Crónica de un adelanto anunciado

Qué poca emoción transmite una noticia del calibre que se supone a un adelanto electoral nacional cuando éste es un secreto a voces desde hace meses. Aunque el Presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se ha negado en redondo a confirmar siquiera el planteamiento de este extremo desde los recientes comicios locales y autonómicos, lo cierto es que el PSOE era consciente hace muchas jornadas que el Campeonato se le estaba escapando del terreno arenoso en que zigzaguea la política. El anuncio que ha trasladado el Jefe del Ejecutivo esta mañana trae perdida la principal baza que se le supone: el efecto sorpresa para desarbolar al contrario y recortar terreno en la carrera de obstáculos que le espera a un especialista en velocidad lisa como es Alfredo P. Rubalcaba. No es que el adelanto se sospechara, es que la fecha definitiva de celebración de los comicios al Congreso de Los Diputados y al Senado (20 de noviembre) se especulaba firmemente días atrás en los principales medios de comunicación. De este modo, el Partido Popular ha tenido tiempo para aprovecharse del tirón del contricante y, sin excesivo esfuerzo, mantener su todavía holgada ventaja en carrera.

Establecer la fecha definitiva de las próximas elecciones generales el  próximo 20 de noviembre, fecha de infausto tufo dictatorial aunque pueda también verse como el día 1 del cambio que nos ha traído hasta aquí, suena a riesgo calculado: Si bien la sensación espontánea que nos aparece sustenta un margen apurado para confiar en un volteo radical de lo que a día de hoy exponen las encuestas sobre intención de voto, no hay que desdeñar el escenario soportable que vive actualmente la formación de Ferraz, con un candidato disfrutando de su efecto novedad (qué mal estamos si un sujeto que ha mantenido importantes y longevas responsabilidades de gobierno se presenta como alternativa innovadora, extremo extrapolable a ambos líderes en la terna a máximo responsable político del Estado), unas previsiones de descenso del paro propias de la temporada estival y, sobre todo, un margen temporal exacto para eludir el previsible enmarañamiento de las redes de pesca de esos mercados hambrientos y crueles que tanto pavor producen a los gobiernos cobardes.

Efectivamente, sostener la legislatura hasta su efectivo cumplimiento supone arriesgar el encontronazo de bruces con una valla solitaria en medio de la carrera, una de ésas en forma de intervención especulativa, crecimiento abrupto de la tasa de desempleo tras la orgía navideña y vuelta al resacón de los días de currículums y negativas ó, aún peor, desgaste apresurado del antifaz que cubre el rostro de la vieja era. Agosto es un mes muerto en el sentido de las ideas; éstas se reblandecen y encallan al sol que, cada día más, calienta y tuesta. Por lo tanto, 30 días ya se han consumido para gestionar las energías disponibles. En unos escasos dos meses y medio, Rubalcaba debe aniquilar el descontesto global que ha generado la sobreexposición de las radiaciones capitalistas sobre nuestras indefensas pieles e irradiar aptitudes que se le suponen, se le conocen, pero también se le temen. Por su parte, Mariano Rajoy no tiene más remedio que aprender a convivir nuevamente con el patíbulo de las apariciones públicas, incapacitado como estará para escapar a la francesa de filias, fobias, corruptelas y falta de respuesta a un futuro que, aunque se le antoja suyo, es tan abstracto como la incomprensión que siempre le ha corroído desde el escalafón de eterno perdedor.

Y a todas estas, ¿cual es el plazo que manejamos todos aquellos que venimos abogando por cambios estructurales en la composición política y espiritual de nuestras instituciones? Pues más bien poco, ya que todas aquellas proposiciones que se vienen perfilando desde los pasados comicios locales y autonómicos no tendrán reflejo en novedades, por insignificantes que éstas fueran, dentro del nuevo circo electoral que se lanza sobre nuestra responsabilidad cívica. No obstante, a pesar de volver a padecer una injusta normativa de reparto electoral, el 20-N (cómo espeluzna escribir esa fecha para tratar un asunto relacionado con la dignidad democrática) no debemos olvidar que hay variadas papeletas en la mesa electoral; en ellas se encierra la diversidad de nuestras exigencias, de los heterogéneos reclamos. Ante la desidia y la resignación, nada mejor que emplear un tiempo extra de este tiempo que no nos sobra con el objeto de madurar nuestra elección en una onomástica que, en lugar de retrotraernos a la mullida desaparición de un ogro infame, puede ser recordada como el primer día de una nueva democracia.