El trágico retorno

La aceptación nietzscheana acerca de que todos los acontecimientos del mundo se repetirán eternamente basa su prisma inspirador en un profundo conocimiento del desarrollo humano, en la certeza de que los individuos, bien en sus pasos solitarios, bien en su papel de célula nacional, mantienen una tremenda capacidad para eliminar el recuerdo y el aprendizaje como elemento evolutivo, lo que nos convierte en obtusas piezas de maquinaria sin conductor.

El Museo Nacional Reina Sofía expone, hasta el próximo 22 de agosto, la colección que, bajo el título “Una luz dura, sin compasión“, recopila una vasta camada del documental fotográfico proletario amateur desarrollado entre 1926 y 1939. Sin duda, la compasión no aparece por ningún trasluz de las miles de instantáneas que componen esta exposición imprescindible para acercarnos al colectivo obrero europeo, reflejado desde su propio objetivo. De entre tanta desolación asentada en las miradas y rostros individuales de esta clase formada en el siglo pasado, protagonista de él, nada alivia. Hay dolor y cansancio en cada fotografía, en cada portada de publicaciones divulgativas casi artesanales, pero también sobra coraje y energía, sea cual sea el Estado del que provenga el mensaje visual.

El mundo proletario, efervecente de rebeldía e iluminado por la Revolución de Octubre, tiene en la década de los veinte sus primeras huellas como detentador de herramientas propias para contarse lo qué ocurre y reflexionar acerca de lo que debe ocurrir. En este sentido, destaca la publicación alemana AIZ, vertebrando masivamente la estrategia propagandística consensuada en la Internacional Comunista, que destierra la visión burguesa de la fotografía y, más al contrario, considera su potencialidad para el desarrollo revolucionario. Willi Munzenberg, editor de AIZ y otras publicaciones obreras en Alemania, complementa la labor de Sovetskoe foto en la Unión Soviética e irradia a toda Europa la realidad del colectivo, estableciendo como mensajes prioritarios la representación de las clases trabajadoras como protagonistas de una nueva hegemonía política (URSS), así como la desgracia y el padecimiento de la clase proletaria bajo la opresión del capitalismo (Alemania, principalmente).

Entre septiembre y diciembre de 1931, la publicación alemana presenta dos reportajes sobre las condiciones de sendas familias, los Filipov moscovitas y los Fournes berlineses. En ellos se confrontan los logros acaecidos en la URSS de cara a resaltar el protagonismo del trabajador en la patria de los proletarios con respecto a las penurias que, bajo la República de Weimar, sufren a diario los obreros. Sin obviar el obvio celo propagandístico de éste y tantos reportajes que nutren las revistas mencionadas, es imposible escapar a la objetividad identitaria entre los datos que reflejan el horror diario de la ciudadanía de un Estado empobrecido en ese momento como Alemania pero, a su vez, cuna de derechos y logros laborales y económicos, y su paralelismo con este presente incierto que andamos sin reflejar preocupación. Efectivamente, la familia Fournes desarrolla su miserable existencia en un panorama capitalista que obliga a la totalidad de sus miembros a trabajar para sobrevivir; los hijos se ven obligados a dejar de lado su formación académica para conseguir miserables recursos económicos con los que sustentar sus necesidades básicas, siempre en labores penosamente remuneradas y con el yugo permanente del posible despido en caso de no aceptar condiciones laborales leoninas y precarias. El padre, por su parte, siendo obrero cualificado y con una dilatada experiencia en su ramo, convive con la indeterminación de su futuro profesional, recibiendo un salario semanal de unos 60 miseros marcos. Mientras, el dueño de la fabrica que lo emplea cierra ese año 1931 con unos beneficios de 4.120.000 marcos.

  Al finalizar el recorrido de la exposición, rematada con una extensa recopilación de cartelería y fotografía del bando repúblicano durante nuestra Guerra Civil, el eterno retorno se hace carne y presencia devastadora; cuántas similitudes aborda nuestro recorrido como especie y en qué medida se acortan los plazos para repetir errores y desventuras es algo que salta al pensamiento y lo engulle a cada expositor presenciado. Pero, sobre todo, resulta atroz percibir la calcada sucesión de hechos que van masticando la oleada de desgracias producto de un sistema, el capitalista, que no duda en provocar errores calculados para sobrevivir, aún sea con mácula.

– Uso de la fuerza militar para asegurar recursos primarios: El colonialismo, ajeno a todo fin romántico o aventurero como ha venido relatándose a modo de turbia pantalla, consagró el control absoluto y esclavista de los recursos naturales imprescindibles para mantener la rueda productiva capitalista. Tras asolar las estructuras sociales de los territorios avasallados durante décadas y arruinar por completo el sustento y la cultura de los mismos, los Estados colonizadores tuvieron que retroceder ante el empuje del hartazgo y la ruina. No obstante, mantuvieron el control económico y financiero que justificaba el político, absolutamente prescindible en tanto en cuanto se comprobó cuan sencillo resulta aprovechar un sistema propio (la democracia), para venderlo con taras y fugas al Estado que se desea controlar. Mientras, la descolonización consigue desarrollar definitivamente la estructura de poder que, a día de hoy, se ha convertido en protagonista absoluto del sistema de control económico mundial: la Corporación. Efectivamente, la salida del mando militar del Estado opresor refuerza el liderazgo de la multinacional que esquilma la riqueza del lugar, convirtiéndose en el interlocutor de la nación receptora del saqueo.

Este sistema, agresivo hasta decir basta, acaba chocando también desde su estructura de corporaciones silenciosas, apareciendo la tercera opción con vistas a que nada cambie, dando la pública impresión de estar realizando acciones de profundo sentimiento nacionalista-patriótico (Anexiones), o bien de calado humanitario (Imposiciones). La filantropía no casa bien con los misiles.

– Aquiescencia socialdemócrata: En épocas de profundas crisis del sistema capitalista, la socialdemócracia se ha acostumbrado en arrogarse una penosa función de mediador entre necesidades contrapuestas, estirando las sábanas y planchando la colcha a las Corporaciones y repartiendo limosnas a la ciudadanía trabajadora. La dualidad que bailotea entre unos símbolos nostálgicos y unas acciones contradictorias marcan la penuria de estas agrupaciones políticas, tanto más cuanto se acercan épocas de tensión bélica como la actual.

– La estrechez del embudo laboral: Las multinacionales no conciben ejercicio sin mayores beneficios que el anterior. La incompatibilidad de un planteamiento de dimensión tan voraz con el desarrollo, no ya de los millones de trabajadores que desarrollan su existencia en el mundo capitalista directo, sino a su vez de los que lo soportan en el indirecto, se está encontrando con una ausencia dramática de respuesta firme que ralentice los efectos de este apocalipsis económico. Setenta años después, Europa y USA se llenan de habitantes sin acceso cotidiano a los bienes de consumo, empobrece las relaciones sociales y distancia al colectivo de sus objetivos comunes, agrietando la conciencia de clase y relanzando una falsa clase media trabajadora con expectativas burguesas.

– Desaparición de máscaras políticas: Las fluctuaciones del sistema capitalista construyen antesalas que, en el momento que la rapiña que da sentido a su desarrollo especulativo se estanca, transforma el recibidor en un amplio salón con ventanales abierto de par en par, por el que entran, sin pudor ni reparo, las formaciones fascistas, gracias a la confianza que le otorgan precisamente los sectores obreros castigados con mayor severidad por el sistema. La arrolladora aparición de la extrema derecha finlandesa, su auge vertiginoso en Hungría, o su existencia ya estable en Estados de tal desarrollo social como pueden ser Holanda o Francia, suponen la invasión de toda la estancia, la implosión de las bases que componen la condición humana, el respeto al prójimo y la solidaridad grupal como motor de evolución individual y colectiva.

– Reforzamiento del discurso en favor de las libertades individuales: Diluir los potenciales sentimientos de respuesta en masa necesita discursos consensuados por el conjunto de las fuerzas políticas representantes del sistema capitalista, detentadoras del puesto de vigilia del poder económico desde una estructura electoral capacitada para evitar fugas significativas desde sus torreones representativos. Así, aparece un mimético discurso que ensalza la importancia de preservar la libertades individuales, tal cual un logro del sistema, pero que se relaciona impúdicamente con una libertad máxima: la del consumo. Elegir, de este modo, no tiene más significado que la posibilidad de optar entre tal y cual producto, mientras que las ideas y las propuestas que signifiquen libertad para cambiar lo establecido se arriman y demonizan como respuesta errónea, si bien se aprovechan puntualmente para reforzar la farsa de un supuesto gobierno de todos, en donde tienen cabida la totalidad de puntos de vista e intereses ciudadanos.

La familia Filipov, representación del establecimiento de la primera República de obreros y campesinos de la historia de la humanidad, nunca jugó al tenis en sus jornadas de ocio productivo; no dispuso de las ventajas de una estructura económica y social pensada por sus semejantes y desarrollada con un destino de liberación definitiva del yugo de las clases dominantes, minoritarias en número pero aplastantemente mayoritarias en recursos y bienes productivos. Los miembros de esta familia moscovita aparecen en la páginas color sepia de AIZ como útil propaganda y, a su vez, como eficaz medio de reacción hacia millones de trabajadores allende las fronteras soviéticas pero, lamentablemente, ese paraiso tampoco abrió sus puertas en este planeta imperfecto. No obstante, la exposición fotográfica que podemos disfrutar en el Museo Reina Sofía nos recuerda que hace sólo setenta años el colectivo obrero se hartó definitivamente de las mentiras especulativas de las clases opresoras e intentó buscar una vía liberadora de desarrollo, pero también nos alerta de cuan cerca nos encontramos de las armas, del odio y la destrucción, de cometer los errores que debimos haber superado gracias al profundo conocimiento que nos otorgó el siglo XX. Pero, claro, el trágico eterno retorno…

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s