La desgracia de la manida esperanza

No hay muchas razones para volver. Después de algunos irreflexivos días es conveniente claudicar frente al desánimo potente, exagerado. A pocos días de recibir los correspondientes mandatos públicos en las corporaciones locales que pueblan los miles de kilómetros patrios, hordas y más hordas de potenciales representantes públicos trasnochan a base de bien con el condimento del puesto, más allá de la salsa ideológica o programática al uso. Aquí no estamos hablando de proyectos y vías de gestión, sino de bocas y bocas que seguir alimentando a costa del erario público, desde concejales y diputados autónomicos sin más experiencia profesional que su caliente sillón público hasta el variopinto personal de confianza que complementa los gruesos ejércitos de afiliados hambrientos.

Éste es, por tanto, un encuentro sobrio, sin instantáneas ni efectos visuales que deban acompañar la gruesa y enterrada línea de la decepción, del descontento y la tristeza. Nada cambia, nada se transforma, todo permanece; las dos gigantéscas empresas políticas nacionales, así como sus moderadas competidoras locales, ultiman el reparto de los correspondientes bastones de mando lejos de esa ciudadanía cándida en lo electoral, y hastiada desde su perezoso abstencionismo y comprometida nulidad de papeletas.

A partir de ahí, ese brillo que rezuma al atardecer por plazas y foros de la geografía patria como un tibio golpe de calor reconfortante, nos devuelve egoistamente al deseo de convencernos sobre la capacidad humana para rebelarse, en algún momento, contra la desvergüenza. El movimiento 15-M, democracia real ya!, o como queramos denominar la heterogeneidad movilizadora que enfrenta la corrupción y el status quo institucional, ha activado magníficos mecanismos desde su originaria versión de asentamiento perpetuo, y planta cara al nubarrón de la imputación penal en forma de indigno representante público. Ahí queda esa esperanza, aferrados como estamos a que no se diluya nunca, a que obtenga innovadoras herramientas de concienciación colectiva, a que en los nueve meses que nos restan para no resignarnos a una sucesión grisácea consigan instrumentalizar la melodía a afinar y ésta se canalice por el imprescindible camino político, ése que permite voz en directo en los hemiciclos donde ahora sólo llegan susurros desde las aceras contrarias.

Es cierto que comenzamos a recorrer estas líneas desanimados, pero concluímos gozosamente indignados. Tal vez seguimos vivos. Quizás lo que hoy sobrevive cómo si su implacable huracán no hubiera devastado la corteza de todos nuestros sueños, mañana se diluya en medio del océano. De estas gotas florecientes depende la marea que mañana fertilice y abone nuestros campos secos, nuestras podridas instituciones con sus marchitos y agujereados troncos.

Tener conciencia de que nuestro entorno, como mínimo, puede y debe ser habitable, nos impide rendirnos aunque enterremos la espada en medio del desierto. Nos lo complican cuando hacen acopio de mentiras por todos los flancos, pero cuánto nos facilitan la vuelta al combate al sortear nuestra inteligencia con desinformación de tercera. Nos vamos pero volvemos, aquí estamos y siempre estaremos, protegiendo esta gota que ofrece su oxígeno y su hidrógeno a sus acuosos congéneres. Aunque nos alejen y aislen, nos estamos encontrando con brújula y buen sentido de la digna y revolucionaria orientación.

 

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