Quedar tercero no te convierte en filial

El término democracia se viene desgastando en un ritmo instántaneo, preso de bocas que justifican cualquier sonido, cualquier tono, arguyendo incansablemente cómo detentar la propiedad de tan inalcanzable aspiración ciudadana. La federación autonómica de IU Extremadura ha tomado con firmeza la necesidad de acercarse, con la mayor proximidad a su alcance, a la quimera de decidir, colectivamente, su destino como expresión política durante los próximos cuatro años. Efectivamente, las urnas le han otorgado nuevamente una presencia en forma de tres representantes dentro del Parlamento autonómico; a pesar de la insistencia de los grandes bloques corporativo-políticos en argumentar que la individualidad del voto irradia mensaje global de un electorado que es uno y trino, que la ausencia de mayorías absolutas es una advertencia espiritual de urnas que son como arcas de la alianza, como caliz de política eterna, lo único racionalmente inmutable y cierto se expresa en el recuento que equilibran esas normativas estadísticas asignatorias de voluntades por escaños. De éstos, IU Extremadura ha pasado a ostentar de cero a tres. La competición política ha querido, caprichosamente, que el eterno aspirante se convirtiera en llave del torneo electoral en liza; como aquel glorioso Tenerife que le sustrajo heróicamente dos trofeos ligueros al poderoso Real Madrid, de la misma manera que la ambición coruñesa se topó con guantes ché en forma de guardameta con alma de trotamundos.

El discurso preelectoral de la Dirección Federal de Izquierda Unida no calibró su propia capacidad de renovada movilización progresista. De este modo, asegurar firmemente que serían freno engrasado de cualquier aspiración de poder liberal que fueran capaces de detener se convirtió en un nuevo brindis gratuito a esa vía funesta de optar por convertirse en entretenido filial antes que en rabioso competidor. La coalición de izquierdas es precisamente éso, una suma de pensamientos, realidades y voluntades, que toma su legitimidad dialéctica y política de su diversidad y reflexión interna, de todo aquello que, entre sumas y restas, se ha ido tornando multiplicación, vivificando una promesa de cambio real entre un significativo segmento de la ciudadanía comprometida con la superación de estructuras condenadas como las que padecemos.

La decisión adoptada por el Consejo Político Regional de IU Extremadura es incontestablemente consecuente con lo propugnado a sus bases y a su electorado, los mismos que confiaron en la honestidad de la que han hecho gala abusando de sus herramientas de democracia interna. La vía sencilla, la que desde todos los frentes indignados que vienen iluminando calles y plazas de la geografía patria se critica y combate, hubiera consistido en la sumisa entrega, a modo de tierna comparsa, del inmenso botín que supone recuperar la confianza de un nada desdeñable segmento del electorado extremeño. Si el máximo órgano de decisión regional de la coalición ha preferido no sacar tajada de décenas de cargos políticos y de confianza en variopintas escalas de la maquinaria autonómica, si ha optado por no traspasar su apoyo a dos formas de entender la res publica tan alejada del ideario progresista y tener las manos libres para, eficazmente, sustentar la balanza de las grandes líneas de actuación de los poderes ejecutivo y legislativo extremeño, la crítica que salpica cualquier informativo visto, oído y escrito sólo puede haber sido lanzada desde la afinidad a los grandes intereses partidistas, más aún en tierra de implantación feudal de una marca y una manera de expresar el ideario socialdemócrata tan ibarrista, populachero y abrumador, presto permanentemente a azuzar la bandera de los miedos y terrores cavernícolas. Disfrazar la entrega de miles de esperanzas bajo el manto de un pacto de solidaria izquierda supondría la rendición absoluta a la justa ambición de abandonar la tercera plaza de este desequilibrado Campeonato histórico en el que Izquierda Unida debe recordar que se hace camino al andar. Con paciencia, con democracia interna y compromiso; con un inmaculado sello de auténtica conciencia de clase, con la comprensión de que la opinión de todos cuenta, y de que esas opiniones se están multiplicando, más aún si se cambian las cerraduras y se cierran los portalones en la cara de esas restas que, no obstante, dan la escalofriante sensación, invariablemente, de esconder un juego de llaves maestras bajo el falso ropaje encarnado.

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Al servicio paramilitar de la ciudadanía

Las imágenes que adjuntamos han sido visualizadas por la mayoría de ustedes. No son violentas en lo ocular, pero se muestran terriblemente brutales en lo moral. Si durante el belicoso desalojo de Plaza Catalunya hace unos días asistimos a la desproporción del salvajismo uniformado, en total contradicción con su esencia como cuerpo de seguridad y atención ciudadana, el video que compartimos con ustedes provoca lágrimas de decepción extrema ante el irrefutable encontronazo con ese mundo que gravita en todos los márgenes de nuestra incierta existencia; ése que no se reconoce en la letra de la Ley, la que ya a principios de la década de los ochenta era vilipendiada con nocturnidad y alevosia, deteniendo por diez días, en negras comisarias, donde maltrato es frecuente…., como recordaba Javier Krahe en aquel Cuervo Ingenuo, censurado por el mismo poder, que brincaba desde las fuerzas del orden en reconversión, hasta la alta dirección de RTVE, sin formación específica pero con amplias herencias tiranuelas reprimidas y liberadas, a partes iguales. Tan socialistas como ahora, tan demócratas como de costumbre. Tan lejos de nosotros como la rancia y con fecha de caducidad, podrida y mohosa derecha nacional y localista que tuerce nuestros derechos como si de una varilla hueca se trataran.

Ese grupo gorilero, deshumanizado, probablemente forma parte de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado; el problema es que los máximos responsables políticos de su gestión, organización y actuación no entienden el Estado como el aglutinador y reflejo de la soberanía popular, donde los servicios públicos deben tener al ciudadano en el epicentro de su labor de educación, protección y cuidado. Al contrario, la nueva clase dirigente, ésa que, independientemente de sus siglas y honores, de sus adornos y palacios, se divide, como acertadamente reflejaba George Orwell, en altos, medianos y bajos, ya ha tenido tiempo suficiente para modelar su personalidad y destino en la concepción mutualizada de cúspide de la pirámide social.

Ver ésto puede producir dos variantes cerebrales: instalarse en el desánimo y hasta el terror más fecundo, encerrándonos en nuestro hipotecado hogar y obligándonos a tapiar puertas y ventanas, ó exacerbar nuestros más dignos reproches hacia una estructura y organización de relación social que ha visto envenenar sus raíces. Confíemos en que la segunda reacción sea la que germine en nuestras conciencias, y sigamos en las calles a cara descubierta, con el discurso de la dignidad, sin pasamontañas y auriculares soterrados entre tanta contradicción de nuestros públicos protectores.

Cantidades que disgustan

Cerca de cuatrocientos mil electores optaron, heterogéneamente, quedarse cerca del sofá el día 22 de mayo, alargando su brazo en blanco para entregar la nada de su opinión raptada por las ranuras de esas urnas tramposas que pusieron a su despiadado servicio las herramientas de la democracia moderna; unos cientocincuenta mil prefirieron, por el contrario, acercarse a sus respectivos colegios electorales para expresar su manifiesta disconformidad con la variopinta oferta en forma de papeletas oxidadas en el discurso metálico de representantes sin causa. A estas abrumadoras cantidades de desconfianza electoral humana, a esa manada proactiva de la disconformidad, hay que sumarle una desganada masa poco caminante que, rozando el meridiano de sufragios evaporados, repitió lejanía con sus corporaciones teñidas de aluminosis democrática.

Tenían sabias razones para no participar, prestos de papeletas ordenadas, con sus rígidos sobres acaudalados de nombretes deseosos de ser abiertos para comenzar el reparto. El resto minúsculo de la inocencia procedimental que mantiene con fragilidad ardiente esta estructura en la que nos mantenemos, dieron luz verde al espectáculo del pasado sábado. Atrás queda la pobreza quejumbrosa de los siervos de la gleva, entregando sus hembras a la insaciable agonía visceral de sus hambrientos y sedientos amos encorbatados sobre el bocio maloliente. Ni las apabullantes concentraciones populares en plazas y calles de esta nación esquilmada, mucho menos la reacción honrada de los legítimos detentadores del sistema abandonado antes de haber sido disfrutado, han conseguido moderar el acabose de ese paradigma denominado pactos postelectorales, ése que se acelera para asegurar la gobernabilidad y el buen hacer y discurrir de nuestras instituciones públicas.

Debemos ser, en esencia, idiotas como colectivo; tal vez el grupo no mejore la individualidad. Qué desgracia siquiera pensar algo así. En todo caso, es mareante intentar entender como notorios aprovechadores de la res publica, insignificancias humanas que no pueden maquillar sus trayectorias con algo de experiencia diversificada, mucho menos justificar con la frente como corona sus patrimonios divergentes con los ingresos notorios que reciben, pueden continuar recibiendo respaldo notable de aquellos que son premiados con el látigo y la condena de la desidia en la gestión de sus propios recursos. Esto no va; es imposible no asumir la inevitabilidad de estar siendo espectadores del ocaso de un sistema de relación económica y social prófugo de sus creadores.

Acercarse a las concentraciones que se siguen prorrogando, inevitablemente, en esos espacios colectivos que nos hemos ganado como propios, es asistir a la primigénea necesidad de gestar renovados procesos de relación humana. Apaguen los televisores y dediquen las páginas de esos diarios que pululan, aceitosos, en las barras de los bares del amanecer, para potenciar su conocimiento de la papiroflexia avanzada; si tienen el interés necesario por adentrarse en lo que está ocurriendo en sus respectivos alrededores (que les tocan y les manosean, no lo olviden, aunque sigan confiando en que, como mucho, les acarician con un soplido erótico en la nuca distraida, a lo sumo), siéntense un rato entre tanta tienda de campaña hermanada y desarrollen el arte de la palabra activa y pasiva; escuchen y aporten, serán bienvenidos entre los ecos placenteros de la necesaria reflexión colectiva.

Esto es una marathón sin jueces con cronómetro y apercibimientos; no hay prisa, no hay fronteras decisorias en las próximas convocatorias electorales. Aquí la impaciencia es monopolio de los moribundos que esquilman la villa en llamas, presurosos ante los murmullos de la rebeldía que enfoca las colinas cercanas, con sed de honrada venganza. Son sus últimos saqueos, sus definitivas violaciones ideológicas; tanto dolor sin un plazo de imprescindible alivio al sol del atardecer nos ha convertido en dignas fieras, enrabietadas de hambrienta y humilde dignidad.

La desgracia de la manida esperanza

No hay muchas razones para volver. Después de algunos irreflexivos días es conveniente claudicar frente al desánimo potente, exagerado. A pocos días de recibir los correspondientes mandatos públicos en las corporaciones locales que pueblan los miles de kilómetros patrios, hordas y más hordas de potenciales representantes públicos trasnochan a base de bien con el condimento del puesto, más allá de la salsa ideológica o programática al uso. Aquí no estamos hablando de proyectos y vías de gestión, sino de bocas y bocas que seguir alimentando a costa del erario público, desde concejales y diputados autónomicos sin más experiencia profesional que su caliente sillón público hasta el variopinto personal de confianza que complementa los gruesos ejércitos de afiliados hambrientos.

Éste es, por tanto, un encuentro sobrio, sin instantáneas ni efectos visuales que deban acompañar la gruesa y enterrada línea de la decepción, del descontento y la tristeza. Nada cambia, nada se transforma, todo permanece; las dos gigantéscas empresas políticas nacionales, así como sus moderadas competidoras locales, ultiman el reparto de los correspondientes bastones de mando lejos de esa ciudadanía cándida en lo electoral, y hastiada desde su perezoso abstencionismo y comprometida nulidad de papeletas.

A partir de ahí, ese brillo que rezuma al atardecer por plazas y foros de la geografía patria como un tibio golpe de calor reconfortante, nos devuelve egoistamente al deseo de convencernos sobre la capacidad humana para rebelarse, en algún momento, contra la desvergüenza. El movimiento 15-M, democracia real ya!, o como queramos denominar la heterogeneidad movilizadora que enfrenta la corrupción y el status quo institucional, ha activado magníficos mecanismos desde su originaria versión de asentamiento perpetuo, y planta cara al nubarrón de la imputación penal en forma de indigno representante público. Ahí queda esa esperanza, aferrados como estamos a que no se diluya nunca, a que obtenga innovadoras herramientas de concienciación colectiva, a que en los nueve meses que nos restan para no resignarnos a una sucesión grisácea consigan instrumentalizar la melodía a afinar y ésta se canalice por el imprescindible camino político, ése que permite voz en directo en los hemiciclos donde ahora sólo llegan susurros desde las aceras contrarias.

Es cierto que comenzamos a recorrer estas líneas desanimados, pero concluímos gozosamente indignados. Tal vez seguimos vivos. Quizás lo que hoy sobrevive cómo si su implacable huracán no hubiera devastado la corteza de todos nuestros sueños, mañana se diluya en medio del océano. De estas gotas florecientes depende la marea que mañana fertilice y abone nuestros campos secos, nuestras podridas instituciones con sus marchitos y agujereados troncos.

Tener conciencia de que nuestro entorno, como mínimo, puede y debe ser habitable, nos impide rendirnos aunque enterremos la espada en medio del desierto. Nos lo complican cuando hacen acopio de mentiras por todos los flancos, pero cuánto nos facilitan la vuelta al combate al sortear nuestra inteligencia con desinformación de tercera. Nos vamos pero volvemos, aquí estamos y siempre estaremos, protegiendo esta gota que ofrece su oxígeno y su hidrógeno a sus acuosos congéneres. Aunque nos alejen y aislen, nos estamos encontrando con brújula y buen sentido de la digna y revolucionaria orientación.