Cuando la enfermedad se alza en virtud

La ludopatía, término compuesto desde los latinismos que lo definen como enfermedad del juego, es calificada negativamente en nuestro entorno social. Cierto es que lo bares y restaurantes se encuentran atestados de maquinas tragaperras, mientras muchas de sus mesas, al atardecer, se pueblan de inocentes partidas de cartas donde desfogar el tránsito diario y la cartera semivacia. Ni que decir tiene que es sólo la antesala de mastondósticos bingos y casinos poblados de seres de moneda fácil, de ansiosa necesidad de pulir sus ingresos y transformarlos en deudas y miseria. Los juegos de azar, que ya se han trasladado al anónimo escenario de las apuestas por internet, están regulados, consentidos y aprobados por nuestro entorno social y legal, siempre y cuando no salten la incómoda barrera del vicio y el desacato económico. En muchos casos, es síntoma de glamour y posicionamiento, de maneras refinadas. No obstante, cuando el jugador traspasa los límites subjetivamente establecidos como aceptables, ahí aparece el desterrado ludópata que, en lugar de movilizar la economía, la arruina y destruye el núcleo que genera nuevos rendimientos en su plano inmediato.

Qué decir entonces de momentos consagrados en nuestra cotidianeidad alrededor de unas cañas de cervezas o una buena botella de vino. O mala. El alcohol lidera el círculo de encuentros y desencuentros en las relaciones entre congéneres: almuerzos de amigos o laborales, salidas nocturnas, aperitivo, encuentros con el diálogo y frente a la copa; la publicidad trata a los productos destilados como impulsores de sensaciones llenas de autenticidad, capaces de transformar y versionar la personalidad del consumidor en aquel reflejo pleno de confianza y ocurrencia, de liderazgo grupal. Tras esos soportes comerciales y los indiscutibles momentos de encuentro, jolgorio y alegre esparcimiento, también se muestran, día a día, abandonados compañeros de camino que optaron por andar esta travesía en soledad, muy cerca de la barra de su bar de confianza y muy lejos de lo que pretendían alcanzar en realidad. Ese momento es el que, en el caso de la definida patología del alcoholismo, establece la línea entre la sana diversión etílica y el abandono social. Ya no tiene gracia, es molesto, y para tal fin establecemos presurosos un término inequívoco que le lance fuera de la fiesta del consumismo.

De este modo, y a grandes rasgos, podemos establecer con meridiana rotundidad que este sistema económico, que es quien marca toda la pirámide de relaciones y modos aceptados grupalmente, llama a las cosas por su nombre. Al pan, pan y al vino, vino. Todo aquello que se mueve por la corteza de nuestra realidad está atestado de acciones aceptadas que mantienen su reverso de exclusiones aceptables. Pero en el núcleo del sistema, en el epicentro del que irradia el motor que mantiene encendido y a temperatura idónea el ritmo de la economía, se encuentra la raíz no definida del mayor de sus complejos, disfrazado éste de virtud inalterable. Las imágenes cotidianas de ciudadanos plenos de felicidad y sonrisa, con bolsas de múltiples colores y marcas colgando de sus enérgicos y mercantilistas brazos, son expresión del triunfo y el cénit sistémico. A veces se les va un poco la mano, y en ese caso, en lugar de trasvasar su situación hacia el temible plano de la calificación inculpatoria, se les cataloga como compradores compulsivos. ¿Qué significa exactamente? Pues no gran cosa, ya que es confuso batir ambos términos y extraer una conclusión en sentido positivo o negativo. La compulsión es, en efecto, el impulso irresistible a la repetición de una acción determinada, pero este hecho, en sí, no delimita un error o enfermedad que deba ser sanado. Pero también, en puridad, la compulsión consiste en la obligación de hacer algo por haber sido compelido por una autoridad legal. Y que mayor, más noble y respetada, autoridad existe que el orden económico mundial, incapaz de engrasar su maquinaría sin el imprescindible lubricante que generan cajas registradoras en constante abrir y cerrar.

El comprador compulsivo es el mayor de los ejemplos, el espejo donde cualquier individuo que pretenda ser alguien en su capitalista entorno debe observarse a diario hasta que consiga mimetizarse en sus gestos y acciones. No es casual que, en tiempos de crisis y ruina como la actual, se planteen con mayor fiereza campañas municipales alentando la apertura de tiendas y centros comerciales los domingos y fiestas de guardar. Veinticuatro horas de consumo, aderezadas por campañas de saldos y ofertas que complementan la ya dilatadas temporadas de rebajas invernales y estivales. Cuando un ciudadano se acerca al mostrador para abonar sus compras, nunca verán al dependiente de turno analizar si ese individuo que le entrega una tarjeta de crédito desgastada puede o no permitirse un despilfarro textil o tecnológico de esa envergadura, mucho menos osará cuestionarle si realmente necesita ese nuevo par de zapatos de piel de oso hormiguero, o un reproductor musical de color pistacho. Ese ser que muestra como signo de posición social irrefutable su plástico dorado es un solidario consumidor, un estratega del negocio de compraventa de bienes muebles. Al pisar la acera, sus congéneres le observarán con insana envidia, deseando alcanzar su gloria adquirente a la mayor brevedad posible. No hay barranco tras el abuso de nuestros limitados recursos cuando de adquirir productos manufacturados se trata. Tal vez, al traspasar el desvencijado portal de su casa en ruinas, el optimista comprador se sirva unas tristes y solitarias copas, mientras observa el saldo de sus cuentas y maldice sus frenéticos e incomprensibiles impulsos. Pero esa es otra historia incalificable, porque ocurre frente a su soledad y, por tanto, no molesta.

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4 comentarios en “Cuando la enfermedad se alza en virtud

  1. Espléndida reflexión. Cuando en esta semana leí la noticia del atracador de bancos que había gastado todo lo obtenido en un local de juegos recreativos, me vino a la cabeza una imágen de hace años. Un hombre mal vestido y con los zapatos destrozados en un bar de Sevilla tan miserable como él dejándose hasta la última peseta que extrajo de un monedero cochambroso. Un abrazo.

    • Efectivamente, y ahí está rauda la sociedad capitalista para desterrar al derrotado, a la víctima del entorno. Pero cuando se trata de adquirir bienes y servicios, nadie censura la enfermiza necesidad de acaparar innecesariamente.

      Abrazos.

  2. Buen análisis.
    Lo triste es que no rectificamos esta conducta ni siquiera presenciando cada día cómo los que más tienen, los que gobiernan el mundo con su capital, tampoco tienen nunca suficiente.
    Vivimos en un mundo ansioso donde todo se mide HOY, AHORA. No hay otra medida que esa. El pasado y el futuro se sacrifican por un AHORA de apariencia medio digna.
    Esa es la verdadera enfermedad que el mundo padece. Y es contagiosa.
    Con mucha menos calidad literaria, hago un poco de broma de estos asuntos en mi pequeño blog apadrinaaunmillonario.es al cual, si se me permite, invito a todo lector.
    Gracias.

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