Tu lado y el lado tuyo

Manoseo tus órganos como si fuera un sádico necrófilo pero no, es solamente el deseo de acercarme profundamente a esa figura que se ha estancado en el centro de mi imagen,  mostrándose desde un perfil izquierdo que está lejos pero que ya toco. También te alejas de las mamparas ahumadas que rodean todo el arco de la estancia y, aún así, tengo la sensación de haberme abalanzado sobre tus rodillas con violencia feliz pero sin inmutarte. Son las cuatro de la tarde y hace mucho que mi presencia se ha borrado sobre las baldosas ausentes de moqueta y brillo, sólo tu mitad nariz y tus pestañas fronterizas mantienen viva la lejanía de Sacristía y sus comercios a medio abrir, a medio cerrar. También se extreman tus marcas en forma de uña-eclipse, se mantiene seca tu cola morena con la ola respingona como desenlace; toda la tarde me he mantenido violando la oscuridad de cuatro centímetros que se ha agolpado por sorpresa entre esos, tus surcos livianos bajo el ojo seco, y mis manos, que siempre están demasiado alertadas por tu presencia. Reconozco que no me cohibo en este análisis sino que, por el contrario, hace semanas que me he abandonado al alivio de rascarme las costuras traseras del pantalón aún a sabiendas que me matan de risa y de lástima, que alguien que no me mira se desespera con el clic clic que busca un cinco de corazones oculto bajo la tonga del diez de picas. Desde luego que tu media boca sigue siendo suavemente pétrea, ahí me he quedado anclado las últimas cuatro tardes, pero mis manos siguen absortas en su aventura del más allá que toca sin escrúpulos; está ese labio partido ante mi mirada fija, y sin embargo no paro de palpar y trasladarme a ti, que mantienes la angustia alegre de comprender que no estoy en esa realidad inerte que te soporta solitaria y desnuda.

Desde segundos antes me he venido preguntando si es cierto que esta realidad absorta nació en semanas de paliducha gestación, o si bien parió un huevo duro de colores locos hace tanto que equilibro el deseo con un calendario interesado. Mantengo demasiados recuerdos sólidos como para haber llegado a ese dulce abandono, porque la lanza que mantiene mi estabilidad de talón a cerebelo me aporta la consciencia de la vida en los muelles, siempre trasteando con Tino y Gonzalo en los container, en la estiba frente a la fábrica de cemento que nos inundaba con colores tersos, mientras la aduana de tránsito repetía su guardia en un perímetro no más amplio de veinte metros; Ahora está esa falda a cuadros escoceses pero está claro que hace demasiado poco que no fue así, y que yo andaba impecablemente manchado de cal húmeda y algodones pegajosos. Gonzalo siempre me lo recuerda cuando coincidimos en la trastienda semioscura, “que bueno, siempre nos reímos pero aguantamos la mirada al acabar el día”; siempre, como dos gatos raros. El muelle es un buen recuerdo, es una imagen fresca, pero demasiado intermitente; me asusta porque brinca en mi memoria ahora más que nunca.

Tengo más en la recámara, puedo pasarme toda la tarde así. Mientras no te muevas mi tiempo es más placentero acompañado de la consciencia, de mi pasado, de tu blusa azucarada…es que no puedo ahora soltar ese tránsito diurno por toda la zona en obras, mientras los container parecían asaltar a los obreros como un tetris asesino, todo muy de espectáculo circense y, sobre todo, tan rítmico que necesitaba sentirlo y lo sentía desde lo alto; notaba el zigzagueo de los cables que me abrazaban a Tino y nos obligaba a separarnos antes que nos diera tiempo a sentirnos machos y empujarnos con violencia. Así tantas tardes. Y ahora añorando a Tino mientras tus uñas estrechas me despistan un poco de la soledad y me estiran a tu encuentro desde el otro lado del cristal, si el muelle desapareciera y en su lugar tú rellenaras mi memoria y mi agotamiento todo podría empezar. Pero claro, como va a suceder algo así mientras te mantienes inerte y tu figura no responde a mis llamadas secas; Tino siempre me ha advertido sobre esta posibilidad: “te quedas clavado, no hay nada que hacer, te pierdes. Intenta evitarlo, si es que se puede, mejor prueba a mirar a otro lado porque si lo enfocas la foto te estanca. Te quedas fijo”. Que suerte la amistad de Tino, seguro que el muelle vuelve a reencontrarnos, somos unos veteranos del traqueteo y de las vigas móviles. Ay, querida, si lo conocieras seguro que abandonarías tu indiferencia, Tino atrae sólo con coincidir a veinte metros, aunque entre tú y él se amontonen gentíos. Yo, en cambio, no te provoco nada, sería preferible que echaras a correr si pudieras antes que ignorarme de reojo; pero claro, pobrecita, tan vulnerable con esa falda ondulada, tan eróticamente primaria.

¿Cuánto tiempo llevo obnubilado frente a ti? Estoy seguro que el tiempo se ha estancado porque mi pensamiento va muy rápido, a pesar de la resignación estoy acelerado mientras te tengo enfrente. Malditas obsesiones de perturbado, seguro que la gente pasa y me mira más a mí que a ti, siempre ocurre. Estoy expuesto y soy vulnerable; en cambio tú pasas misteriosamente desapercibida salvo para mí. No puede dejar de recordarme cuando Tino y yo llegamos a esta ciudad; era una imagen terrible porque nos sentíamos nuevamente desamparados. No cabe duda que nos habían atribuido las mismas funciones de siempre, pero cada cambio conllevaba el mismo proceso de adaptación, conocer el entorno, lucirnos como estrellas. En cambio los diques eran todos uno, el ambiente refugia porque es como una casa única, da igual en qué parte del mundo, con qué idioma saltando entre los andenes y las vías de carga y descarga. Ahí, con todo eso y Tino, aparece el hogar aunque los horarios se alarguen y siempre nos apretuje la noche boreal entre container y camiones.

Muchas tardes oscuras he sentido la necesidad de desviarme en la autopista, no seguir la ruta programada, hacer caso a ese desvío y presentarme en la puerta de tu casa, tocar el timbre sin rubor y saludarte cordialmente, como si todo eso fuera una rutina bella; decirte “¿Cómo sigue esa media nariz?” y sentarme recto en tu sillón de una de tantas residencias que son iguales, en la que no me esperas tú. Pero sobre todo que tu media sonrisa se alegre de verme, con una felicidad cotidiana, como si esa entrada fuera sorpresa primaria y a la vez rutina agradable. Esa mezcla, no sé, se encuentra muy alejada de tu perfil ahora, igual que yo me siento alejado de mi caparazón en esta desnudez parcial entre sentimiento y obligación. Estás frente a mí, o yo regalándote mi mejor cara, según veas, o sientas, o ignores, pero no es el espacio donde sueño encontrarte. Y a la vez no me quiero engañar, desnutriéndome desde los talones hasta las pestañas, estoy ancladamente fastidiado tras este martirio. Llevas demasiado tiempo esquivándome; tras esta ventana yo asumo todo, pero tú sólo apareces cuando el vidrio es idéntico, cuando todo el recorrido es simétrico. Siempre ha sido así. Las mañanas que me he despertado y alguien se ha dedicado a revolverme las farolas y las baldosas, cuando el cielo se ha modificado de gris a brillante y los coches se guían a su antojo; son demasiadas perturbaciones gratuitas.

A fin de cuentas es fácil darse cuenta que no he reaccionado en todo este tiempo en base a actitudes ni sentimientos, sino únicamente a recuerdos. Existo y me mantengo amarrado a este horizonte sobreviviendo con imágenes que me bombardean como el presente que no es más que visiones agradables vaciándose al ritmo de drogas oculares, manteniendo un engaño placentero. Todas tus características no están tras este cristal sino permanentemente bajo otra capa más profunda; me he nublado con imágenes que son pero no están, porque ya fueron y son las que necesito para sobrevivir.

Sigues ahí, extremadamente quieta, y ya sé que te has ido. Tu imagen y, sobre todo, tu dolor, me ha preparado la película con todos los fotogramas completos. Tino ya me lo advirtió pero a un amigo sólo se le consiente el consejo cuando se ha elaborado su opinión de tal forma que va a decirte lo que tú esperas escuchar. La calle está derrumbada salvo tu melancolía inerte presente en esta memoria estancada. Menos mal que ya me retiran, no voy a forcejear; tú estás ahí para verme, yo sólo estoy para recordar.

Cuando la enfermedad se alza en virtud

La ludopatía, término compuesto desde los latinismos que lo definen como enfermedad del juego, es calificada negativamente en nuestro entorno social. Cierto es que lo bares y restaurantes se encuentran atestados de maquinas tragaperras, mientras muchas de sus mesas, al atardecer, se pueblan de inocentes partidas de cartas donde desfogar el tránsito diario y la cartera semivacia. Ni que decir tiene que es sólo la antesala de mastondósticos bingos y casinos poblados de seres de moneda fácil, de ansiosa necesidad de pulir sus ingresos y transformarlos en deudas y miseria. Los juegos de azar, que ya se han trasladado al anónimo escenario de las apuestas por internet, están regulados, consentidos y aprobados por nuestro entorno social y legal, siempre y cuando no salten la incómoda barrera del vicio y el desacato económico. En muchos casos, es síntoma de glamour y posicionamiento, de maneras refinadas. No obstante, cuando el jugador traspasa los límites subjetivamente establecidos como aceptables, ahí aparece el desterrado ludópata que, en lugar de movilizar la economía, la arruina y destruye el núcleo que genera nuevos rendimientos en su plano inmediato.

Qué decir entonces de momentos consagrados en nuestra cotidianeidad alrededor de unas cañas de cervezas o una buena botella de vino. O mala. El alcohol lidera el círculo de encuentros y desencuentros en las relaciones entre congéneres: almuerzos de amigos o laborales, salidas nocturnas, aperitivo, encuentros con el diálogo y frente a la copa; la publicidad trata a los productos destilados como impulsores de sensaciones llenas de autenticidad, capaces de transformar y versionar la personalidad del consumidor en aquel reflejo pleno de confianza y ocurrencia, de liderazgo grupal. Tras esos soportes comerciales y los indiscutibles momentos de encuentro, jolgorio y alegre esparcimiento, también se muestran, día a día, abandonados compañeros de camino que optaron por andar esta travesía en soledad, muy cerca de la barra de su bar de confianza y muy lejos de lo que pretendían alcanzar en realidad. Ese momento es el que, en el caso de la definida patología del alcoholismo, establece la línea entre la sana diversión etílica y el abandono social. Ya no tiene gracia, es molesto, y para tal fin establecemos presurosos un término inequívoco que le lance fuera de la fiesta del consumismo.

De este modo, y a grandes rasgos, podemos establecer con meridiana rotundidad que este sistema económico, que es quien marca toda la pirámide de relaciones y modos aceptados grupalmente, llama a las cosas por su nombre. Al pan, pan y al vino, vino. Todo aquello que se mueve por la corteza de nuestra realidad está atestado de acciones aceptadas que mantienen su reverso de exclusiones aceptables. Pero en el núcleo del sistema, en el epicentro del que irradia el motor que mantiene encendido y a temperatura idónea el ritmo de la economía, se encuentra la raíz no definida del mayor de sus complejos, disfrazado éste de virtud inalterable. Las imágenes cotidianas de ciudadanos plenos de felicidad y sonrisa, con bolsas de múltiples colores y marcas colgando de sus enérgicos y mercantilistas brazos, son expresión del triunfo y el cénit sistémico. A veces se les va un poco la mano, y en ese caso, en lugar de trasvasar su situación hacia el temible plano de la calificación inculpatoria, se les cataloga como compradores compulsivos. ¿Qué significa exactamente? Pues no gran cosa, ya que es confuso batir ambos términos y extraer una conclusión en sentido positivo o negativo. La compulsión es, en efecto, el impulso irresistible a la repetición de una acción determinada, pero este hecho, en sí, no delimita un error o enfermedad que deba ser sanado. Pero también, en puridad, la compulsión consiste en la obligación de hacer algo por haber sido compelido por una autoridad legal. Y que mayor, más noble y respetada, autoridad existe que el orden económico mundial, incapaz de engrasar su maquinaría sin el imprescindible lubricante que generan cajas registradoras en constante abrir y cerrar.

El comprador compulsivo es el mayor de los ejemplos, el espejo donde cualquier individuo que pretenda ser alguien en su capitalista entorno debe observarse a diario hasta que consiga mimetizarse en sus gestos y acciones. No es casual que, en tiempos de crisis y ruina como la actual, se planteen con mayor fiereza campañas municipales alentando la apertura de tiendas y centros comerciales los domingos y fiestas de guardar. Veinticuatro horas de consumo, aderezadas por campañas de saldos y ofertas que complementan la ya dilatadas temporadas de rebajas invernales y estivales. Cuando un ciudadano se acerca al mostrador para abonar sus compras, nunca verán al dependiente de turno analizar si ese individuo que le entrega una tarjeta de crédito desgastada puede o no permitirse un despilfarro textil o tecnológico de esa envergadura, mucho menos osará cuestionarle si realmente necesita ese nuevo par de zapatos de piel de oso hormiguero, o un reproductor musical de color pistacho. Ese ser que muestra como signo de posición social irrefutable su plástico dorado es un solidario consumidor, un estratega del negocio de compraventa de bienes muebles. Al pisar la acera, sus congéneres le observarán con insana envidia, deseando alcanzar su gloria adquirente a la mayor brevedad posible. No hay barranco tras el abuso de nuestros limitados recursos cuando de adquirir productos manufacturados se trata. Tal vez, al traspasar el desvencijado portal de su casa en ruinas, el optimista comprador se sirva unas tristes y solitarias copas, mientras observa el saldo de sus cuentas y maldice sus frenéticos e incomprensibiles impulsos. Pero esa es otra historia incalificable, porque ocurre frente a su soledad y, por tanto, no molesta.