional que su nación se niega a aceptar para poder rematar los expolios salvapatrias a golpe de horca autóctona, se sirvió de eficientes contratas bélicas para ejecutar los mandatos internacionales impuestos a golpe de acoso y amenaza. Lo que ocurre es que una empresa de gestión de matanzas que se nutre de gorilas lustrosos salidos de una peli de Steven Seagal no casan bien con la imagen de una intervención pacificadora y de liberación. De este modo, la omnipotente Blackwater reconvirtió sus símbolos e imagen para seguir gestionando bolos sangunarios por esas tierras con algo de subsuelo sabrosón.

El sonriente Obama no ha caído en la trampa. Consciente de que la factura de su victoria no admite más moratorias, aceptó desviar su cegadora sonrisa hacia escenarios tragicómicos y, de la mano de sus siempre fieles y avariciosillos amigos europeos, que en todo quieren picotear antes de que procedan a retirar las bandejas, instó al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas a emitir una resolución, la 1970, con el objeto improrrogable de exigir al gobierno libio un cambio de orientación inmediato en su actitud para con el pueblo, como es obvio proceder en el adalid de la democracia universal y sus acólitos aprendices. Ya estando reunidos, podrían haber aprovechado la tesitura para unos cuantos copia y pega modificando únicamente el nombre de las naciones advertidas, añadiendo un Yemen por aquí, un Guinea Ecuatorial por allá… pero debe ser que llegó la hora del bocata y después los europeos, esos transoceánicos de moral disipada, contagiaron al resto de presentes con esas malas costumbres del aperitivo, la siesta, la partidita de cartas, y claro, se hizo la hora de volver a casa porque cerraban la sala de reuniones mundial.

A todas estas, el ejecutivo libio no se dio muy por aludido, confiado en sortear una vez más las acostumbradas amenazas a su trayectoria, arropado también por la sacrificada inversión del último lustro de cara a lavar su imagen exterior, con la apertura de sus reservas de crudo, gas natural y agua potable a empresas de exportación extranjeras, así como sonoras y cuantiosas indemnizaciones a las víctimas de sus bravuconadas terroristas pasadas. Pero no, superada la somnolencia de la primera jornada, y tras el plazo de observancia debida, optaron por insistir en su advertencia, aprobando por diez votos a favor y cinco abstenciones (China y Rusia, con derecho de veto, así como Alemania, Brasil e India) la Resolución 1973, en la que, mediante una amalgama agotadora de gerundios enérgicos, concluían que debían garantizar la seguridad de los ciudadanos del país norteafricano mediante la aplicación de una zona de exclusión aérea, la protección de civiles y zonas ocupadas excluyendo el uso de fuerza de intervención extranjera (?), así como proceder a intervenir unos pocos fondos de entidades marcadas con la cruz de financiadores del régimen a desestabilizar. Nada se habla, pues, de acción directa, de influir en el cambio de orientación política o administrativa del Estado libio, etc., pero un fantasma ha de recorrer los cielos beduinos, invisible en su invasión, invisible desde su higiene aérea.

La inmediata operación, liderada a regañadientes por USA en cuanto a su posición diplomática, diseñó un timing ejecutor basado en las buenas enseñanzas, en cómo sortear la piedra que vuelve a buscar nuestro tropiezo, irremediablemente, en la jaqueca de la Historia. Una resolución del Consejo de Seguridad sirve como factor 50 de protección frente a la antipática opinión pública que se empeña en exigir garantías y esas zarandajas que no entran a la despensa de las residencias oficiales, y si la redacción que se consensua hila fino, la ejecución de la misma puede llevarse a cabo sin ataudes con bandera patria, sin reservistas pululando por las calles con sus historias miserables que reavivan la llama del pensamiento. ¿Buscar, entonces, en la agenda, alguna agencia de confianza, que tenga como objeto social el alquiler por horas de mercenarios, con sus granadas, sus armas automáticas, y utensilios de buen matar? Na. Afganistán y su cobarde amparo internacional han enseñado mucho y bien. Tenemos en casa la solución. Buena, bonita y pagada. Que limpia, fija y da el esplendor deseado al informativo del mediodía.

Efectivamente, la Organización del Tratado del Atlántico Norte está ahí, como un papel chorreante y pegajoso. En vigor y sin enemigo. Protectores difusos a este lado del océano que oteamos a través de nuestra ventana del oeste pero que se empeña en abrir nuevos respiraderos en otros mares, con antiguos enemigos. Sin una mención ni de soslayo a su posible papel ejecutor en el mandato de la ONU, como una velada subcontrata del trabajo inevitable. Los ladinos gestores del expolio evolucionan su otrora vacilante sigilo, colocando en los reactores que habían de proteger los cielos y los cuerpos una bandera colectiva, inofensiva en este mundo que se empeña en mostrar razonamiento unívoco.

Despezadado hace una veintena de años el equilibrio amenazante, el incómodo estorbo para alcanzar los tesoros chorreantes de tierras misteriosas, la estrella de cuatro puntas ya puede guiar los navíos para mercantilizar a bajo coste el negro Dorado. Subcontrata de personal propio, Rosa de Los Vientos que expande sus afiladas extremidades allí donde su presencia sea reclamada. Desde la legalidad internacional, la colonización moderna no necesita desembarcar para tomar posesión de las riquezas ajenas. Ni siquiera llevar baratijas para confundir a los beduinos tontainas. Basta unas bombas amedrentadoras, una hermética comunicación externa y vuelta a la reunión para liquidar el asunto. Pero esta vez con hábil celeridad, sin café, copa y puro.

La luz oscura de Libia

Nuestros imparciales medios de comunicación han despachado la semana de éxtasis papal con un aliviador rescate para sus editoriales secos de agosto. La entrada de las tropas sublevadas libias en Trípoli les han ahorrado la incómoda resaca de tener que enfrentar la realidad que nuestro país ha mostrado en los últimos días: cuerpos y fuerzas de seguridad guíadas y gestadas con una profunda actitud antidemocrática y anticiudadana, entrega del poder público y sus (nuestros) recursos a los festejos y vaivenes expresivos de una estructura medieval en su concepto, medieval en sus pretensiones para con nosotros. Benedicto XVI ha recibido ovaciones cerradas por los cuatro vientos de la inmisericordia vital, por ese millón de almas sin cerebro que abrazan discursos hirientes a la propia condición humana, palabras que estructuran un mensaje tan lascivo en lo racional que sólo puede ser pasto del esclavo y tesoro del totalitario. Nos invita a abrazar el manto de su iglesia como cuerpo presente de la única luz posible para un mundo que convirtió, por centurias, en tinieblas, del que repugnan en lo científico y tecnológico mientras disponen de sus avances, del que dicen adolece de altura universal mientras se sientan a la mesa de sus dirigentes, ora supuestamente protectores del pacto social, ora aduladores del representante inverso a su responsabilidad pública. El pescador de cándidos utiliza para su faena redes prohibidas de arrastre, se rodea de infantes sin capacidad de obrar para formar estructuras fanáticas que abracen su dictadura en estos tiempos de pobreza, en estos tiempos óptimos para su causa.

Decíamos que este lunes ha amanecido con un capítulo en la realidad mundial que ha clausurado la portadas de los diarios de ayer, los informativos de madrugada, sin tiempo para anuncios comerciales. El país de los beduinos, la reserva norteafricana de las más óptimas reservas de petroleo, gas o agua potable, ya tiene su conclusión libertaria, sus idílicas imágenes de masas atiborradas de dedos en alza con el signo de la victoria. En esta ocasión, han tenido que ser las fuerzas de la Alianza Atlántica (y mediterránea, se deberia añadir) las que dieran el empujoncito final para que sus filiales corporativas sintieran el placer de una estocada de primer nivel, un mandoble económico de aupa. La OTAN, conglomerado de naciones unidas bajo un contrato solidario de autodefensa, se ha convertido en la herramienta militar idónea para concluir aquellas operaciones soterradas de descontrol controlado en territorios fundamentales para la supervivencia del sistema. La clase política, además de abrazar cardenales, bendice descaradamente estas nuevas cruzadas, estos procesados exterminios de lejanos emperadores que se empeñan en gestionar el Santo Grial de reservas energéticas indecentes y mal ubicadas en el globo terráqueo a su antojo, cobrando el dynar como si de democrático dólar se tratara.

No es crudo todo lo que chorrea hacia el cielo de las petroleras, no todas las sonrisas comprenden su propio futuro. Que el centro de la actividad humana debe ser, en redundancia inevitable, la protección de sus congéneres, de sí mismo como colectivo, no admite demasiadas dudas. Que la máxima latina homo homini lupus alcanza en la megalomanía cruenta de Muamar El Gadafi su ilustración más detallada, tampoco. Y que nuestra moral de sofá se enternece velozmente con la euforia colectiva de tierras lejanas, con esas V carnales que alzan su depauperada sonrisa al viento de las cámaras estratégicas, no es secreto que merezca intentar ocultarse.

En la guerra siempre hay bandos. Dar la vida por una opción supone un sacrificio complejo de asimilar desde la placidez de esta existencia que no debe aceptar ni un mamporro furtivo de aquel que oculta su identificación y su profesionalidad. En Libia, el tablero de esa guerra coordinada desde las supersónicas alturas ha mantenido las piezas revueltas antes del primer movimiento; millones de individuos han alzado su estrategia vital bajo palio de digna supervivencia, ajenos al fatal contubernio de dimes y diretes especulativos, de aquel brazo ejecutor que fue a proteger la segmentación harta y acabó desprotegiendo la segmentación conforme. En definitiva, con más jugadas de las previstas, el jaque mate anunciado se ha llevado por delante al rey y a los peones.

Esos editoriales asustadizos hoy dan albricias con el rescate moral de su esencia. No será, por tanto, necesario, analizar lo ocurrido en casa sino que podrán huir a especular en tierra extraña. Y hablarán de libertad, de cómo el fin justifica (dirán a veces, pero creen que siempre) los medios, del triunfo de la luz sobre las tinieblas dictatoriales. Escribirán largo y erguido sobre tribunales internacionales, sobre justicia universal, de pasada tratarán eso que denominan transición, como si no estuviera demasiado manchado ya el término con nuestro andar reciente, y rematarán en plazo dominical con la necesidad de nuestro respeto y admiración por nuevos ejemplos de revolucionarios de incógnita relevancia. Menos Ché y más anonimato en las odiseas libertarias, desearán; más opacidad y menos ejemplos incómodos para nuestra respondona juventud, suspirarán.

Libia hoy restalla en la imagen viva de los aliviados, de los rescatados en un paréntesis confuso; no obstante, el sol de la particular liberación norteafricana brilla más en múltiples despachos de otras tantas cities planetarias. Las promesas que hacen sonreir a los primeros son las mismas que los voceros de los segundos exclamaron a los despistados oriundos iraquies, afganos… y las que, con los mismos argumentos falaces en las manos, se obstinan en hurtar a sudaneses, somalíes, guineanos, saudies, yemeníes y tantos y tantos aspirantes a la sonrisa alimenticia, a la sonrisa libertaria, que no han visto en su subsuelo más que tibias y peronés, antropología reciente que no escurre crudo, que no oscurece aún su luminoso territorio.

Los grises nunca se fueron

Nada que decir. Las imágenes ya dañan lo suficiente para tener que aderezarlas con rabia literaria. No obstante, estas imágenes deben tener el más amplio recorrido, la denuncia y alerta de todos ante la degradación que está sufriendo nuestro sistema social y de Derecho cuando estas actitudes ocurren con habitualidad y quedan impunes.

Epístola final

Esta es la cuarta y definitiva entrega de los dolorosos capítulos en prosa acerca de la cándida invasión juvenil que ha otorgado a Madrid la consideración de capital del atavismo excluyente. No queremos seguir parlamentando sobre este particular, porque las asquerosas golpizas con cuero público dañan nuestro intelecto, azotan nuestra confianza en un futuro convenio nacional laico y respetuoso con las necesidades existenciales de cada cual.

Zeus está enterrado bajo la corteza de sus designios humanos. Los terrenales cruzados que adoraban sus insolencias impunes, el olimpo perverso de las mezquindades desoladoras, se encuentran espolvoreados por nuestros incógnitos senderos de la misma manera que tantos y tantos reflejos del terror existencial. Ayer eran omnipotencias sublimes, hoy retales de libros de Historia ajados a cada curso impuesto. Así son los dioses, así los creamos y con nosotros, con nuestras épocas, se marchan a la tumba abrazados a sus siervos, inconcientes creadores que entregan el poder del destino a sus malformadas maquetas divinas.

Más allá del postulado sólido de este refugio, siempre es preferible un Jefe de Estado con lengua valientemente viperina. Sin cortes y sin censura. Aceptar la creencia en el hijo de un carpintero, mesiánico líder que envuelve filosofía de bajo coste y estigma, versión primigenia de un supuesto cauce marxista evolucionista, se encuentra en la esencia de esta civilización saltarina, que olisquea las ramas bajas y las sopesa cobardemente, dilatando su escalada. Aplazando la incontestable necesidad de otear con clarividente profundidad su horizonte.

El faraónico escenario podrido de beatos crudos de oro y piedras preciosas, de dispendio amasado a golpe de fusil cobarde, antidemocrático, sustentado en calaveras honradas y columnas meridianas, se alza en Cuatro Vientos para que los cándidos guiados por la droga de la ignorancia malgasten su tiempo prefijado en adorar el ínclito saludo romano. A su vez, abriendo paso a la comitiva bárbara, remojada de todos los colores regios y falsamente ideológicos, las grandes vías públicas han quedado convertidas en mojama impúdica, en sendero medieval de peregrinaje humanoide. La ciudadanía, mientras, anclada en sus habitáculos insomnes, ha decidido rebelarse en alto grado contra la invasión gratuita de sus espacios amortizados. La respuesta por estar en casa, en lo nuestro, ha sido el mandoble televisado de esos servidores alzados en nuevas divinidades a golpe de urna ignorante.

Este es el desenlace de una cuatrilogía dolorosa. Nada nos ha animado a entregar protagonismo a la ignorancia, al borreguismo cuadrúpedo que imita movimientos y actitudes furtivas de homínido disfrazado con cutrez. Desde el horizonte de nuestras vías clausuradas para el espectáculo circense del inmaculado hitleriano hasta los insalubres debates matinales en todas las cadenas de dueños clonados, donde algún representante de la animalada con cachiporra calificó a los manifestantes laicos de indígenas, como si su origen fuera extraterrestre, preferiríamos estar en la isla desierta de nuestra calma. Tal vez su esencia carbónica (la del vocero iletrado con pistola tras los jeans desenfadados) lo sea, pero su estructura cerebral, desde luego, es oquedad manifiesta y desvergüenza de estos tontos impositores que entregamos nuestro esfuerzo a cubrir gastos que, en jornadas negras como ésta, se nos marcan en la rabadilla.

Este es el doloroso desenlace de una semana plena de tinta china, de sentencias que ya estaban dichas pero necesitábamos plasmar un ratito, para que vuelvan a ser leídas; para que la reiteración sea recuerdo necesario. La solidaridad está cerca del hambre, del desabastecimiento, de la crueldad de un sistema económico que premia a las élites del Imperio Permanente e Inmutable. La piedad, en la cercanía con la necesidad y el dolor perpetuo, con la muerte precoz de los inválidos existenciales. En cambio, esta realidad inversa ata símbolos pataleados cerca del montaje show business que refugia aglomeraciones de incapacitados para la crítica, el razonamiento y el aprovechamiento de este azar evolutivo que tanto derrochamos en misa de doce.

Una huida a tiempo, una huida desoladora

El mediodía pasado hemos recorrido, aliviados, una M30 con ritmo suave de agosto, huyendo estratégicamente del colapso que en pocas horas estrangulará las vías principales de la capital española. La llegada a Barajas supuso abrazar una balsa con todas las comodidades, fresca y engrasada, con los motores a toda pastilla para poner pies en polvorosa del epicentro fanático que ya esta tarde, por desgracia, ha mostrado anticipadamente sus zarpas grisaceas, su bilis envenenada.

La experiencia que ha supuesto observar, de primera mano, la actuación como tal de esas columnas de vertebra hueca, de seguimiento disciplinado a hábitos tácticos, entristece al más pintado, al que haga trabajar, aunque sea un ratito, sus neuronas libres. No piensan, no funcionan como individuos con libre albedrío real. Cantan como futboleros, pero de forma permanente; es su día a día, la oquedad cerebral aceptada como en una cirugía detallista que ha hecho mella en esa colectividad de cerebelos pochos. Rezan en lugar de dialogar, sonríen bobalicones como sustitutivo del pensamiento libre. Necesitan a un mesías con vestimenta cegadora para no tomar las riendas de su fortuna existencial.

Irnos en el calentamiento del éxtasis sectario acolchó, inicialmente, nuestro agotado ánimo, derretido por el sol y la estupidez sufrida y percibida en estos días madrileños. No obstante, al cobijarnos lejos de esta pesadilla sufragada con nuestros heridos tributos, mansos y escasos, en manos de auténticos depredadores inconscientes de lo pecuniario, la desazón regresó con un notable halo de incomodidad. Fue buscar información sobre el discurrir de la manifestación convocada para protestar, honradamente, en el foro de la soberanía ciudadana, y volver a recibir el golpetazo de la violencia policial contra el objeto de su protección. Y ahí uno se siente cobarde, lejos de los suyos cuando hace nada paseábamos por la acera atiborrada ahora de esos cuerpos brutalistas de seguridad que reparten mandobles como templarios sanguinarios, a los suyos, a los que tienen la obligación de amparar. Hemos entregado tanto poder a unas instituciones que eran reflejo social y se han convertido en castillos medievales que desprecian a los siervos que pueblan las colinas. Hemos permitido que los nuestros ahora sean ellos. Los otros, la aristocracia renovada elección tras elección, dejadez tras dejadez. Nos fuimos y no estuvimos junto a los nuestros, los que únicamente han querido recordar que estos espectáculos de mesianismo circense deben ser sufragados por los mismos que han convertido Madrid en un caos y no mutar en una interminable factura de amplios costes. Muchos no estuvimos, pero los que hasta hoy se han comportado como hábiles camaleones piadosos esta tarde han desenvainado su crucifijo intolerante para buscar la provocación, el desprecio y el conflicto hacia el mensaje democrático y el discurso laico, ése que no busca enterrar su ignorancia, sino recordar que debe ser alimentada en el ámbito privado.

Las postrimerías de este ingrato show, el culmen y ocaso de la barbarie medieval que ha pintarrajeado de atavismo bobalicón la capital de nuestro Estado herido, se vivirá mañana, con la sumisión de las fuerzas vivas ante la llegada del torticero heredero apostólico, del pescador de idiotas. De pescados sin escamas. En el sofá a oscuras, escribiendo estas líneas, se siente uno lejos del país de los obtusos, arropado por su mullida colcha de racionalidad. Pero entonces la televisión vuelve a repetir las imágenes de las hordas uniformadas, rabiosas y fanáticas, pisoteando los derechos civiles de nuestros congéneres, de los que forman la patria en la que queremos habitar, y siento una helada incomodidad. Esta huida programada no calculó la dimensión de nuestras trincheras.