Nadie podrá con nosotros…

… pero estuvieron muy cerca ayer.

En realidad, saltaron y se balancearon, lacrimosamente, con el metálico sabor de una victoria basada en el trasvase inevitable de las tendencias macrohumanas, de las euforias a nivel futbolístico a modo de histérico dominguero. No hay que perder tiempo reflexivo pocas horas después de los resultados electorales del domingo anterior. Debemos darnos tiempo para ver, oir, sentir y decir. Tres días después, por ejemplo, Fernando Onega, en el programa de TVE 59 segundos, afirma que la ley electoral no es culpable en el sentido que IU sufra cuatro veces más en su convicción ciudadana a la hora de lograr un representante público en base a nuestra democrática normativa al respecto, sino que , por el contrario, a la formación de izquierdas se le intuye como heredera de una tendencia ideológica (el comunismo), desarraigada y residual en el contexto político de la Europa occidental. Y tan ancho. Con una buena dieta a costa de calentar un sillón en la cadena pública un par de horas. De resto, el mediojubilado funcional con canas se dedica a repartir minutos bien pagados equilibrando dialécticamente la necesidad de reformar una legislación electoral que (no nos queda claro), beneficia ahora, perjudica mañana. Se pretende equilibrar el valor del voto mientras, a su vez, pisotean más de trescientas mil papeletas euskaldunas. Eso sí, que el urbanita obtenga valor comparativo en lo que respecta a la exigua provincia de Soria. O Albacete. O la Isla de El Hierro. Importante, sin duda, como la expresión soberana de tantos ciudadanos amordazados durante una década por una normativa profundamente antidemocrática.

Quique González, con su habitual prudencia y mesura pública, más allá de su manifestación musical, recordó en la antesala de la jornada de reflexión que no podíamos obviar un atisbo de simpatía y compromiso con los acampados que pueblan plazas y espacios públicos de nuestras capitales de provincia. A partir de ahí, el voto es muy nuestro, pero muy obligatorio. Desafortunadamente, el meridiano poblacional decidió no ejercer un derecho tan fundamental como el de la elección de nuestros representantes públicos, probablemente por la incapacidad de decidir o de esforzarse intelectual y físicamente a desarrollar esa magnífica prebenda auto otorgada. De igual modo, el otro tanto optó, mayoritariamente, por otorgar el control provincial y municipal a un horizonte político que ha demostrado su incapacidad gestora a la hora de proponer soluciones novedosas, propias y eficaces a la realidad coyuntural que padecemos.

Somos incapaces de desarrollar las múltiples cuestiones y respuestas que tendrán que dilucidar los resultados de norte a sur del territorio nacional. Los más de trescientos mil ciudadanos que han aupado a la coalición Bildu a la preemiencia de determinadas instituciones en Euskadi, que han arrancado los clavos de los mártires crucificados, no merecen el desarraigo pactista de las formaciones utilitaristas; menos aún cuando han renegado explícitamente de la violencia. Los mismos que han tendido la mano y el olivo sabroso para erradicar el neoliberalismo a sus supuestos socios comunes sufren la anomalía democrática de aquella ciudadanía inversa, que valora el desfalco con categoría de imputado masivo de las agrupaciones malcriadas a golpe de rencor y escándalo. Algunas como las nombradas han pisoteado el trabajo cordobés, seseñero, o abruman y condicionan el futuro en suelo obrero asturiano a sus naturales socios.

Los resultados, a lo largo y ancho del territorio nacional, deben ser objeto de profundo análisis detallado. Pero, aún así, no merece la pena. Los de siempre se reparten la pana mientras critican el sistema que les otorga el privilegio de afianzada clase social predominante, un status de divino camarlengo de nuestra lustrosa burguesía empresarial que exige pero no cotiza. Mientras, los parias nos repartimos entre los subgrupos de votantes cándidos, indignados irritados y perezosos inadecuados. Desde el lunes asistimos al circo ambulante de los pactos rumbosos, con ex candidatos plagados de pelotas anaranjadas en sus manos que dan vueltas,  y vueltas….; triple vaso de trilero con garbanzo que corre al grito de democracia!!!, mientras los ilusionados por espacio de una jornada plagada de papeletas no dejamos de observar los barcos que arriban a nuestros respectivos puertos, deseosos de que echen anclas para escalar esas gruesas tiras de nylon hasta escondernos en sus bodegas, rumbo al nuevo infierno. Pobres de los habitantes de las anchas mesetas peninsulares, resignados frente al nuevo catolicismo con bandera de Reconquista.

Los usos y modos ante la muerte

En ésas todos estamos, antes o después. En realidad, estamos muriendo desde el día en que nacemos, esa paradoja repetida que, como buenos occidentales de adosado y cielos poco nublados, somos incapaces de aprehender. Pues SuperNo. Estamos dualmente asesinados y defenestrados. En primer lugar, desde la ausencia empática que significa ver a nuestros semejantes, delante y detrás de la pantalla televisiva, reventar bajo explosiones inmorales, antidemocráticas, nucleares. Plenas de dinamita y trinotrotolueno, calurosas de desidia y lágrima boba. En segundo y definitivo, porque todo lo que queremos rescatar en ese tiempo perdido en discusiones, amaneceres de despertador, carreras rústicas y urbanas hacia las reuniones fundamentalmente aplazables, desprecio por las horas post labore como pasillo inevitable de la somnolencia, se convierte en estupidez vital a la hora de recibir un tieso cascote, seco e impertinente, a golpe de Richter como mandoble cristiano, musulman, judio o impenitente en aldea inocente, plena de abrumados insectos entre sacrificados sacos colectivos.

La desaparición física y real está en la consistencia de todos los temores que nos vienen acompañando desde el día que nuestro primer ascendiente consciente lo fue, a su vez, de su desgracia molecular. Ahora, miles y miles de lunas compañeras después, esa muerte que baila a nuestro temeroso son, bajo el paraguas tenue sobre el que descansa el dios de cada terror, se ha aliado con lo más bajo de nuestro estrato evolutivo, y con barba y corbata (apariencias éstas que han sobrevivido rítmicamente en la pista de estructuras sociales impropias de tiempo y resultado) compara la desgracia sinérgica (en su músculo cerebral poco juicioso) de un temblor espasmódico a ras de corteza terrenal con las pistolas silenciadas que hicieron daño furtivo lejos de las actuales urnas.

Morir sin espacio temporal para asimilarlo es el trauma de todo este larguísimometraje; Lo que esos totem de la eternidad occidental son incapaces de asimilar, desde sus atalayas pobladas de nobles materiales constructivos y tenedores repetidos a cabo y rabo, es que la destrucción de recuerdos, principios, esperanzas, sentimientos, amores y odios magníficos soporta el mismo gramaje sobre esa balanza que supedita nuestro azar diario, eterno. Ellos, los que no se bajan del torreón más que para repartir doblones compasivos a los súbditos heridos, son incapaces de asimilar la realidad colectiva ante la absoluta luz oscura que nos acompaña desde la gestación; fallecer bajo el sol del atardecer, arropados por las innobles maderas del banco del parque, acompañados de un suspiro honrado y cálido, es una excepción sólo al alcance de manos del porcentaje de potentados geográficos, despreocupados, que esa tarde, sin cielo y tierra plagado de bochorno y secura, de pobreza en tres dimensiones, se pueden permitir el lujo de perder los instantes que nunca le sobraron.

La millonada restante de kilogramos celulares, abonando el desecho orgánico que vuela y se asienta en este planeta caduco, no es más que producto orgánico expectante. ¿ En qué placidez instantánea nos sorprenderá el destello último? Ni idea, pero desde luego, a este lado del paraíso construído a golpe de lanza y bombarderos invisibles, tras el error de sistema masivo que venimos padeciendo en nuestra composición programática, ése que puebla las listas y pasillos de espera de nuestro sistema de desesperación sanitaria, las excepciones perentorias se convierten en centenario lamento, como si el fallecimiento fuera una desgracia; una consecuencia evitable del placer agotador que resulta de las horas muy muertas, repetidas frente a televisores de fotogramas perversamente alimenticios. Pues no. La espera siquiera puede planearse como el letargo de esa siesta relajante que acontece a las obligaciones vespertinas. La maldita consecuencia de lanzarnos vagina abajo es el rescate de nuestro alimentado organigrama para el concurso universal de la materia transformada cíclicamente.

A pesar de tanta inevitabilidad, el instante electoral barrunta expectativas mortales a golpe de potencial voto en la urna de sus intereses. Y no les avergüenza. Fallecimientos que, en el indigno juicio, esperan tras una papeleta que pisotea la suya. Mientras, el amanecer de horizontes horizontales, en línea recta hacia el juicio inevitable, se puebla de cadáveres que un minuto antes desplegaban sus multitudinarias esperanzas mañaneras.

Morir furtivamente, lejos del lecho atestado de herederos, cura y notario solícito, es el pan mordisqueado de cada día. Es la consecuencia estadísticamente inevitable de haber vivido. Que nuestros demócratas dirigentes aceleren esa extrajudicial sentencia con el timón militar de sus armas de destrucción inesperada, machacando la excusa de proteger otras santas virtudes con los dedos bélicos que aplastan a sus hormigas prescindibles, bajo las que se ocultan litros y litros de negra y viscosa supervivencia económica, daña el resto de minutos que nos quedan hasta el infarto hidratadamente carbónico. Hasta el infortunio plácido del ratero con navaja o el deslizamiento de ese neumático que hace un mes debíamos sustituir. También del prescindible cuello del libertador autónomo que bombardea nuestra acera, ése del que cuelga la medalla repartida de todos los que salvan su pellejo a golpe de escaño.

Sin ganas de dormir

Frente al ordenador, en el intervalo en el que queremos saber pero debemos dormir, nos enfrentamos con agotamiento al desánimo de las web plagadas de actualidad herrumbrosa. ¿Para qué enfangarse entre ellas, con sus titulares provocadores, plagados de amarillismo tentador? Qué ganas irreprimibles de adentrarse en tanto texto, pero por sonámbula curiosidad, detentando en todo caso el poder que supone haber sido lector protagonista de tantas y tantas noticias con similar diseño y contenido y, por lo tanto, con esa ropa interior tras la que se oculta carne viscosa y muerta, letras juntas que pierden en su roce la natural belleza individual.

He visto la tristeza de la noche parda, sin melodías. Está seca de notas y prosas, silenciosas bajo el eco de los casquillos contundentes que se abren paso entre las hélices detenidas de los molinos de un Quijote rendido frente a sus ladrillos. Los cimientos circulares yerguen alrededor de esa valentía que ha quedado muerta, eternamente herida en los órganos vitales ante la sinrazón de las declaraciones imperiales, de los eslóganes mitineros que saturan nuestra paciencia de lunes a domingo en titulares  e informativos de máxima audiencia.

Es muy de noche, es relativamente tarde y temprano. Oscurece antes de amanecer, como un meridiano inconsciente de temperatura equilibrada y de desapego vecinal; ahora no hay nadie, más allá de un rumor lejano de oleaje, para recordanos que nos es fundamental sentirnos un rato vivos. Mañana será hoy con legañas y desconcierto. Los señores de la Guerra dialéctica volverán al ataque, vociferando regañinas insustanciales. Me quedo muerto, con las sábanas atrapadas bajo las pestañas asustadas, incontroladas como un histérico vehemente electoral. Desnudar un pie y entregarlo a la gelidez de las baldosas plenas de satiriasis asusta como una entrega a la violación de la evidencia natural. La realidad no es nuestra, se nos agolpa a ritmo de cachetadas y lametones indecentes, de afirmaciones sin sustancia que dicen ser verdades absolutas.

Estamos muy solos. No nos queremos encontrar con nuestros semejantes aislados, tan de su palmera en medio del océano, sin ropajes ni viandas. No obstante, bajo las olas espumosas y las aletas inofensivas se ofrece una profundidad a la altura de las rodillas, invitándonos a correr contra una densidad que no ofrece mayor resistencia que la constancia, a sabiendas que estamos infinitamente rodeados de horizonte con presencia de oasis, acorralados por miles de troncos en los que, aferrados, nos esperan nuestros amistosos semejantes.

Sin ganas de Realidad

En un domingo cualquiera, ahogados en el ecuador de la primavera, se suelen presentar los instantes semanales que presentan mayor cercanía a eso llamado tranquilidad. Son las horas en pijama, con desayuno temporalmente anárquico pero copioso, el ritmo vital a 0 en la escala ritcher de las tensiones o los periódicos de cabo a rabo. No obstante, disfrutar en estos momentos del asueto cerca de cualquier canal informativo, es comparable a una jornada laboral de doce horas, descalzo y en el epicentro de unos altos hornos. El silencio de la vecindad y la ausencia de citas y compromisos forman un mullido cojín sobre el que reposa nuestro golpeado cerebro, pero así no puede ser siempre; la realidad no es confortable, por eso los ratitos en calma consiguen reportarnos ese placentero proceso químico que calificábamos como tranquilidad, pero que cada uno de nosotros sabemos darle el apodo adecuado.

En la jornada dominical, sin ningún trasfondo religioso de por medio, el descanso ejemplifica el necesario y medido contrapeso de las obligaciones, si bien esas horas alejadas del ritmo de las responsabilidades son invertidas en una forma de ocio llamada compromiso, información. Estar al día, vaya. Y en este mes de mayo de un año acelerado, informarse significa estrés, alta dósis de rabia, desánimo. El asueto se transforma, por tanto, en unos niveles de adrenalina de la consciencia que resultan necesarios y dañinos en similares dosis, mezclándose noticias desalentadoras con informaciones incomprensibles. Toda la realidad fuera del hogar dominguero es una mezcolanza de incomprensión, dolor, muerte y mentira.

Una semana después del asesinato de Estado más relevante de la historia universal, en lo que respecta a su campaña de divulgación propagandística, reacciones populares y actos paralelos de ensalzamiento y condena, seguimos recibiendo cables informativos muy cercanos a un folclórico culebrón, donde los actores principales mueren o se ocultan tras la cámara, mientras que los secundarios asumen un protagonismo excesivo y malévolo, apropiándose del set de grabación y de los exteriores. Como suele ocurrir cuando nuestra sociedad pierde el norte, el sur en el que habita mientras tanto se puebla de neblinas y opacidad. Crímenes extrajudiciales como el del terrorista yemení Bin Laden siempre nos arrojan de manera perenne al territorio de la oscuridad, en el que nunca vemos qué aconteció mientras, por varias generaciones, nadaremos en la rumorología y el lado borroso y turbio de nuestra forma de hacer las cosas como civilización.

Restan dos semanas hasta enfrentarnos con un nuevo capítulo renovador de nuestra joven y ya impaciente democracia nacional. Las páginas y minutos masivos destinados a cubrir tal acontecimiento concentran dos mensajes que bien podían ser uno. En realidad, no podemos hablar de mensajes cuando lo que nos trasladan son, sencillamente, eslóganes publicitarios para comprar un producto, un recipiente, sin contenido. Un envase vacío. Mientras, siglas y colectivos se hacen hueco en minutos de veinte segundos para sintetizar todo lo que nos tienen que contar. Es la Ley Electoral, nos dicen, quien marca los plazos del espacio informativo electoral obligatorio. Pero, a lo largo del cuatrienio de gobernabilidad, normativa alguna fija la relevancia de la información que se incluye en las páginas y los tiempos y, aún así, los mismos rostros e idéntico mitinerismo ramplón, insustancial, protagoniza nuestros desayunos, almuerzos y cenas. Hasta el domingo, donde el ritmo intelectual de nuestras constantes menos vitales cree que es dueño de su reducido destino. Sólo es necesario volver a desplegar la hoja tintada entre el café y el bocadillo, a esa hora donde nuestro mundo es un placer de improductividad en las cuatro direcciones, para darnos cuenta que, si no nos queremos atragantar, es mejor estar con ganas de descansar y sin ganas de realidad.

Bildu o la metafora inconclusa de nuestro frágil Estado de Derecho

Las resoluciones del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional e,n lo que respecta a la petición de ilegalización de la coalición electoral Bildu, han sido desgranadas, estudiadas, comentadas y analizadas más en términos deportivos que jurídicos. Esta simplificación de un procedimiento de tamaña relevancia para nuestra categoría democrática debe estar relacionada con el escaso nivel de conocimientos acerca del cuerpo legislativo y jurisprudencial del gremio periodístico, a no ser que dicho colectivo intente ponerse a la altura que nos supone a sus potenciales lectores y, en ese caso, intentar hablarnos en el idioma que cree mejor reconocemos.

En función de las posiciones ideológicas y editorialistas de rotativos y cadenas de radio y televisión, el encuentro de ida se saldó con una mayoría holgada de magistrados disconformes con la presencia de la coalición abertzale o, por el contrario, se puso el énfasis en el exquisito tratamiento de análisis normativo que fundamentó el voto favorable de los otros seis miembros de la Sala 61 del Tribunal Supremo. Con millones de espectadores expectantes ante el desarrollo del encuentro de vuelta, las posiciones mayoritarias se difuminaron, intercambiándose bufandas y banderitas; mientras los primeros hablan de (textualmente) victoria raquítica, sus rivales respetan y acatan el desenlace de la eliminatoria. ¿Quedó alguien plenamente satisfecho con el resultado final? Sí, los demócratas, los que no se asustan y aterrorizan con los cuentos de fantasmas y cocos con bomba y pistola bajo las sábanas. Las resoluciones de un órgano colegiado pueden mantener, y de hecho es lo habitual, posiciones divergentes entre sus miembros, que quedan perfectamente reflejadas en los votos particulares y en la carga jurídica que los fundamenta. Pero ahí finaliza el procedimiento judicial que entiende de una causa y resuelve sobre la misma. Las lecturas en clave política, utilizando símiles de cualquier género o caricaturizando la labor de un poder independiente del Estado, sobran radicalmente en un Estado de Derecho sólido, coherente y con ánimo de progreso. De igual manera, tal y como fundamenta la extensa resolución del Tribunal Constitucional en este aspecto, la sospecha no basta para para restringir el libre ejercicio de los derechos de participación política ni, por tanto, el pluralismo político sobre el que se fundamenta el ordenamiento constitucional del Estado democrático.

Zanja el órgano judicial responsable de la garantía efectiva de los derechos constitucionales que las exigencias del proceso debido impiden utilizar indicios para convertirlos en supuestas pruebas que persigan la limitación efectiva de los derechos fundamentales protegidos, así como recuerda el rechazo explícito del terrorismo por parte de las formaciones Eusko Alkartasuna y Alternatiba, lo que impide suponer que dichas agrupaciones políticas tengan interés en aceptar a candidatos independientes en sus listas que no mantengan una línea política y pública de similar orientación en este aspecto.

Dicho esto, abandonando ya los poblados graderíos del fanatismo popular en todo lo que respecta al terrorismo interno, nos topamos de bruces con el post partido: esas ruedas de prensa incendiarias frente a la derrota y, en ocasiones, manejadas incorrectamente ante la victoria, aunque ésta sea ajena. Íñigo Urkullu, Presidente del PNV, se congratuló de la sentencia del Constitucional, afirmando que su formación política había hecho lo posible y lo imposible también por conseguir el resultado obtenido, y que para ello habían hecho cosas que podían contar y otras que no podían ser relatadas. Terrible. ¿Cómo el líder de una agrupación centenaria y de intensa raigambre democrática puede confundir a su electorado con declaraciones de este calado? Da a entender sin asomo de vergüenza que la división de poderes en el Estado español es un choteo, que el poder legislativo mangonea e interveniene en el foro de toma de decisiones del judicial y que, además, para conseguir el resultado deseado, se negocian cuestiones de dudosa catadura democrática, ajenas al conocimiento de la ciudadanía pero, por otra parte, imprescindibles para lograr los objetivos pretendidos.

Desde las filas socialistas, no obstante, se ha optado por la vía del respeto y acatamiento de la decisión judicial, sin alegrías pero también sin aspavientos, tomando las cosas como vienen dentro del cauce por el que deben venir. De este modo, el Partido Popular ha conseguido dos ejes ajenos al lógico discurrir de una campaña electoral verdaderamente democrática, centrando sus discursos en el alejamiento de los temas cruciales que deben enfocar los representantes públicos elegidos el 22 de mayo; el entrometimiento en las decisiones del Poder Judicial y alentar la sospecha de pactos escabrosos y nocturnos con terroristas y enemigos de pelaje siniestro funciona como auténticas escuelas superiores de hooligans con derecho a voto, mientras que recopila toneladas de papeletas sin contenido crítico, ahondando en la fanatización de los electores y el recrudecimiento de las posiciones viscerales, absolutamente alejadas de lo que debe ser una ciudadanía consciente de sus derechos, sus libertades y la responsabilidad de las instituciones en las que se encuentran representadas.

Somos unos panolis supremos. La infame senda recorrida desde la aprobación de la Ley 6/2002, de Partidos Políticos, ha ido gestando una pertinaz aureola de mártires políticos entre todas aquellas formaciones y representantes políticos ilegalizados al albur de su presunta connivencia con las pistolas y las bombas. Desde los resultados cosechados por Euskal Herritarrok en 1999, la intención de voto a corrientes de izquierda abertzale estaba en caída libre, frente a un electorado decepcionado por la acción de una ETA debilitada pero sanguinaria, sin visos de justificación política, plan de futuro ni cercanía con el territorio y pobladores a los que dice representar. No obstante, la aparición de la subsodicha Ley Orgánica, recrudeciendo la guerra contra el terrorismo hasta arrasar con un sector de la ciudadanía inmaculado penalmente, ha germinado en una consecuencia erróneamente analizada; una década después, esa masa electoral descontenta con el rumbo de su oferta política se encuentra presta a la venganza de las urnas, a aplaudir a esos mártires del Estado español, asustado y cobarde, que han resistido las embestidas judiciales en base a una norma opresora e inconstitucional. Esa es la lectura que se hará, olvidándonos una vez más de que los resultados que necesita lograr un auténtico Estado de Derecho han de ser obtenidos en la cancha, a la vista objetiva de los espectadores, no posteriormente en ruedas de prensa incendiarias y moviolas televisivas, presas de gritos superpuestos y fanatismo bárbaro.

Otro mundo es posible. Video de campaña de IU

Gracias miles a Eduardo Galeano por haber cedido, con su habitual generosidad y compromiso, un texto tan directo y hermoso como exacto complemento a un mensaje visual emotivo pero tajante. La fortaleza poética de Abracadabra se funde a temperatura exacta con una realización impecable y contundente.

Está en nuestras manos cambiar este panorama indigno. Otro mundo es posible, y cuando consiguen que lo olvides, tienes este mensaje extraordinario para rescatar la dignidad que tenemos dentro, bien custodiada.

El 22 de mayo encontrarás las papeletas de IU, rebosantes de hombres y mujeres comprometidos en continuar luchando por una realidad justa, igualitaria y solidaria. Es el complemento perfecto para los sobres que insertaras en las respectivas urnas.

Silencios y Evasivas de nuestros Mantenidos

Para empezar, todo con gruesas y orondas mayúsculas, porque es fundamental resaltar lo que hay detrás de las tres palabras protagonistas de nuestro títular. Comencemos: Carmé Chacón, Ministra de Defensa del Estado español, responsable oficial y principal de nuestra participación en la masacre diaria de ciudadanos afganos alejados, por lo ya reconocido, del epicentro físico de la maldad terrorista pero desgraciados poseedores de la mayor reserva de litio mundial (principal componente en la fabricación de baterías de nuestros equipos telefónicos e informáticos), a cuestiones planteadas por los corresponsales informativos a la salida del Congreso de Los Diputados durante la sesión de control al Gobierno de hoy, en lo que respecta al asesinato de Osama Bin Laden, responde con evasivas cobardes y su correspondiente justificación sobre la base de que el Presidente del ejecutivo ya ha había hecho referencia a esa cuestión en el hemiciclo. Francisco Caamaño, titular de la cartera de Justicia, responsable de hacer cumplir efectivamente el cuerpo normativo nacional, así como de instruir a la Fiscalía estatal en sus actuaciones, mutis por el foro. No sólo estamos hablando de la cuestión anterior, que ha centrado la primera parte del diario de sesiones de la Camara Baja durante la jornada de hoy, sino que, a su vez, está obligado a responder en cuanto a la enérgica acción de la abogacía del Estado en lo que supone la amputación efectiva del derecho de sufragio activo y pasivo en lo que respecta a las listas electorales ilegalizadas por el Tribunal Supremo; su respuesta fue, simple y llanamente, una carrera corta hacia un despacho anexo para eludir con agilidad oronda el acoso mediático. Para rematar la faena de los Mantenidos, nos encontramos en el carrusell de escapistas a Jorge Moragas, diputado nacional y miembro de la ejecutiva nacional del Partido Popular, famoso por su encarnizada batalla como activista pancartero contra gobiernos como el de Venezuela, limitándose a sonreir bravuconamente y a realizar el manido gesto de encontrarse con problemas de faringe para evitar enfrentarse a una consecuencia propia de su cargo, esto es, responder a las cuestiones de los medios de comunicación como representante del segundo partido con mayor presencia numérica en el Congreso de Los Diputados.

Antes de continuar, y sin tener que introducir comentarios al respecto, rogamos que escuchen y visualicen la primera parte del siguiente video:

Las cuestiones que plantea Gaspar Llamazares, portavoz del grupo de IU-ICV en el Congreso de Los Diputados, son las mismas que están debatiendo una gran parte de la ciudadanía consciente, esa que no se toma la política cual si de derby futbolístico se tratara, sino que exije responsabilidad y argumentos a nuestros representantes públicos. Porque, no lo olvidemos, lo que se estaba tratando en el Hemiciclo atañe a la posición de un sistema de valores y herramientas jurídicas que hemos construído entre todos los españoles en los últimos treinta y cinco años, y que ha desembocado en un cuerpo penal y procesal pionero en sus derechos y garantías. Un sistema de justicia con filosofía de reinserción y reeducación, no de retribución. Un sistema que persigue la escrupulosidad procedimental y de actuaciones, desde la detención de un ciudadano hasta su puesta a disposición judicial y, si se estima la carga de la prueba objeto del procedimiento y se fundamenta de hecho y de derecho, finalizado el garantista proceso de recursos estipulados, concluye con su encarcelamiento, en base al objetivo último de conseguir que el reo se incorpore a la sociedad sin ánimo de delinquir nuevamente.

Frente a este musculado ejercicio de elaboración legal, que nos situó desde 1995 en la cúspide y primera fila del orden penal mundial, y que rematamos con nuestra adhesión al Tribunal Penal Internacional, nos encontramos hoy ante y frente a dos formaciones políticas, las abrumadoramente mayoritarias en cuanto a su representación parlamentaria, que justifican y se congratulan del asesinato planeado, a sangre fría, del presuntamente principal responsable del terrorismo mundial. Poco importa el devaneo diplomático de EEUU en las últimas horas, esquivo y desorientado en la manera de enfocar el post partido sangriento que realizaron hace dos días. En estos momentos no les cuesta reconocer que el reo estaba desarmado, pero que hubo que liquidarlo porque presentó resistencia. ¿Nos imaginamos tamaña justificación de un miembro de nuestras fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado si abatiera a tiros a un perseguido por las calles de cualquiera de nuestras ciudades? Escandalo mayúsculo, lamentaciones colectivas y paredón popular. En este caso se intercambia por exclamaciones de masivo júbilo en ciudades de norte y sur del orbe. Pero, sobre todo, lo que nos sonroja es que, según el Presidente del Gobierno, con la connivencia opositora popular, El destino de Bin Laden fue buscado por él. Atento, amigo ciudadano, no se oponga a lo que ordene un miembro de nuestras fuerzas armadas patrias, que probablemente reciba unos merecidos balazos sin conmiseración. Lo tendrá bien merecido, no lo olvide.

Algún despistado histórico ha comparado esta manera de actuar con la utilizada por las fuerzas especiales yankees, con el sólido apoyo del esclavo ejército boliviano, en el oscuro e inefable asesinato de Ernesto Guevara. Nada que ver en el sujeto ejecutado, incomparables sus destinos y el objeto de sus respectivas luchas. Pero cuantas similitudes en la manera de actuar, de evitar procesos públicos de líderes molestos. La falta de respetabilidad en lo que respecta a la soberanía popular de los Estados en los que se acometieron sendas acciones se responde por sí mismo en cuanto al sometimiento de ambos a las directrices y dólares norteamericanos. No obstante, y eso nunca lo olvidemos, estos procesamientos a golpe de paredón solitario y anónimo distan una barbaridad garantista de los juicios de Nuremberg, donde se optó, en período de guerra declarada, por detener y poner a disposición de la Justicia Internacional a los principales protagonistas del mayor genocidio que ha conocido la raza humana. Ahí estaban comandando los amigos americanos aunque, afortunadamente, contaron con el contrapeso de los otros vencedores de la contienda internacional. Hoy, unos sesenta y cinco años después, contamos con un Tribunal Penal Internacional no reconocido por un Estado que lidera el anterior Premio Nobel de La Paz. Poco más podemos contar, poco más podemos exigir. Ah, sí, que tras la supuesta prueba de que el enemigo público número uno del mundo libre, ergo de torturas sistemáticas a apresados sin las más mínimas garantías procedimentales en un tétrico presidio fuera de las fronteras norteamericanas, se encontraba en una residencia pakistaní bien delimitada, se optó por responder con la democracia de las balas y la propaganda instrumentalizada de la euforia visceral, sangrienta, de los ciudadanos-fanáticos. Todo esto, en lugar de elegir la vía de nuestro mayor tesoro: la democracia; el sistema de garantías y derechos, la legalidad de las ideas cocinadas duramente a lo largo de centurias. Todo eso, desterrado por nuestros amigos americanos, fue definitivamente golpeado, en lo que respecta a nuestro frágil Estado de Derecho, por los Mantenidos que hoy guardaban cómplice silencio frente al imperio de la ley, dentro del inmueble en el que reside la Soberanía Popular.