El mercantilista que no llora

Los negocios, a lo largo de la realidad humana de los últimos ocho mil años, de nuestra realidad cercana en lo antropomórfico y lo cerebral, han venido aparejados al arte de la guerra. Y ella ha sido provocada y soportada precisamente para controlar y monopolizar nuevos y rentables segmentos de producción cautivadores de doblones, ducados, terrenos o títulos nobiliarios. En definitiva, un elemento definidor ha encauzado el entendimiento de la agresividad y aspiraciones de los grupos a lo largo y ancho de nuestra herencia reciente: el monopolio de la más lucrativa fuente de ingresos y, como consecuencia de lo citado, el control absoluto y despiadado de la realidad geográfica donde se generara dicho beneficio, así como de los individuos perdedores encargados de producir la ganancia a bajo coste.

Resumiendo lo despiadado de la relación existencial entre colectivos a lo largo de la Historia encontramos la respuesta que nos conduce a comprender, más allá de nuestra imposibilidad como ejemplo hacia lo eterno, los mecanismos que manejan el conflicto permanente en la geografía terrestre pero, sobre todo, los límites aparejados a dicho enfrentamiento sempiterno.

Los que componen las pesadillas

En todo caso, como decimos, los grandes héroes de la destrucción y el aplastamiento de otros objetivos han realizado dichas imposiciones por múltiples factores, todos ellos conducentes al control del binomio importación-exportación, se denominara de una u otra manera a lo largo del desarrollo macroeconómico universal. Pero todos esos emperadores, centuriones, duques o burgueses iniciáticos implantaron su crueldad empresarial en base al logro de beneficios sobre explotaciones reales y cercanas, con sus esclavos o lacayos a pie de castillo.

En estos instantes de guerras no encaminadas al control territorial y movimiento empresarial difuso e incomprensible para la mayor parte de los mortales, la belicosidad se centra y atrae hacia la riqueza que no entendemos. El rifle y la corbata se han asociado como el tribuno con el mercenario, pero en una oscuridad con bombillas rotas. A partir de ahí, centrémonos en nuestra realidad de servilismo impregnador de toda realidad; la compra del supermercado, la entrada del partido de fútbol ó el paquete de cigarrillos son las miserias del siervo de la gleva en estado catatónico. No obstante, las miserias recibidas, en uno u otro estado social a lo largo de la Historia, han sido diáfanas en lo que respecta a su producción u origen, hasta nuestros días. En efecto, la actualidad mercantilista ha creado una nueva raza de ejecutores masivos de órdenes y sistemas que reciben a cambio su salario azucarado desde sombras y lejanías que les permiten no reflexionar sobre ese punto de inicio.

Invirtamos el protagonismo de los actores que dan y reciben el mercadeo de nuestros tiempos para sonrojarnos de verdad. Exigir moralidad a la masa receptora de las limosnas generadas es como rogar a un tigre que lama y ronronee en lugar de morder y devorar; por el contrario, los acaparadores de los resortes productivos ya no van a cara descubierta, no se enorgullecen de sus triunfos y logros. Por el contrario, conscientes de su indignidad a la hora de fomentar y expandir este sistema de éxito en negro, movilizan a sus ejércitos sin hombres ni armas, desde la lejanía de sus sistemas financieros que se enrevesan en función de cada complicación que deben preparar para ir escapando de las respuestas exigidas. Así, clavan sus lanzas y asaltan las fortalezas desde sus torreones de pocos metros cuadrados, día tras día, noche tras noche. Y en esas mínimas jornadas de descanso que se permiten los generales del capitalismo, los denominados mercados financieros, ellos también duermen. Y sueñan. Lo que cabe preguntarse, aterrados desde nuestras chozas cada día con menos paja y más barro o estiercol, es si son conscientes, ausentes de cualquier orgullo cercano frente a la sangre y la muerte de sus contricantes, francotiradores con la diana disfrazada, del sufrimiento que generan cada segundo. Vencer a pecho descubierto y, a partir de clavar la bandera y la lanza del triunfo, exigir tributo y pleitesía, es lo que viene soportando nuestra especie desde la aparición fortuita de la llama combustiva y existencial. Masacrar con la cobardía del anonimato de la víctima es el resultado de la especialización financiera y económica del capitalismo, es como lanzar misiles inteligentes en nombre de los derechos humanos de las bestias pardas. Esos mercados que tanto hacen tambalear nuestro destino, el de la colectividad trabajadora reunida en torno a Estados frágiles y cobardicas, están compuestos por seres vivos que, tras afilar los colmillos y saltar sobre las presas, llenan arcas y, a su vez, cementerios y barras de bar. Producen tristezas, dramas y tragedias. Son hombres y mujeres que no salen al campo de batalla a batirse para generar su logros a cara descubierta, sino fantasmas que expanden su capacidad de rendimiento a costa de inversiones de temor y desconcierto.

Tienen hijos, inmuebles, y comen y cenan con amigos y familiares. Cada día tantos mueren y se sacrifican como soldados caídos en proporción a los ceros que logran con un sistema guerrillero de estrategia especulativa, no bélica. Hacen lo mismo que nosotros y, alguno, estamos convencidos, suelta una lágrima por su mezquindad histórica, por su bajeza evolutiva. Triunfan a costa de ampliar su sombra siniestra, pero tienen carne y hueso que se degrada como la nuestra. A costa de la nuestra.

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