Sin ganas de dormir

Frente al ordenador, en el intervalo en el que queremos saber pero debemos dormir, nos enfrentamos con agotamiento al desánimo de las web plagadas de actualidad herrumbrosa. ¿Para qué enfangarse entre ellas, con sus titulares provocadores, plagados de amarillismo tentador? Qué ganas irreprimibles de adentrarse en tanto texto, pero por sonámbula curiosidad, detentando en todo caso el poder que supone haber sido lector protagonista de tantas y tantas noticias con similar diseño y contenido y, por lo tanto, con esa ropa interior tras la que se oculta carne viscosa y muerta, letras juntas que pierden en su roce la natural belleza individual.

He visto la tristeza de la noche parda, sin melodías. Está seca de notas y prosas, silenciosas bajo el eco de los casquillos contundentes que se abren paso entre las hélices detenidas de los molinos de un Quijote rendido frente a sus ladrillos. Los cimientos circulares yerguen alrededor de esa valentía que ha quedado muerta, eternamente herida en los órganos vitales ante la sinrazón de las declaraciones imperiales, de los eslóganes mitineros que saturan nuestra paciencia de lunes a domingo en titulares  e informativos de máxima audiencia.

Es muy de noche, es relativamente tarde y temprano. Oscurece antes de amanecer, como un meridiano inconsciente de temperatura equilibrada y de desapego vecinal; ahora no hay nadie, más allá de un rumor lejano de oleaje, para recordanos que nos es fundamental sentirnos un rato vivos. Mañana será hoy con legañas y desconcierto. Los señores de la Guerra dialéctica volverán al ataque, vociferando regañinas insustanciales. Me quedo muerto, con las sábanas atrapadas bajo las pestañas asustadas, incontroladas como un histérico vehemente electoral. Desnudar un pie y entregarlo a la gelidez de las baldosas plenas de satiriasis asusta como una entrega a la violación de la evidencia natural. La realidad no es nuestra, se nos agolpa a ritmo de cachetadas y lametones indecentes, de afirmaciones sin sustancia que dicen ser verdades absolutas.

Estamos muy solos. No nos queremos encontrar con nuestros semejantes aislados, tan de su palmera en medio del océano, sin ropajes ni viandas. No obstante, bajo las olas espumosas y las aletas inofensivas se ofrece una profundidad a la altura de las rodillas, invitándonos a correr contra una densidad que no ofrece mayor resistencia que la constancia, a sabiendas que estamos infinitamente rodeados de horizonte con presencia de oasis, acorralados por miles de troncos en los que, aferrados, nos esperan nuestros amistosos semejantes.

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