La humanidad se ha muerto un poco. Adiós a Ernesto Sábato

Ernesto Sábato mantuvo, casi como un principio ideológico inquebrantable, el terror que le enfrentaba al momento de la muerte, tal vez porque era remotamente consciente, en lucha con su honesta modestia humana, de lo imprescindible de su presencia y su mensaje en esta sociedad planetaria podrida, corrompida y sin mucho rumbo. Afortunadamente, la genética cumplió honradamente con unos plazos más que respetables en lo que respecta a la casi centenaria existencia del maestro de Rojas, si bien, en los últimos tiempos, le azotó con una ironía cruenta, dejándolo prácticamente ciego y, por lo tanto, alejado de su mayor herramienta de trabajo y placer, además de sumergirlo en el universo terrorífico de su Informe sobre ciegos como un protagonista bondadoso en medio de una oscuridad plagada de malignos moradores.

Antes del fin llegó demasiado temprano, fruto seguramente de esa aversión Sabatiana por posponer lo imprescindible, meticuloso en las formas y en el fondo de todas las cosas que conocía y quiso conocer. Como novelista fue exacto; desenvolvió su ansia de prosa en tres novelas milimétricas en cuanto al arte y el discurso, exponiendo con exactitud todo aquello que quería contar gracias al resorte de la ficción, pero sin apartarse ni una frase del análisis necesario que requería su inquietud privada y pública. Así, el científico abandonó a temprana edad el orden de la materia para revolcarse plácidamente en el tormento de la literatura, de las palabras intentando unirse para explicar el terreno por el que nos movemos y nos mueven, nos zarandean. Desde Uno y el universo anunció el romance que mantenía con la ciencia y las letras, pero ese bautizo también sirvió para servirse de la primera a la hora de explicar materias cercanas al hombre como protagonista filosófico; no obstante, la forma de ensayo siempre le procuró la idónea carretera por la que hacer transitar su verbo y su palabra, quizás por esa timidez indisimulada que coartaba con rebuscada excepción.

Por desgracia, su capacidad para relatar con brillantísima dosis de realismo tuvo que afinarse hasta el extremo en el momento de clarificar y narrar las atrocidades de la dictadura militar (1976-1983) con meticulosidad dolorosa y humanamente horrenda. La elaboración de Nunca más le instaló toneladas de dolor en su esperanza y su aliento para con el género humano. En cierto modo, el proceso para el juicio y encarcelamiento de los máximos responsables del genocidio argentino le mató en un alto porcentaje, si así puede considerarse, tanto como le remató sin anestesia las leyes de punto y final, no sólo por verse obligado a asumir un nuevo golpe de Estado contra las miles de víctimas, sino por provenir de un responsable político cercano y en el que había depositado confianza cierta, Raúl Alfonsín.

Toda la dignidad y honradez no han sido suficientes para eludir tantas y tantas barreras que se compusieron frente a sus principios y esperanzas; Ernesto Sábato ha sido un gran sufridor, y todo por ser un gran ser humano. Nos ha dado demasiadas cosas, desde el placer de sus letras novelescas hasta la consciencia provocada por sus hermanas gemelas ensayísticas. Su sola presencia, acompañada por unas pocas frases, han sido suficientes para atrapar una buena dosis de categoría humana, ya que nunca ha entregado boludeces ni ha errado en hacer perder el tiempo cuando sabe que no nos sobra. Con su marcha, este mundo es mucho más feo y más ruin, porque se ha apagado el gran altavoz de los valores más codiciados, y no asoman con demasiada frecuencia relevos de su dimensión.

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Los discursos rabiosos

El manejo de la realidad futbolística, de lo que acontece antes, durante y después de un encuentro balompédico de trascendencia, debería carecer de importancia real, de impacto en las vidas y pasos de los seres humanos. O debería centrar sus alegrías y preocupaciones de manera primordial, según se mire. En todo caso, como el resto de circunstancias que manejan nuestras colectivas existencias, el aspecto lúdico debe regir el ánimo de los sentimientos provocados por dichos impactos. Ante el juego, diversión; ante la derrota, caballerosidad. El síndrome del mal perdedor reviste una gravedad limitadísima cuando se gesta en terrenos despoblados, en tribunas donde rebota el eco rabioso. No obstante, cuando esa impotencia desarbolada se desparrama en prime time y, frente a la humanidad bipolarizada en colores irracionales, ondula un mensaje y un tono capaz de enaltecer los valores ajenos al espíritu de la realidad que representa, nos enfrentamos a la agravación de una herida cicatrizada, de una enfermedad en recaída.

El mal perder, esa angustia visceral ante la superación de los objetivos previstos, lanzada con fiereza a nivel público y en directo, supone la traslación de los más rencorosos instintos subyacentes bajo la corteza de falsa diplomacia y aceptación que proponemos en este sistema de relación social. Cuando alguien como Mourinho y su correspondiente posición en el organigrama humano se salta con tanta ligereza las reglas de la diplomacia, la reacción en cadena de la barbarie y las subterraneas pasiones explota en racimo, dañando toda una estructura instaurada por generaciones de sensatos voceros de las reglas de juego. El profesional consolidado revirtiendo su tono hacia las ancestrales pataletas del chiquillo al que le han robado el globo, inmune al cumplimiento de normas y estilos y brutalmente irrespetuoso con las virtudes del contrincante y sus acólitos, crea un resquemor que derrama en cascada su mensaje destructor a los protagonistas del lance, primero, y velozmente se instala en la pasión incontrolada de la hinchada justificadora, a continuación e inmediatamente.

La otra columna de atención prioritaria en nuestro país también cuenta con lamentables elementos enrabietados tras la derrota de sus postulados y principios. La delicadeza que emana de asuntos de tamaña trascendencia radica en el fundamental ejemplo que debe transmitir la cabeza o cabezas visibles del colectivo que no ha conquistado la victoria pretendida. Participar en primera línea de alguna de las dos expresiones con mayor seguimiento apasionado en España conlleva, necesaria e imprescindiblemente, hábiles dosis de mesura, altura de miras y capacidad de analizar pros y contras de lo conseguido y extraviado a lo largo del recorrido emprendido. Aznar, primero, y el grupo dirigente actual, después, reúnen los perversos requisitos que debe descartar una democracia sana, del mismo modo que el técnico portugués del Real Madrid imprime en su resentimiento dialéctico incompatibles cualidades con la grandeza del club que representa y del inmenso colectivo al que se dirige.

Política y fútbol son cruz y cara, repartiéndose cotidianamente ambas parcelas, de la máxima atención ciudadana. El bipartidismo político y balompédico, inevitablemente instalado en el peso de la mayoría acomodada, necesita presentar una altísima dosis de responsabilidad en la oratoria y la dialéctica; evitar las entradas a destiempo, las artimañas a espaldas del árbitro y la culpabilización de elementos ajenos a la propia labor resulta esencial para que los bares y tertulias, las reuniones familiares y los foros cotidianos no centren su rutina en odio vacuo e impertinente.

El Derby más reñido

Estando a las visperas del clásico futbolero nacional, en el cual se dirimirá la supremacía continental de dos formas de entender el manejo del balón y ,por ende, la desgracia de graznar políticamente las bondades y desacopios de la gestión de esos recursos (humanos, económicos, políticos, existenciales…) con dos piernas dispuestas a morir y matar por unos colores andantes, con olor a chequera y billetes ardientes a ras de césped, nos encontramos ante un derby postergado que, jornadas antes de salir a resolver su suerte frente a la quiniela, anuncian un empate técnico. Cuatro round en apenas un mes son demasiadas veladas parciales para tan poca carne articulada bajo guantes de goma.

Pero éste no es el match en el que valoramos el trono patrio de unos exigentes adjetivos, del honor y el reflujo de esos principios que nos hacen discutir frente al café y los rostros anónimos pero hermanos de barra. El gran encuentro, ése que asegura unas gradas repletas de hinchadas pobladas y enfrentadas, se dirime en una Copa nacional dentro de apenas un mes como antesala del título brillante y dorado; el objetivo último del Campeonato. En todo caso, el líder de la competición ha decidido cesar a su entrenador, angustiado ante los resultados oportunistas faltos de frescura balompédica, de tácticas arraigadas entre el populacho con equipaciones luminosas.

Estamos a un año del gran encuentro, ése en el que el conservador entrenador de una de las superpotencias irracionales prepara una táctica absolutamente estática, ajeno a las modificaciones que puedan acontecer desde el otro barrio, confiado en la conflictividad que generará la presentación del nuevo mister y, en definitiva, las necesidades de ajuste táctico que se derivarán del panorama que acontecerá tras las nuevas botas enchaquetadas.

Hoy, pendientes del choque dual que ejercerá de termómetro estático sobre el que liderará la supremacía balompédica patria, con lo que conlleva ese elemento de somnolencia multitudinaria durante semanas, meses, historia cotidiana de bar y esquina populosa, algunos individuos agazapados entre esa efervescencia de toque y velocidad, de arte instantáneo, aprovechan para culminar su alianza con semejantes  regates, más allá del gran enfrentamiento,  envalentonándose gracias al esférico digno con el que pisan el asfalto tibio, plenos de banderas de tonalidades ajenas al grisaceo bicolor que impregna el estadio y la urna, los foros de la democracia vasta que hemos aceptado como guerrilla sin balas.

Los blaugranas han monopolizado durante tres años juego y resultados, posesión y gol sin condescendencia con el rival, independientemente de su relevancia y fortaleza. La autoridad de los buenos actos, de la excelencia en el trato de las ideas masivamente respetadas, no ha sido óbice para recibir escupitajos insolentes, mala baba del periodismo del eterno otro lado. Mariano Mourinho juega con su voluble Saenz de Santa Karanpalanca, al/a que lanza a los felinos jocosos, ésos que se sientan y se levantan en los foros polémicos por el mero hecho de la calidad del tejido de los asientos.

Los ocho puntos futbolísticos son irrecuperables, todo queda en manos de la beligerancia desprendida de ese cetro europeo a renovar anualmente para mantener la rivalidad eterna, la que desvencija el ánimo de millones de andares desequilibrados. De igual modo, como un calco fruto de la simbiosis educativa que aglutina todo en dos, en nada, damos cuartelillo a la esperanza de un cambio de entrenador, de estructura y filosofía, de discurso estructurado de aquí a finales de la siguiente temporada.

Efectivamente, en lugar de liquidar los títulos en juego, los eternos rivales dirimen su esencia de contricantes irremediables con una belicosidad aplazada, pendientes ambos del gran título que se pondrá en juego en 2012.  El detentador de la corona ha tomado ventaja al cesar de buenas maneras al preparador titular y manejar los tiempos con sus colaboradores técnicos suplentes hasta la composición de la nueva plantillla. Su eterno rival, por el contrario, ha decidido mantener en su puesto al preparador que ha borrado la identidad de la esencia táctica, soportando derrotas auspiciadas por los malos consejos del equipo técnico y que, ante la gran final anhelada, prefiere evitar los amistosos de calentamiento con el fin de no mostrar más tropiezos en tres cuartos de cancha, ocultando sus cartas marcadas. En el panorama que nos toca de lleno cada mañana, el del foro político que toma nuestras decisiones cedidas, hoy trece puntos se han convertido en dos; sin anunciar el nombre del nuevo entrenador, sin recuperar terreno perdido en la tabla clasificatoria. El final de la Liga se presenta, rutinariamente, apasionante.

Menos mal que seguimos siendo del tercero, ese que continúa remontando puntos para asentar su participación en la competición de las decisiones, del cambio real.

Nuestra particular aportación a El Día del Libro

Con un día de reflexión y meditado retraso, queremos compartir nuestra biblioteca recomendada, más allá de Los más vendidos del momento; una selección de aquellos ejemplares que resisten el tiempo con armazón, escudo y espada, una pequeña biblioteca de libros que mantienen la vista al techo varios minutos tras apoyar la contraportada sobre el pecho. Más allá de las estanterías plagadas de tomos repetidos, de merchandising cartelero y de tácticas de promoción cinematográfica, se encierran ejemplares intemporales que aseguran horas de reflexión y divertimento, que nos reconcilian con la realidad castigadora:

1. Rayuela (Julio Cortázar).- Los saltos y el vuelo de Horacio Oliveira, de las esquinas llenas de Maga, los paseos de París y Buenos Aires, el jazz y el humo, marcan la frontera del hombre apolítico que comienza a entender que no puede vivir ajeno al colectivo que le roza y sortea mientras vive en el juego, en el rito propio del ecuador cortazariano. Seguir la línea que forma una grieta en la pared de la estancia, buscando el rostro que el azar moldea ó convertirse en fugaz equilibrista para recibir el atado de cigarrillos y la sonrisa de Talita nos trasladan al sueño de libertad, al hombre-niño que no ha envilecido su forma de mirar, que se niega a ver el mundo con retinas secas. Hay que leer a Cortázar.

2. Sobre héroes y tumbas (Ernesto Sábato).- Mención especial también merece la segunda parte de esta fantástica novela, Abaddón el exterminador, donde la crudeza de la dictadura militar argentina te da décenas de páginas en forma de bofetadas repulsivas y establece una férrea dignidad contra cualquier forma de totalitarismo como excusa de pacificación interna. Sábato, que cumple este año un centenario de dignísima existencia, presidió la Comisión contra los asesinos uniformados, lo que le ha consignado una desesperanza y pesimismo vital imposible de abandonar en cualquier armario de doble contrachapado. Esta novela nos sobrecoge, especialmente, en su tercera parte, Informe sobre ciegos, adentrándonos en las alcantarillas de los que no quieren mirar los sentimientos y gobiernan con puño de acero reforzado las existencias de los que desprecian.

3. El Señor Presidente (Miguel Ángel Asturias).- Si crees que estás rodeado de corrupción, toma dos tazas. El más certero reflejo novelado de lo impúdico y absurdo que resulta mirar para otro lado y colaborar con el poder podrido a poco que los remordimientos y los principios revoloteen por nuestra sensibilidad humana. De pisoteador a víctima no existe frontera, los servicios prestados se convierten en cuotas hipotecarias sin plazo de liquidación, las alcantarillas emiten hedor que se convierte en olor cotidiano y todos reciben su efluvio inevitable con silencio y complicidad.

4. Ficciones (Jorge Luis Borges).- El cénit de su videncia literaria se aglutina en esta colección de cuentos, liderada por la Biblioteca de Babel, donde se recoge todo lo escrito y escribible por la inteligencia humana, en sus expresiones idiomáticas aparecidas y por aparecer. Todo, resguardado y, a su vez, desperdigado en la imposibilidad de su aprehensión por la finitud de sus custodios. Esta obra se encontraría plenamente cubierta con la inclusión de El Aleph, el punto donde se encierra el universo, la esquina total, para disfrutar del Borges relatista, si no se cuenta con su pasión por el género policiaco y su fructifera alianza recopiladora de la mano de Adolfo Bioy Casares.

5. Los detectives salvajes (Roberto Bolaño).- Seguir los pasos de Arturo Belano y Ulises Lima, los detectives salvajes fundadores de la sutil corriente del realismo visceral, coincide con el abandono de cualquier intención de existencia conservadora. De esta novela irradian personajes e historias que protagonizan otras obras de Bolaño, siempre tan cerca del Belano que se gana temporalmente la vida cuidando un camping catalán, que regresa a Chile con sigilo y dolor, pero que emprende una odisea tan rocambolesca como para dar con sus pasos en una Liberia que le azota con la violencia más despiadada que podía imaginar, todo ello desde la óptica de su intermitente amigo y discipulo García Madero, que nos lo presenta con lágrima y contenida lejanía.

6. La invención de Morel (Adolfo Bioy Casares).- El mito de la isla desierta, del Robinson Crusoe que, tras vencer el terror del individualismo impuesto, descubre que no está solo y se adentra en una aventura homérica de exploración, se presenta en esta novela como un relato de intriga frente a una perspectiva inversa al relato tradicional. El grupo que regenta la insula obvia la presencia cada vez más explícita del intruso, mientras éste, confiado, va modelando su universo superviviente al ritmo de los seres que le rodean sin tocarlo. Más allá de esta sinopsis no debe haber síntesis, ya que el retorno a la soledad es la agonía que culmina esta fantasía memorable.

7. El hombre que amaba a los perros (Leonardo Padura).- Ya hemos comentado en una entrada anterior esta clarividente novela sobre el exilio de Liev Davidovich, Trotsky, lider de la Revolución de Octubre y máximo responsable del Ejercito Rojo, y su antítesis en el andar de Ramón Mercader, el verdugo que asestó el infame golpe de piolet al cráneo del dirigente bolchevique una tarde de 1940, en México. Vías paralelas que convergen en un instante crucial para la historia del comunismo universal, para la culminación de la infamia estalinista, documentadas con excelencia por el novelista cubano en una novela apasionante por su mescolanza de géneros y rítmos literarios.

8. El Barón rampante (Italo Calvino).- Cosimo, primogénito del Barón Arminio Piovasco, decide con 12 años que va a vivir, a partir de ese momento, subido a la rama de los árboles y no volverá a pisar tierra firme. Su hermano Biagio nos relata la existencia del Barón rampante, desencantado inmediatamente con un mundo que sólo le propone envidia, intereses y mentiras. Calvino, militante del Partido Comunista italiano, fabuló, en esta aventura plagada de ternura y guiño a los clásicos infantiles, acerca del desengaño frente a la utopía, que en su caso se presentó abruptamente con la intervención soviética en Hungría, en 1956.

9. Historias de Cronopios y de Famas (Julio Cortázar).- Contaba el autor, en una entrevista para TVE en 1977, que los cronopios se le habían presentado una mañana, que los había visto y disfrutado de su alegría. El trasfondo de esta división social emotiva y, no por sencilla menos exacta, reservará su fundación en la abrumadora mente del genio argentino, en su universo fabuloso. Esta colección de cuentos e historias, rematada por la aparición de esos seres que derrochan pasta dentífrica y adoran los sandwich de queso, no debe ser explicada. Saltimbanquear las páginas cronopiales da tanto regocijo como el placer sublime de la maledicencia inversa de aquella familia de Banfield que se cuela en los velorios o gestiona una sucursal de correos.

10. Rebelión en la granja y 1984 (George Orwell).- En ambas se refleja con un acierto de experto adivinatorio las atrocidades que se ocultaban tras la megalomanía del Gran Timonel, el Padrecito, Koba, el georgiano que pudrió la Primera Revolución de obreros y campesinos de la Historia universal. Ampliamente conocidas y difundidas, son el más eficaz recordatorio de los errores cometidos, en nombre de la más digna de las ideologías, por la esencia humana, incapacitada para desarrollar acciones colectivas descontaminadas de tanta exposición al invididualismo y el totalitarismo, presas en su castigado genoma histórico.

Este es nuestro decálogo literario para no dejar pasar. La inmensa mayoría de ustedes se encontrarán ampliamente familiarizados con la totalidad de las obras recomendadas, pero eso no es óbice para homenajearlas en el día que nos recordamos lo imprescindible de la lectura como cobijo y, sobre todo, catapulta de nuestros principios. De nuestras utopías.

Compradores de vida miserable

En una entrada anterior realizamos un bosquejo sobre la devastadora película “nunca me abandones”, basada en la novela homónima del escritor Kazuo Ishiguro. En ella, como elemento de ficción (?) central se relata la fabricación de clones que, tras una infancia y adolescencia ajena a las preocupaciones, y tras recibir cierta formación y atendimiento, reciben la revelación de que su destino es estar dispuestos para que sus iguales vayan recibiendo los órganos necesarios a lo largo de su deterioro físico. Sus órganos, hasta que resistan. Esto es aceptado con absoluta naturalidad, sin rebeldía ni cuestionamientos, casi con cooperación fiel. Entregan su esencia a los que más tienen sin sentir la picazón de la negativa, de la búsqueda de respuestas ante preguntas tan tramposas.

La ficción comienza y termina en un futuro que es pasado distinto, porque de resto esas copias a modo de supermercado orgánico existen en nuestros días, sólo que expectantes entre el revuelo de su miseria, sin saber que, en cualquier momento, los secuaces de la ignominia aparecerán para ofrecerles, a lo sumo, 3.000 dolares por un riñón. Cantidad ridícula, de propina racana, frente a años de supervivencia. Esa calderilla no tintinea igual para el receptor de la oferta, evidentemente, ya que representa una auténtica fortuna, una puerta hacia la salida (craso error) del desastre y la penuria. Salida con doble puerta. En la segunda hay candado y barra de seguridad, nuevo muro ante el futuro irremediable.

Los países empobrecidos de Europa del Este y Asia Central se han convertido en fértiles centros comerciales para aquellos anónimos occidentales que no quieren ni aceptan esperar por un sistema de donación que se ha destacado por su eficacia, garantía y, sobre todo, iluminada por la solidaridad auténtica, sin transacciones de trilero ni asesinatos a medio plazo. En España podemos colgarnos una medalla bien ganada en la cancha, y no es otra que ser el primer Estado en número de donaciones y trasplantes de órganos del mundo, y aún así convivimos con la lacra colectiva que supone mucho más que una compraventa viciada: siquiera plantearse la posibilidad de recurrir a un mercado que tiene en cartera mercenarios reconvertidos, engaños y extorsiones, quirófanos de tapadillo en cualquier edificio descascarado y, finalmente, deterioro y muerte de otro individuo, rechaza cualquier comprensión conmiserativa hacia el desesperado enfermo. Es más, alejemos automáticamente de nuestro asco moral la imagen del ricachón opulento que tira por el camino sencillo antes que enfrentarse a la incómoda burocracia de las listas de espera. 3.000 dolares o euros están a disposición prácticamente de cualquier ciudadano occidental y, reiteramos, se contrapone al inmenso botín que supone ante los ojos y la desesperanza de aquel que consigue juntar, a lo sumo, un par de ellos al día.

Ni siquiera tenemos que imaginarnos que la totalidad de este mercado se basa en el engaño directo o, peor aún, la extorsión y presión para conseguir bienes orgánicos de consumo en este repugnante mercado común. Cientos de ofertas aparecen en anuncios por palabras, en páginas web, tras los que se encuentran particulares con problemas financieros, regularmente de Estados subdesarrollados pero con una invasiva conciencia capitalista irradiada desde sus órganos de gobierno y gestión, que fomenta torticeramente la perversa cultura de la oferta y la demanda, esa que nunca existe entre iguales, la de la balanza ladeada.

España, como comentábamos, es líder en materia de donación, a pesar de convivir con un distorsionado sentimiento religioso que frena, en multitud de ocasiones, la decisión de ceder, tras el fallecimiento, los órganos aprovechables a otros individuos que requieren de ellos para subsistir. En la mayoría de países nórdicos, por el contrario, los niveles son inferiores, a pesar que la legislación establece la donación automática post mortem, salvo declaración explícita en contrario en vida del potencial donante. Normativa explícita y erradicación de complejos producidos por la más turbia de las tradiciones religiosas suponen el camino correcto para finalizar con las listas de espera, aumentar la esperanza de vida de nuestros semejantes y, sobre todo, evitar la exportación de más perversidades de este sistema económico que compra y vende al mejor postor, con la salvedad de que el vendedor suele coincidir con el más desesperado y frágil del mercadillo.

El trágico retorno

La aceptación nietzscheana acerca de que todos los acontecimientos del mundo se repetirán eternamente basa su prisma inspirador en un profundo conocimiento del desarrollo humano, en la certeza de que los individuos, bien en sus pasos solitarios, bien en su papel de célula nacional, mantienen una tremenda capacidad para eliminar el recuerdo y el aprendizaje como elemento evolutivo, lo que nos convierte en obtusas piezas de maquinaria sin conductor.

El Museo Nacional Reina Sofía expone, hasta el próximo 22 de agosto, la colección que, bajo el título “Una luz dura, sin compasión“, recopila una vasta camada del documental fotográfico proletario amateur desarrollado entre 1926 y 1939. Sin duda, la compasión no aparece por ningún trasluz de las miles de instantáneas que componen esta exposición imprescindible para acercarnos al colectivo obrero europeo, reflejado desde su propio objetivo. De entre tanta desolación asentada en las miradas y rostros individuales de esta clase formada en el siglo pasado, protagonista de él, nada alivia. Hay dolor y cansancio en cada fotografía, en cada portada de publicaciones divulgativas casi artesanales, pero también sobra coraje y energía, sea cual sea el Estado del que provenga el mensaje visual.

El mundo proletario, efervecente de rebeldía e iluminado por la Revolución de Octubre, tiene en la década de los veinte sus primeras huellas como detentador de herramientas propias para contarse lo qué ocurre y reflexionar acerca de lo que debe ocurrir. En este sentido, destaca la publicación alemana AIZ, vertebrando masivamente la estrategia propagandística consensuada en la Internacional Comunista, que destierra la visión burguesa de la fotografía y, más al contrario, considera su potencialidad para el desarrollo revolucionario. Willi Munzenberg, editor de AIZ y otras publicaciones obreras en Alemania, complementa la labor de Sovetskoe foto en la Unión Soviética e irradia a toda Europa la realidad del colectivo, estableciendo como mensajes prioritarios la representación de las clases trabajadoras como protagonistas de una nueva hegemonía política (URSS), así como la desgracia y el padecimiento de la clase proletaria bajo la opresión del capitalismo (Alemania, principalmente).

Entre septiembre y diciembre de 1931, la publicación alemana presenta dos reportajes sobre las condiciones de sendas familias, los Filipov moscovitas y los Fournes berlineses. En ellos se confrontan los logros acaecidos en la URSS de cara a resaltar el protagonismo del trabajador en la patria de los proletarios con respecto a las penurias que, bajo la República de Weimar, sufren a diario los obreros. Sin obviar el obvio celo propagandístico de éste y tantos reportajes que nutren las revistas mencionadas, es imposible escapar a la objetividad identitaria entre los datos que reflejan el horror diario de la ciudadanía de un Estado empobrecido en ese momento como Alemania pero, a su vez, cuna de derechos y logros laborales y económicos, y su paralelismo con este presente incierto que andamos sin reflejar preocupación. Efectivamente, la familia Fournes desarrolla su miserable existencia en un panorama capitalista que obliga a la totalidad de sus miembros a trabajar para sobrevivir; los hijos se ven obligados a dejar de lado su formación académica para conseguir miserables recursos económicos con los que sustentar sus necesidades básicas, siempre en labores penosamente remuneradas y con el yugo permanente del posible despido en caso de no aceptar condiciones laborales leoninas y precarias. El padre, por su parte, siendo obrero cualificado y con una dilatada experiencia en su ramo, convive con la indeterminación de su futuro profesional, recibiendo un salario semanal de unos 60 miseros marcos. Mientras, el dueño de la fabrica que lo emplea cierra ese año 1931 con unos beneficios de 4.120.000 marcos.

  Al finalizar el recorrido de la exposición, rematada con una extensa recopilación de cartelería y fotografía del bando repúblicano durante nuestra Guerra Civil, el eterno retorno se hace carne y presencia devastadora; cuántas similitudes aborda nuestro recorrido como especie y en qué medida se acortan los plazos para repetir errores y desventuras es algo que salta al pensamiento y lo engulle a cada expositor presenciado. Pero, sobre todo, resulta atroz percibir la calcada sucesión de hechos que van masticando la oleada de desgracias producto de un sistema, el capitalista, que no duda en provocar errores calculados para sobrevivir, aún sea con mácula.

– Uso de la fuerza militar para asegurar recursos primarios: El colonialismo, ajeno a todo fin romántico o aventurero como ha venido relatándose a modo de turbia pantalla, consagró el control absoluto y esclavista de los recursos naturales imprescindibles para mantener la rueda productiva capitalista. Tras asolar las estructuras sociales de los territorios avasallados durante décadas y arruinar por completo el sustento y la cultura de los mismos, los Estados colonizadores tuvieron que retroceder ante el empuje del hartazgo y la ruina. No obstante, mantuvieron el control económico y financiero que justificaba el político, absolutamente prescindible en tanto en cuanto se comprobó cuan sencillo resulta aprovechar un sistema propio (la democracia), para venderlo con taras y fugas al Estado que se desea controlar. Mientras, la descolonización consigue desarrollar definitivamente la estructura de poder que, a día de hoy, se ha convertido en protagonista absoluto del sistema de control económico mundial: la Corporación. Efectivamente, la salida del mando militar del Estado opresor refuerza el liderazgo de la multinacional que esquilma la riqueza del lugar, convirtiéndose en el interlocutor de la nación receptora del saqueo.

Este sistema, agresivo hasta decir basta, acaba chocando también desde su estructura de corporaciones silenciosas, apareciendo la tercera opción con vistas a que nada cambie, dando la pública impresión de estar realizando acciones de profundo sentimiento nacionalista-patriótico (Anexiones), o bien de calado humanitario (Imposiciones). La filantropía no casa bien con los misiles.

– Aquiescencia socialdemócrata: En épocas de profundas crisis del sistema capitalista, la socialdemócracia se ha acostumbrado en arrogarse una penosa función de mediador entre necesidades contrapuestas, estirando las sábanas y planchando la colcha a las Corporaciones y repartiendo limosnas a la ciudadanía trabajadora. La dualidad que bailotea entre unos símbolos nostálgicos y unas acciones contradictorias marcan la penuria de estas agrupaciones políticas, tanto más cuanto se acercan épocas de tensión bélica como la actual.

– La estrechez del embudo laboral: Las multinacionales no conciben ejercicio sin mayores beneficios que el anterior. La incompatibilidad de un planteamiento de dimensión tan voraz con el desarrollo, no ya de los millones de trabajadores que desarrollan su existencia en el mundo capitalista directo, sino a su vez de los que lo soportan en el indirecto, se está encontrando con una ausencia dramática de respuesta firme que ralentice los efectos de este apocalipsis económico. Setenta años después, Europa y USA se llenan de habitantes sin acceso cotidiano a los bienes de consumo, empobrece las relaciones sociales y distancia al colectivo de sus objetivos comunes, agrietando la conciencia de clase y relanzando una falsa clase media trabajadora con expectativas burguesas.

– Desaparición de máscaras políticas: Las fluctuaciones del sistema capitalista construyen antesalas que, en el momento que la rapiña que da sentido a su desarrollo especulativo se estanca, transforma el recibidor en un amplio salón con ventanales abierto de par en par, por el que entran, sin pudor ni reparo, las formaciones fascistas, gracias a la confianza que le otorgan precisamente los sectores obreros castigados con mayor severidad por el sistema. La arrolladora aparición de la extrema derecha finlandesa, su auge vertiginoso en Hungría, o su existencia ya estable en Estados de tal desarrollo social como pueden ser Holanda o Francia, suponen la invasión de toda la estancia, la implosión de las bases que componen la condición humana, el respeto al prójimo y la solidaridad grupal como motor de evolución individual y colectiva.

– Reforzamiento del discurso en favor de las libertades individuales: Diluir los potenciales sentimientos de respuesta en masa necesita discursos consensuados por el conjunto de las fuerzas políticas representantes del sistema capitalista, detentadoras del puesto de vigilia del poder económico desde una estructura electoral capacitada para evitar fugas significativas desde sus torreones representativos. Así, aparece un mimético discurso que ensalza la importancia de preservar la libertades individuales, tal cual un logro del sistema, pero que se relaciona impúdicamente con una libertad máxima: la del consumo. Elegir, de este modo, no tiene más significado que la posibilidad de optar entre tal y cual producto, mientras que las ideas y las propuestas que signifiquen libertad para cambiar lo establecido se arriman y demonizan como respuesta errónea, si bien se aprovechan puntualmente para reforzar la farsa de un supuesto gobierno de todos, en donde tienen cabida la totalidad de puntos de vista e intereses ciudadanos.

La familia Filipov, representación del establecimiento de la primera República de obreros y campesinos de la historia de la humanidad, nunca jugó al tenis en sus jornadas de ocio productivo; no dispuso de las ventajas de una estructura económica y social pensada por sus semejantes y desarrollada con un destino de liberación definitiva del yugo de las clases dominantes, minoritarias en número pero aplastantemente mayoritarias en recursos y bienes productivos. Los miembros de esta familia moscovita aparecen en la páginas color sepia de AIZ como útil propaganda y, a su vez, como eficaz medio de reacción hacia millones de trabajadores allende las fronteras soviéticas pero, lamentablemente, ese paraiso tampoco abrió sus puertas en este planeta imperfecto. No obstante, la exposición fotográfica que podemos disfrutar en el Museo Reina Sofía nos recuerda que hace sólo setenta años el colectivo obrero se hartó definitivamente de las mentiras especulativas de las clases opresoras e intentó buscar una vía liberadora de desarrollo, pero también nos alerta de cuan cerca nos encontramos de las armas, del odio y la destrucción, de cometer los errores que debimos haber superado gracias al profundo conocimiento que nos otorgó el siglo XX. Pero, claro, el trágico eterno retorno…

Los amigos secundarios

De manera permanente los que brillan, en amaneceres u ocasos de éste o áquel plan, no suelen estar en la portada de los títulos de crédito. Todo lo contrario; protagonizan los momentos memorables de nuestros recuerdos, de los más arraigados anhelos que hemos necesitado disfrutar como actores de vidas propias y ajenas.

Con siete mil millones de personalidades sobrevivientes, rebosantes de energías individualizadas a la hora de contemplar un destino, a medias entre lo que consideran predestinado y los cauces del riesgo que, gracias a las drogas, a tientas con la valentía propia de endorfinas incontroladas y especulaciones varias, poco podemos esperar. En realidad, poco podemos aprovechar. No obstante, estamos rodeados de grandes ciudadanos que pasan cerca de nuestra admiración, sin hacernos daño ni provocar nuestra insana envidia cotidiana y, por el contrario, calman la colectiva insatisfacción propia de estos tiempos, de estas desgracias multitudinarias.

Entre toda la maraña de caminantos (sin género, pero con prepuscio y clítoris erguidos, con altanería humana) irradian los secundarios amantísimos, de los que necesitamos su rostro y gestos, sus muecas espontáneas, para sentirnos con los pies bien amarrados al terruño. Estas consideraciones pueden suponer una sensación de neutralidad en lo relatado, una búsqueda hueca ante un panorama en el que los pitufos se encuentran lejos de las garras de Azrael; nada más lejos de la realidad, nada más cerca de nuestras emociones.

¿Quienes son y dónde están habitualmente? amarrados a sus respectivas existencias sin percibir su esencialidad para con la colectividad, algunos se esfuman por el sumidero de la Historia sin ser conscientes de lo necesario de su tránsito. Dejando de lado, obviando racionalmente los liderazgos machacones, sólo es necesario concentrarse en todas aquellas personalidades, las que nos rozan y las que nos soplan, aportando alivio para seguir subsistiendo. En ocasiones, hasta formando sonrisas y dando besos de buenas noches, planchando sabanas y edredones.

Hemos echado a andar casi sin parar, con una varita atizándonos el costillar con el vaivén de un ritmo atroz. Desde el comienzo de los pasos no tenemos descanso, no tenemos tampoco meta; sencillamente, hemos conformado un mundo en el que nos resulta esencial para la respiración un trote casi de desbandada. Lo que, con un toque de vanguardia, llamamos stress. Lo que realmente resulta de todo esto es que acabamos exhaustos al final de cada jornada como una sucesión interminable de marathones, sin puestos de avituallamientos. Siquiera sin medallas ni diplomas. De todo esto nos salvan los momentos en que podemos escondernos tras un árbol y beber de su sombra, dejándonos llevar por la existencia perdida. Los amigos secundarios acarician nuestros fatigadísimos hombros en esos instantes de recogimiento y, aunque sean incapaces de retirarnos definitivamente de este camino tenebroso, consiguen darnos algo de calma, formando los recuerdos que nos salvan de la masacre emocional de esta existencia nuestra no elegida.